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Relatos Ardientes

Mi tía me encontró inconsciente en aquella cueva

Llevábamos tres días en la cala de Sant Pere y, hasta esa mañana, yo no había podido disfrutar de nada. Una crisis de ansiedad la primera noche me dejó tumbado en el sofá del apartamento, pálido y temblando, con Aitor y Damián turnándose para vigilarme. El cuarto día amanecí distinto. Me levanté antes que ellos, abrí el balcón y miré el mar como si fuera la primera vez.

—Hoy quiero hacer cosas —les anuncié cuando salieron de la habitación.

—Define cosas —respondió Aitor, frotándose los ojos.

—Vóley, agua, sol. Lo que sea.

Damián me miró con esa precaución de hermano mayor que siempre adopta conmigo. Asintió sin decir nada.

En la arena encontramos a dos chicas armando una red. Berta era pelirroja, con la espalda llena de pecas y una risa que se oía desde tres parasoles más allá. Mara era más reservada, morena, con un bañador negro que parecía pintado. Aceptaron que jugáramos contra ellas y, durante una hora, fui el de antes: competitivo, gritón, lanzando remates como si la vida me fuera en cada punto. Las vapuleamos sin piedad. Ellas no se enfadaron; al contrario, nos dieron un beso en la mejilla a cada uno como premio por haberles hecho sudar.

Después saltamos al agua. Yo nadaba entre las olas, escupía agua salada a Aitor y a Damián, me reía solo. Algunos bañistas nos miraban con reproche. La mayoría sonreía. Mis amigos me observaban con una mezcla de alivio y cautela, como si temieran que aquella euforia se rompiera de golpe.

Volvimos al apartamento a comer. Era pequeño, una habitación, cocina y salón juntos, un baño y un balcón con vistas al mar. A esa hora daba la sombra y se podía comer al fresco. Mi tía Lara apareció hacia la una con una bandeja de tomates aliñados y una botella de vino blanco frío.

—No me invitéis, que ya me invito yo —dijo dejando la bandeja sobre la mesa.

Lara era hermana de mi madre. Había alquilado una casita dos calles más abajo y, aunque el plan original era que cada uno pasara el verano por su lado, no había manera de despegarla del balcón. No es que me molestara. Mi tía tenía treinta y siete años, el pelo cobrizo recogido en un moño desordenado, y un cuerpo que mis amigos no se atrevían a comentar delante de mí pero que yo sabía que comentaban cuando no estaba. Su marido, mi tío Gerardo, llevaba dos semanas en Buenos Aires por trabajo. Ella había venido sola a la costa.

—Tienes mejor cara, Mateo —me dijo sirviéndome vino sin preguntar.

—Hoy he amanecido bien.

—Se nota.

Me sostuvo la mirada un par de segundos más de la cuenta. Aparté los ojos hacia el mar.

***

A media tarde arrastré a mis amigos al agua otra vez. Encontramos a Berta y a Mara en el mismo tramo de playa y, sin chapoteos esta vez, nos metimos los cinco a charlar y dejarnos mecer por las olas. Aitor y Mara se quedaron en la orilla tomando el sol. Damián, Berta y yo entrábamos y salíamos del agua, llenándonos de arena hasta las cejas.

—Voy a nadar un rato —dije al cabo.

—Ve con cuidado, Charlie —pidió Damián, que se empeñaba en llamarme así desde la universidad.

Hice una mueca y me alejé braceando. El mar estaba liso, casi sin oleaje. Adelanté a un chico que me guiñó un ojo al cruzarse conmigo; me hizo gracia gustarle a un hombre y seguí adelante, sonriendo. Cuando paré para mirar atrás, mis amigos eran puntos diminutos en la arena. Saludé. Berta y Damián me devolvieron el saludo. Quería seguir. Necesitaba seguir, como si ese kilómetro de agua fuera lo único que me separaba de algo que llevaba meses persiguiéndome por dentro.

No vi la roca.

El golpe me llegó por debajo, en la coronilla, con un dolor blanco que me apagó al instante. Recuerdo el sabor a sal entrando por la nariz y la sensación de que el cuerpo dejaba de pesar. Después, nada.

***

Desperté tumbado sobre piedra. Los guijarros se me clavaban en la espalda y, cuando intenté incorporarme, una punzada en la sien me obligó a apretarme la cabeza con la mano. La cueva era pequeña, iluminada solo por el reflejo del agua en las paredes, y olía intensamente a salitre y a musgo. El bañador me chorreaba todavía. Donde fuera que estuviese, llevaba poco rato allí.

—Quieto, no te levantes.

