La acampada con mi novia y mi madre se nos fue de las manos
Me llamo Iván. Tengo veintiún años. Voy a contar lo que pasó el verano pasado, aunque todavía no consigo explicarme cómo llegamos hasta ahí.
Vivo solo con mi madre desde que tengo memoria. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años y desde entonces somos ella y yo. Se llama Rocío y acaba de cumplir cuarenta y uno. La gente la ve en la calle y nadie le echa más de treinta y cinco. Es robusta, fuerte, con una sonrisa que aprovecha mucho. Trabaja en un laboratorio analizando muestras y se cuida más de lo que cualquiera sospecha.
Mi novia se llama Carla. Es lo opuesto a mi madre: menuda, delgadita, con la piel siempre tostada y el pelo recogido en una coleta alta. Llevábamos juntos casi un año y ya parecía de la familia.
El problema empezó el día que la llevé a casa. Carla y mi madre se cayeron tan bien que en una tarde ya se reían como si se conocieran de toda la vida. Cocinaban juntas, se mandaban audios largos por las noches, salían a pasear sin mí los sábados por la mañana. A veces yo me quedaba mirándolas y pensaba que entre ellas había algo que yo no sabía nombrar.
Cuando propusimos lo de la acampada en la sierra, di por hecho que iríamos Carla y yo solos. Tres días, una tienda, mucho tiempo sin ojos encima. Llevaba semanas haciendo cuentas mentales del tipo de noche que íbamos a tener.
Pero mi madre escuchó la conversación desde la cocina y, antes de que yo pudiera reaccionar, ya estaba diciendo que se sumaba.
—Hace una eternidad que no piso un monte —dijo mientras secaba un plato—. Os prometo no molestar.
Carla la abrazó. Yo me callé.
Esa misma noche me revolví en la cama dándole vueltas. No iba a poder follármela como había pensado. Como mucho la besaría dentro del saco, le metería mano por debajo de la camiseta, me correría con torpeza contra su pierna y al día siguiente me sentiría humillado. Sería un fin de semana de aguantarme.
Al día siguiente, mi madre entró a mi cuarto sin llamar, secándose las manos en el delantal.
—Iván, hijo, no pongas esa cara. Vais a tener vuestro espacio. Vais a poder hacer lo que queráis con tu novia.
Me ardió la cara. Me reí sin saber por qué.
Aun así, metí dos preservativos en el bolsillo de la mochila. Por si acaso.
***
Llegamos un viernes a media tarde. La zona de acampada era una pradera junto a un río, con pinos altos y un camino que bajaba a una poza donde la gente se bañaba. Montamos dos tiendas a unos cinco metros la una de la otra. Carla y yo en una. Mi madre, sola, en la otra.
Hacía un calor seco. Los tres íbamos en pantalón corto y camiseta de tirantes. Mi madre llevaba unos pantalones blancos y una camiseta gris que se le pegaba a la espalda por el sudor. No quería mirarle las piernas. Las miraba.
—Voy a por leña —dije, más para escapar que por necesidad.
Esa primera tarde nos bañamos en la poza. Carla iba en bikini negro. Mi madre, en uno verde oliva que yo no había visto nunca y que dejaba muy poco a la imaginación. Tenían cuerpos completamente distintos, pero juntas formaban una imagen que se me clavó en algún sitio. Carla, menudita, con el pelo mojado pegado al cuello. Mi madre, con esos pechos pesados, las piernas largas, la cintura todavía marcada. Parecían hermanas. La mayor y la menor.
Cuando salí del agua, Carla me abrazó por la espalda y mi madre me puso la mano en el hombro al pasar. Su mano se quedó allí un par de segundos más de lo que debería. Pensé que estaba imaginando cosas.
Cenamos pasta con tomate y abrí mi botella de whisky. Mi madre sacó una de ginebra. Carla, riéndose, sacó una de anís. Tres botellas para tres personas. Aquello iba a acabar mal.
—La primera ronda en mi honor —dijo mi madre, sirviendo en vasos de plástico.
Bebimos. Bebimos más. Mi madre empezó a contar chistes verdes, esos que sólo se le ocurren después del tercer vaso. Carla se reía con la cabeza echada hacia atrás, mostrándome el cuello. Mi madre se reía con todo el cuerpo. En algún momento, las dos se pusieron a hablar entre ellas, casi en susurros, y yo me quedé mirándolas como si fuera un espectador en mi propia acampada.
—Vámonos a dormir —dijo Carla al cabo de un rato, tirándome de la mano.
Mi madre se quedó fuera, junto al fuego, con su vaso aún medio lleno.
***
Dentro de la tienda, todo fue rápido. Carla se metió en mi saco. Sabía a anís y a humo. Le pasé la mano por debajo de la camiseta y la encontré sin sujetador. Su piel ardía. Le mordí el cuello con cuidado y ella me respondió clavándome las uñas en la espalda. Busqué a tientas el preservativo en el bolsillo del pantalón.
