Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi hermano me ató a la cama y nada volvió a ser igual

Aquella noche todavía la recuerdo con un nudo en el estómago. No por arrepentimiento, sino porque cambió la forma en que me miro al espejo. Han pasado años desde entonces, pero al sentarme a contarlo me doy cuenta de que sigue siendo el secreto más espeso que llevo dentro.

Somos dos, mi hermano Mateo y yo, hijos únicos de una pareja que siempre estuvo más fuera que dentro. Mi padre se llama Esteban y trabaja como arquitecto en un estudio del centro; mi madre, Rosario, lleva una pequeña librería que abre los sábados por la mañana. La casa donde crecimos está en un barrio tranquilo de las afueras, con un patio largo y un televisor enorme en el living que ya nadie miraba. Mateo me lleva dos años: cuando ocurrió esto, él tenía veintidós y yo veinte. Yo le decía Mati desde que aprendí a hablar.

Mis padres habían viajado a un congreso a otra ciudad y volverían recién el lunes. Esos fines de semana Mati y yo casi nunca coincidíamos: él salía con sus amigos, yo me quedaba en casa o iba al gimnasio. Aquel sábado había estado pedaleando una hora en bicicleta fija y otra hora con pesas; volví a casa cerca de las seis con el cuerpo molido y la espalda mojada de sudor. Una ducha larga, agua casi hirviendo, jabón con olor a coco. Salí del baño envuelta en una toalla y constaté lo que ya sabía: la casa estaba vacía. Mati no había vuelto.

Me puse una camisa de algodón blanco que me llegaba a la mitad del muslo, sin nada debajo. Era una de esas camisas que mi padre ya no usaba y que yo le había robado del armario hacía tiempo. Encendí el televisor del cuarto y empecé a hacer zapping. Nada. Series repetidas, noticieros, una película que ya había visto tres veces. Y entonces me acordé de que Mati guardaba películas en una caja debajo de su escritorio. Cuando éramos chicos las escondía detrás de los libros. Ahora ya ni se molestaba.

Crucé al pasillo descalza. Su cuarto olía a su perfume y a tabaco viejo. Abrí la caja y revisé hasta encontrar una funda sin etiqueta. La portada era un primer plano del cuello de una mujer y un dibujo en tinta roja. Volví a mi cama con la película en la mano, sintiéndome un poco ladrona y un poco curiosa.

La puse y le di play.

Lo que vi no me lo esperaba. No era una película erótica de las que pasan a la madrugada en los canales de cable, con romances pasteles y luces tibias. Era porno duro, sin filtro. Una mujer atada a una cama, con las piernas abiertas de par en par y el coño depilado brillando bajo una luz cruda; otra mujer arrodillada entre sus muslos, hablándole al oído mientras le metía dos dedos hasta los nudillos y se los sacaba empapados. Yo nunca había visto algo así. La cámara enfocaba de cerca cómo los dedos entraban y salían, cómo la atada se retorcía y suplicaba que la follaran más fuerte. Después apareció un tipo con una polla enorme y venosa, y la mujer arrodillada se la metió en la boca hasta el fondo, ahogándose, con la saliva chorreándole por el mentón y cayéndole entre las tetas.

Me revolví en las sábanas tratando de relajar los hombros, pero al cabo de diez minutos sentí que me ardía la cara y algo mucho más abajo. Dejé la mano sobre el vientre, después un poco más abajo, hasta rozarme con la yema del dedo el clítoris ya hinchado. Estaba mojada, mojadísima, el algodón de la camisa se me pegaba a los muslos. Empecé a acariciarme en círculos lentos mientras en la pantalla el tipo la penetraba de espaldas y le tiraba del pelo. Sentí que se me escapaba un gemido y me asusté de mi propia voz. Detuve la mano. No era el momento. Apagué la película antes de que terminara y fui a la cocina a buscar agua, con las piernas todavía temblando y las bragas —bueno, no tenía bragas— con los muslos brillando de humedad.