La voz me llegó desde la entrada. Cuando giré la cara, mi tía Lara estaba saliendo del agua y arrastrándose hacia mí por las rocas. Llevaba un bañador negro pegado al cuerpo y el pelo cobrizo se le había soltado y se le adhería al cuello en mechones oscuros. En la cintura le colgaba una bolsa estanca.

—¿Lara? ¿Qué haces aquí?

—Te he sacado del agua, Mateo. Estabas a la deriva. Te vi desde la punta de la roca y nadé hasta ti.

—¿Y los demás?

—No me han visto. Te traje aquí dentro porque la corriente nos arrastraba y no podía sostenerte fuera. —Se sentó a mi lado, jadeando todavía—. Tu cabeza está bien. Te miré. Solo es un golpe.

Solo un golpe.

La cueva debía de tener entrada bajo la línea del agua, porque no se veía ninguna abertura por encima. La luz entraba quebrada, viva, dibujando ondas en el techo. Mi tía me observaba con una expresión que no le había visto nunca, como si llevara mucho tiempo esperando una situación así y no supiera ya qué hacer con ella.

—Tendríamos que volver —dije, pero la voz me salió ronca.

—No con la cabeza así. Espera un poco.

Acercó la mano y me tocó el pelo, en la zona del golpe. Sentí su pulso entre los dedos. Cuando bajó la mano por la nuca y luego por el hombro, ya no estaba revisándome.

—Lara…

—Llevo todo el verano mirándote, Mateo. —Lo dijo sin apartar los ojos—. Todo el verano.

No supe qué contestar. Era mi tía. Era la hermana de mi madre. Era la mujer que me había enseñado a leer las cartas de un mazo cuando tenía siete años y que se reía de mí cuando perdía. Y, al mismo tiempo, era esa mujer empapada, de treinta y siete años, con el bañador goteando sobre la piedra y la respiración alterada, que tenía la mano apoyada en mi clavícula.

—Esto no… —empecé.

—Lo sé. —Cerró los ojos un segundo—. Si me dices que no, salgo, nado hasta la orilla y nunca pasó. Te lo juro por lo que quieras.

La miré. Le miré la boca, las pecas que tenía bajo el ojo izquierdo, el moño deshecho. Pensé en mi tío Gerardo en Buenos Aires y en mi madre, y en lo prohibido que era todo aquello, y en que el golpe en la cabeza quizá había sacado de mí algo que llevaba tiempo encerrado. Pensé en la crisis de la primera noche y en lo lejos que parecía ya.

—No te vayas —dije.

***

Se acercó despacio, como si yo fuera frágil. Me besó primero en la frente, después en la sien, después en la boca. El beso fue largo, salado, sin prisa. Me agarró la cara con las dos manos y noté el peso de su cuerpo apoyado contra el mío, el bañador empapado contra mi pecho. Le pasé las manos por la espalda, por los costados, por la cintura, y la sentí estremecerse.

—Llevo años —lo dijo contra mi oído—. Desde que te fuiste a estudiar fuera y volviste cambiado. Años.

No contesté. La besé otra vez, más hondo, y le bajé los tirantes del bañador. Tenía los pechos firmes, blancos donde el sol no había llegado, los pezones del color de las pecas. Me incliné y se los besé despacio, uno y luego el otro. Lara echó la cabeza atrás y dejó escapar un sonido que no era un gemido todavía, algo más contenido.

Yo seguía con el bañador puesto. Ella me lo bajó sin contemplaciones, hasta los tobillos, y se quedó mirándome unos segundos antes de inclinarse. Cuando me metió la verga en la boca, cerré los ojos y solté el aire. Era distinto a cualquier otra vez. Era ella, era mi tía, y eso multiplicaba cada sensación por algo que no sabía nombrar. Me tenía agarrado por la cadera y subía y bajaba con una calma que parecía estudiada.

—Para —dije después de un rato—. Para o se acaba enseguida.

Levantó la cara y se relamió. Tenía los labios más rojos que antes y los ojos brillantes.

—No quiero que se acabe enseguida —contestó.

Se quitó la parte de abajo del bañador y se tumbó sobre las piedras planas del fondo de la cueva, donde el musgo amortiguaba un poco. Me hizo sitio entre sus piernas. La luz del agua le recorría el vientre en ondas. Me tumbé encima, pero antes de entrar bajé y le besé el interior de los muslos, y luego el centro. Lara se agarró a una saliente de roca con las dos manos y arqueó la espalda. Tenía un sabor a mar mezclado con algo más íntimo, y yo me quedé allí mucho más tiempo del que tenía pensado, hasta que sentí cómo se le tensaban las piernas alrededor de mi cabeza y oí el primer gemido alto, sin contener.

