Mi hermana hizo todo lo que le ordené ese sábado
No sabría explicar qué tiene mi hermana Carolina que me pone así. Es miércoles por la noche y ella camina por el pasillo de un lado a otro, con los apuntes en la mano, repitiendo en voz baja una lista de fechas que no se le entran en la cabeza. Yo finjo que leo. Lo único que pienso es que en tres días mis padres se van a la finca de mis tíos y que vamos a quedarnos solos. Se me eriza la piel desde la nuca hasta la espalda baja. Ella lo sabe. Lleva un par de días mirándome con esa cara de niña buena que tan bien le sale, como si no entendiese por qué la observo tanto.
Carolina no pone cuidado, o eso quiero creer. Lleva un camisón fino que deja ver el contorno de las bragas si la luz le pega de frente. Cuando se inclina para alcanzar el salero, la blusa se le abre lo justo para que pueda adivinarle el nacimiento del pecho y el borde del sujetador. A veces, cuando no piensa salir del piso en todo el día, se olvida del sujetador del todo. Yo lo registro todo. Lo archivo en algún rincón de la cabeza para usarlo después, a solas, en mi cuarto.
Tengo diecinueve años y estudio el primer curso de Económicas. Mi hermana tiene veintiuno y va por el tercero de Filología. Yo soy un chico al que todavía le salen granos en la frente y al que la barba se le ralea por las mejillas. Mido un metro setenta y dos y soy delgado, de espaldas estrechas. Carolina, en cambio, es alta, rubia oscura, de piernas larguísimas y manos finas. Tiene los ojos entre marrones y verdes, la nariz recta y un cuello como de bailarina. Su cuerpo no es de revista, pero hay algo en su manera de moverse, en la forma en que apoya el peso sobre una sola pierna, que vuelve loco a cualquiera. A mí me volvió loco hace mucho.
Y ella lo sabe. Y le gusta saberlo.
Empezó hace años. Vimos juntos una película que en casa no debíamos haber visto y yo, con la excusa de imitar lo que hacían los protagonistas, le propuse jugar. Recuerdo el silencio de la siesta, mis padres dormidos al otro lado del pasillo, mi corazón golpeándome dentro del pecho como si quisiera escapar. Le propuse darnos un beso, igual que ellos, y tumbarnos sobre la cama un rato. Carolina lo pensó. Lo pensó tanto que llegué a creer que se iba a levantar y a marcharse. Pero acercó la boca a la mía despacio y me enseñó a besar. Fue ella la que metió la lengua primero. Fue ella la que me pidió otro beso después del primero.
Aquella siesta se prolongó durante años, una tarde tras otra, escondiéndonos a partes iguales de mis padres y de nosotros mismos. Aprendí a desabrocharle la camisa botón a botón sin que se quejara. Aprendí a colar la mano entre su piel y la copa del sujetador, a reconocer en su respiración si lo que hacía le gustaba o no. Cuando le besé un pezón por primera vez creí que se iba a apartar. No lo hizo. Se quedó quieta, mirando el techo, y yo descubrí que ella tampoco era inmune a aquello, que se le ponía dura una parte del cuerpo igual que a mí.
***
Es sábado por la mañana. Mis padres han salido temprano hacia la finca. Carolina les ha dicho que se queda a estudiar para un parcial. Es mentira y los dos lo sabemos. Yo la oigo trastear por la cocina mientras desayuna, con una miga de pan colgándole de la comisura del labio y el pelo todavía revuelto. Quiero comérmela entera.
Después de desayunar entra al baño. La puerta se cierra. Yo aprovecho. Voy a mi cuarto, abro la cajita que tengo escondida detrás de los libros de la estantería y saco las cuerdas finas, las que uso para atarle las manos sin marcarle la piel. Saco un tanga de encaje barato que le compré una tarde en un mercadillo y que ella nunca se atrevería a comprarse. Saco un par de medias viejas de mi madre, llenas de carreras, que rescaté de la basura sin que nadie me viera. Lo dejo todo encima de mi almohada.
Luego entro en su cuarto. Le saco del armario una minifalda negra que se compró para salir con un chico al que dejó de ver el mes pasado, una camiseta de tres veranos atrás que se le ha quedado pequeña y le aprieta los pechos hasta marcarlos, y unos zapatos de tacón de aguja. Lo coloco todo sobre su cama, doblado, en el orden exacto en que quiero que se lo ponga. Ella sabe leer una composición así. Llevamos meses haciéndolo.
