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Relatos Ardientes

Le mentí a mi esposa para dormir con mi hermana

Cuando Lucía se levantó de encima de mí, iba dejando un rastro tibio por donde se movía. Lo último ahora le corría despacio por la cara interna del muslo, una línea brillante y espesa de semen mezclado con sus jugos de la que no podía apartar la vista. Se me escapaban los ojos hacia su coño abierto, hinchado, todavía goteando lo que le había vaciado adentro minutos antes.

Fue hasta la cocina y volvió con un rollo de papel para limpiar y secar todo. Se agachó delante de mí, con el culo respingado, y se pasó el papel entre las piernas, apretando los labios de la concha para exprimir mi corrida. Vi cómo el papel se manchaba de blanco y transparente, y sentí que la verga me daba una última sacudida de puro morbo. En ese instante, donde aparentemente las cosas regresaban a su cauce y solo tocaba ordenar el desastre, yo me sentí muy fuera de lugar.

Era casi mediodía. Los tres teníamos que trabajar y nos habíamos dejado arrastrar de tal manera que perdimos toda noción del tiempo y del momento.

Renata se incorporó, fue al cuarto y se cambió de ropa para volver a la oficina. Lucía también se vistió. Era la que estaba más radiante de los tres, como si nada de lo ocurrido la afectara.

—Hermano, me voy. Esto fue mucho mejor que ir al gimnasio. Despídeme de Renata con un beso, tengo que pasar también por mi trabajo.

Y así, sin más vueltas, se fue de casa. Yo terminé de limpiar el sillón y los almohadones, que estaban empapados de flujo y de leche, me vestí y volví a la laptop, donde se acumulaban los correos sin leer. Todo me pasaba como en otra dimensión, como si lo viera desde fuera.

Bajó Renata, me dio un beso y se fue.

—Amor, hoy vuelvo un poco más tarde de la oficina, tengo que recuperar las horas que estuve en casa… Ahh, y me duele mucho la cola de cómo me la cogiste, pero me encantó. Dejaste el culo destrozado, boludo.

Quedé otra vez solo, con muchas preguntas sin responder y sintiendo una mezcla rara de cosas. Por un lado, seguía extasiado por el placer; por el otro, preocupado por lo que vendría a partir de ahora.

A ellas no parecía afectarles. Podían volver a sus rutinas con una facilidad que a mí me asombraba. Tenían mucha más experiencia que yo en correr a un lado esa parte morbosa y sexual de su día a día.

El trabajo me ayudó en parte, pero no acalló mis cuestionamientos. La tarde avanzaba y yo no podía borrar de la cabeza lo que había pasado. Iba de la calentura al reproche y vuelta a empezar.

Recordándolo, se me puso dura con solo pensar en lo que habíamos hecho. Abrí la aplicación de la cámara del living y retrocedí hasta el momento en que mi hermana se subió encima de mí y empezamos a coger. Lo vi entero, otra vez, y me masturbé con rabia. Me saqué la pija por arriba del pantalón, ya empapada de líquido preseminal, y empecé a pajearme viendo la escena en detalle: cómo Lucía se abría el coño con dos dedos para guiarse mi verga adentro, cómo bajaba de golpe hasta hundírsela hasta las bolas, cómo giraba las caderas y le rebotaban las tetas mientras se cabalgaba encima. Puse pausa en el momento en que Renata le lamía el culo desde atrás y le metía la lengua en el ojete mientras mi hermana me la seguía montando. Me la agarré más fuerte y me pajeé mirando aquel desastre y mirando también el ojo negro de la cámara, deseando en secreto que alguna de las dos estuviera espiando la app igual que yo y me viera acabar. Me imaginé a Renata en su oficina, con la mano metida debajo de la pollera, tocándose el clítoris mientras me miraba correrme. Me imaginé a Lucía en el baño del trabajo, con el calzón bajo, dos dedos adentro. Con esa imagen exploté. Un chorro grueso de leche me saltó hasta el ombligo, y otro, y otro más, cayéndome sobre la mano. El morbo se me metía por todos lados.

Renata volvió cuando ya era hora de cenar. Hablamos de cosas del trabajo, de unos arreglos pendientes en la casa, de la lista del supermercado. El tema de la mañana no salió. A mí me estaba volviendo loco. Cuando nos fuimos a acostar no aguanté más y tuve que sacarlo a colación.

—¿No vamos a hablar de lo que pasó hoy?