—Ven —pidió cuando recuperó el aliento—. Ven aquí ya.

Subí y la besé en la boca. Sabía a sí misma. La penetré despacio. Lara me clavó las uñas en los hombros y me sostuvo la mirada todo el tiempo, sin parpadear, como si quisiera grabar exactamente este momento y este lugar y esta luz. Empecé a moverme con cuidado al principio, después con más fuerza, siguiendo el ritmo que ella me marcaba con la cadera. La cueva nos devolvía cada sonido amplificado: las respiraciones, los cuerpos chocando, el agua lamiendo las paredes.

—Mateo —me agarró la cara—. Mírame.

La miré. No paré de mirarla. Cuando se corrió, fue silenciosa, mordiéndose los labios para no gritar, con el cuerpo entero temblando bajo el mío. Yo aguanté unos segundos más y después salí y acabé sobre su vientre, porque no me había preguntado por nada y no quería preguntar yo. Lara se rio, bajito, mientras se limpiaba con una mano.

—Idiota —murmuró—. Tomo pastillas.

Me besó otra vez, larga, sin hambre ya. Nos quedamos un rato en silencio. Yo le acariciaba el pelo cobrizo, que ya se le secaba en mechones rebeldes. Ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho y un brazo sobre mi cintura. La luz del agua seguía moviéndose en el techo. Se me cerraban los ojos. Pensé que iba a dormirme.

***

—Mateo… ¡Mateo!

Las cachetadas suaves en la cara me devolvieron a la luz blanca del sol. Tenía algo en la garganta que necesitaba salir y lo escupí. Alguien me puso de costado para que el agua cayera en la arena y, cuando levanté la vista, había demasiada gente alrededor. Me incorporé de golpe, asustado.

—Mi tía. ¿Dónde está mi tía?

—¿Qué? —Aitor me miraba sin entender.

—Lara. Estaba conmigo en la cueva.

—Mateo —Damián me sujetó por el hombro con firmeza—, no hay ninguna cueva. Te has dado un golpe en la cabeza nadando. Por suerte, los hombres del bote te sacaron a tiempo y te trajeron a la orilla.

Miré alrededor. La mayoría de los curiosos ya se marchaba. Berta y Mara me observaban con cara de susto a mi lado. Dos hombres de piel curtida, los del bote, esperaban con los brazos cruzados a que les diera las gracias.

—Pero yo…

—Vamos —cortó Damián—. Despacio.

Aitor me ayudó a ponerme en pie. Me pasaron sus brazos por la espalda y me llevaron con paciencia hasta un banco de madera frente al mar. Me dieron agua. Mara y Berta nos acompañaron un rato y después se despidieron. Los hombres del bote no quisieron aceptar nada y volvieron a embarcar.

—Necesitas cenar y dormir —dijo Aitor.

—Sí.

Cuando los dos se distrajeron mirando un velero que pasaba, eché otro vistazo al horizonte. ¿Había sido todo un sueño? ¿De verdad me había acostado con mi tía en una cueva, o me lo había inventado el cerebro mientras los pulmones se me llenaban de agua?

Me pasé el resto de la tarde dándole vueltas.

***

Llegamos al apartamento al anochecer. La puerta del balcón estaba abierta y, cuando salí a tomar aire, mi tía Lara estaba sentada en una de las sillas, descalza, con un vestido negro y el pelo cobrizo todavía húmedo recogido en un moño. Sobre la mesa había una bandeja con sandía y una botella de vino blanco frío.

—Dicen que te has dado un golpe gordo —comentó sin mirarme directamente.

—Eso dicen.

Se giró por fin. En la clavícula tenía una marca rosada, fresca, del tamaño exacto de un beso. Sonrió apenas, lo justo para que solo yo lo viera, y me sirvió el vino sin preguntar.

—Cuéntame qué has soñado —dijo.

Y yo entendí, mientras le aceptaba la copa, que no había soñado nada.

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Comentarios (5)

Fercho_G

Que relato!!! me quede sin palabras, de lo mejor que lei en mucho tiempo

SantiR07

La intro con la cueva me atrapo desde el primer parrafo. No pude parar hasta el final, esperando ansioso la segunda parte!

ElSolitarioLect

Muy buena la atmósfera que lograste, esa tension entre el lugar y lo que sucede queda perfectamente plasmada. Mas de esto por favor

Rocio_ba

jajaja el golpe en la cabeza como detonante de todo... clasico pero aca funciona de maravilla

TuristaLector

Me sorprendio gratamente. Empezo humilde con esa cueva y de repente ya no podia soltar el relato. Ojalá haya continuacion porque quede con muchas ganas

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