Mi sobrina Flor entró a mi oficina huyendo de la lluvia
Me llamo Hernán, tengo cincuenta y seis años y, entre la tropa de sobrinos que me dejó la familia, hay una que para todos sigue siendo Flor. Acaba de cumplir diecinueve. Florencia es, además, mi ahijada.
Mide alrededor de un metro con sesenta y cinco. Piel canela, pelo castaño hasta los hombros, una sonrisa que le ocupa media cara. Cuello largo, pechos firmes, piernas trabajadas de tantos años jugando al hockey los sábados. Cuando entra a una habitación, todos giran la cabeza, aunque ella finja no darse cuenta.
Hace meses noté algo raro en las reuniones familiares. Mientras yo charlaba con su padre o con mi cuñada, ella me miraba fijo desde la otra punta de la mesa. Al principio lo descarté como casualidad. Pero la insistencia me obligó a prestar atención, y después a sentirme incómodo, no por la mirada en sí, sino por la posibilidad de que alguien más la notara.
Pasaron los meses. Empecé a mirarla con otros ojos. Descubrí un brillo nuevo en su expresión cuando me hablaba, reparé en sus pechos bajo la remera, en la forma en que cruzaba las piernas en el sillón. Aun así, me contenía. No quería ser el viejo idiota que confunde la coquetería de una pendeja aburrida con algo serio.
***
Una tarde de otoño me la crucé en la calle, justo en la entrada del edificio donde tengo mi oficina. Trabajo por mi cuenta, asesoramiento contable, y la mayoría de los días estoy solo en el piso. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Hablamos un par de minutos. Sus ojos brillaban como en las cenas. De pronto un trueno partió el cielo y empezaron a caer goterones tan gruesos que rebotaban en el asfalto.
—Subí, Flor, vamos a empaparnos —le dije.
—¿Subir adónde?
—A mi oficina, está acá nomás.
Ella miró hacia arriba, se mordió el labio y aceptó.
Entramos al edificio y llamé al ascensor. Subimos en silencio. Yo la miraba de reojo en el espejo del fondo. Respiraba más rápido de lo normal, pero no apartó la vista de la mía ni un segundo. En el séptimo piso abrí la puerta, encendí las luces y le señalé el pasillo que daba al despacho privado.
—Pasá, sentate.
Caminó adelante de mí. El vestido de algodón se le pegaba en las caderas y el ruedo subía dos centímetros con cada paso. Debajo se le adivinaba una bombacha mínima.
Encendí la computadora, le acerqué una silla y le ofrecí café. Aceptó. Mientras la cafetera burbujeaba, miré por la ventana: la tormenta caía sobre la ciudad con una furia que parecía no tener fin.
Le serví el café y abrí el correo. Mientras yo respondía mensajes, ella sorbía despacio y prendió un cigarrillo.
—No sabía que fumabas.
—En casa no lo hago. A papá no le gusta.
La miré con calma. Tenía los labios brillantes, como si se acabara de pasar la lengua. Cerré la pantalla, encendí también yo un cigarrillo y comenté:
—Mirá cómo llueve. Vas a tener que esperar un buen rato.
—Si no te jode, tío, me quedo hasta que afloje.
—No me jode. Pero te vas a aburrir.
Me clavó los ojos.
—No creas, tío.
Se levantó, juntó los pocillos, los lavó en la cocinita y volvió. Al pasar a mi lado, soltó casi al descuido:
—Las pelis que mirarás acá solo, eh.
—Para nada —respondí. Y antes de pensarlo, agregué—: ¿Querés ver una?
—Tío, qué vergüenza.
—¿Vergüenza conmigo? Si soy tu padrino.
Abrí el navegador, busqué un video al azar y le di al play. Levanté la silla.
—Vení, sentate acá que se ve mejor.
Ella se cambió al sillón y yo quedé parado detrás del respaldo, con las manos en lo alto del cuero.
***
En la pantalla, una mujer mayor seducía a un chico mucho menor en un sofá. Le tomaba la mano, se la guiaba, le abría el cierre del pantalón. La escena no tenía nada de original, pero a Flor se le aceleraba la respiración a medida que avanzaba. Yo notaba sus pechos subiendo y bajando bajo la tela del vestido. Mi propia erección empujaba contra el cierre.
Bajé las manos del respaldo y se las apoyé en los hombros. No dijo nada. Apreté con suavidad y subí los dedos hasta su cuello. Ella seguía quieta, los ojos fijos en la pantalla, pero su respiración me delataba todo.
Le bajé los breteles del vestido. Cayeron al costado. Le bajé los del corpiño y entonces sí giró la cabeza, apoyándola contra mi vientre, y me miró desde abajo con una expresión que no había visto nunca en una sobrina.
Le bajé las copas del corpiño y le acaricié los pechos. Los pezones, duros como piedras, le respondieron al primer roce. Me incliné y la besé en el cuello mientras una de mis manos bajaba a su entrepierna. Por encima de la falda primero. Después, al sentir que abría las piernas un poco, metí los dedos por debajo de la bombacha. Estaba mojada de un modo que me cortó la respiración.
Sin sacar la mano, con la otra me abrí el pantalón. Cuando me erguí a su lado, la pija me golpeaba contra el muslo. Flor giró la cabeza, la miró y susurró:
—Tío, la tenés enorme.
—Está así por vos.
Me la agarró con una mano, le corrió el prepucio, dejó la cabeza al aire. Sacó la lengua y pasó la punta por el filo, primero un círculo, después una línea desde la base hasta arriba. Me miró a los ojos y, sin avisar, se la metió hasta donde le entró.
Le sostuve la nuca con una mano. La saliva le caía por las comisuras y le mojaba el mentón. Lo hacía con un hambre que no parecía propio de alguien de su edad. Yo le dejaba marcar el ritmo: ella iba y venía, tragaba, se quedaba un segundo más en la base, volvía a salir.
