Mi madrastra se quedó en casa después del entierro
La casa de mi padre olía exactamente igual que cuando él vivía. Café del bueno, madera vieja, ese perfume floral que Mariela usaba desde antes de casarse con él. Habían pasado tres meses del entierro y volví aquella tarde con la excusa de retirar unas cajas que me había dejado en el altillo. O al menos esa fue la mentira que me terminé creyendo a mí mismo.
—Pasá, Mateo, no te quedes en la puerta —dijo desde adentro—. Está sin llave.
Entré con la mochila al hombro y la dejé sobre el sillón del living. Mariela apareció enseguida, secándose las manos con un repasador. Llevaba un vestido floreado de verano, sin mangas, ajustado en la cintura y suelto en la falda. El pelo rubio teñido, recogido a medias, dos mechones cayéndole sueltos a los costados. Tenía cincuenta y dos años y una manera de pararse que hacía olvidar cualquier cifra.
—Te hice algo para comer —dijo—. No me digas que ya almorzaste.
—No, no almorcé.
—Bueno, entonces sentate. Y dejá esa cara, por favor.
Me serví un vaso de agua y me senté frente a ella en la mesa de la cocina. Era el mismo lugar donde, durante años, mi padre y yo discutíamos de fútbol mientras ella nos miraba con esa sonrisa que siempre me había costado leer. Sin él, la sonrisa era distinta. Más quieta. Más larga.
—¿Cómo estás vos? —me preguntó.
—Tirando. ¿Y vos?
—Tirando también. La casa es grande sin él.
Comimos en silencio durante un rato. Ella me servía sin preguntar, como si todavía fuera ese pibe de diecisiete que había llegado por primera vez a quedarse los fines de semana. Yo tenía veinticinco ahora, y cada vez que levantaba la vista del plato me la encontraba mirándome. No con tristeza. Con otra cosa que no sabía nombrar.
—Las cajas están arriba —dijo cuando terminamos—. Pero antes de subir, quiero pedirte algo.
—Lo que necesites.
Se levantó y caminó hasta la ventana de la cocina. La luz le pegaba de costado y le marcaba la silueta a través del vestido. No llevaba corpiño. Lo noté como si fuera la primera cosa que notaba en mi vida.
—Tu papá me hizo prometer algo antes de morirse —dijo sin darse vuelta—. Una pavada. Que iba a cuidar de vos. Pero te conozco, Mateo. Sé que no me vas a dejar.
—No te voy a dejar.
—¿Seguro?
Se dio vuelta. Me miró de arriba abajo, sin disimular. La mano izquierda apoyada en el borde de la mesada, la cadera quebrada, el vestido subido un par de centímetros sin querer. O queriendo, no sé.
—Vení acá —dijo.
Me levanté. Caminé los tres pasos que nos separaban y me paré delante de ella. Era unos diez centímetros más baja que yo, y tuvo que levantar el mentón para sostenerme la mirada. Olía a ese perfume floral y a algo más, algo que no había en los frascos del baño.
—¿Sabés cuántas veces te miré así? —me preguntó.
—No.
—Más de las que te imaginás.
Y entonces, sin avisar, bajó la mano y la apoyó sobre el jean, justo donde yo ya estaba duro desde hacía minutos sin querer reconocerlo. Me agarró por encima de la tela, con la palma abierta, sin apuro, como si estuviera midiendo algo.
—¿Y vos en serio pensabas que esto iba a quedar así? —murmuró.
—No me imaginé… no es tan común —respondí con una sonrisa nerviosa que sonó a quinceañero.
—Es más común de lo que creés. Y tu papá lo sabía mejor que nadie.
Me apretó un poco más fuerte. Sentí cómo me crecía bajo su mano, sin que pudiera frenarlo. Mariela soltó una risita corta, casi orgullosa, y me acarició la cara con la otra mano, con la calma de alguien que doma fieras hace años.
—Quedate tranquilo, Mateo. Tu padre, que en paz descanse, sabía y disfrutaba del sexo tanto como yo. Mirá si va a tener algún problema con que su propia sangre vuelva a entrar en mi cuerpo.
—Sos como una madre, para mí —dije, y apenas terminé la frase me odié por haberla dicho. Era cierto y no era cierto. Era el último intento de mi cabeza por sabotear algo que mi cuerpo ya tenía decidido desde hacía mucho.
No la estás frenando. No querés frenarla.
—Tu mamá se fue cuando eras chiquito —contestó ella sin pestañear—. Yo te voy a dar la teta ahora, bebote mío.
Se arrodilló. Así, sin preámbulo, en medio de la cocina, mientras la radio de la heladera zumbaba al fondo. Me desprendió la bragueta con dos dedos, me bajó el jean hasta los muslos y sacó mi verga con las dos manos, como si estuviera ofreciendo algo en un plato. La miró un segundo. Después me miró a mí.
—Tenés el vello de un pibe de dieciocho —dijo, divertida.
—Es que tengo veinticinco, no noventa.
—Callate, idiota.
Y me la metió en la boca.
***
Lo que vino después no se parece a nada que yo hubiera hecho antes. Mariela armaba con los labios un círculo perfecto, bajaba hasta la base, subía despacio, después rápido, después apenas la punta entre la lengua y el paladar. Cada tanto me sacaba de la boca, me miraba con los ojos brillantes y me hablaba en voz baja, cosas que no voy a escribir acá porque pertenecen a esa cocina y a nadie más.
En un momento me puse rígido. Sentí ese calambre que avisa que falta poco. Ella debió notarlo, porque frenó en seco, me soltó con un beso húmedo en la cabeza y se puso de pie.
—Ay, me olvidé —dijo, haciéndose la desentendida—. No nos dimos ni un beso.
