Mi madre me esperó en lencería negra al amanecer
Me llamo Mateo y acabo de cumplir veintitrés años. Mi historia con las mujeres siempre fue un desastre, una sucesión de fracasos pequeños que se fueron acumulando hasta convencerme de que algo en mí no funcionaba. Hace unos meses me enteré de una verdad incómoda: el hombre que me crio no es mi padre biológico. Mi madre se casó con él cuando yo ya estaba en el mundo, y nadie consideró necesario contármelo durante dos décadas.
Mi madre se llama Carmela y tiene cuarenta y siete años. Sigue siendo una mujer hermosa, de esas que entran en una habitación y obligan a girar la cabeza. Lleva el pelo corto, a la altura del mentón, y tiene unas piernas que parecen no haber acusado el paso del tiempo. Trabaja media jornada en una papelería del barrio. Cuando vuelve a casa se quita los zapatos en el recibidor y camina descalza por el pasillo.
Mi adolescencia fue larga y económicamente miserable. Después vinieron las mujeres que prometían sin cumplir, las que me invitaban a sus casas para hacerme esperar en el sofá mientras hablaban por teléfono con otro. Una vez, una chica del instituto me pidió que la acompañara a una fiesta y me presentó como su «amigo gay» para que su novio celoso no sospechara. Ni siquiera un roce, en años. Ni un beso que durara más de tres segundos.
Pero ese año algo cambió. A mi padrastro le tocó la lotería; no una fortuna obscena, lo suficiente para pagar la hipoteca y respirar tranquilos. Como si el universo hubiera decidido compensar también mis carencias, un mes más tarde apareció Lorena.
Lorena tenía un cuerpo aceptable y una cara que se podía recordar sin esfuerzo. Lo importante era que, desde la segunda cita, me desabrochó el pantalón en el coche y me agarró la verga con una determinación que me dejó sin palabras. Apretaba demasiado. A veces me hacía daño y yo no me atrevía a pedirle que aflojara. Luego se la metía en la boca con un entusiasmo torpe, succionando como si quisiera vaciarme, y rozándome con los dientes cada dos por tres. Yo, sin experiencia y muerto de hambre, lo recibía todo como un milagro.
El problema vino después. Lorena empezó a dosificarme. Una semana sí, dos no. Me decía que estaba ocupada, que tenía exámenes, que su prima la necesitaba en otra ciudad. Yo me quedaba pendiente del teléfono, cancelando planes con mis amigos por si ella aparecía. Adelgacé. Dejé de dormir bien. Mi cabeza solo pensaba en su boca, en sus manos, en la próxima vez.
Mi madre la conoció una tarde, sin previo aviso. Carmela abrió la puerta, la miró de arriba abajo, sonrió con esa cortesía tensa que se reserva para los que no se quieren volver a ver, y se fue a la cocina sin decir más que un «mucho gusto». Esa noche, cuando Lorena ya se había marchado, mi madre se asomó a mi habitación.
—Esa chica no te quiere, Mateo —dijo desde el umbral.
—No tienes ni idea —respondí.
—Tengo ojos.
Cerré la puerta. No volvimos a hablar del tema en semanas.
***
El viernes siguiente, Lorena me dejó plantado otra vez. Mensaje a las cinco de la tarde: «Tengo algo importante, ya te cuento». Sin emoji, sin disculpa, sin propuesta de quedar otro día. Me tiré en la cama bocarriba, con los auriculares puestos, mirando un punto fijo del techo y pensando en mandar todo al carajo.
Mi padrastro estaba de turno de noche en la fábrica. La casa quedaba en silencio salvo por el ronroneo del frigorífico. Llevaba como una hora así cuando escuché la puerta de mi cuarto abrirse despacio.
Era mi madre. Llevaba un conjunto de lencería negra que no le había visto nunca. El sujetador era de encaje, transparente en algunas zonas, y las bragas se le ajustaban marcando el hueso de la cadera. Iba descalza. En la mano izquierda sostenía un cigarrillo encendido, aunque hacía años que en la casa no se fumaba.
—Mamá, ¿qué haces? —pregunté incorporándome de golpe.
—Hay cosas que nunca te conté —dijo en voz baja, sin moverse del umbral.
—¿Qué cosas?
—Antes de conocer a tu padrastro me ganaba la vida vendiendo el cuerpo. Durante años.
Me quedé sin saber qué responder. La frase sonaba grave, pero su tono no era el de una confesión: era el de una mujer poniendo una carta sobre la mesa.
—Vete, mamá —dije al fin—. Por favor.
—Tu padrastro no vuelve hasta mañana al mediodía. Lo sabes.
—Déjame —contesté, sintiendo cómo se me secaba la garganta.
Se quedó unos segundos más mirándome, dio una última calada al cigarrillo y salió cerrando la puerta con cuidado. Yo me quedé inmóvil, con el corazón retumbándome en los oídos y la entrepierna durísima, avergonzado de mí mismo.
***
No dormí. Cada vez que cerraba los ojos veía las costuras de aquel encaje. Al amanecer salí de mi habitación con la excusa de ir al baño. Cuando crucé el pasillo, mi madre pasó por delante de mí en dirección contraria, todavía con la misma lencería negra. No me miró. No tenía que mirarme.