Vuelvo al baño. Espero a oír el agua y entro. Corro la cortina de la ducha de golpe. Carolina suelta un grito pequeño, instintivo, y se cubre los pechos con las dos manos. Se gira y me ofrece la espalda. Tiene la espalda más bonita que he visto en mi vida: ancha en los hombros, estrecha en la cintura, abierta otra vez en las caderas. La espuma del jabón le resbala por las nalgas. La miro tres, cuatro segundos. Después cierro la cortina y salgo sin decir nada. Que sepa que la deseo. Que sepa que esto ya empezó.
Sale del baño envuelta en una toalla que no le tapa nada y entra en su cuarto. Yo la espío desde el otro lado del pasillo. Sale al rato vestida con la ropa que le he dejado. El tanga, la minifalda, la camiseta apretada, las medias con carreras, los tacones. Se ha peinado y se ha pintado los labios. Me mira de reojo y baja la cabeza.
***
No la toco. Todavía no. He aprendido que cuanto más la hago esperar, más dócil se me pone después. La hago calentar la comida que nos dejó nuestra madre. La hago servirme en el plato. Como en silencio mientras ella se esfuerza por sonreírme desde el otro lado de la mesa. Le pido café y se levanta a hacerlo sin protestar. Cuando me lo trae le rozo los dedos al recoger la taza. Ella aparta la mano un milímetro tarde, lo justo para que sepa que el roce le ha gustado.
Tomamos el café los dos. Hay un silencio espeso entre nosotros, denso como el aceite caliente. Yo me lo bebo despacio. Ella espera. Cuando termino, ella todavía espera. Cuando vacía la suya, espera un poco más. Finalmente se levanta de la silla con la cara medio caída.
—Bueno, si no quieres nada más, me voy a tumbar un rato.
La dejo avanzar tres pasos por el pasillo antes de hablar.
—Espera.
Se gira despacio. Le adivino una sonrisita en la comisura del labio.
—¿Por qué te has vestido así? —pregunto—. ¿Para ponerme caliente?
—Es para estar cómoda —dice en voz muy baja.
—¿Cómoda? Si vas vestida de fulana.
—Diego, no me digas eso.
—Con esas medias rotas pareces salida de un portal. Una fulana. Eso pareces.
Carolina agacha la cabeza. La sonrisa ha desaparecido. Me mira desde abajo, con los párpados a medio cerrar, con la cara que me deja sin oxígeno. Le subo la falda de un tirón. La tela se le resiste en los muslos y al fin cede, quedándose arrugada en la cintura.
—A ver qué bragas llevas. Bragas de fulana, claro.
La sujeto de las caderas y la atraigo hacia mí. Le clavo los dedos en las nalgas. Su cara queda a un palmo de la mía. Me llega un perfume barato, dulce, que ella se pone porque sabe que me gusta. Le paso la mano por debajo de la camiseta y compruebo lo que ya sabía.
—No llevas sujetador. Ni te has molestado en ponértelo.
Le aprieto un pecho por encima de la tela. Es pequeño y firme, y el pezón ya está duro. La beso. La beso fuerte, casi mordiéndole el labio. Ella se entrega como siempre, con la boca entreabierta, paciente, dispuesta a aguantar lo que le ponga delante. Saco la cuerda fina del bolsillo trasero del pantalón y le pongo las manos en la espalda. Carolina ofrece las muñecas. Se las ato con dos vueltas y un nudo plano, lo justo para que no se las pueda soltar pero tampoco para hacerle daño.
***
La empujo por el pasillo hacia la cocina. Quiero llevarla a un sitio donde no la haya tenido nunca. He repasado mentalmente la casa entera mientras la veía servirme el café. Detrás de la cocina hay un cuartito pequeño con la lavadora, un tendedero plegable y una ventana de cristales esmerilados que da al patio interior del edificio. Es perfecto. Está justo al lado de la ventana de la vecina.
La hago entrar primero. Carolina mira la ventana, mira el suelo de baldosa fría, vuelve a mirarme. Sabe lo que estoy pensando. Le bajo la cremallera de la falda y la dejo caer al suelo. Las piernas le quedan abiertas y enmarcadas por el borde superior de las medias. Con los tacones me saca dos dedos. Yo prefiero tenerla así, un poco por encima, porque así sus nalgas me quedan a la altura justa de la mano.
