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Relatos Ardientes

Mi prima me esperaba en bikini con sus amigas

Tenía veintiún años el verano en que mi prima Carolina me llamó para que le arreglara el ordenador. Estudiaba Ingeniería Informática en Málaga, vivía en un piso compartido cerca de la facultad y, cada vez que alguien de la familia tenía un problema con un cable o un programa, el teléfono terminaba sonando en mi mesilla. Esa tarde de julio no fue una excepción.

—Adrián, no sé qué le pasa, me sale una alerta diciendo que tengo media docena de virus y no me deja entrar a internet —me dijo al otro lado de la línea—. ¿Te puedes acercar el viernes después de comer?

Carolina vivía en un chalé en el campo, a media hora de la ciudad. Se había casado con un técnico de mantenimiento llamado Javier y tenían un crío de cuatro años. Era diez años mayor que yo y, con toda honestidad, había sido el motivo de la mitad de mis fantasías adolescentes. Castaña, ojos casi negros, el cuerpo tallado a fuerza de gimnasio, unos pechos firmes que ningún sujetador conseguía disimular y un trasero que parecía esculpido con cincel. Aceptar fue lo más sencillo del mundo.

El viernes llegué pasadas las cuatro. El calor pegaba contra el asfalto y la camiseta se me había quedado adherida a la espalda como una segunda piel. Carolina abrió la puerta y, detrás de ella, asomó la cabeza una rubia a la que reconocí enseguida: Lorena, su mejor amiga desde la adolescencia. Las dos llevaban años bromeando conmigo, pero esa tarde había algo distinto en cómo me miraron.

—Pasa, primito. El ordenador está en el despacho —dijo Carolina dándome dos besos demasiado lentos.

—Hace siglos que no te vemos, Adrián —añadió Lorena—. Has crecido bastante desde la última Nochebuena.

Me dirigí al despacho, abrí el portátil y empecé con el antivirus. No habían pasado ni cinco minutos cuando las dos aparecieron por la puerta vestidas con bikinis recién estrenados. Carolina llevaba uno negro con tirantes finos, Lorena uno verde lima que le marcaba la cintura. Levanté la vista y se me notó la cara, porque las dos se rieron a la vez.

—¿Qué tal nos quedan? Son nuevos —preguntó mi prima dando media vuelta.

—Estáis impresionantes —contesté volviéndome rápido al teclado.

—Por la cara que has puesto, te han gustado más de lo que esperabas —dijo Lorena, mordiéndose el labio.

—Cuando termines, te vienes a la piscina —añadió Carolina—. Hace un calor del demonio aquí dentro.

—No he traído bañador.

—Coge uno de Javier. Se ha llevado al niño al pueblo con sus padres, no vuelve hasta el domingo. Está en el cajón de arriba del armario.

Cerraron la puerta y yo me quedé respirando hondo, intentando recordar para qué había venido. Quince minutos después, el ordenador estaba limpio. No era nada complicado: un par de extensiones del navegador y un programa que se había instalado de polizón. Cogí el bañador prestado, me cambié en el baño y bajé al jardín procurando que el bulto entre las piernas no fuera demasiado evidente.

***

La piscina ocupaba la mitad del jardín trasero. Carolina estaba boca abajo en una hamaca, con la parte de arriba del bikini desabrochada para no marcarse. Lorena flotaba en el agua, apoyada en el borde, y solo se le veía la cabeza. Me lancé de cabeza, hice dos largos para bajar la temperatura y me apoyé al lado de mi prima.

—Listo. Era una tontería —dije.

Ella se incorporó sin acordarse de la parte de arriba del bikini, o sin querer acordarse. Sus pechos quedaron a la altura de mis ojos. Eran exactamente como los había imaginado todas esas tardes en el dormitorio de mi piso compartido.

—Muchísimas gracias, primito —dijo sin tapárselos—. ¿Qué haría yo sin ti?

Antes de que pudiera contestar, dos brazos se cerraron alrededor de mi cuello desde atrás. Lorena se había acercado por debajo del agua y se enroscó en mi espalda como una serpiente. Sus pechos, también desnudos, me presionaban entre los omóplatos. Sentí cómo cruzaba las piernas alrededor de mi cintura.

—Espero que no te importe que estemos en topless —dijo mi prima—. Como tenemos confianza contigo, hemos pensado que no había problema.

Lorena dejó caer un pie hacia abajo y lo apoyó, como sin querer, sobre lo que el bañador de Javier ya no conseguía disimular. Sonrió mirando a Carolina.

—Pues por lo que noto aquí abajo, sí que le importa, y mucho.

Las dos estallaron en una carcajada que me dejó sin saber dónde meterme. Lorena salió del agua y me pidió que la siguiera, pero le dije que prefería quedarme un rato más en la piscina. Mentí, claro.