No pude más.
Entré en su habitación detrás de ella. Carmela estaba ya sentada en el borde de la cama, recogiéndose el pelo en una coleta floja. Me acerqué sin pensar, le apreté los pechos sobre el sujetador con las dos manos, y ella se dejó hacer sin protestar. Se desabrochó el cierre de la espalda con un gesto rápido, como quien hace algo cien veces ensayado, y dejó caer la prenda al suelo.
Le chupé los pezones, primero uno y luego el otro, una y otra vez, llenándolos de saliva. Le mordí los pechos, las clavículas, la base del cuello. Ella me desabrochó la camisa y bajó la cabeza para pasarme la lengua por mi propio pezón izquierdo. De mi garganta salió un sonido que no había hecho nunca, algo entre un gemido y un quejido, y sentí la piel de gallina recorriéndome el cuerpo entero.
Me bajó los pantalones de un tirón. Yo estaba de pie y ella se arrodilló frente a mí. Me metió la verga entre los pechos y los apretó con las dos manos, moviéndose arriba y abajo. Por un instante creí que me había salido algo blanco, pero era el primer chorro, que ni siquiera había notado. Me corrí sin gritar, casi sin avisar, y a pesar de eso seguí duro, como si el cuerpo no se hubiera enterado de que ya había pasado algo.
La levanté del suelo y la empujé sobre la cama. Le quité las bragas, le abrí las piernas y bajé la cara entre ellas. La lamí con torpeza, sin saber bien qué buscar, mirándola de vez en cuando por encima de su vientre. Ella me observaba con una expresión amable, pero no estaba seguro de que disfrutara. Tampoco parecía molesta. Lo que quería, sobre todo, era que yo me sintiera capaz.
—Despacio —me dijo en algún momento—. No tienes que demostrarme nada.
***
A la mañana siguiente me despertó ella, muy temprano. Mi padrastro ya se había ido al trabajo. Llevaba el mismo conjunto negro, recién planchado, y se sentó en el borde de mi cama como si fuera lo más natural del mundo.
Acercó su boca a mi oído.
—Una vez un cliente me pidió un servicio especial —susurró.
Yo no podía hablar.
—Para hacerlo, él tenía que estar en ayunas.
Me bajó el pantalón del pijama sin esperar respuesta y se inclinó sobre mí. Me la metió en la boca entera, sin titubear. No noté dientes en ningún momento, solo la lengua moviéndose con una precisión vertiginosa y una succión que me arqueó la espalda contra el colchón.
—Aquella vez lo hice por dinero —dijo separándose un instante.
La verga me llegaba hasta el fondo de su garganta. Sentía calor, saliva caliente, una humedad espesa.
—Pero ahora lo hago porque te quiero.
Cuando volvía a tragar, tosía un poco. No se apartaba.
—Agárrame la cabeza —pidió mirándome desde abajo—. Empuja. Imagina que soy una muñeca.
Lo hice. Le sostuve la nuca con las dos manos y empujé sin contemplación, una y otra vez, hasta que sus ojos empezaron a lagrimear y de las comisuras de su boca cayeron hilos de saliva al cuello. No paraba la lengua. Cuanto más se atragantaba, más se entregaba. De cintura para abajo yo estaba completamente empapado.
Me corrí gritando, sin avisar y sin contenerme. Ella se sostuvo unos segundos más con la boca cerrada y luego se apartó, tomando aire por la nariz.
Caí hacia atrás sobre el colchón y me quedé dormido al instante.
***
Cuando volví a abrir los ojos, mi madre seguía a mi lado. Las bragas estaban en el suelo. Tenía los pelos del flequillo pegados a la frente y olía a sudor seco.
—Termina —me dijo.
La penetré sin preparativos. Estaba empapada por dentro, como si llevara una hora esperándome. La miré desde arriba, apoyado en los brazos, y descubrí que no quería juntar mi cara con la suya. Me daba algo parecido al pudor, o quizá al asco. Movía las caderas con una soltura que no tenía nada de fingida. Su cara permanecía casi inmóvil, los labios entreabiertos, los ojos fijos en un punto entre mi cuello y mi hombro.
No aguanté mucho de rodillas y dejé caer el cuerpo sobre el suyo. Sentí su respiración en mi oreja. Ella tomó la iniciativa, moviéndose debajo de mí con un ritmo que yo no me atrevía a romper. Sus muslos, llenos y firmes, me atraparon por los costados. Me apretó. La sentí estremecerse en una contracción larga, con un jadeo que terminó en un gemido muy bajo, casi un suspiro.
—Esto sí que no me pasó con aquel hombre —murmuró.
Me corrí dentro un minuto después. El que ahora no podía respirar era yo.
Salimos de la cama sin tocarnos. Ella se puso una bata fina, se ató el cinturón con un nudo cuidado y abrió la ventana para airear la habitación.
—No vuelvas con esa chica —dijo mientras corría las cortinas—. Para puta ya estoy yo. Anda, ve a ducharte.
Desde entonces dejé de sufrir con las mujeres. Y también, casi sin darme cuenta, dejé de buscarlas como antes.