Mi hermana me pidió fingir ser su novio en la playa
Mi hermana se llama Lucía y acababa de cumplir veintidós años. Siempre había sido una chica que daba la impresión de ser tranquila, casi tímida: rubia, con el pelo largo hasta media espalda, una cara redonda y dulce que engañaba a cualquiera que la viera por la calle.
La relación entre nosotros siempre fue muy cercana. No había secretos. Nos contábamos los líos, las primeras citas, las decepciones y, cuando nos hicimos mayores, también algunas experiencias sexuales. Mis padres nos criaron en un ambiente sin tabúes con respecto al cuerpo. De pequeños íbamos los cuatro a campings nudistas, en casa estábamos desnudos sin que nadie le diera importancia, y de adolescentes seguimos yendo Lucía y yo juntos a algunas playas naturistas de la costa.
Lo que voy a contar ocurrió hace dos veranos. Era un domingo de finales de julio y, como tantas otras veces, habíamos ido juntos a una cala apartada que solo conocían los habituales. Llevábamos una hora tumbados al sol cuando Lucía levantó la cabeza, entrecerró los ojos y soltó un «no me digas que son ellos». Antes de que pudiera preguntarle nada se levantó y caminó hasta dos chicos que acababan de extender sus toallas a unos diez metros.
Los reconocí cuando se acercaron a saludarla. El más alto era Marcos, un compañero del instituto que la había rondado durante años. El otro, más bajo y de barba descuidada, era Daniel, su ex.
Daniel y Lucía habían terminado meses atrás de la peor manera. Él insistía cada poco con la idea de hacer un trío con Marcos. A Lucía nunca le gustó Marcos y le dijo que ni hablar. Daniel se lo tomó como un desafío y, a partir de ahí, le repetía a la primera ocasión que era una niña que prometía mucho y luego se rajaba en la cama. Ella tragó hasta que ya no pudo más, y un día le dijo que lo dejaba.
Cuando Lucía volvió a la toalla venía con la mandíbula apretada. Se sentó a mi lado, se cruzó de brazos y empezó a soltar todo lo que llevaba dentro.
—Marcos y Daniel están esperando a Sofía —dijo en voz baja—. ¿Te acuerdas de Sofía, la del bar? Pues ahora resulta que ella está colada por Daniel, o eso le ha hecho creer él. Vienen los tres a montárselo en la playa. Encima Daniel se ha reído de mí. Me ha dicho que ya tiene a alguien que sí se atreve.
—Lo siento, Lu.
Se quedó mirando el mar un rato largo. Después giró la cara hacia mí, muy seria.
—¿Te puedo pedir una cosa rara?
—Dime.
—Hoy quiero que finjas que eres mi novio. Solo unas horas. Quiero que se trague sus palabras.
No supe qué contestar. Antes de que mi cabeza encontrara una respuesta, ella se inclinó y me besó. Fue un beso largo, con la lengua, y mientras lo hacía me cogió la mano y se la llevó al culo. Lo tenía firme, perfectamente esculpido por las clases de baile. Cuando se separó echó un vistazo de reojo a las toallas de los otros. Marcos y Daniel nos miraban con la boca un poco abierta.
—Por favor —insistió—. Ayúdame a que se arrepienta. Sé que es egoísta, pero es lo único que se me ocurre.
Lucía y yo nos habíamos visto desnudos toda la vida. La había dado por hecha, igual que ella a mí. Sin embargo, ese beso había encendido algo distinto, algo que ninguno de los dos quería nombrar. La miré, miré el mar, miré a los dos imbéciles que esperaban su trío.
—Hagámoslo —le dije.
Esta vez fui yo quien la besó. La empujé suave hasta tumbarla en la toalla, me coloqué encima y le comí la boca con todas las ganas que llevaba acumuladas, sin pensar. Mi mano subió por su tripa, despacio, y le rozó los pechos. Ella suspiró contra mi oreja. Una pareja con un niño nos miró desde lejos y aparté la mano. La playa estaba poco concurrida, pero no estábamos solos.
—Vamos al agua —me susurró—. Allí podemos hacer más sin que nadie nos vea bien.
Tampoco esta vez supe qué responder. Me arrastró de la mano y la seguí casi por inercia, todavía intentando aclararme. Marcos y Daniel no nos quitaban los ojos de encima. Lucía caminó decidida hasta una zona donde el agua le tapaba a la altura del pecho. Se giró, me agarró de la nuca y me besó otra vez.
—Bésame con muchas ganas —murmuró—. Que se note de lejos.
Le hice caso. Sus labios sabían a sal. Cuando se separó, se dio la vuelta y se pegó contra mí, mirando hacia la orilla, hacia ellos. Mi polla, ya dura desde la toalla, se apretó contra su culo a través del agua. Cogió mi mano y la guio entre sus piernas. Su coño estaba caliente incluso bajo el agua fría.
—Tócame de verdad —pidió—. Que parezca que estamos follando.
Mis dedos se movieron despacio entre sus labios, encontraron el clítoris, lo apretaron con la yema. Mi otra mano subió y le cubrió un pecho. Le mordí el cuello con suavidad, justo debajo de la oreja, y la sentí estremecerse contra mí. No estaba fingiendo nada. Yo tampoco.
Su mano buscó por detrás y encontró mi polla. Empezó a moverla con un ritmo lento, perfecto. Me la estaba haciendo. A mí. Su hermano. Y, en lugar de detenernos, los dos nos hundimos más en aquello.