La saqué un momento, la levanté del sillón y la besé en la boca. Lengua adentro, los dos respirando como si hubiéramos corrido. Le saqué el vestido por completo, también el corpiño y la bombacha. Quedó desnuda en medio de mi oficina, frente al ventanal donde la lluvia seguía golpeando con fuerza.
La hice sentar, le levanté las piernas para apoyarlas sobre el escritorio. Me arrodillé, le abrí la concha con dos dedos y empecé a lamerle el clítoris despacio, con la punta de la lengua. Ella arqueaba la espalda, se mordía el dorso de la mano. Cuando subí el ritmo, jadeó:
—Tío, no sabía que eras así. ¿Qué más me vas a hacer?
—De todo —dije, sin levantar la cabeza.
***
La levanté, la puse de rodillas en el sillón, con las manos agarradas del respaldo y el culo en alto. Le abrí las nalgas y le pasé la lengua por el ano, primero apenas, después con más decisión, mientras le metía dos dedos en la concha. Ella estiró un brazo hacia atrás, me clavó las uñas en el cuero cabelludo y empezó a repetir mi nombre en voz baja, como una letanía.
Me erguí. Le pasé la pija de arriba a abajo por la entrepierna, frotándole el clítoris con la cabeza, hasta que la enganché en la entrada y empujé. Despacio, primero. Estaba estrechísima y ardiente. Cada centímetro le arrancaba un suspiro distinto.
—Tío, así nunca me cogieron. Más, dale, más.
La agarré de las caderas y empecé a moverme con fuerza. Sus nalgas chocaban contra mi cintura con un ruido seco que se mezclaba con la lluvia del otro lado de la ventana. Estuvimos así no sé cuántos minutos, hasta que la sentí temblar.
—Me acabo, tío, me acabo.
Se la enterré hasta el fondo y me quedé quieto. Ella se sacudió contra mí entre temblores largos, casi violentos.
Cuando recuperó el aire, la senté en el sillón y le ofrecí la pija. Me la chupó otra vez, ahora con más urgencia, succionando con una fuerza que no le había notado antes. Me sostuvo los testículos con una mano mientras movía la cabeza rápido, rápido, hasta que le avisé:
—Me vengo.
Se la metió hasta donde pudo y exploté. Tragó todo, me limpió con la lengua y me besó en la boca para compartir el resto.
Le ofrecí un cigarrillo. Lo encendimos los dos. Nos quedamos en silencio mirando la lluvia, ella envuelta en mi camisa, yo en el sillón a medio vestir. Después fue al baño.
***
Cuando volvió, le serví dos whiskies con hielo. Brindamos sin decirnos nada. Tomó un sorbo, dejó el vaso en el escritorio y se arrodilló entre mis piernas. Me agarró la pija con las dos manos y volvió a chupar como si la primera vez no hubiera pasado.
Yo no había acabado del todo, así que la verga se puso dura otra vez en menos de un minuto. La paré, le dije que se diera vuelta, la apoyé en una silla con las rodillas en el asiento y la espalda inclinada hacia adelante. Le abrí las nalgas, le pasé la lengua por el ano una vez más, le metí dos dedos en la concha hasta sentirla pulsar, y entonces me incorporé y se la metí de un solo envión.
La cogí con bronca. Cada empujón le sacaba un gruñido más profundo.
—Más, tío, más.
—Vení —dije, y me senté en la silla—. Subite.
Se montó a horcajadas, se enterró la pija de un movimiento. Empezó a cabalgar en círculos, despacio al principio, jadeándome en la boca mientras la besaba. Le agarré el culo con las dos manos. Ella aceleró, me clavó las uñas en los hombros y empezó a temblar de nuevo.
—Abrazame fuerte, tío.
La abracé con todo lo que tenía. Sentí cómo se le vaciaba el aire de a poco, cómo se le acumulaba un grito que no terminaba de salir. Se quedó así, jadeando, gimiendo bajito, sin parar de moverse, durante minutos enteros. La cabeza se le fue para atrás. Se la sostuve con la mano libre.
Cuando por fin paró, respiraba como alguien que sale del agua. Abrió los ojos y se rió bajito.
—Tío, no sé qué me pasó. Casi me desmayo.
—Pequeños orgasmos seguidos. Pasa.
—Es la primera vez. A lo mejor es porque me llenás entera.
Me besó, se levantó y volvió al baño.
***
Tomamos otro whisky en silencio, fumando despacio. Cuando vio que estaba por terminar el cigarrillo, se arrodilló otra vez entre mis piernas. Yo todavía no había acabado del todo. Me la chupó con movimientos rápidos, los ojos clavados en los míos, y en menos de tres minutos se la llené entera. Me la limpió con la lengua, gota por gota, y me besó en la boca todavía con el sabor adentro.
Miró por la ventana.
—Ya paró. Tengo clase a las siete.
Se vistió frente a mí, sin pudor, mirándose el pelo en el reflejo del monitor. Antes de salir, en la puerta, se dio vuelta y me sonrió con la misma sonrisa de las cenas familiares.
—Tío, mañana tengo libre a la tarde.
—Ya sabés dónde encontrarme.
***
Desde aquella tormenta, los encuentros se repiten una o dos veces por semana, según lo que dejen los compromisos de cada uno. Cada vez son más calientes, más sucios, más nuestros.
Cuando ella tiene tiempo, me manda un mensaje con una sola palabra: «Quiero». Yo respondo con un «OK» o con un «no», según el día. Si hay tiempo y ganas, vamos a un hotel. Hay días en que la oficina nos queda chica.
Y todavía, en cada cena familiar, sigue mirándome desde la otra punta de la mesa.