Mi esposa me regaló a su hermana en mi cumpleaños
Cumplía treinta y cinco años y la jornada había sido un desastre. Lucía y yo no nos habíamos cruzado en todo el día por culpa del trabajo, ni siquiera para un mensaje decente. Cuando por fin llegué al departamento, después de las diez, ella estaba descalza en la cocina, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que olía a estrategia.
—¿No te habías acordado, no? —dije, dejándome caer en el sofá—. Pensé que te habías olvidado.
—Tengo una sorpresita —respondió, sin girarse del todo—. Después.
Imaginé cualquier cosa. Una cena de las que cocina ella cuando quiere comerme entero al postre, una lencería nueva, un viaje improvisado para el fin de semana. Lo que no imaginé, ni en mi mejor escena mental, fue el timbre de la entrada sonando a las once de la noche.
Lucía caminó hasta la puerta sin perder esa sonrisa de gata. Yo me asomé desde el pasillo, todavía sin entender. Y ahí estaba Mariana, su hermana menor, con una bolsa de regalo en una mano y una botella de espumante en la otra.
Adiós cumpleaños, pensé. Adiós a todo lo que tenía ganas de hacerle a mi mujer esta noche.
Mariana siempre había sido fuego en estado puro. Soltera por convicción, lengua rápida, la misma boca grande que tiene Lucía y que parece diseñada por un escultor con muy malas intenciones. Las dos hermanas se parecen demasiado: las mismas tetas pesadas, el mismo modo de reírse desde la garganta, las mismas piernas largas. Llevaba años conviviendo con la fantasía de mi cuñada y otros tantos sin animarme a dar el paso, por respeto a Lucía, por miedo a equivocarme, por no saber si Mariana también quería o si yo me estaba inventando una historia que no existía.
—¡Feliz cumple, cuñado! —me gritó desde la puerta, y se me tiró encima a abrazarme con un beso pegado a la comisura de los labios que ya no era de cuñada.
Me puse rígido. Lucía sonreía detrás, sin intervenir. Algo no encajaba, y al mismo tiempo encajaba demasiado bien.
—Vamos, serví algo —dijo mi mujer, empujándome hacia la cocina con la palma de la mano apoyada en la espalda—. Mariana se queda un rato.
Servimos las tres copas. Brindamos por mí, por la edad, por lo que viniera. Ellas hablaron de cosas que no escuché porque mi cabeza estaba ocupada interpretando miradas. Mariana cruzaba la pierna y dejaba el muslo a la vista. Lucía le acomodaba el pelo detrás de la oreja, demasiado cerca, demasiado tiempo. Yo bebía despacio y trataba de calmar una sospecha que crecía debajo del pantalón.
—Ya está. —Lucía dejó la copa de golpe—. Hora del regalo.
—¿Acá? —pregunté, mirando la mesada de la cocina como si pudiera contener una caja.
—En la habitación.
***
Caminé yo primero, como un autómata. Me senté en el borde de la cama, sin saber si reír, si desnudarme o si pedirles que me explicaran. Las escuché venir por el pasillo, susurrándose cosas. Mariana se reía con la mano tapándose la boca, como una adolescente entrando a escondidas a una pijamada.
La puerta se abrió. Y se cerró con llave.
Lucía vino directo. Me empujó contra el respaldo con una mano en el pecho y me besó como llevaba semanas sin besarme, con la lengua hambrienta y el peso entero del cuerpo encima. Mariana se quedó dos pasos atrás, mirándonos en silencio. Después se acercó despacio, se arrodilló entre mis piernas y me empezó a desabrochar el pantalón sin pedir permiso. Su hermana me sostenía la cara y me hablaba al oído.
—Es tu regalo, mi amor. Lo hablamos las dos. Está todo bien. Disfrutalo y no pienses.
Quise contestar y no me salió la voz. Mariana ya tenía mi verga en la boca, y la chupaba con un hambre que jamás imaginé en ella. Lucía, mientras tanto, se sacaba la blusa sin dramatismo, como quien se prepara para entrar al agua.
—Mirala —le dijo a su hermana, sin soltarme la cara—. Mirá cómo la tiene. Te dije que valía la pena esperar.
Mariana levantó los ojos un instante, sin sacarse la verga de la boca, y me sostuvo la mirada. Esa mirada me arruinó cualquier resto de cordura que me quedaba.
***
Entre las dos me desnudaron sin prisa, turnándose para acariciarme y besarme cualquier parte que tuvieran cerca. Lucía se acostó a mi lado y empezó a recorrerme el cuello con los dientes mientras Mariana seguía abajo, alternando entre lamerme y mirar a su hermana como pidiéndole permiso para cada nuevo movimiento. Cuando Lucía asintió, Mariana se subió a la cama y se sacó el vestido por la cabeza, de un tirón limpio.
No llevaba nada debajo.
—Te dije que venía lista —le susurró Lucía, divertida.
Mariana se puso de rodillas sobre el colchón, dándome la espalda, y se inclinó hacia adelante. El culo a la altura de mi cara, los muslos abiertos, todo expuesto sin ningún pudor. Le acaricié con dos dedos y la sentí abrirse de golpe, mojada, palpitando. Llevaba años pensando en esa imagen y la realidad era todavía más fuerte que la fantasía.
—Hacela tuya —dijo mi mujer, sentándose a un costado para mirar—. Es tu regalo, no te cortes por mí.
