Mi tío se quedó la tarde que mamá no estaba
El último viernes antes de las vacaciones, salí del instituto con la falda plisada pegada a las piernas y la blusa adherida a la espalda por el sudor. El sol de marzo caía oblicuo sobre el patio empedrado, y yo solo quería llegar a casa, sacarme el uniforme y meterme bajo una ducha larga.
No vi venir el empujón.
—Te dije que te alejaras de Tomás —siseó una voz a mis espaldas.
Me giré apenas a tiempo para reconocer a Daniela, la novia de mi primo. Tenía dos o tres años más que yo, el rímel corrido y los ojos clavados en mí como si fuera a abrirme en dos.
—Es mi primo —le respondí, y mi voz salió más firme de lo que esperaba—. No puedo alejarme. Somos familia.
—Familia y un cuerno.
Su bofetada me dejó la mejilla ardiendo. Después vino el resto: las uñas en la espalda, los rasguños bajo el cuello del polo, el forcejeo torpe entre dos chicas que nunca habían peleado en serio. Caímos contra la pared del estacionamiento. Mi falda se subió hasta los muslos y sentí el calor del muro y el frío del miedo a la vez. La blusa se me desabrochó en los primeros dos botones, y el borde rosado del sostén quedó a la vista.
—¡Daniela, basta!
El grito vino del otro lado del estacionamiento. Mi prima Marina, que esperaba a su padre, me había visto. Y detrás de ella, ya bajándose de la camioneta, mi tío Andrés.
Andrés era el hermano mayor de mi madre. Le sacaba diez años. Había sido siempre la versión más imponente de los dos: alto, con esa espalda ancha que se notaba aún bajo la camisa abierta. Cuando llegó hasta nosotras, su mano se cerró sobre el brazo de Daniela como una llave.
—Si vuelves a tocarla —le dijo, sin levantar la voz— no tendrás que preocuparte más por Tomás. Te lo prohíbo yo. ¿Quedó claro?
Daniela soltó un insulto entre dientes y se fue caminando rápido, sin mirarnos. Mi tío me ayudó a recomponerme. Sus ojos pasaron por los rasguños de mi cuello y por el encaje rosa que se asomaba bajo la blusa rota. Apartó la vista enseguida, pero yo lo noté.
—Sube a la camioneta —dijo—. Te llevo a tu casa.
***
Marina iba en el asiento del medio. Hablaba sin parar, indignada con Daniela, con Tomás por permitirle esos arrebatos, con todo el mundo. Yo apenas la escuchaba. Sentía cada rasguño como una marca palpitante, y la tela del uniforme me rozaba la espalda con un ardor que era casi placentero. No sabía cómo nombrarlo.
—¿Estás bien, Lucía? —me preguntó mi tío en un semáforo, mirándome por el retrovisor.
—Sí, tío. Estoy bien.
No estaba bien. La imagen de Tomás, mi primo, llevaba meses instalada en algún rincón al que no me dejaban entrar. Lo había visto en el cumpleaños de la abuela y había vuelto a sentir lo de siempre, multiplicado por dos. Esa sensación de que mi cuerpo había decidido por mí algo que la cabeza nunca aprobaría.
Dejamos a Marina en su casa. Mi tía Patricia salió al portón a recibirla y mi tío le explicó la pelea por encima, sin entrar en detalles. Después arrancó otra vez y giró hacia mi calle.
—Tu mamá está, ¿no? —preguntó.
—Sí. Bueno. Eso creo.
***
La casa estaba a oscuras cuando llegamos. Encendí las luces del recibidor y llamé a mi madre dos veces sin obtener respuesta. Saqué el celular y la marqué. Estaba en otra ciudad, atendiendo un juicio que se le había alargado. No volvía hasta el lunes.
—El tío Andrés se quedó conmigo después de la pelea —le dije—. Tranquila.
—Pásamelo un segundo, mi amor.
Le entregué el aparato. Mi tío salió al patio para hablar con ella, y yo aproveché para sentarme un momento en el sofá y respirar. Sentía las piernas blandas y el cuerpo lleno de electricidad acumulada, como si la pelea no hubiera terminado de salir de mí.
