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Relatos Ardientes

La tarde que pasé en el piso nuevo de mi hermano

El primer fin de semana con Bruno había sido un descubrimiento, pero lo que pasó el martes siguiente fue todavía más intenso. Llevábamos cuatro días evitándonos en los pasillos de casa, lanzándonos miradas como si fuéramos dos adolescentes con un secreto demasiado grande para callarlo.

Por la mañana le preparé el desayuno a él y a mis padres. Mi madre se fue temprano al despacho, mi padre poco después. Bruno fue el último, y antes de salir me arrinconó contra la encimera de la cocina y me besó como si fuese a marcharse a la guerra.

—¿Sabes lo que más me cuesta? —me susurró—. No poder hacerte esto cada vez que te veo.

—A mí me pasa lo mismo, Bruno.

Sus manos se colaron debajo de mi camisón. Yo ya estaba caliente antes de que apareciera, lo había estado toda la noche, y notar sus dedos en mi cintura me derritió por dentro.

—Tengo que irme —dijo sin apartarse.

—Mmm… ¿seguro?

Bajé la mano y le encontré duro contra la tela del pantalón. Apreté un poco, lo justo para que se le escapara un gemido contra mi cuello.

—Carla, así no puedo salir a la calle.

—Lo sé. Por eso voy a ayudarte.

No me lo pensé. Le abrí el botón y la cremallera, le bajé el pantalón hasta los muslos y me arrodillé en el suelo de baldosas frías. Su polla salió tiesa, espesa, con esa vena que le recorre todo el costado y que yo había aprendido a seguir con la lengua. La agarré con una mano, la besé en la punta y la fui metiendo despacio.

—Así, hermana… mmm…

Lo chupé sin prisa, lamiéndole el glande, dejando que se golpeara contra mi paladar. Le agarré los testículos con la otra mano, jugando, apretando justo lo suficiente. Bruno me sostuvo la nuca, no para empujar sino para guiarme.

No tardó mucho. Llevaba toda la noche aguantando, igual que yo. Cuando se corrió, lo hizo en mi boca, en chorros calientes que me llenaron hasta atragantarme un poco. No quise perder ni una gota. Tragué, le limpié la punta con la lengua y le di un último beso ahí abajo antes de subirle el pantalón.

—Eres increíble —me dijo, todavía con la respiración rota.

—Vete a trabajar antes de que cambie de idea y te suba al cuarto.

Se rio, me besó en la frente y salió por la puerta. Yo me quedé en la cocina con un escozor entre las piernas que no se iba con nada. Subí, me metí en la ducha, intenté distraerme. No funcionó. Acabé en mi habitación con el vibrador, dándome lo que ningún juguete iba a darme nunca igual que él.

***

A mediodía comimos los cuatro en la mesa del comedor. Mi padre contaba algo de la oficina, mi madre asentía mientras servía la ensalada, y Bruno y yo, sentados uno frente al otro, jugábamos a un juego peligroso. Mi pie subía por su pantorrilla. Su mano, oculta bajo el mantel, me rozaba la rodilla cada vez que se inclinaba a coger la jarra de agua.

—¿Estás bien, hija? —me preguntó mi madre—. Estás muy callada.

—Sí, mamá. Solo cansada.

No estaba cansada en absoluto.

Después de comer mi padre se echó la siesta en su sillón, mi madre se metió a fregar y Bruno y yo nos sentamos en el sofá del salón con la tele encendida pero el volumen apagado.

—Oye —me dijo en voz baja—. ¿Y si nos escapamos esta tarde?

—¿A dónde?

—A mi piso.

Bruno se había comprado un piso pequeño cerca del centro hacía dos meses, decía que para independizarse de los viejos, aunque todavía no se había mudado del todo. Iba allí a «ordenar cosas» los fines de semana. Yo había estado solo una vez, el día que firmó las llaves. No me había imaginado que volveríamos juntos por esto.

—¿Y qué excusa damos?

—Decimos que nos vamos a comprar algo para la cocina. Tú me ayudas a elegir.

—Ya. A elegir.

Nos miramos y nos reímos como niños cómplices. Una hora después estábamos en su coche, las ventanillas bajadas, su mano en mi muslo cada vez que el semáforo nos paraba.

***

El piso olía todavía a pintura nueva y a madera sin estrenar. Tenía pocos muebles: una mesa, un sofá envuelto en plástico, una cama de matrimonio que parecía recién comprada. Bruno me dejó en el salón y me dijo que iba un momento a hacer un recado, que no tardaba.