—¿Qué querés hablar? A mí me encantó. Podríamos repetirlo, ¿no?

—¿No te parece que algo está mal en lo que hicimos?

—Tomi, yo creo que si esto lo hubiéramos charlado y experimentado antes, los tres habríamos sido más felices.

—Renata, ¿vos no me amás?

—Obvio que te amo, y ahora siento que un poco más, porque puedo ser plenamente yo sin esconder nada. Me siento aliviada, agradecida de que hayas entrado en este mundo que te estuvimos ocultando con tu hermana.

—Pero a ella siempre la elegiste antes que a mí.

—Es hermosa y me calienta. Tenemos una historia que arrancó antes que la nuestra. Pero eso no quita lo que sentimos. Sos el hombre de mi vida, te amo. Eso sí: mi cola va a tener que descansar un buen tiempo antes de volver a entrar en acción. Me la abriste toda, me sale semen tuyo todavía cuando voy al baño. Jejeje.

No estaba seguro de poder con todo esto como ella podía. Todavía no me daba para bromear. La besé en la frente, me di vuelta y me dispuse a dormir, aunque por dentro seguía dando vueltas la imagen de Lucía sentándose encima de mí, empalándose despacio en mi verga.

***

Al otro día salí a trabajar y arreglé con mi hermana para almorzar juntos en un local cerca de las oficinas. Necesitaba hablar con ella también cara a cara, mirándola a los ojos.

—Tomi, ¿cómo estás?

Igual que Renata, parecía no tener ningún problema en disimular lo que había ocurrido. Tenía puesto un vestido floreado, el pelo recogido en un rodete improvisado y los labios apenas pintados.

—Hola, Luci. ¿Todo bien? ¿Tranquilo el día?

—Con un montón de trabajo, pero mañana puedo volver al gimnasio temprano si tenés un rato libre para acompañarme. —Sonrisa pícara.

—Lucía, tenemos que hablar de eso. No me siento del todo bien con lo que hicimos.

—No. No empieces con eso. Vos siempre la elegiste a ella y yo ya lo acepté. No quiero perder esto también.

—No se trata de ganar o perder. Se trata de si está bien o mal.

—Tomi, ¿vos disfrutaste de lo que hicimos? —bajó la voz y siguió con las preguntas.

—Sí.

—¿Disfrutaste de cogerme el coño a tu propia hermana?

—Sí.

—¿Te gustó cuando nos acabaste toda la leche en la cara a las dos y te la chupamos limpita?

—Sí.

—¿Entonces?

Bajé yo también la voz, hasta volverla apenas un susurro.

—Disfruté más cuando acabamos juntos y me besaste.

Se quedó mirándome, sin esperarse ese comentario. Ella creía que lo que me atormentaba era el morbo del trío, pero no se imaginaba que yo también me estaba enamorando de ella. El asunto había dado un giro inesperado por dentro mío.

Lucía siempre fue mi alma gemela, la mejor persona de mi vida y, además, una mujer hermosa que siempre me había excitado en silencio. Las pajas que le dediqué a escondidas durante años, mirando alguna foto suya en el celular en malla o recordando algún roce inocente, alguna vez que se me cruzó en toalla saliendo del baño y le vi el nacimiento de las tetas. Descubrir que ella también estaba obsesionada conmigo revivió ese amor adolescente que tenía guardado bajo llave. Aquella mañana de sexo íntimo y romántico había roto una barrera y abierto una posibilidad que hasta ayer parecía imposible.

—Tomás, yo también te amo.

Me terminó de convencer con esa frase.

—Luci, acá nadie sabe que somos hermanos, ¿no?

—No.

—¿Y entonces por qué no hacés como si fueras mi novia, te sentás a mi lado y me besás?

Le brillaron los ojos. Noté cómo se le aceleró la respiración y cómo dudaba un segundo antes de moverse. Estiré el brazo y le tomé la mano por encima del mantel.

—Yo también te amo, Luci.

Se acercó y me besó con timidez, con un cariño antiguo, como si estuviera recuperando algo que siempre le había pertenecido. Comimos como si fuéramos novios de verdad, tomándonos las manos cada tanto, riéndonos de cualquier estupidez. La sensación era hermosa, prohibida y profunda al mismo tiempo. Cada vez que el mozo se acercaba, soltábamos las manos un instante y volvíamos a juntarlas en cuanto se daba vuelta.