La abrazo por detrás. Le subo la camiseta hasta el pecho y se la dejo arrugada bajo las axilas. Sus pechos quedan libres, calientes, marcados todavía por la presión de la tela. Le paso la otra mano por el vientre, busco el borde del tanga y meto los dedos por debajo. Bajo despacio. Le encuentro la piel lisa, depilada como le he pedido tantas veces, y más abajo los labios y el clítoris ya hinchado. Lo pellizco con suavidad. Carolina ahoga un sonido contra mi hombro.
En ese momento oigo la ventana de la vecina abriéndose. Es una mujer mayor, viuda, que tiende la ropa los sábados por la mañana porque dice que el sol del patio es el mejor para los blancos. Carolina se queda paralizada un segundo. Después gira la cara hacia mí.
—Diego, por favor. Nos va a oír.
—Pues calla.
—De verdad. Para.
—He dicho que calles.
Le pellizco el pezón izquierdo entre dos dedos y se lo retuerzo un poquito. Carolina aprieta los dientes y echa la cabeza hacia atrás contra mi clavícula. Le bajo el tanga hasta los tobillos. No se lo quito del todo. Me gusta dejárselo ahí, uniéndole los pies, recordándole que no puede dar un paso sin permiso.
Me arrodillo. Le paso la lengua por el vientre, por la cadera, por la cara interna del muslo. Carolina tiene una peca pequeña en el lado derecho del pubis. Es una peca que conozco desde hace años y que reconocería en cualquier parte. Le separo los labios con dos dedos y le doy un primer lametón largo, de abajo hacia arriba, hasta acabar en el clítoris. Ella muerde el aire para no gritar. Repito. Repito otra vez. Le clavo las uñas en una nalga para sujetarla contra mi cara.
Al otro lado de la pared se oye el chirrido de la roldana del tendedero de la vecina. Aprovecho el ruido para chuparle más fuerte, para meterle un dedo, para sacarlo brillante. Carolina jadea contra el dorso de su propia mano atada. Cuando levanto los ojos la veo morderse el labio inferior con tanta fuerza que se está haciendo sangre.
Entonces noto que ella misma se está intentando frotar, que ha conseguido sacar una mano de la cuerda lo suficiente para alcanzarse el sexo con un dedo. La aparto bruscamente.
—No. Eso no.
—Por favor —susurra.
—Te corres cuando yo diga. Si te tocas tú, te quedas a medias toda la tarde.
Le vuelvo a apretar la cuerda. Me incorporo. La empujo de espaldas contra el borde del lavadero. Con una mano la sujeto de la nuca y la obligo a apoyar la frente contra mi hombro para que no haga ruido. Con la otra le meto dos dedos. Los muevo despacio al principio y después rápido, marcando un ritmo que conozco de memoria, que llevo años aprendiendo a leer en su respiración.
—Si te oye, le abro la puerta y le digo lo que estamos haciendo —le susurro al oído.
Carolina suelta una especie de chillido ahogado, atrapado entre los dientes y mi clavícula. Se le doblan las rodillas. Le sujeto la cintura con el antebrazo para que no se caiga. La siento mojarme la mano, mojarme el pantalón. Me clava los dientes en el cuello, sin morder de verdad, conteniéndose porque sabe que un grito de los suyos haría girarse a la vecina al otro lado del muro. Se queda quieta así, agarrada a mí, respirando entrecortada contra mi piel.
Saco los dedos despacio. Le retiro el pelo de la frente. Le beso la sien, el pómulo, la oreja. Carolina abre los ojos un milímetro y me mira con la cara descompuesta, brillante, todavía un poco asustada de sí misma. Al otro lado de la pared, la vecina termina de tender, cierra la ventana y se mete adentro sin haber oído nada.
Le suelto las muñecas y le bajo la camiseta. Le subo el tanga. Le doy un beso en la frente que no encaja con nada de lo que acaba de pasar y, por un instante, los dos somos otra vez los dos críos de aquella siesta de hace años. Después le pongo una mano en la nuca y la guío de vuelta a la cocina sin decir nada, sabiendo que todavía nos quedan dos días enteros de casa vacía.