Cuando volvió, mi tío dejó el celular sobre la mesa y me miró desde la otra punta del sofá.
—Tu madre me pidió que me quedara hasta mañana. Hasta que llegue alguna tía o vuelva ella. No quiere que estés sola con esos rasguños.
Asentí. No supe qué decir. Me levanté, fui a la cocina y volví con dos vasos de agua. Cuando le entregué uno, sus dedos rozaron los míos y sentí ese pinchazo en el pecho que ya conocía, pero que nunca había venido de un sitio tan cercano como mi propia familia. Me senté a su lado, no del otro extremo, y eso fue una decisión que tomé sin pensarla.
—Quería pedirte perdón por lo de Daniela —dijo, después de un silencio—. No deberías haber tenido que pasar por eso.
—No fue tu culpa, tío.
—Igual lo siento.
Bajé los ojos. Empecé a juguetear con el ruedo de la falda, que se me había arrugado en el coche y ahora me quedaba más arriba de lo que correspondía. Mi tío se acercó un poco. Su brazo rozó el mío, y por primera vez en mi vida me di cuenta de que la palabra «tío» tenía un peso físico, un calor.
—¿Estás bien de verdad? —preguntó, casi en un murmullo.
Tragué saliva. Iba a contestarle que sí. En cambio dije, sin saber por qué:
—Hace meses que estoy enamorada de Tomás.
El silencio se estiró. Mi tío no se movió.
—Ya sé que no puede ser —seguí, porque ya había abierto la puerta y no podía cerrarla—. Es mi primo, tiene novia, y aun así pienso en él todos los días. Es horrible. No se lo cuento a nadie.
—Yo me refería a si te dolía algo —dijo él, con una sonrisa que no era del todo paterna—. De los rasguños.
El rubor me subió desde el pecho hasta las orejas. Sentí ganas de meterme debajo del sofá.
—Tío, por favor… que esto no salga de aquí.
—No va a salir. —Me miró con los ojos tan serios que tuve que apartar los míos—. La verdad es que en la familia ya lo notamos. Nadie va a decir nada.
Me llevé los dedos a la clavícula, donde un rasguño largo me ardía bajo la piel.
—Aquí me arde —murmuré, sin pensar.
—Déjame ver.
Se acercó. Me apartó con cuidado el cuello del polo y bajó la mirada. Yo contuve el aliento. Sus dedos eran ásperos, calientes. Olía a colonia y a algo más que no supe identificar y que me erizó la piel.
Y entonces se inclinó. Sus labios rozaron el rasguño, primero apenas, después con una lentitud deliberada que no tenía nada de cura. Cerré los ojos. Sentí cómo todo el cuerpo se me apretaba en un solo punto entre las piernas.
Me aparté de un golpe.
—Tío, no.
Me había pegado contra el respaldo del sofá. Me ajusté la blusa con manos que no me obedecían. Él me miraba sin moverse, los ojos grises clavados en los míos.
—Perdóname, Lucía. No sé qué me pasó.
—No es por eso —respondí, demasiado rápido—. Es por la tía Patricia. Y por Marina. Las quiero mucho.
Hubo un cambio en su cara. Algo se aflojó.
—¿Entonces no te molestó?
Me mordí el labio. Negué con la cabeza, mirándolo desde abajo de las pestañas.
—Me gustó —admití, en un susurro—. Me gustó mucho. Pero…
No pude terminar. Su mano se cerró en mi cintura y me atrajo hacia él, sentándome sobre sus piernas como si no pesara nada. La falda se subió. Sentí el calor de sus muslos bajo mí, y debajo, algo duro y vivo que apretaba la tela del pantalón.
Tomó mi mano y la puso ahí. La guió despacio, sin obligarla. Yo me dejé. Mis dedos siguieron la forma de él bajo el jean, una línea larga y dura que nunca había tocado en nadie. Un calor líquido se me acumuló entre las piernas, empapando algo que ni siquiera quería nombrar.
