La noticia del laboratorio y la noche con mi padre
Volvíamos del este después de una semana cargada. En el bolso seguía el sobre del laboratorio que había abierto sola, en una habitación de hotel, con las manos temblándome desde la primera línea hasta la última. Todo limpio. Todo posible. Unas horas más tarde, el genetista me lo confirmó por segunda vez en una llamada de tres minutos exactos.
Mateo manejaba con una mano en el volante y la otra apoyada en mi muslo. Sabía la noticia desde antes que yo, casi, porque cuando me llamaron del laboratorio él estaba sentado al lado y me miraba sin pestañear.
—¿Cómo se lo decimos? —pregunté.
—Como sea, va a llorar.
Lo sabía. Mi padre llevaba meses sosteniendo la idea con una calma que era pura cortesía. Había aceptado ir al genetista, había entregado sangre y saliva sin preguntar más de la cuenta, había esperado los resultados sin llamarme una sola vez. Y, sin embargo, yo sabía que cada noche, en la cama, repasaba la posibilidad como quien acaricia un objeto frágil.
Decidimos invitarlo al campo. Una sola noche, la de viernes a sábado, porque desde el sábado tenía clientes confirmados y la agenda de fin de año no perdonaba. Mamá no contaba: odia el campo, odia los mosquitos, odia el polvo. Mi suegra menos todavía. Así que estaríamos los tres, con todo el tiempo del mundo.
***
Papá llegó a las siete, en su propio coche para poder volverse cuando quisiera. Yo había decidido recibirlo descalza, con un vestido solero abotonado al frente y nada debajo. Me había peinado como a él le gusta, con una traba dejando un mechón suelto sobre la sien.
Mateo, que ya había abierto unas cervezas, salió a saludarlo. Se abrazaron como siempre, palmada en la espalda, dos palabras sobre el camino. Después me tocó a mí. Le di un beso largo en la mejilla y dejé que oliera mi pelo.
—Tirate en la tumbona, papá. Quiero contarte algo.
Antes había avisado a Eustaquio, el casero, que nos quedábamos el fin de semana y que iba a haber visita. Eustaquio asintió desde la puerta de su rancho, sin acercarse. Hace meses que no me mira a la cara cuando está mi padre. Es lo justo: ya tuvo lo suyo, y los dos sabemos que va a volver a tenerlo.
Papá ya sabía. Sabía lo de Eustaquio, sabía lo de los clientes, sabía todo lo que se podía saber. Nunca pregunta. Solo escucha.
Nos sentamos los tres en las tumbonas, con la barbacoa todavía fría y el cielo apenas rosado. Mateo abrió el tema con la naturalidad de quien anuncia el resultado de un partido.
—Suegro, fuimos al genetista. Llegaron los análisis.
Papá se enderezó en la tumbona. Me miró.
—¿Y? —dijo, con la voz mucho más chica que él.
—Está todo bien, papá. Podemos.
No dijo nada. Apoyó la cerveza en el césped, se levantó y caminó dos pasos hacia mí. Me agarró la cara con las dos manos y se puso a llorar sin que se le saliera ni un sonido. Le brillaban los ojos y le temblaba la mandíbula como a un chico.
Me arrodillé en el pasto. Le abracé las piernas y subí lo justo para alcanzarle la boca. El primer beso no fue de hija. Fue otro, el que llevábamos meses ensayando con la mirada en cada cena familiar, el que ya nos habíamos dado en cuartos prestados, pero esta vez con permiso de los análisis y delante de mi marido.
Me levantó del césped, me llevó contra la pared blanca de la casa y me siguió besando con una desesperación que no le había visto nunca. Su short se le marcaba por delante de manera escandalosa. Le pasé una pierna por la cadera y dejé que sintiera que no llevaba nada debajo del vestido.
—¿Es lo que pienso? —preguntó, sin separar mucho la boca de la mía.
—Es exactamente lo que pensás.
—¿Podemos?
—Podemos —dijo Mateo, detrás de él, con esa voz tranquila que le sale cuando está más excitado que nadie—. Nos confirmaron que no hay riesgos. El médico solo dijo que cuidemos el lado emocional. Como si eso no estuviera resuelto.