***

A la cocina entré y salí en silencio. Volví al cuarto descalza, prendí la luz del velador y abrí el cajón de la mesita. Saqué una camisola corta de seda gris, también sin bragas debajo, y me metí entre las sábanas. Necesitaba dormir. Necesitaba apagar todo. Pero por debajo de la seda seguía latiendo el coño, pesado, terco, pidiendo más.

Eran las once y media cuando escuché una llave en la puerta de calle. Reconocí los pasos al instante: Mati. Lo escuché ir directo al baño, tirar la cadena dos veces, golpear con torpeza el pomo de la puerta. Después caminó por el pasillo y se quedó parado afuera de mi cuarto.

—¿Cami? —preguntó—. ¿Estás despierta?

—Estoy mirando tele —contesté.

Entró sin pedir permiso. Tenía el pelo revuelto y los ojos vidriosos. La camisa medio abierta, el cuello marcado por un beso. Olía a vino blanco y a colonia barata. Se sentó al borde de la cama con una sonrisa que no le había visto antes.

—¿Pasa algo? —pregunté.

—Quería hablar contigo —dijo arrastrando un poco las palabras.

—Estás borracho.

—Un poco. Solo un poco.

Lo miré. La luz del velador le caía sobre la mandíbula. Cuando éramos chicos él dormía conmigo cuando había tormenta, me apretaba la mano hasta que pasaba el ruido. Hacía mucho que no me sentaba a mirarlo así.

—¿Hablar de qué? —dije.

—De cuando éramos chicos —respondió—. De cuando jugábamos en el patio.

—Eso fue hace mil años, Mati.

—No tantos. Solo que ahora ya no eres una nena. Eres otra cosa.

—Estás diciendo cualquier cosa. Vete a dormir.

—No me quiero ir.

Algo en su voz me cambió la temperatura. Le dije que se fuera, sin mucha fuerza. Él se acercó. Inclinó la cabeza hacia mi pecho, sobre la camisola, y me besó el pezón por encima de la tela. Fue un beso lento, casi terco, con la boca abierta y la lengua marcándome la seda hasta que el pezón se me puso duro y visible. Yo sentí el calor antes que el miedo. Quise apartarlo y la mano se me quedó floja en el aire.

—Mati —dije. No me salió como advertencia. Me salió como pregunta.

Él tomó eso como respuesta. Me bajó el tirante de la camisola y me chupó el pezón directo, sin tela de por medio, mientras con la mano me subía el ruedo hasta la cintura. Cuando el aire me tocó el coño desnudo se me escapó un suspiro largo. Me pasó dos dedos por la vulva, muy suave, de arriba abajo, y encontró todo empapado.

—Estás chorreando, Cami —murmuró contra mi teta—. ¿En qué estabas pensando antes de que llegara?

No le contesté. No me salían las palabras.

***

Lo que vino después lo recuerdo en pedazos. Recuerdo la cinta de seda corriéndose, la sábana cayendo al piso, el corazón golpeándome contra las costillas como si quisiera salirse. Recuerdo que él se levantó, fue a su cuarto y volvió con dos pañuelos largos de algodón, de los que usaba para correr. Yo no me moví. No porque no pudiera. Porque algo dentro de mí no quería moverse.

—¿En serio? —preguntó.

Asentí sin abrir la boca.

Me ató las muñecas al respaldo de hierro de la cama, una por cada lado. Apretó hasta que la tela quedó tirante, no para hacer daño. Probó con el dedo si había espacio para meter el meñique. Lo había. Me besó la palma de la mano, después el codo, después el hueco del cuello. Había bebido pero no estaba torpe. Estaba concentrado.

—Si quieres que pare, dímelo —murmuró.

Le contesté que no quería que parara.

Empezó por las rodillas. Subió con la boca por el muslo izquierdo, después por el derecho, después se detuvo a mitad de camino, donde el calor era más fuerte. Me sopló apenas sobre el coño y me arqueé. Se rio bajito y me abrió los labios con dos dedos, mirándome como si estuviera estudiando algo. La camisola se me había trepado hasta el ombligo. Cuando su lengua llegó a donde tenía que llegar, me arqueé contra los pañuelos y sentí el algodón apretar en las muñecas, y eso, lejos de molestarme, me agarró por dentro de una manera que no había conocido.