—¿Te gusta? —me preguntó. La voz le había bajado un tono.
—Sí —dije. Y entonces aparté la mano como si me hubiera quemado—. No puedo, tío. No puedo.
—¿Por qué no?
Lo miré a los ojos. Tenía las mejillas ardiendo.
—Porque soy virgen.
El silencio que siguió fue de una densidad rara. Pensé que se iba a apartar, que se iba a disculpar otra vez, que me iba a llevar a mi cuarto y a esperar afuera hasta que llegara mi madre el lunes. No hizo nada de eso. Me sostuvo la mirada.
—¿Y qué mejor —dijo, despacio— que perderla con alguien que te conoce desde que naciste? Alguien que sabe quién eres. Que va a tener cuidado.
Sentí cómo algo cedía dentro de mí. Era el último cable. El que sostenía la idea de que las cosas se hacían como se debían.
—Pero la tía Patricia. Y Marina.
—Por ellas no te preocupes. —Me tomó la cara entre las dos manos. Los dedos le olían a cuero del volante—. Esto es nuestro, Lucía. ¿O acaso vas a contarles? Lo que pasa entre nosotros, queda entre nosotros. Queda en la familia.
Eso fue lo que me terminó de soltar. La frase, dicha así, con esa calma suya. «Queda en la familia.» Como si fuera un acuerdo viejo, anterior a mí.
Fui yo la que lo besó.
***
Lo besé como nunca había besado a nadie, porque a nadie había besado así. La lengua se me fue antes que la timidez. Sentí su mano grande en la nuca, cerrándose sobre mi pelo, y la otra recorriéndome la espalda por encima de la blusa rota, donde los rasguños todavía latían. Cada vez que sus dedos pasaban por ahí, un escalofrío me bajaba hasta los pies.
Empezó a desabrocharme la blusa con una habilidad que me hizo darme cuenta de muchas cosas a la vez. Los botones cedían uno detrás de otro. El sostén rosa quedó a la vista, ridículo, infantil contra la situación. Mi tío bajó la cara y besó la curva de un pecho por encima del encaje, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo arqueé la espalda sin querer.
—Dios, sobrina —murmuró contra la piel.
La palabra «sobrina» me golpeó como una segunda confesión. Era sucia y exacta a la vez. Me hizo gemir, lo juro, solo eso, antes de cualquier otra cosa.
Sus dedos encontraron el broche del sostén en la espalda. Lo soltaron sin dudarlo. La prenda cayó sobre mi falda arrugada y por primera vez en mi vida un hombre me vio así, sentada sobre sus piernas, con los rasguños de otra mujer marcándome la piel.
—Mírate las tetas, sobrina —dijo, con la voz ronca—. Míralas para mí.
Bajé los ojos. Los pezones se me habían puesto duros de puro miedo, de puro querer. Él los agarró con las dos manos, las palmas ásperas cubriéndome entera, y me los apretó despacio, sopesándomelos como si nunca hubiera tenido tetas de nadie más entre los dedos. Después bajó la cabeza y se metió uno en la boca. La lengua áspera, tibia. Chupó fuerte, con hambre, y yo solté un gemido que no reconocí como mío. La otra mano me apretaba el pezón libre entre el pulgar y el índice, girándomelo, tirando apenas hasta que me arqueé contra él.
—Tío… —jadeé.
—Decime cómo, Lucía. Decime cómo te gusta.
—Así. Así, por favor.
Me pasó los dientes por el pezón mordido. No fuerte. Lo justo para que me diera cuenta de que podía. Su otra mano abandonó mi pecho y bajó por el vientre, por debajo del ruedo de la falda arrugada, hasta encontrar la cinta de la bombacha. Metió los dedos por el borde. Los sentí resbalar por una humedad que me daba vergüenza.
—Estás empapada —murmuró contra mi tetita—. Empapada de verdad, sobrina.
—No sé por qué.
—Sí sabes.
