Le mentí a mi esposa para dormir con mi hermana
Cuando Lucía se levantó de encima de mí, iba dejando un rastro tibio por donde se movía. Lo último ahora le corría despacio por la cara interna del muslo, una línea brillante de la que no podía apartar la vista.
Fue hasta la cocina y volvió con un rollo de papel para limpiar y secar todo. En ese instante, donde aparentemente las cosas regresaban a su cauce y solo tocaba ordenar el desastre, yo me sentí muy fuera de lugar.
Era casi mediodía. Los tres teníamos que trabajar y nos habíamos dejado arrastrar de tal manera que perdimos toda noción del tiempo y del momento.
Renata se incorporó, fue al cuarto y se cambió de ropa para volver a la oficina. Lucía también se vistió. Era la que estaba más radiante de los tres, como si nada de lo ocurrido la afectara.
—Hermano, me voy. Esto fue mucho mejor que ir al gimnasio. Despídeme de Renata con un beso, tengo que pasar también por mi trabajo.
Y así, sin más vueltas, se fue de casa. Yo terminé de limpiar el sillón y los almohadones, que estaban empapados, me vestí y volví a la laptop, donde se acumulaban los correos sin leer. Todo me pasaba como en otra dimensión, como si lo viera desde fuera.
Bajó Renata, me dio un beso y se fue.
—Amor, hoy vuelvo un poco más tarde de la oficina, tengo que recuperar las horas que estuve en casa… Ahh, y me duele mucho la cola, pero me encantó.
Quedé otra vez solo, con muchas preguntas sin responder y sintiendo una mezcla rara de cosas. Por un lado, seguía extasiado por el placer; por el otro, preocupado por lo que vendría a partir de ahora.
A ellas no parecía afectarles. Podían volver a sus rutinas con una facilidad que a mí me asombraba. Tenían mucha más experiencia que yo en correr a un lado esa parte morbosa y sexual de su día a día.
El trabajo me ayudó en parte, pero no acalló mis cuestionamientos. La tarde avanzaba y yo no podía borrar de la cabeza lo que había pasado. Iba de la calentura al reproche y vuelta a empezar.
Recordándolo, se me puso dura con solo pensar en lo que habíamos hecho. Abrí la aplicación de la cámara del living y retrocedí hasta el momento en que mi hermana se subió encima de mí y empezamos a coger. Lo vi entero, otra vez, y me masturbé con rabia. Me la pajeé mirando aquel desastre y mirando también el ojo negro de la cámara, deseando en secreto que alguna de las dos estuviera espiando la app igual que yo y me viera acabar. El morbo se me metía por todos lados.
Renata volvió cuando ya era hora de cenar. Hablamos de cosas del trabajo, de unos arreglos pendientes en la casa, de la lista del supermercado. El tema de la mañana no salió. A mí me estaba volviendo loco. Cuando nos fuimos a acostar no aguanté más y tuve que sacarlo a colación.
—¿No vamos a hablar de lo que pasó hoy?
—¿Qué querés hablar? A mí me encantó. Podríamos repetirlo, ¿no?
—¿No te parece que algo está mal en lo que hicimos?
—Tomi, yo creo que si esto lo hubiéramos charlado y experimentado antes, los tres habríamos sido más felices.
—Renata, ¿vos no me amás?
—Obvio que te amo, y ahora siento que un poco más, porque puedo ser plenamente yo sin esconder nada. Me siento aliviada, agradecida de que hayas entrado en este mundo que te estuvimos ocultando con tu hermana.
—Pero a ella siempre la elegiste antes que a mí.
—Es hermosa y me calienta. Tenemos una historia que arrancó antes que la nuestra. Pero eso no quita lo que sentimos. Sos el hombre de mi vida, te amo. Eso sí: mi cola va a tener que descansar un buen tiempo antes de volver a entrar en acción. Todavía me duele. Jejeje.
No estaba seguro de poder con todo esto como ella podía. Todavía no me daba para bromear. La besé en la frente, me di vuelta y me dispuse a dormir, aunque por dentro seguía dando vueltas la imagen de Lucía sentándose encima de mí.
***
Al otro día salí a trabajar y arreglé con mi hermana para almorzar juntos en un local cerca de las oficinas. Necesitaba hablar con ella también cara a cara, mirándola a los ojos.
—Tomi, ¿cómo estás?
Igual que Renata, parecía no tener ningún problema en disimular lo que había ocurrido. Tenía puesto un vestido floreado, el pelo recogido en un rodete improvisado y los labios apenas pintados.
—Hola, Luci. ¿Todo bien? ¿Tranquilo el día?
—Con un montón de trabajo, pero mañana puedo volver al gimnasio temprano si tenés un rato libre para acompañarme. —Sonrisa pícara.
—Lucía, tenemos que hablar de eso. No me siento del todo bien con lo que hicimos.
—No. No empieces con eso. Vos siempre la elegiste a ella y yo ya lo acepté. No quiero perder esto también.
—No se trata de ganar o perder. Se trata de si está bien o mal.
—Tomi, ¿vos disfrutaste de lo que hicimos? —bajó la voz y siguió con las preguntas.
—Sí.
—¿Disfrutaste de coger conmigo?