Me lamió despacio, de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para chupármelo con los labios cerrados. Después metió la lengua entera, hasta donde pudo, y la movió en círculos mientras dos dedos entraban a buscarme el punto de adentro. Yo tiraba de los pañuelos hasta que las muñecas me ardían. Sentía la barba de dos días raspándome la cara interna de los muslos, sentía la nariz de mi hermano hundida en mi pubis, la lengua trabajándome sin descanso, los dedos curvados hacia arriba apretando algo que no sabía que existía. Me vine así, con la boca abierta y sin sonido, apretándole la cabeza entre los muslos hasta que él tuvo que sacudirse para respirar.

No hablamos. Ninguno de los dos dijo una palabra. La única voz era la mía, y ni siquiera era una voz, era un quejido entrecortado que no tenía nombre. Él subió, me lamió el pezón que había dejado abandonado, y me hizo probar mi propio sabor pasándome dos dedos por los labios.

—Chupá —dijo.

Le chupé los dedos. Me los metió hasta la garganta y los sacó despacio, mirándome.

Después se desabrochó el cinturón sin apuro. Escuché el clic de la hebilla, el ruido del pantalón cayendo. Cuando se le salió la polla se me escapó un gemido de sólo verla: gruesa, dura, con la vena marcada del costado, la punta ya brillando de líquido. Se acercó a mi cara y me la pasó por los labios. Yo abrí la boca sin pensarlo. Él me la metió despacio, apoyando la palma en mi frente para que no me moviera, y empezó a follarme la boca con calma, mirándome a los ojos. Al fondo de la garganta me daban arcadas y él aflojaba, me dejaba respirar, y volvía a empujar. Se me llenó la boca de saliva, me chorreaba por la comisura hasta el cuello. Con la lengua le buscaba la vena de abajo. Cuando lo sentí temblar, sacó la polla de mi boca con un ruido húmedo.

—Todavía no —dijo con la voz ronca.

***

Se acomodó entre mis piernas. Me abrió las rodillas empujándomelas hacia afuera y se agarró la polla con la mano para pasarme la punta por la raja, mojándose entero con mi flujo. Cuando lo sentí encima, tuvo que cubrirme la boca con la mano para que no gritara. No por dolor. Por el otro motivo. Entró despacio al principio, pidiendo permiso con la cadera, aprendiéndome de a pulgada. Sentí cómo el coño se me estiraba alrededor de esa verga que era ancha, mucho más ancha de lo que me había esperado, y cómo cada centímetro me iba empujando algo por dentro. Cuando llegó al fondo, se quedó quieto, mordiéndome el hombro, y yo lo sentí latir dentro mío.

Después dejó de pedir y empezó a tomar. Me embistió una vez, dos, tres, cada vez más fuerte, hasta que el respaldo de hierro empezó a golpear contra la pared. Me besaba el cuello con una furia rara, mordía la clavícula, se hundía hasta el fondo y se quedaba ahí, quieto, esperando que yo lo apretara desde adentro. Y yo lo apretaba, sin saber muy bien cómo, porque mi cuerpo ya estaba haciendo cosas por su cuenta. Con una mano me agarraba una teta, con la otra me sujetaba una nalga para levantarme la cadera y meterse más adentro. La cama crujía. La almohada se me había caído al piso. Yo tenía las muñecas atadas y no podía tocarlo, solo podía recibirlo, y esa impotencia me estaba haciendo venir otra vez.

—Cami —dijo en mi oído—. Cami, mírame.

Lo miré. Él me miró a mí. Y entonces algo cambió: ya no era mi hermano y yo, ya no era nada de lo que tenía nombre. Éramos dos cuerpos que se estaban encontrando como si llevaran años retrasando la hora.