—Mentiroso —canturreó—. Lo que te pasa es que no quieres salir porque estás empalmado. No te preocupes, no nos vamos a asustar.

Salí finalmente, con el bañador deformado, y me tumbé en la hamaca libre que me habían reservado entre las dos. Carolina se rio mirándome de reojo.

—Joder, Lorena, tenías razón. Va a reventar el bañador.

—Adrián, ¿por qué estás así? ¿Es porque estamos en topless? —preguntó Lorena tocándose los pechos con las manos en un gesto que no admitía respuesta inocente.

***

No alcancé a contestar. El timbre sonó y Carolina se levantó a abrir tapándose con una toalla a medias. Mientras tanto, Lorena me pidió que le pusiera bronceador en la espalda. Me coloqué a horcajadas sobre la hamaca y empecé a extender la crema sobre sus hombros, bajando despacio por la curva de su columna. Cuando llegué a los costados, ella misma me cogió las muñecas y me las llevó a sus pechos.

—El año pasado se me quemaron y me dolieron una semana entera —murmuró cerrando los ojos—. Ponme bastante.

Estaba masajeando los pechos de una de mis musas, sin testigos, sin tiempo, sin frenos. Lorena soltó un suspiro casi imperceptible y yo sentí que las piernas me temblaban. En ese momento Carolina volvió al jardín acompañada de otra mujer.

—Adrián, te presento a Daniela. Llegó antes de tiempo.

Daniela era el contrapunto perfecto de las otras dos: morena, delgada, casi etérea, con unos pechos pequeños y muy bonitos. Saludó con dos besos y se fue al baño a cambiarse. Cuando volvió, también venía en topless.

—Espero que no os importe —dijo mirándome sin pudor—. Como estabais las dos así, no quería ser la rara.

—A nosotras no —contestó Lorena—. Pero a Adrián igual sí. ¿Te importa, Adrián?

—Para nada.

Lorena apoyó la cabeza en mi hombro y, sin previo aviso, me cogió por encima del bañador.

—Daniela, mira si le importa que estemos las tres en topless.

—Joder, Lorena —se rio Daniela—. Al pobre muchacho lo tienes tocándote las tetas y encima lo destrozas. Normal que esté así.

—Adrián, ¿te duelen estos huevos? —preguntó Lorena apretando con cuidado.

—Empiezan a dolerme.

De un solo tirón me bajó el bañador. Antes de que pudiera procesarlo, su mano había rodeado mi erección y empezó a moverse con un ritmo lento, casi cruel. Me miró desde abajo con la boca entreabierta.

—¿Quieres que te ayude un poco?

No contesté. No hizo falta.

—Joder, Lorena, qué bruta eres —protestó Carolina apartándola con la cadera—. Así vas a tardar una hora. Deja que te eche una mano.

Mi prima se arrodilló entre la hamaca y mis piernas y se metió mi miembro en la boca como si llevara meses esperando ese momento. La miré incrédulo. Daniela se acercó por el otro lado y, en cuanto Carolina hizo una pausa para coger aire, fue ella la que tomó el relevo. Lorena, lejos de rendirse, intervino aplicando un golpe de cadera.

—Eh, eh, eh, yo he empezado y yo termino —protestó—. Esa leche es mía.

Las tres se turnaban con una mezcla de competición y complicidad que jamás había imaginado. Yo le acariciaba los pechos a Daniela mientras Lorena volvía a tomar el control. Sentía que iba a explotar en cualquier momento.

—No te pares —le pedí—. Estoy a punto.

—Quiero tu leche entera —susurró ella sin dejar de mirarme—. Dámela, no quiero que se pierda ni una gota.

Cuando me corrí, Lorena no apartó la boca. Daniela, en cuanto vio que ella se incorporaba con los labios brillantes, se acercó y le pidió compartir el sabor con un beso largo y descarado. Carolina, a mi lado, se reía bajito.

***

—¿Te ha gustado, primito? —me preguntó Carolina pasándome una mano por el pecho.

—Llevo desde los quince soñando con algo así —admití—. Aunque nunca contigo dentro del sueño.

—¿No? ¿Y conmigo no has soñado nunca? —inclinó la cabeza con una sonrisa torcida.

—Más veces de las que debería.

—Pues se acabó eso de pensar en mí en tu habitación. A partir de ahora me lo haces en directo. Y empieza por bajar.

Se quitó el bikini con un solo movimiento y se tumbó en la hamaca. Bajé entre sus piernas y empecé a recorrerla con la lengua sin prisa. Le acaricié los muslos, le mordí la cara interna, le rocé el clítoris con la punta y la sentí estremecerse. Mientras tanto, Lorena se subió detrás de mí y me besó la espalda mientras Daniela, otra vez, se ocupaba de despertarme entre las piernas. Sentí el dedo de Lorena empapado en aceite recorriendo zonas que ninguna chica había explorado nunca.