Cuando volvió, traía un ramo de rosas rojas escondido detrás de la espalda. Lo sacó como un mago y me lo puso entre los brazos.

—Bruno, no hace falta.

—Sí hace falta. Por lo de esta mañana.

—Lo de esta mañana fui yo la que…

—Por eso. Porque te lo mereces.

Es un romántico de los antiguos, lo ha sido siempre. Cuando teníamos quince y dieciséis años se metía en mi cuarto con un café para que estudiara mejor antes de los exámenes. Aquella tarde fue la misma idea, solo que la intención había cambiado del todo.

Puse las rosas en un vaso de cristal, lo único que había en la cocina, y volví al salón. Él me esperaba en la puerta del dormitorio, sin camisa, con esa media sonrisa que ya conocía demasiado bien.

—Ven aquí, Carla.

Fui despacio, dejando que me viera caminar. Cuando llegué a él, sus manos ya estaban en los botones de mi blusa. Me la abrió uno a uno, me la sacó por los hombros, me bajó la falda y me dejó en ropa interior delante de él.

—Tengo más hambre de ti que esta mañana —me dijo al oído—. Y eso que esta mañana fue mucho.

—Pues come.

Me empujó con suavidad hacia atrás, hasta la cama. Me tumbé y él me siguió, besándome el cuello, la clavícula, bajando por el escote del sujetador. Me lo desabrochó y se quedó un momento mirándome los pechos. No los tengo grandes, los tengo redondos y firmes, y él me los besaba como si fuera la primera vez.

—Bruno… mmm.

Su mano bajó entre mis piernas, apartó la tela de las bragas y me encontró ya empapada. Metió dos dedos, sin avisar, y empezó a moverlos despacio mientras seguía con la lengua en mis pezones.

—¿Te gusta así?

—No pares.

Bajó la cabeza, me arrancó las bragas tirando hacia abajo y se acomodó entre mis muslos. Yo levanté las caderas para acercarme a su boca. La primera lengüetada me hizo morderme el labio. La segunda me hizo cerrar los ojos. A la tercera ya tenía las manos enredadas en su pelo y no pensaba dejarle salir de ahí en mucho rato.

Me chupó el clítoris con una paciencia que no se aprende en ningún sitio. Me metió la lengua dentro, me mordió suavemente, volvió a lamer despacio. Cuando metió un dedo, después dos, en mi culo mientras me seguía chupando, sentí que las piernas se me iban a apagar.

—Bruno, voy a…

—Pues hazlo.

Me corrí en su boca. Fue un orgasmo largo, de los que te dejan temblando media hora después. Él no paró hasta que dejé de moverme. Luego se levantó, se limpió la barbilla con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa que no era de hermano.

—Ahora tú —le dije.

Me incorporé y le terminé de quitar el pantalón y el calzoncillo. Su polla saltó dura, palpitante, recorrida por venas que parecían dibujadas a tinta. La tomé en mis manos, lo miré desde abajo, y me la metí en la boca sin avisar.

—Joder, Carla.

La chupé como si tuviera sed. Subí y bajé, jugué con la lengua en la punta, le lamí los testículos uno por uno. Sabía que iba a correrse pronto, lo notaba en cómo se le tensaban los muslos.

—Para, para —me dijo.

No paré.

—Carla, para que quiero…

Tampoco paré. Y cuando se corrió por segunda vez en el día, lo hizo otra vez en mi boca, llenándomela. Tragué sin apartarme, le limpié la polla con la lengua hasta dejarla brillante.

—Eres imposible —me dijo, riéndose y dejándose caer en la cama.

—Es que está tan buena que no me puedo controlar.

—Quería metértela.

—Pues vas a tener que esperar a que se te ponga otra vez. No creo que tardes.

No tardó. Mientras le acariciaba el pecho y le besaba el cuello, le fui devolviendo la erección con la mano. A los diez minutos estaba otra vez como una piedra.

***

Me tumbó boca arriba, me abrió las piernas y entró de un solo empuje. Yo grité contra su hombro.

—Bruno… madre mía.

—¿Te he hecho daño?

—No. Sigue. No pares.

Empezó a moverse con un ritmo profundo, no rápido. Me besaba mientras me embestía, me mordía el labio, me decía al oído cosas que ningún hermano debería decirle a su hermana. Yo le clavaba las uñas en la espalda y le respondía con frases que ninguna hermana debería decirle a su hermano.