Me pusieron entre los dos. Papá adelante, Mateo atrás. Me besaban por turnos. Las manos de mi marido me bajaron los botones del vestido uno por uno, hasta que se abrió al medio como una cortina. Papá lo dejó caer al pasto. Estaba desnuda contra la pared, todavía descalza, sintiendo el viento de la noche contra la piel.
Mateo se metió en la casa. Lo escuché arrastrar algo pesado por el corredor. Papá aprovechó para besarme las tetas con una hambre que no se le notaba en ninguna otra cosa de la vida, y para meter la mano entre mis piernas. Me tenía apretada contra la pared blanca y no le importaba si me raspaba la espalda.
—Hace meses que no toco a nadie —dijo, contra mi cuello—. Le prometí a tu madre.
—Pero yo no soy nadie.
—Vos sos otra cosa.
***
Cuando Mateo volvió, traía un colchón de la pieza de huéspedes y una toalla doblada bajo el brazo. Lo tiró sobre el piso de la galería trasera y lo acomodó con el pie. Encendió un velador del living para que la luz nos llegara apenas, de costado.
—Acá afuera está mejor —dijo—. Hay luna.
Me tiré primero yo. Papá me siguió, sin nada encima, y Mateo se sentó en la tumbona de al lado, con el short bajado a la altura de las rodillas. Me hizo cosquillas en la planta del pie con la punta del dedo y se rio bajito.
Papá me lamió desde el tobillo hasta detrás de la oreja. Le encanta hacer eso. Me muerde la nuca con los dientes apenas marcados y yo siempre termino arqueada. Esa noche, además, me mordió los hombros, me chupó los pezones con paciencia y me lamió cada costilla. Yo gemía sin contención, sin importar a cuántos metros estuviera el rancho de Eustaquio.
Poco a poco fuimos encontrando la postura. Yo bocarriba, con las rodillas levantadas. Él entre mis piernas, sentado sobre los talones. Esa pija que hasta hace un año yo no había visto de cerca y que ahora conozco mejor que la de mi marido se me rozaba la entrada despacio, midiendo.
—Hija, te voy a coger a fondo. Como te voy a coger cuando me toque ser uno de los que te llene. Y vos, Mateo, mirá bien si lo hago como hay que hacerlo.
—Sí, papá. Llename bien. Estoy tan feliz con la noticia.
Le susurré al oído lo que ya le había susurrado mil veces y que igual me arde cada vez:
—Adoro tu pija y tu leche.
Hizo algo nuevo. Pasó los dos brazos por debajo de mis hombros y me agarró desde arriba, sujetándome todo el cuerpo desde adentro. Me empotró contra él en un solo envión y dejé de respirar un par de segundos.
Se quedó hundido un instante, sin moverse, y después arrancó. Pero no con las caderas separadas del colchón, no con embestidas largas. Casi sin levantarse. Solo movía la pelvis, un balanceo apretado, profundo, como una ola corta que no terminaba de romper.
—Polvo de la oruga —dijo Mateo, casi para sí, desde la tumbona—. Hacía años que no se lo veía hacer.
—Dale más, suegro, no aflojes. Tu hija te desea.
Giré la cabeza. Mateo me ofreció su pija y se la chupé un rato, de costado. Pero cuando papá apretó el ritmo lo solté, volví a su boca y le clavé las uñas en las nalgas para acompañarle el balanceo.
Sentí los chorros antes de que él gritara. Lo agarré por la espalda y le supliqué que no parara, que siguiera, que yo estaba ahí también. No se le bajó. Siguió un minuto, quizá dos, y cuando empecé a temblar me derretí debajo suyo sin poder decir más que el aire saliendo entrecortado entre los dientes.
Se salió de mí despacio. Apenas tuvo tiempo de respirar dos veces antes de que Mateo se acomodara en su lugar.
—Así te vamos a preñar —dijo, con una sonrisa que era pura promesa.
Le duró poco. Estaba desatado desde antes. Me la metía y la sacaba como si tuviera prisa, y a los pocos minutos también me dejó todo lo suyo adentro. Cuando se salió, sentí cómo empezaba a escurrirme entre las piernas. Por suerte, la toalla doblada ya estaba en el lugar correcto.
Me senté en el borde del colchón. Los dos me miraban sin hablar, agotados. Yo me incliné y los limpié con la boca, alternando, uno y otro. No quería que se durmieran todavía. Quería que volvieran a endurecerse.