—Decime que soy tu hermano —me pidió, hundiéndose hasta el fondo.

—Sos mi hermano —le dije.

—Otra vez.

—Sos mi hermano, Mati, sos mi hermano y me estás cogiendo, no pares, no pares, seguí.

Me embistió más fuerte, con la mandíbula apretada. Cambió de posición: me soltó una pierna, me la subió al hombro, y desde ese ángulo empezó a chocarme el fondo con cada golpe. Cada vez que entraba, un ruido húmedo llenaba el cuarto. Yo escuchaba mis propios gemidos como si vinieran de otra persona.

Se vino dos veces. La primera dentro, agarrándome de las caderas y clavándose hasta el fondo, y yo sentí los chorros calientes llenándome, tantos que empezaron a chorrear alrededor de la polla y a bajarme entre los cachetes del culo. Se quedó adentro hasta que se le pasó el temblor. Después la sacó, se puso de rodillas entre mis piernas, se agarró la polla todavía dura y siguió acariciándose con dos dedos frotándome el clítoris a mí al mismo tiempo. Me hizo venir con eso, con la vista de mi hermano masturbándose sobre mi cuerpo, y cuando yo terminaba él se descargó otra vez, tibio, denso, salpicándome desde el ombligo hasta las tetas. Se quedó respirando fuerte, mirando cómo el semen se me deslizaba por la piel. Después bajó y con la lengua me limpió una parte, y con dos dedos me untó el resto por los pezones, como si me estuviera marcando.

Yo perdí la cuenta de las mías. En un momento lloré sin saber por qué. Él me secó las lágrimas con el dorso de la mano y siguió besándome la frente, la sien, el lóbulo de la oreja.

***

Después me desató. Me pidió que me diera vuelta. Le dije que sí antes de que terminara la frase. Volvió a atarme, esta vez con las manos cruzadas sobre el respaldo, y se quedó largo rato besándome la nuca, la espalda, la curva donde la cintura se vuelve cadera. Me mordió una nalga, después la otra. Su lengua bajó más, mucho más, y volvió a entrar en un territorio que yo no había compartido con nadie. Me abrió los cachetes con las dos manos y me pasó la lengua entera por el ojete, despacio, mojándomelo, y después metió la punta apenas. Me supo a vértigo. Se me escapó un grito ahogado contra la almohada.

—Me dices si quieres que pare —repitió.

—No quiero que pares —dije.

Se preparó con cuidado, con paciencia, con una crema que sacó de mi propio cajón. Se untó la polla, después me untó a mí, metiéndome un dedo primero, después dos, abriéndome despacio mientras con la otra mano me acariciaba el coño para mantenerme mojada. Cuando sintió que estaba lista, se acomodó detrás mío. Empujó suave, retrocedió, volvió a empujar. Yo sentí el cuerpo abrirse y cerrarse al mismo tiempo, como si me tuviera que reaprender desde adentro. La punta entró y me quemó, después cedió, y él fue metiéndose de a poco hasta que sentí las caderas suyas contra mis nalgas. Se quedó ahí, respirando contra mi nuca, esperando que me acostumbrara.

—Respirá —me dijo.

Respiré. Él empezó a moverse. Retrocedía casi hasta salir, y volvía a entrar despacio, y con cada vuelta iba un poco más rápido. Con la mano me buscó el clítoris por debajo y empezó a frotarlo en círculos al mismo ritmo. No fue todo placer. Fue mezcla. Fue una intensidad que no me cabía. Sentía el culo lleno, sentía el coño empujando por más, sentía las muñecas tironear inútilmente contra los pañuelos. Mordí la almohada y dije su nombre, y el nombre que le decía cuando éramos chicos, y palabras que jamás había dicho en voz alta. Le dije que me rompiera, le dije guarradas que no sabía que tenía adentro, le dije Mati así, cogéme así, más fuerte, más adentro.

