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Relatos Ardientes

Mi hermana volvió y reclamó su lugar conmigo

Habían pasado treinta días desde que mi madre y yo cruzamos esa puerta que se abre una sola vez. La casa siguió funcionando igual durante el día —el desayuno, las llamadas del trabajo, la rutina de siempre—, pero apenas se apagaba la luz del pasillo todo cambiaba. Yo dejaba de ser su hijo y pasaba a ser otra cosa, y ella se entregaba con una concentración que no dejaba lugar a la culpa.

Carmen había agregado una costumbre nueva. Antes de dormir se ponía en cuatro sobre la cama, miraba por encima del hombro y pedía siempre lo mismo, en voz baja y sin pudor.

—Quiero la leche caliente por el culo, hijo.

Yo le separaba las nalgas con las dos manos y la chupaba hasta dejarla brillante. Ya no necesitábamos cremas: con frotar la punta contra el clítoris hasta que se le escapara el primer espasmo, alcanzaba para que mi pija quedara empapada. Después me apoyaba en la entrada y entraba despacio, como ella me había enseñado a entrar, y cuando empezaba a soltar esos gemidos cortos que parecían toses la enterraba hasta el fondo y la llenaba.

Ese sábado por la mañana, mientras desayunábamos, me anunció con su tono más casual.

—Esta noche salgo con los de siempre. Una cena con el matrimonio Aguilera y un par más.

—Aprovecho yo también —contesté con un toque de celos que ella detectó en el acto—. Salgo con los chicos.

—Bueno, suerte —respondió, y siguió revolviendo el café.

Nada más. Ni una pregunta sobre con quién, ni a qué hora, ni si volvía a dormir. Entendí que mi reacción la había divertido y me quedé callado.

A media mañana me acordé de algo que había estado evitando pensar.

—Mamá, este finde vuelve Lucía. ¿Qué le digo?

Carmen levantó la vista del diario.

—Vos no le digas nada. Yo voy a hablar con ella. Algo le adelanté por teléfono.

—¿Algo?

—No me preguntes. Es entre tu hermana y yo.

No insistí. Que se las arreglaran ellas, pensé. La idea de tener que sentarme frente a Lucía y explicarle por qué dormía con nuestra madre me había estado revolviendo el estómago durante dos semanas.

Lucía llegó el viernes después del mediodía. Yo estaba con un trabajo de la facultad cuando escuché el grito de Carmen desde la sala.

—¡Mateo, llegó tu hermana!

Salí del cuarto y la encontré abrazando a mamá en la entrada. Tenía el pelo más largo de lo que recordaba, recogido en un rodete medio deshecho por el viaje. Cuando me vio, soltó la valija y vino directo. La levanté del suelo y le di un beso en la boca, corto, pero más cargado de lo que se les da a las hermanas.

—Wow —dijo riéndose y empujándome el pecho—. Qué recibimiento, Mateíto.

—Te lo merecés.

Carmen nos miraba desde el costado con una expresión que no le había visto antes: divertida, paciente, como si supiera exactamente lo que estaba pasando.

Después de que Lucía se duchara y se cambiara, se metieron las dos en el escritorio de mamá y cerraron la puerta. Yo me quedé en la cocina haciendo tiempo, abriendo la heladera sin necesidad, mirando la puerta cerrada del fondo. Estuvieron casi una hora. Cuando salieron, ninguna de las dos parecía alterada. Mi hermana me apoyó la mano en el hombro al pasar.

—Hola, hermano —dijo, y siguió.

Hola hermano. Punto. Ninguna otra pista.

***

Esa noche cenamos los tres. Lucía contó lo del viaje, el seminario en Córdoba, los planes que tenía para empezar a buscar departamento, y un chico al que había conocido allá y con el cual había salido un par de veces. Carmen escuchaba con esa atención total que sabía darle a sus hijos cuando estaba contenta. Yo no lograba relajarme. Mi hermana hablaba normal, me hacía bromas normales, y eso era justamente lo que me ponía nervioso.

Al terminar, Lucía dejó el plato en la pileta y me señaló con la cabeza.

—Hermano, ahora ayudo a mamá a levantar y nos vamos a la sala. Tengo ganas de charlar un rato.

Las miré yendo y viniendo de la mesa al lavadero. Cuando me senté en el sillón con el celular en la mano, no leía nada de lo que pasaba por la pantalla.

Lucía vino, se descalzó y se sentó pegada a mí.

—Bueno, hermanito. Ya no te puedo decir hermanito, ¿no? Mamá me dijo que ahora sos el hombre de la casa.

Levanté la vista del teléfono.

—¿Qué te contó, exactamente?