***

Le escribí a Renata un mensaje, inventándole que tenía que acompañar de urgencia a un amigo al hospital, que lo iban a operar y me había pedido pasar la noche con él. Lo redacté con los dedos un poco temblorosos, esperando que no llamara a pedir más detalles. Me contestó al rato, comprensiva, sin cuestionar nada, deseándole pronta recuperación a un amigo que nunca existió. Camino despejado: iba a tener una noche de novios con mi propia hermana. Iría directo a su casa al salir del trabajo. Ella ya estaría ahí, esperándome.

Llegué a la puerta y me costó tocar el timbre. Cuando me abrió, casi se me caen las llaves al piso. Tenía puesto un calzón ancho, más parecido a un bóxer masculino que a la ropa interior femenina que uno se imaginaba en una mujer voluptuosa como ella, y una de mis remeras viejas que obviamente le quedaba enorme, sin corpiño debajo, con los pezones marcándose contra la tela. Era exactamente como llegar a casa y encontrarte con tu novia en ropa cómoda. Perfecto, pensé. Es justo lo que necesitaba.

Me dio un beso corto, solo apoyando los labios, ese beso de todos los días en una pareja de años.

—¿Te vas a dar un baño, amor? Ya te dejé ropa cómoda en el cuarto para que te saques esa de la oficina. También te dejé tu perfume en el baño.

Tenía mucha ropa mía guardada en su casa, de alguna mudanza, de algún olvido. Renata nunca había sido así de detallista, pero Lucía siempre tuvo esos gestos conmigo, desde chica. Esa relación nuestra siempre me había encantado. Solo que ahora la entendía distinto.

Me bañé despacio, dejando que el agua caliente me limpiara también la cabeza. Me puse el pantalón de jogging y la remera que ella había elegido, me perfumé y bajé al living. Estaba en el sofá, mirando una serie boba en la televisión, con una manta sobre las piernas y una taza de té en la mesita.

Me acurruqué entre el respaldo y su cuerpo, en posición cucharita, le pasé la mano por debajo de la remera y le agarré una teta. Se la apreté despacio, sintiendo cómo el pezón se le endurecía entre mis dedos, y ella arqueó apenas la espalda para pegarse más contra mí. Le pellizqué el pezón, se lo enrosqué con dos dedos, se lo estiré. Escuché el suspiro que se le escapaba por la nariz. Le besé el cuello detrás de la oreja, ese punto donde la piel huele distinto a todo el resto, y le mordí el lóbulo. Mi verga creció enseguida, dura como un fierro, y ella la sintió contra la cola. Movió las caderas para frotarla y sentir el calor a través de la tela del jogging, sin volver la cara, sin mirarme. Bajé la mano de la teta, se la fui pasando por la panza, por el ombligo, y me metí adentro del bóxer. La encontré empapada, el vello del pubis pegado con su propio flujo. Le abrí los labios del coño con el dedo del medio y le busqué el clítoris. Estaba hinchado, palpitando. Se lo empecé a mover en círculos, despacio primero y después más rápido. Ella jadeaba mudo, apretaba los muslos contra mi mano.

—Cómo estás de mojada, hermana —le susurré al oído.

—Se me caía el flujo esperándote. Todo el día pensando en esto, imaginándome cómo me la ibas a meter cuando llegaras.

Le metí dos dedos adentro. La concha le hizo un ruidito de succión que me puso todavía más caliente. Le sentí las paredes calientes y apretadas, los dedos me quedaban chorreando cuando los sacaba, y volvía a metérselos, moviéndoselos hacia arriba, buscándole el punto ese donde ella empezaba a temblar. Encontré una zona rugosa y le apreté. Lucía dio un respingo y me clavó las uñas en el antebrazo.

—Ahí, ahí, no te muevas de ahí…

Le mantuve la presión y con el pulgar seguí frotándole el clítoris. Sentí cómo se le contraía todo por dentro, cómo empezaba a apretar los dientes para no gritar. Le corrió una oleada de temblor por las piernas, se le empaparon los dedos y me llenó la mano de un chorro tibio.

—Acabaste rapidísimo —le dije en el cuello.

—Te dije que llevaba horas esperándote. Ahora metémela, dale, no aguanto más.

Sin decir nada se sacó el calzón ancho, tirándolo con los pies al piso, y se abrió una nalga con la mano, despacio, como invitándome a pasar. Me bajé el jogging hasta las rodillas y la pija saltó afuera, dura, con la punta violeta y goteando.