Él me obedeció. Me agarró del pelo, no fuerte, sólo lo suficiente para levantarme la cabeza, y empezó a embestirme sin pausa. La cama se sacudía. Yo me vine otra vez, con el culo apretándole la polla, y eso lo terminó a él: se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, gimiendo contra mi espalda, mientras me llenaba por segunda vez esa noche.

Cuando terminó, se quedó pegado a mi espalda, respirando contra mi pelo, con la polla todavía adentro, hasta que se le calmó el pecho. No me desató enseguida. Esperó a que yo le dijera. Y yo no le dije, porque me gustaba estar atada.

***

Cuando me desató, fue al baño y volvió con una toalla húmeda. Me limpió las muñecas, los hombros, el vientre, entre las piernas, con una delicadeza que no le pegaba a la hora anterior. No me preguntó si estaba bien. Se notaba que él tampoco lo sabía. Apagó la luz del velador, me besó el ombligo y se fue a su cuarto. Cerró la puerta sin hacer ruido.

Me quedé despierta hasta el amanecer, con los ojos clavados en el techo, escuchando los autos pasar a la distancia. Sentía el semen todavía tibio bajándome por dentro. No siento culpa, pensé, y me sorprendió. Sentí algo más raro: la certeza de que aquello iba a ser un secreto durante muchos años, y de que no me iba a arrepentir.

Cuando salió el sol me levanté. Me dolían las muñecas y las caderas, y el culo me palpitaba con un ardor sordo cada vez que me movía. Tiré las sábanas a la lavadora, abrí las ventanas para que se fuera el olor a vino y a sexo, y me metí debajo de la ducha. El agua salió fría primero. Me dejé estar ahí, temblando un poco, hasta que el cuerpo se acomodó al frío. Me lavé el pelo, después la nuca, después la espalda. Entre las piernas me lavé con la mano abierta y sentí todavía el ardor y algo del semen suyo saliéndome. Y mientras me secaba, me miré en el espejo y no me reconocí. Pero tampoco lloré.

Mati no salió de su cuarto hasta el mediodía. Cuando me crucé con él en la cocina, me sirvió café sin decir nada. Antes de salir al patio, me besó la coronilla. Fue un beso corto. Un beso de hermano y un beso de otra cosa al mismo tiempo. Yo cerré los ojos.

Mis padres volvieron el lunes. La casa olía a desinfectante. Nada en la mesa, en las paredes ni en los gestos delataba lo que había pasado. Pero entre Mati y yo se quedó algo, una corriente que ningún viento logró soplar fuera. Volvió a pasar. Volvió a pasar muchas veces más, durante meses, hasta que cada uno se fue por su lado a ciudades distintas. Y cuando hoy nos vemos en Navidad, nos miramos un segundo de más y los dos sabemos.

Lo prohibido es así. No lo busca uno. Lo prohibido te encuentra y, cuando lo hace, te enseña algo de ti que no querías saber. Aquella noche aprendí que mi cuerpo decía sí antes que mi cabeza, y que mi cabeza tardó años en perdonarme. Pero también aprendí que algunas culpas son más livianas de lo que parecen, y que el secreto, cuando está bien guardado, deja de pesar y se vuelve casi tibio.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios(9)

Fernando8090

increible... me quede pegado a la pantalla hasta el final. que forma de escribir.

Tomas_Rr

necesito una segunda parte! como continuaron despues??? no me puedo quedar con esa intriga

MarcosR_BA

Se hizo corto para lo bueno que es. Quiero mas!

Lucia_mdq

lo lei a la noche y no pude dormir pensando. de los relatos que te marcan de verdad.

Wangchung

Muy bien logrado. La forma en que construis la tension desde el comienzo hasta que todo explota es de lo mejor que lei en este genero. Ojala sigas escribiendo.

Pame_cba

excelente!!! sigue asi

Mati_2302

me pregunto si algo asi puede pasar en la vida real... o solo existe en la imaginacion de los buenos escritores jaja

gatita1028

tremendo relato. lo lei dos veces y sigue gustando igual

SilvinaR

me sorprendio mucho, no esperaba que fuera tan intenso. Muy recomendable

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.