Sus dedos se pasearon por mi coño de arriba abajo, sin entrar. Solo separando los labios, midiéndome, untándose en lo mío. El pulgar encontró el clítoris y se quedó ahí, dando vueltas pequeñas. Yo me clavé las uñas en sus hombros por encima de la camisa. Nunca me había tocado nadie ahí que no fuera yo misma bajo las sábanas, y hasta esas veces me había sentido culpable. Ahora la culpa se había disuelto en algo mucho más ancho.
—Abrí las piernas para mí.
Las abrí. Se me subió la falda hasta la cintura. La bombacha rosa, del mismo juego que el sostén, se había hecho a un lado por sus dedos y quedaba de adorno. Él la miró un largo segundo, como si estuviera guardando la imagen para después.
—Vení. Al suelo.
Me bajó de sus piernas. Me acostó sobre la alfombra del living, la que mi madre había comprado un verano en la costa. Me desabrochó la falda y me la deslizó por las caderas. La bombacha rosa la siguió, enredada, hasta los tobillos. Me la sacó por los pies con dos dedos, como quien saca un envoltorio.
Se arrodilló entre mis rodillas. Todavía vestido, la camisa a medio abrir, el jean con el bulto marcado. Me miró desde ahí arriba. Yo tenía los brazos cruzados sobre las tetas, más por reflejo que por otra cosa.
—Bajá los brazos. Quiero verte.
Los bajé.
—Así, sobrina. Toda para mí.
Se inclinó. Me besó el ombligo. Después bajó, con la boca abierta, mordiéndome apenas la cadera, la ingle, hasta que su barba me raspó los muslos. Yo cerré los ojos. Sentí su lengua abrirme el coño de un lametón largo, lento, que me arrancó un grito. No la había sentido nunca a nadie ahí. Nada me había preparado para eso. Sus manos me sujetaron los muslos abiertos y siguió lamiendo, chupando el clítoris, metiéndome la lengua adentro hasta donde alcanzaba, saliendo, volviendo. Sonaba obsceno. Yo lo escuchaba y me daba más calor todavía.
—Tío, tío, me voy a…
—Vení en mi boca. Vení todo lo que tengas.
Se me arqueó la espalda de la alfombra. Le agarré el pelo con las dos manos y le apreté la cara contra mí sin querer, y él aceptó, chupó más fuerte, hasta que se me partió algo por dentro. Me corrí temblando, con los muslos cerrándose sobre sus orejas, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar por la ventana abierta. Él siguió lamiéndome despacio mientras yo bajaba, hasta que el clítoris me quedó tan sensible que tuve que apartarlo por los hombros.
Se limpió la boca con el dorso del brazo. Sonrió. Nunca lo había visto sonreír así, ni siquiera en las fotos viejas.
—¿Estás segura, Lucía? —me preguntó, mientras se desabrochaba el cinturón—. Última vez que pregunto.
Asentí. No podía hablar. Lo miraba sacarse el jean, bajarse el calzoncillo, dejar salir la polla, y era la primera que veía de cerca. Larga, gruesa, con una vena marcada por debajo y la punta brillante de una gota. Me dio miedo un segundo. Después me dieron ganas.
—Tocala. Con calma.
Le pasé la mano. La piel era más suave de lo que me había imaginado, y por debajo estaba durísima. La rodeé entera con los dedos y todavía sobraba. Él soltó un gruñido bajo cuando le apreté sin querer.
—Así, sobrina. Así.
—Quiero probarla —dije, y me sorprendí a mí misma.
—Vení.
Me incorporé. Me arrodillé frente a él, con las tetas al aire, la falda tirada, el pelo revuelto. Le acerqué la boca. Le pasé la lengua por la punta primero, probándolo, un sabor salado que se me pegó al paladar. Después abrí más. Me la metí despacio, tanto como pude, y él soltó el aire de golpe. Le agarré la base con la mano. Chupé, con más entusiasmo que técnica, siguiendo lo que él me pedía con la mano en mi nuca.
—Con la lengua. Bien. Así, mi sobrina, así se hace.