La situación era irreal: el agua templada, el sol tirando fuerte, dos espectadores furiosos en la orilla y nosotros enredados como una pareja cualquiera. Yo metía dos dedos en su coño y ella me la cascaba con el agua hasta el pecho. Estábamos los dos al borde sin haber empezado siquiera, así que no tardamos en frenar para no acabar antes de tiempo.
Salimos del agua despacio, cogidos de la mano, y volvimos a las toallas. Estuvimos casi una hora sin hablar, tomando el sol como si nada hubiera pasado, fingiendo una calma que ninguno de los dos sentía. Lucía tenía el pelo mojado pegado al hombro y me lanzaba miradas de vez en cuando, como comprobando que yo todavía estaba dentro de aquel pacto.
—¿Sigues conmigo? —me preguntó por fin.
—Hasta donde quieras llegar.
***
A esa hora la playa se había vaciado mucho. La pareja del niño había recogido y se había ido. Quedábamos nosotros, Marcos y Daniel, y, en el aparcamiento, una nube de polvo anunciaba la llegada de un coche. Sofía bajó de un descapotable, cargó con una toalla y se acercó a las toallas de los chicos. No se desnudó. Se quedó en bragas y top deportivo, como si la playa fuera un escaparate.
—Mucho calentar —murmuró Lucía, divertida—. Va a flipar.
Lo dijo como si fuera un comentario al margen y, sin avisar, se arrodilló a mi lado. Yo estaba tumbado boca arriba, la polla empezaba a bajar después del agua y todavía latía en algún sitio entre el deseo y la culpa. Lucía la cogió con la mano, la miró un segundo y se la llevó a la boca.
Sentí cómo Marcos, Daniel y Sofía giraban la cabeza al mismo tiempo. La lengua de mi hermana subía desde la base hasta la punta, se detenía un instante, volvía a tragar la mitad. Era una buena mamadora. Lo era con todas las letras y, por absurdo que resultara la situación, no quería que parara.
A unos metros, Marcos cogió la mano de Sofía y se la puso en la entrepierna. Sofía, después de dudar, empezó a moverla. Sus ojos no estaban en lo que tenía delante, sino en nosotros. Daniel intentó replicar la jugada con su propia mano, pero Sofía lo apartó. Se notaba a quién había venido a buscar.
Lucía se sacó la polla de la boca el tiempo justo para mirar a Daniel y soltar una risita cruel. Después se levantó, me dio la espalda, abrió las piernas y se fue bajando despacio hasta empalarse encima de mí. Cuando estuvo dentro del todo se quedó quieta un segundo, mirándolos.
—¿No querías ver lo que sé hacer? —le dijo a Daniel sin girarse.
Marcos había puesto a Sofía a cuatro patas y la estaba follando con una rabia mal disimulada. Lucía empezó a moverse encima de mí en el ritmo opuesto: muy lenta, balanceando la cadera con una elegancia que dolía. Hacía rato que aquello había dejado de ser una venganza para ser cualquier otra cosa.
Daniel se acercó. No corrió, no preguntó. Caminó como un niño humillado que vuelve a por más. Se quedó de pie junto a nosotros y Lucía, sin sacar mi polla de su coño, le bajó el bañador y se la metió en la boca. Empezó a chuparla mientras seguía cabalgándome a mí.
Le dedicaba a Daniel una mamada tan cuidada que parecía una carta de despedida. Subía y bajaba la mano acompasada con la boca, con la atención de quien quiere demostrar algo. Yo la sentía contraerse cada vez que él jadeaba. Marcos, al lado, follaba a Sofía como si quisiera tapar lo que ocurría a un metro.
Cuando Daniel cerró los ojos y empezó a temblar, justo antes del final, Lucía paró en seco. Le sacó la polla de la boca, levantó la cara y le habló en voz baja, pero clara.
—Esto es lo último que voy a hacer por ti —dijo—. No vas a acabar. Mírame bien y acuérdate de lo que te has perdido.
Lo dejó así, plantado, con la polla goteando y la cara descompuesta. Después se giró hacia mí, se tumbó encima y me besó como si la playa no existiera. Empezó a moverse encima salvaje, sin elegancia, queriendo terminar lo que llevábamos toda la mañana posponiendo. Yo la agarré por las caderas y la ayudé a marcar el ritmo.
A nuestro lado, Marcos seguía con Sofía, pero ya no nos miraba: estaba demasiado cerca de su propio final. Daniel se había sentado en su toalla y se había puesto la camiseta como si tapándose pudiera deshacer lo que acababa de pasar.
Lucía y yo ya no fingíamos. Sus uñas se me clavaban en los hombros, me mordía el labio inferior cuando se inclinaba a buscarme la lengua. Aceleramos juntos, sin coordinarnos, simplemente arrastrados. Cuando llegamos al final lo hicimos casi a la vez, ella encima, yo agarrándola con fuerza para que no se separara.
Nos quedamos así unos minutos, respirando, sin atrevernos a decir nada. La playa estaba en silencio. Sofía se vestía deprisa, Marcos buscaba su bañador, Daniel ni siquiera levantaba la cabeza.
Volvimos a la toalla. Lucía se tumbó boca arriba y se tapó los ojos con el antebrazo. Yo me tumbé a su lado.
—¿Te arrepientes? —pregunté en un susurro.
Tardó en responder. Cuando lo hizo, no apartó el brazo.
—Pregúntamelo otra vez mañana —dijo.
No volví a preguntárselo. No hizo falta. Aquella misma noche, cuando llegamos a casa de nuestros padres, Lucía pasó por delante de mi puerta y la dejó entreabierta a propósito. Lo que empezó como una venganza en una playa nudista se quedó con nosotros mucho más tiempo del que ninguno de los dos planeaba reconocer en voz alta.