Me agarró la cara y me besó con la boca abierta, sin pudor. Mientras nos besábamos me tomó las dos manos y se las llevó al pecho, por encima del vestido. Yo, todavía idiota, las apoyé apenas, con cuidado. Mariela soltó un bufido corto, las cubrió con las suyas y apretó fuerte por encima de mis dedos.
—Cuando un hombre se garcha a una mujer —me susurró al oído—, lo que más nos gusta es sentir que somos de él. Dejá la delicadeza para tus novias.
Me quedé un segundo asintiendo como un alumno.
—Quiero bajarte la bombacha —dije.
Se rio. Me tomó de los hombros, me empujó suavemente hacia abajo y me dejó arrodillado frente a ella. Después fue levantándose el vestido, despacio, sin teatro. Aparecieron sus piernas: piernas de mujer madura, sí, pero también de mujer que va al gimnasio temprano, que pelea con la edad y le gana algunas batallas.
Cuando el vestido estuvo a la altura de la cadera, vi la bombacha. Y me quedé sin aire.
—¿La conocés? —preguntó, sosteniéndola por los costados.
—La conozco.
Era una tanga violeta, chiquita, con unos cortes finos por delante. La misma que yo le sacaba del cesto de la ropa sucia cada vez que me quedaba a dormir en aquella casa, hacía años, cuando todavía no me animaba ni a pensar en voz alta lo que pensaba. La olía. La mordía. Me dormía con ella en la mano más veces de las que estoy dispuesto a admitir.
—¿Cómo supiste? —pregunté.
—Las respuestas al final, caballero. Seguí trabajando, que una dama no puede esperar.
Le bajé la tanga hasta los tobillos y me quedé un segundo mirándola. Después acerqué la boca. Estuve ahí abajo más de diez minutos, perdido entre su olor y el flujo que se le iba derramando contra mi lengua. Mariela me agarraba del pelo y me dirigía como si yo fuera una marioneta: más arriba, más despacio, ahí no, ahí sí. Cada tanto soltaba un gemido bajo que no parecía suyo.
Cuando me hizo subir, me besó. Nuestros sabores se mezclaron en esa boca con olor a vino y a otra cosa. La saliva nos chorreaba por el mentón. Le agarré una teta con una mano y con la otra le pasé los dedos por el medio. Estaba empapada.
—Ahora te toca a vos —dijo—. Lucite, hijito mío.
***
Se dio vuelta. Apoyó las palmas en las dos hornallas apagadas y arqueó la espalda. El vestido todavía estaba enrollado a la altura de la cintura. Miré por la ventana de la cocina al patio vacío, al cielo del verano, y no sé si le pedí permiso a mi padre o le pedí disculpas. Las dos cosas, supongo.
Saqué del bolsillo de atrás un preservativo que llevaba en la billetera desde hacía meses. Lo abrí con los dientes. Mariela me miró por encima del hombro, estiró una mano y me lo arrancó.
—A los Solari yo no les pongo forro —dijo, y lo tiró por la ventana.
La penetré despacio al principio. Sentí cómo se cerraba alrededor mío y después se abría, caliente, mojada, sin resistencia. No duré tanto como hubiera querido. Cada bombeada me arrancaba un sonido que ella celebraba con la espalda más arqueada y los dedos blancos sobre la hornalla. Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a entrar más fuerte. Le abrí los cachetes con los pulgares y entonces apareció ese otro olor, más oscuro, más sucio, más tentador.
No le dije nada. Cuando sentí la leche acumulándoseme en la verga, me decidí. La tomé de las dos muñecas para que no pudiera moverse y, sin avisar, le metí la cabeza en el culo.
Mariela gritó algo. Quiso escaparse hacia adelante. Forcejeó dos segundos, tres tal vez. Y entonces, justo cuando yo ya estaba pensando en sacarla, me empujó hacia atrás con las caderas.
—No la saques —pidió—. No la saques, te juro.
Le solté las muñecas. Le agarré la cintura con las dos manos. Entré un poco más despacio, sintiendo cómo cedía con cada empuje, escuchándola morderse el labio para no gritar. Cuando me vine, estaba clavado hasta el fondo, ella aplastada contra la mesada, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.
Cuando me retiré, sobre la piel tenía mi leche mezclada con algo de sangre y con su olor. Me quedé un segundo mirándolo, no por morbo, por incredulidad.
Ella se dio vuelta. Se acomodó el vestido por encima de las rodillas. Buscó una servilleta del rollo, me la pasó, agarró otra para ella. Me miró con una sonrisa que ya no era la del principio. Era más tranquila. Más suya.
—Tu papá nunca me quiso hacer la cola —dijo—. Hoy me desvirgaste, bebé.
—¿Quién es la beba? —le pregunté.
Nos reímos despacio, los dos parados en esa cocina que había sido de él y ahora era otra cosa que todavía no sabía cómo nombrar. Subí a buscar las cajas del altillo cuando se me normalizó la respiración. Bajé con dos, una bajo cada brazo, y la encontré ya con el pelo recogido y otro vestido puesto, como si lo de hacía media hora hubiera sido un sueño que solo yo había soñado.
—¿Volvés el sábado? —preguntó desde la puerta, cuando ya estaba subiendo a la camioneta.
—Vuelvo el sábado.
—Traete una muda. Las cajas son muchas.
Arrancó el motor antes de que pudiera contestar. En el espejo retrovisor, mientras me alejaba, la vi quedarse en el umbral, con un brazo apoyado en el marco de la puerta, mirando cómo me iba. Tardé media cuadra en darme cuenta de que estaba sonriendo yo también, sin querer, con esa mezcla de culpa y promesa que no me iba a sacar de encima en mucho tiempo.