La tomé de las caderas y la penetré despacio, midiendo cada centímetro como si me jugara la vida en cada uno. Mariana arqueó la espalda, soltó un gemido sordo y mordió la almohada. Empecé a moverme con un ritmo lento, sintiendo cómo se ajustaba alrededor mío. Lucía nos miraba con una mano entre las piernas, masturbándose tranquila, como si estuviera viendo una película que conocía bien.
—Más fuerte —pidió Mariana, con la voz ronca contra el colchón—. No te frenes por mí, te juro que no.
La agarré del pelo y empecé a embestirla en serio. La habitación se llenó del sonido de los golpes y de su respiración entrecortada. Lucía se acercó entonces, le abrió las nalgas con las dos manos y se inclinó a lamerle el clítoris mientras yo entraba y salía. Mariana soltó un grito que no pudo contener.
—Hermana, basta, me voy a venir ya, basta —jadeaba, sin que basta significara nada.
Lucía no paró. Yo tampoco. Mariana se vino la primera, temblando entera, con la cara hundida en el colchón y los dedos aferrados a las sábanas. Mi mujer me miró desde abajo, con la boca brillante, y me hizo un gesto lento con el dedo índice.
—Ahora yo.
***
Cambiamos posiciones sin protocolo, con la naturalidad de quienes ya habían ensayado mentalmente esta escena. Lucía se acostó boca arriba, abrió las piernas y me ofreció la imagen que conocía de memoria. Mariana, todavía recuperándose, se arrastró hasta quedar entre nosotros, en una postura imposible: la cabeza encima del pubis de su hermana, los labios sobre ella.
—Cogéla —ordenó Mariana, mirándome a los ojos desde abajo—. Cogéla mientras yo le lamo.
Entré en Lucía de una sola vez, como a ella le gusta, y la hice gritar antes de la segunda embestida. Mariana le devoraba el clítoris al mismo tiempo, y de vez en cuando me lamía la verga a mí cuando salía. La sincronía era enferma, hermosa, imposible de pensar en frío. No quedaba lugar para la culpa, para el respeto, para ninguna de las reglas que yo había cargado durante años.
Lucía se vino con un orgasmo que nunca le había escuchado, ni de novios ni en estos siete años de casados. Se le arquearon las caderas, se quedó temblando un buen rato, agarrada del brazo de su hermana, repitiendo su nombre en voz baja.
—Mariana, Mariana, qué hiciste, qué hiciste.
Mariana le besó el muslo, le besó la cadera y subió a besarle la boca con los labios todavía mojados. Las miré besarse encima del colchón, hermanas las dos, sin distancia. Sentí que estaba presenciando algo que no me correspondía y al mismo tiempo era yo el motivo.
***
Las dejé un momento para ellas. Las miré abrazadas, recuperando el aliento, hablándose al oído. Mariana le acariciaba el pelo a Lucía y le susurraba algo que no llegué a escuchar del todo, algo con la palabra «gracias» dentro. Cualquier vergüenza, cualquier culpa, cualquier voz interior que dijera que esto era prohibido, se había evaporado por completo en la temperatura del cuarto.
—Vení —me llamó Lucía, palmeando el colchón a su lado—. Te falta algo todavía.
Me acosté entre las dos. Mariana se inclinó sobre mí, me agarró la verga con la mano y se la pasó por toda la cara antes de metérsela otra vez en la boca, despacio, mirándome a los ojos. Lucía, del otro lado, me besaba el pecho, los pezones, el cuello. Las dos lenguas sobre mí al mismo tiempo eran demasiado. Sentí que no iba a durar mucho más. Llevaba demasiado tiempo aguantando.
—Avisame antes —pidió Mariana, sin sacarse la verga de la boca.
—Ya —respondí, casi sin voz.
Me vine en su boca, en oleadas largas, y todavía me quedaba algo cuando Lucía la apartó con un empujón suave y terminó de exprimirme con la lengua. Las dos se miraron, riéndose, con la cara mojada, y se besaron entre ellas con un beso que duró más de lo que yo era capaz de procesar en ese momento.
***
Nos quedamos los tres tirados sobre la cama, sin hablar, escuchándonos respirar y sintiendo cómo bajaba la temperatura del cuarto. Mariana fue la primera en moverse. Se levantó, se puso una de mis remeras viejas, fue a la cocina y volvió con tres vasos de agua fría. Nos los repartió como si fuera lo más normal del mundo, como si nada raro hubiera pasado.
—Feliz cumple, cuñado —dijo, brindando con el vaso.
—Feliz cumple, amor —repitió Lucía, apoyando la cabeza en mi hombro.
—¿Esto es de una sola vez? —pregunté, porque alguien tenía que preguntarlo y no iba a ser ninguna de las dos.
Las hermanas se miraron por encima de mi pecho. Mariana se encogió de hombros, sonriendo con media boca. Lucía sonrió con esa misma sonrisa de gata que había tenido toda la noche, desde que la encontré en la cocina con la copa de vino en la mano.
—Eso lo decidimos las tres —respondió mi mujer, acariciándome la barba—. Pero no creo que sea de una sola vez, no.
Mariana se metió en la cama otra vez, del lado libre, y se acomodó pegada a mí con la cabeza en mi hombro. Lucía me besó en la sien, apagó la luz del velador y se acomodó también. Me quedé en el medio, con una hermana de cada lado, escuchando cómo se les iba calmando la respiración a las dos, pensando que jamás en mi vida iba a olvidar este cumpleaños.
Y que tampoco, por lo que acababa de prometerme mi mujer en la oscuridad, iba a ser el último de esta clase.