—Metela. Quiero sentirte adentro. Ya.

Le apoyé la cabeza del glande en la entrada del coño y la fui empujando despacio. Estaba muy mojada, increíblemente caliente, y aun así apretaba tanto que sentí cómo la carne se me abría paso a presión. Entró primero la cabeza y le escapó un suspiro largo, como si llevara horas esperando ese instante. Seguí metiéndosela entera, centímetro a centímetro, hasta que sentí mis bolas apoyadas contra sus nalgas. Ella no podía cerrar la boca, en un gesto de placer mudo. La agarré de la cadera con la mano que me quedaba libre y empecé a moverme.

Con movimientos cortos, medidos por lo limitado del espacio del sillón, la fui cogiendo despacio. Le sacaba la verga hasta la mitad y se la volvía a hundir hasta el fondo, sintiendo cómo el cuello del útero le respondía cada vez que la tocaba. Ella movía la cadera al ritmo, empujando el culo hacia atrás, buscando que le entrara más.

—Más fuerte, Tomi, más fuerte. Cogeme como tu novia.

Aceleré las embestidas. El sillón hacía un ruido leve, el crujido de la madera acompañando el chapoteo de mi verga entrando y saliendo de su coño empapado. Le pasé la mano por delante, le seguí frotando el clítoris mientras la penetraba. Ella me buscó la boca girando apenas la cara y me besó con la lengua adentro, gimiendo dentro de mi boca. Le mordí el labio de abajo y le apreté la teta con la otra mano, sintiendo el pezón como una piedrita entre los dedos.

—Voy a acabar otra vez, no pares, no pares…

Empujé más fuerte, hundiéndosela hasta las bolas cada vez, sintiendo cómo el flujo le corría por la raja del culo y me mojaba las pelotas. Escuchando solo el ruido de fondo de la televisión que ninguno de los dos miraba, y encima el chapoteo, los suspiros contenidos, las palabras rotas.

—Estás re dura adentro mío, hermanito.

—Tu concha me chupa toda la verga, Luci, me la aprieta como si no me quisiera dejar salir.

—Es tuya. Toda tuya. Metémela toda, llenámela.

Le sentí el orgasmo antes de que llegara: el coño se le empezó a contraer en oleadas, apretándome tan fuerte que casi no podía moverme adentro. Le clavé los dedos en la cadera y le di las últimas embestidas profundas, sintiendo cómo la leche me subía desde las bolas.

Llegamos otra vez juntos al orgasmo. Eyaculé justo cuando le decía al oído: «te amo, hermana». Le descargué un chorro grueso hasta el fondo, y otro, y otro más, sintiendo cómo se le llenaba el coño y cómo el semen empezaba a chorrearle por afuera, mezclado con su propio flujo, bajándole por el muslo hasta manchar la funda del sillón. Ella apretó mi mano contra su pecho y se quedó así, quieta, con la respiración entrecortada, con mi verga todavía adentro, latiendo, vaciándose de a poco.

Se la dejé metida un rato largo, ablandándose despacio dentro de ella, y cada tanto le daba un besito en la nuca. Cuando finalmente se me salió, sentí cómo un chorrito tibio de mi propia leche se derramaba afuera y le mojaba el muslo. Ella se rió bajito.

—Me llenaste toda, boludo. Mañana me sale semen tuyo cuando me siente en la oficina.

—Me encanta esa idea.

No hubo cena. Solo nosotros dos, abrazados en el sofá, todavía pegajosos, hasta que el sueño nos venció con el televisor todavía encendido.

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Comentarios(10)

JuanPi22

increible, no pude parar de leer. Uno de mis favoritos ya

SantiMdP

por favor que haya segunda parte!! me quede con ganas de mucho mas

Diegote77

que bueno este relato, te lo juro que me atrapo desde la primera linea

GabrielCordo

excelente!!!

Lucho_cba

lo de la remera al inicio... ya ahi sabes que la historia va a ser buena

Romina_Lee

me quede sin palabras al terminar. Muy bien escrito todo, se nota la dedicacion

elena_lectora

corto pero intenso, asi me gustan los relatos. Bravo

Ricky_BA

el titulo no miente jajaja. Muy buena historia, sigan subiendo

Marcelo55

tremendo. Esperando ansioso el proximo relato

NocheEstrella

la tension desde el principio hasta el final es perfecta. Felicitaciones por la pluma

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