Cada vez que me tragaba más, se me llenaba la boca de saliva. Un hilo me caía por la barbilla hasta las tetas. Cuando lo miré desde abajo, él tenía los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa. Me tiró del pelo, despacio, para que lo soltara.
—Basta. Me voy a correr y no quiero. Todavía no.
Me sacó la polla de la boca con un ruido que me hizo cerrar los muslos. Me empujó de vuelta contra la alfombra. Se puso encima de mí. Sentí el peso entero de un hombre por primera vez, esa cosa rara de no poder moverte y no querer moverte. Me abrió las piernas con la rodilla y se acomodó entre ellas. La punta me tocó la entrada del coño, y estaba tan mojada que resbaló sola sin encontrar apoyo.
—Va a doler un poco —murmuró contra mi oído—. Aguantame.
—Sí. Aguanto lo que sea.
Empujó. Despacio. Sentí cómo me abría, milímetro a milímetro, y era mucho más de lo que había imaginado. Contuve la respiración. Él se detuvo cuando encontró la resistencia.
—Mirame, Lucía.
Lo miré. Los ojos grises fijos en los míos.
—Ahora —dijo.
Y empujó fuerte. Sentí un pinchazo agudo, un ardor, y después una plenitud rara, como si de pronto hubiera algo en mi cuerpo que siempre había faltado. Se me llenaron los ojos de lágrimas sin querer. Él se quedó quieto adentro, sosteniéndome la cara, dándome besos pequeños en la boca hasta que respiré otra vez.
—¿Bien?
—Bien —susurré—. Segui.
Empezó a moverse. Salida corta, entrada larga. Cada envión me lo metía más adentro. El ardor se fue transformando en otra cosa, una fricción caliente que me subía por la panza. Me agarré a su espalda por encima de la camisa. Le mordí el hombro cuando pegó una embestida más honda.
—Así, sobrina. Tenías esto guardado.
—Sí. Sí, tío.
—Decilo. Decí para quién era.
—Para vos —jadeé, sin saber si era verdad, sabiendo que iba a serlo desde ahora.
Me agarró una pierna por la corva y me la subió al hombro. Desde ese ángulo me clavó más profundo. Yo grité contra su cuello. Sentía la polla golpeándome en un lugar que no sabía que existía, y cada golpe me arrancaba un ruido nuevo. Él me miraba la cara mientras me follaba. Me estudiaba. Aprendía qué me hacía apretar más los dedos, qué me hacía abrir más la boca.
—Correte otra vez para mí. Correte con la polla adentro. Vamos.
Su mano bajó entre nosotros y me encontró el clítoris. Empezó a frotármelo al ritmo de las embestidas. Yo sentí cómo todo se cerraba, cómo el coño se me apretaba solo alrededor de él, y me corrí otra vez con la boca abierta y ningún sonido saliendo. Un temblor larguísimo. Él soltó un gruñido de placer al sentirme apretarlo.
—Buena chica. Buena sobrina.
Aceleró. Los envíones se volvieron más fuertes, más sucios, la piel de sus caderas chocando contra la mía haciendo un ruido que me daba vergüenza. Sacó la polla de golpe.
—En la boca. Abrí la boca.
Me arrastré, me arrodillé otra vez frente a él, y él se la meneó dos, tres veces sobre mi cara. Se corrió con un gemido bajo y largo. Sentí los chorros calientes en la lengua, en los labios, en la barbilla, en las tetas. Un poco me cayó en el pelo. Él sostuvo la polla con la mano y la apoyó contra mis labios cuando terminó, y yo, sin pensar, saqué la lengua y lo lamí hasta la última gota. Como una promesa.
Me quedé así un momento, arrodillada, con la corrida de mi tío escurriendo por el pecho y el coño palpitándome vacío. Él me miró como si acabara de descubrir algo. Me pasó el pulgar por la mejilla, recogiendo lo que se me había quedado ahí, y me lo puso en la boca. Chupé.
—Queda en la familia, Lucía —dijo, despacio.
—Queda en la familia —repetí.
Y dejé que mi tío me acostara otra vez contra ese sofá donde tantas veces, de chica, había dormido la siesta de los domingos.