Me cambió de postura. Me puso encima, me dejó marcar el ritmo. Yo me apoyé en su pecho y empecé a moverme arriba y abajo, sintiéndolo entrar entero, hasta el fondo. Él me agarraba las caderas y me observaba con una concentración casi religiosa.

—Mírame —me dijo.

Lo miré a los ojos mientras lo cabalgaba. No habló más. Su mano subió a mi cuello, sin apretar, solo descansando ahí, y la otra encontró mi clítoris. Tres minutos después me corrí otra vez, doblada hacia delante sobre él, sin saber bien cómo me llamaba.

—Quiero acabar dentro —me susurró.

—Pues acaba.

Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me embistió por detrás, agarrándome del pelo recogido. Tres, cuatro, cinco embestidas más profundas y se vació dentro de mí con un gemido grave que se le escapó del fondo del pecho.

***

Nos quedamos un rato en la cama, abrazados, respirando. Él me acariciaba la espalda con los dedos, dibujándome círculos en la piel sudada.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Mejor que bien.

—Quiero pedirte una cosa.

—Dime.

Tardó en hablar. Sentí cómo respiraba hondo.

—Quiero probar tu culo.

Me quedé callada un momento. Nunca lo había hecho. Lo había pensado, lo había fantaseado con él en los últimos meses, pero nunca lo había hecho con nadie.

—Bruno, eres muy grande. Me vas a partir.

—No te voy a hacer daño. Te lo prometo. Iremos despacio. Si quieres parar, paramos.

Lo miré. Y le dije que sí.

***

Fuimos al baño primero. Él se duchó conmigo, me enjabonó entera, yo le devolví el favor concentrándome especialmente en su polla y sus testículos, viéndolo ponerse otra vez duro debajo de mis manos jabonosas. Salimos, nos secamos, volvimos al dormitorio.

Sacó un bote de crema lubricante del cajón de la mesilla. No supe si reír o emocionarme porque lo tuviera preparado. Me arrodillé en la cama con el culo hacia él. Me lo aplicó con los dedos, primero por fuera, luego despacio dentro, abriéndome con un dedo, después con dos. Yo intentaba relajarme respirando hondo, como hacen las que saben lo que están haciendo.

—¿Lista?

—Lista. Pero suave, Bruno. Suave.

Notar la punta de su polla ahí me hizo cerrar los ojos. Empujó con cuidado, milímetro a milímetro, y yo sentí cómo me iba abriendo, cómo el ardor inicial se transformaba en una mezcla de presión y placer que no había sentido nunca. Su mano libre seguía en mi clítoris, distraída y constante, ayudándome a aguantar.

—Dime si paro.

—No pares. Más.

Entró del todo. Pude notar sus testículos contra mis nalgas y supe en ese momento que ese rincón de mí ya era suyo, que ningún otro hombre iba a estrenarlo, que llevaba años esperándolo sin saberlo.

—Carla, joder… qué bien.

Empezó a moverse despacio, descubriéndome ese ritmo nuevo. Me corrí una tercera vez sin darme cuenta, sin gritar, con un temblor largo que me bajó desde el cuello hasta los talones. Él aguantó hasta que no pudo más. Cuando se corrió dentro de mí, lo sentí en cada latido.

***

Después nos volvimos a duchar. Comimos algo de pie en la cocina, los dos desnudos, riéndonos como dos críos que acaban de hacer una travesura enorme. Antes de irnos le pedí una última cosa.

—¿Una más por hoy?

—Carla, no me queda nada.

—Probemos.

Me arrodillé otra vez ante él, le tomé la polla aún sensible, y le hice una mamada lenta, sin prisa, con cariño. Tardó un buen rato, pero al final volvió a darme un último regalo en la boca. Tragué, le sonreí desde abajo y le di un beso en el muslo.

—Eres un peligro —me dijo, recogiéndome el pelo.

—Soy tu hermana —le respondí—. Y voy a seguir siéndolo.

Volvimos a casa con las rosas en el asiento de atrás. Mis padres ni preguntaron qué habíamos comprado para la cocina. Bruno y yo nos sentamos a cenar como si nada, mirándonos por encima de la sopa, sabiendo los dos que el piso nuevo ya estaba estrenado, y que iba a estarlo muchas veces más.

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