El primero en responder fue Mateo. Se la chupé largo, en exclusiva, mientras él me chupaba el sexo y papá me acariciaba las tetas desde un costado. Después me lo monté. Doblaba la cabeza para chupársela también a papá, que se había puesto de pie al lado de la cabecera. Mateo terminó dentro de mí por segunda vez en la noche.
Cuando le tocó a papá montarlo, dudé unos segundos si pedirle que repitiera el polvo de la oruga. Me ganó la curiosidad de cambiar. Me subí encima y le chupé a Mateo los restos de su propia leche mientras lo cabalgaba. Papá me agarraba las tetas. A veces levantaba la cabeza y me las chupaba a contraluz del velador.
Aceleré hasta sentir que estaba por acabar. Y entonces lo desaceleré. Movimientos muy lentos, profundos, mientras él se vaciaba adentro y me apretaba las caderas con las dos manos. Cuando terminó, me incliné y lo besé largo. Me susurró, sabiendo que Mateo lo oía:
—Qué hija tan puta tengo. Y cómo te amo.
Uno de los mejores piropos que me hicieron en mi vida.
***
Nos fuimos a la cocina con hambre. Ellos en bóxer, yo apenas con un conjunto rosado de lencería, soutien de media copa y tanga hilo, que me había guardado en el bolso pensando en este momento. Estábamos por meternos a la ducha cuando golpearon en la puerta.
—Soy Eustaquio, patrones.
Decidí abrir yo. No iba a haber más sexo esa noche, pero me daba gracia caldear el ambiente. Eustaquio abrió grandes los ojos cuando me vio. Ya me había tenido a solas en su rancho, así que la reacción no fue de sorpresa: fue de hambre vieja.
—Disculpe la hora, señora. Vine antes pero alcancé a ver que estaban ocupados. Les traje cosas de la huerta. Y quería pedirles si mañana le pueden dar una mirada a mi casa, que me voy a lo de mi hijo.
—Quedate tranquilo, Eustaquio —respondió Mateo desde adentro—. Yo me encargo. Además esperamos visita, podemos pasear hasta allá y de paso miramos.
—Gracias, patrón.
Yo me había acercado a despedirlo. Le miré la boca. Cuando Mateo se dio vuelta para guardar las verduras, le bajé el soutien y dejé que me las lamiera dos minutos, contra el marco de la puerta. Le dije al oído:
—La próxima vez, cogemos. Te lo prometo.
Se fue eufórico.
Dormimos los tres en la misma cama, yo en el medio. Pero no hubo más sexo esa noche, solo caricias y algunos besos en la nuca antes de quedarnos dormidos. Papá me agarraba la mano izquierda. Mateo me apoyaba la frente en el hombro derecho.
***
El sábado a la mañana, papá quiso volverse temprano, antes de que llegara Adrián, mi cliente más dotado y compañero de club de él y de mi suegro. Tomamos café los tres en la galería. Nos miramos en la mesa como si compartiéramos un secreto que ya no era secreto. Le di un beso en la frente cuando se subió al coche.
Adrián llegó puntual. Es por lejos el más pijudo de todos mis clientes, y muy buena persona. Esa mañana me cogió dos veces antes del almuerzo. Después caminamos los doscientos metros que separan la casa del río para ver si todo estaba en orden en el rancho de Eustaquio. Nos divertimos un rato entre los árboles, tocándonos por encima de la ropa como adolescentes. Cuando volvimos, Adrián, todavía muy excitado, me lo hizo por detrás sobre la mesa de la galería. Después almorzamos los tres el asado que había preparado Mateo.
A la tarde nos echamos una siesta los tres juntos. Terminó en fiesta oral, aunque Adrián ya no llegó a acabar. Mateo sí. Les voy a contar más detalles otro día, cuando me ponga al día con el atraso.
***
Cuando regresamos a la ciudad, el domingo tarde, encontramos en el buzón un sobre blanco que decía «Para la Sra. de la Casa». Lo abrí en la cocina, todavía con el bolso colgado del hombro, y le dije a Mateo:
—Sentate. Esto te va a interesar.
Pero esa es otra historia. Se las cuento la próxima.