—Sí.
—¿Te gustó cuando nos acabaste en la cara a las dos?
—Sí.
—¿Entonces?
Bajé yo también la voz, hasta volverla apenas un susurro.
—Disfruté más cuando acabamos juntos y me besaste.
Se quedó mirándome, sin esperarse ese comentario. Ella creía que lo que me atormentaba era el morbo del trío, pero no se imaginaba que yo también me estaba enamorando de ella. El asunto había dado un giro inesperado por dentro mío.
Lucía siempre fue mi alma gemela, la mejor persona de mi vida y, además, una mujer hermosa que siempre me había excitado en silencio. Las pajas que le dediqué a escondidas durante años, mirando alguna foto suya en el celular o recordando algún roce inocente. Descubrir que ella también estaba obsesionada conmigo revivió ese amor adolescente que tenía guardado bajo llave. Aquella mañana de sexo íntimo y romántico había roto una barrera y abierto una posibilidad que hasta ayer parecía imposible.
—Tomás, yo también te amo.
Me terminó de convencer con esa frase.
—Luci, acá nadie sabe que somos hermanos, ¿no?
—No.
—¿Y entonces por qué no hacés como si fueras mi novia, te sentás a mi lado y me besás?
Le brillaron los ojos. Noté cómo se le aceleró la respiración y cómo dudaba un segundo antes de moverse. Estiré el brazo y le tomé la mano por encima del mantel.
—Yo también te amo, Luci.
Se acercó y me besó con timidez, con un cariño antiguo, como si estuviera recuperando algo que siempre le había pertenecido. Comimos como si fuéramos novios de verdad, tomándonos las manos cada tanto, riéndonos de cualquier estupidez. La sensación era hermosa, prohibida y profunda al mismo tiempo. Cada vez que el mozo se acercaba, soltábamos las manos un instante y volvíamos a juntarlas en cuanto se daba vuelta.
***
Le escribí a Renata un mensaje, inventándole que tenía que acompañar de urgencia a un amigo al hospital, que lo iban a operar y me había pedido pasar la noche con él. Lo redacté con los dedos un poco temblorosos, esperando que no llamara a pedir más detalles. Me contestó al rato, comprensiva, sin cuestionar nada, deseándole pronta recuperación a un amigo que nunca existió. Camino despejado: iba a tener una noche de novios con mi propia hermana. Iría directo a su casa al salir del trabajo. Ella ya estaría ahí, esperándome.
Llegué a la puerta y me costó tocar el timbre. Cuando me abrió, casi se me caen las llaves al piso. Tenía puesto un calzón ancho, más parecido a un bóxer masculino que a la ropa interior femenina que uno se imaginaba en una mujer voluptuosa como ella, y una de mis remeras viejas que obviamente le quedaba enorme. Era exactamente como llegar a casa y encontrarte con tu novia en ropa cómoda. Perfecto, pensé. Es justo lo que necesitaba.
Me dio un beso corto, solo apoyando los labios, ese beso de todos los días en una pareja de años.
—¿Te vas a dar un baño, amor? Ya te dejé ropa cómoda en el cuarto para que te saques esa de la oficina. También te dejé tu perfume en el baño.
Tenía mucha ropa mía guardada en su casa, de alguna mudanza, de algún olvido. Renata nunca había sido así de detallista, pero Lucía siempre tuvo esos gestos conmigo, desde chica. Esa relación nuestra siempre me había encantado. Solo que ahora la entendía distinto.
Me bañé despacio, dejando que el agua caliente me limpiara también la cabeza. Me puse el pantalón de jogging y la remera que ella había elegido, me perfumé y bajé al living. Estaba en el sofá, mirando una serie boba en la televisión, con una manta sobre las piernas y una taza de té en la mesita.
Me acurruqué entre el respaldo y su cuerpo, en posición cucharita, le pasé la mano por debajo de la remera y le agarré una teta. Le besé el cuello detrás de la oreja, ese punto donde la piel huele distinto a todo el resto. Mi miembro creció enseguida y ella lo sintió contra la cola. Movió las caderas para frotarlo y sentir el calor a través de la tela, sin volver la cara, sin mirarme. Sin decir nada se sacó el calzón ancho y se abrió una nalga con la mano, despacio, como invitándome a pasar.
—Metela. Quiero sentirte adentro.
Saqué la pija por la abertura del bóxer y, despacio, la fui empujando. Estaba muy mojada, increíblemente caliente. Entró primero la cabeza y le escapó un suspiro largo, como si llevara horas esperando ese instante. Seguí metiéndosela entera y ella no podía cerrar la boca, en un gesto de placer mudo. Con movimientos cortos, medidos por lo limitado del espacio, hicimos el amor en silencio, sintiendo cada palmo de piel contra piel, escuchando solo el ruido de fondo de la televisión que ninguno de los dos miraba.
Llegamos otra vez juntos al orgasmo. Eyaculé justo cuando le decía al oído: «te amo, hermana». Ella apretó mi mano contra su pecho y se quedó así, quieta, con la respiración entrecortada.
No hubo cena. Solo nosotros dos, abrazados en el sofá, hasta que el sueño nos venció con el televisor todavía encendido.