Justo cuando lo encontraba, la cremallera de la tienda se abrió.
Era mi madre. Con tres vasos en la mano y la botella de ginebra bajo el brazo. La cara enrojecida por el alcohol y por algo más.
—La penúltima —dijo, como si fuera lo más natural del mundo.
Carla se incorporó un poco, riéndose. No se cubrió. Mi madre se metió dentro de la tienda y cerró la cremallera detrás de ella. La luz de la linterna le pintaba media cara.
Nos sirvió. Bebimos. Yo ya no era dueño de mí mismo. Le metí el pulgar en la boca a Carla, despacio, sin dejar de mirar a mi madre. Mi madre me sostuvo la mirada y, sin decir nada, le metió el pulgar en la boca a Carla por el otro lado. Carla cerró los ojos.
—Me encantáis los dos —susurró.
Algo se rompió en ese instante. Me lancé a la boca de Carla. Mi madre le subió la camiseta hasta el cuello, le agarró los pechos pequeños y se los apretó con las dos manos. Carla soltó un gemido corto, contenido, mientras me desabrochaba el botón del pantalón y me bajaba la cremallera. Me la sacó. Me la apretó.
Las manos de mi madre se trasladaron a mi pecho. Sentí sus uñas alrededor de mis pezones. No me atreví a mirarla. Cerré los ojos.
Esto no está pasando, esto no está pasando.
Y al mismo tiempo arqueaba la espalda hacia ella.
Carla se inclinó y se la metió en la boca. Mi madre, mientras tanto, le bajó los pantalones cortos hasta las rodillas y empezó a acariciarle entre las piernas con un movimiento lento, casi pedagógico. Carla gimió con la boca llena.
—Eso no —dijo cuando notó que mi madre intentaba meterle un dedo.
Mi madre obedeció. Volvió al clítoris, despacio.
Saqué un preservativo y me lo puse con dedos que no me obedecían. La penetré. Carla me clavó los talones en la espalda. Mi madre se pegó a mi cintura desde un lado, con la cara apoyada en mi cadera, y de pronto sentí su mano arrancándome el preservativo de un tirón.
—Chist —dijo—. Sin tonterías. A pelo.
La obedecí. Sé que está mal y la obedecí.
***
Hubo un momento en que perdí del todo la noción del tiempo. Mi madre me había metido la polla en la boca, despacio, mirándome desde abajo. Yo no la veía a ella, veía sólo el techo de la tienda, pero la sentía. Cuando la saqué, fue para volver a Carla, y al rato era mi madre la que se había puesto a un lado y se masturbaba con dos dedos sin dejar de mirarnos.
Cambié de ritmo y me concentré en ella. Le metí dos dedos. Estaba empapada. Carla, que había aprendido más rápido que yo, le acariciaba el clítoris al mismo tiempo. Mi madre echó la cabeza hacia atrás contra la pared de la tienda.
—Ay, ángeles míos —dijo.
Esa frase me golpeó en algún punto que no sabía que tenía. No supe qué hacer con ella.
Carla se incorporó de pronto, se llevó la mano a la boca y salió de la tienda casi tropezando. La oí toser fuera. Tal vez vomitar. El anís, supongo. O todo lo demás.
Me quedé solo con mi madre. Estaba boca abajo, con el pelo revuelto sobre los hombros. No nos miramos. Yo abrí la bolsa de la comida sin pensar, saqué la mantequilla, le unté el culo con dos dedos torpes y se la metí, muy despacio. Apenas opuso resistencia. Sentí su espalda tensarse. Sus dedos arañaron la tela del saco.
Estaba a punto de correrme cuando se abrió de nuevo la cremallera.
Carla volvió a entrar. Me miró. No dijo nada. Se sentó a un lado, en silencio. Yo me corrí sobre la espalda de mi madre en silencio también, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Carla se acercó y me besó en la boca. Su aliento seguía sabiendo a anís.
—Eres un hombre —me dijo, muy bajo.
No supe si era un elogio o una sentencia.
***
A la mañana siguiente, los tres teníamos resaca y nadie hablaba. Recogimos la acampada en menos de una hora, sin cruzar miradas. En el coche, de vuelta a casa, mi madre puso la radio muy alta. Carla miraba por la ventanilla, abrazándose las rodillas.
Carla y yo lo dejamos al cabo de un mes. Nunca volvimos a hablar de aquella noche. Creo que ella tampoco sabía qué hacer con lo que había visto y, sobre todo, con lo que había vuelto a entrar a ver. Yo tampoco lo sé todavía.
Con mi madre tardé tres meses en mirarla a la cara. Ahora hablamos casi como antes. Cenamos juntos, vemos series, comentamos las noticias. Pero hay un silencio entre los dos que antes no estaba, un silencio que se mete en la habitación cada vez que ella entra y yo no la miro.
A veces, por la noche, todavía huelo a anís en el aire, aunque hace meses que no hay una botella en casa.