Cuando entré en mi prima, ella apretó las piernas a mi alrededor y me clavó las uñas en los hombros.

—No pares, Adrián —jadeó—. Llevo años imaginando esto. Más fuerte. Así, así.

Cambiamos de postura. Ella se subió encima y empezó a cabalgarme. Daniela se colocó sobre mi cara y yo le devolví, lengua mediante, todo lo que ella me había dado un rato antes. Lorena las besaba a las dos, se inclinaba a comer un pecho, volvía a mí. Era un caos coreografiado.

—No te corras todavía —me ordenó Carolina con los ojos cerrados—. No quiero que pares. Aaah, joder...

Cayó sobre mí temblando, con la respiración entrecortada y una sonrisa que valía todos los veranos de mi vida.

***

—Adrián —susurró Lorena un momento después—, ahora me toca a mí.

Se acercó a mi oído y me explicó, casi pidiendo permiso, su deseo. Nunca había probado el sexo anal y quería que yo fuera el primero. Le dije la verdad: yo tampoco. Me cogió de la mano, untó mi miembro con aceite bronceador y se sentó muy despacio sobre mí. Tardó en bajar del todo. Sus dedos se aferraron a mis muslos y, cuando por fin me sintió entero, apoyó la frente en la mía.

—Espera, espera. Déjame acostumbrarme.

Empezó a subir y a bajar con un ritmo que ella misma marcó. Cuando me pidió que me pusiera detrás, la giré con cuidado y la coloqué de rodillas. Carolina, por el otro lado, se inclinó a comerle el clítoris mientras yo me movía. Lorena gritó, no sabía si de placer o de mezcla, lloraba y se reía, y se corrió de una manera que no había visto antes. Yo aguanté apretando los dientes.

—Yo aún tengo otro deseo —dijo Carolina poniéndose a cuatro patas delante de mí—. Quiero que termines dentro de mí.

No lo pensé. Le agarré las caderas con las dos manos y embestí hasta dejarme entero ahí. Cuando reventé, fue como vaciar tres meses de soledad en una sola descarga. Caí de espaldas sobre la hamaca convencido de que no podría moverme en una hora.

***

—¿Cómo estás, cielo? —Daniela se inclinó sobre mí con una sonrisa traviesa—. Cada año que pasa estás más bueno. Ellas ya han tenido lo suyo. A mí aún me toca.

Nos bañamos los cuatro desnudos en la piscina y, después, nos echamos una siesta sobre las hamacas. Me desperté con la lengua de Daniela recorriéndome de nuevo. En su bolso había un arnés que ella misma había traído, prevenida.

—Mi deseo es distinto —dijo mostrándomelo—. Quiero ser yo la que entre. Y quiero que ellas dos se ocupen de tu boca mientras tanto.

Me coloqué a cuatro patas. Daniela me preparó con paciencia, con cuidado, mordiéndome el cuello. Lorena se tumbó debajo y guio mi cara hacia sus pechos. Carolina me acariciaba el pelo mientras me besaba en la boca. Cuando Daniela empezó a moverse, sentí una mezcla de incomodidad y descubrimiento que se transformó muy rápido en algo que no sabía nombrar. En menos de diez minutos, Lorena bajó hasta mí y volvió a hacer lo que mejor sabía hacer. Esta vez fue Daniela la que recogió, con la lengua, lo poco que quedaba.

—Esa leche tuya es adictiva —se rio—. Deberíamos envasarla.

***

Carolina desapareció dentro de la casa y volvió a los cinco minutos con cuatro copas y una botella de cava.

—A brindar, primito. ¿Sabes por qué?

—¿Porque no se nos ha caído la piscina?

—No. Acabo de hablar con tu madre. Le he contado que Javier se ha llevado al niño al pueblo, que me daba un poco de miedo quedarme sola en el campo y que si te podías quedar a hacerme compañía todo el fin de semana. Ha dicho que sí. Que si tú no tienes problema, te quedas.

—Madre mía —dije aceptando la copa—. Claro que no tengo problema.

Las tres brindaron. Yo levanté la mía y miré a Carolina sabiendo que el verano más largo de mi vida acababa de empezar.

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Comentarios (5)

DiegoR

Buenísimo, me enganche desde el primer parrafo. Espero que haya continuación!

NightReader_ARG

¿Hay segunda parte? Quede con muchas ganas de saber como sigue jaja

HoracioRosario

Me hizo acordar a un verano de mi adolescencia, jaja. Muy bien escrito, se siente real sin pasarse de la raya.

Martin_Cba

excelente relato!!! uno de mis favoritos de la categoria

Lola_deBaires

La tension del arranque esta perfecta. Sabés construir el ambiente sin apurarte, eso no es facil. Esperando que continue.

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