—Todo. Y cuando digo todo es todo. Que se metió en tu cama esa primera noche, lo del baño, lo de las salidas, lo del culo con crema. Me ahorró pocos detalles.

Sentí cómo me ardía la cara. Lucía me miraba sin sonreír, sin enojo tampoco, con una calma que era más perturbadora que cualquier reacción.

—¿Y vos qué pensás?

—No mucho. Iba a pasar conmigo. Acordate que fui yo la que le pidió que te diera una mano. Pero me agarró el viaje en el medio, así que pasó con ella. —Se paró, se estiró—. Mañana mamá sale con sus amigos. Cuando se vaya, vos y yo vamos a seguir hablando. Quiero que veamos cómo quedamos los tres. ¿Te parece?

—Como vos digas.

Me dio un beso en la frente y se fue a dormir. Yo me quedé un rato más en el sillón con la luz apagada, tratando de armar el rompecabezas. Mi madre y mi hermana habían tenido una conversación de una hora y habían salido las dos ilesas. Eso era más raro que cualquier otra cosa que me hubiera pasado en el último mes.

***

El sábado a la noche cenamos liviano. Carmen apenas tocó el plato; le esperaba una cena formal con el matrimonio Aguilera. Cuando bajó vestida y dio la vueltita característica de sus salidas, mi hermana y yo aplaudimos desde el sillón.

—¿Cómo estoy?

—Hermosa, mamá —dijimos los dos al mismo tiempo. Y yo agregué, sin pensar—: Para comerte.

—Ya comiste demasiado de ese plato —disparó Lucía sin levantar la vista del libro.

Carmen se rió, nos tiró un beso desde la puerta y se fue.

Lucía cerró el libro despacio.

—Vamos a mi cuarto.

Caminé detrás de ella por el pasillo. Tenía puesto un short corto de algodón y una musculosa fina, y a cada paso se le movían las nalgas como si tuvieran vida propia. Pensé en flan con dulce de leche y me reí solo. Era una asociación vieja, mía, que no había compartido con nadie. Que justo se me activara con mi hermana me pareció una broma del destino.

Me tiré en su cama de costado, apoyado en el codo. Ella se sentó con las piernas cruzadas y la espalda contra la pared. La tela del short se le tensó por dentro de los muslos.

—Mirá, Mateo. Mamá me contó todo, ya te lo dije. Yo no creí que llegaran a esto, pero llegaron. Y ahora me siento en desventaja. —Hizo una pausa—. Yo también quiero coger con vos.

No me moví. Ella tampoco.

—¿Estás segura?

—Estoy segura. No me voy a olvidar de todo lo que me ayudaste cuando me estaba haciendo pedazos. Vamos a coger, hermano. Y vas a hacer que goce como ella.

Me incorporé y la besé. Lo hice despacio, sin manotazos, dejándole el tiempo que necesitara para retroceder. No retrocedió. La acosté en la cama y empecé a desnudarla yo, aunque ella intentó hacerlo.

—Dejame —le dije al oído—. Quiero ir descubriéndote. Quiero acordarme de esto.

Le saqué la musculosa primero, después el short. La tanga la dejé para el final y la deslicé por las piernas con una lentitud que la hizo cerrar los ojos. La levanté, la olí sin disimulo y la dejé caer al piso. Ella se rió bajito, con vergüenza y sin vergüenza al mismo tiempo.

—Sos un atorrante.

—Bastante.

Me desnudé y me quedé un segundo mirándola. Tenía las caderas más anchas que mamá, los pechos más chicos, una cicatriz fina en la pierna derecha que no recordaba de cuándo era. Me apoyé en sus piernas y se las abrí con las dos manos.

—Abrí bien, Lu. Te quiero comer.

Bajé la cabeza y le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, sin prisa. Me detuve en el clítoris y me quedé ahí, jugando con la punta, hasta que empezó a moverse. Le mordí los labios con cuidado. Le metí los dedos. La sentí ponerse rígida, me agarró el pelo y tiró sin saber que tiraba.

—Hermano, me voy a acabar.

No la dejé respirar. Cuando sentí que le temblaba todo, levanté la cabeza, me apoyé sobre ella y la penetré con la pija ya empapada de lo que ella había soltado. Entré sin resistencia. Aguanté tres, cuatro embestidas y solté todo lo que tenía guardado de la semana. Un mes de coger todas las noches no alcanza a domarte cuando te metés con tu hermana por primera vez.

—Descansamos un poquito —dije incorporándome—. Voy al baño.

—Buenísimo. Yo te preparo el postre.

Frené en la puerta.

—¿El postre?

—El que le das a mamá cuando te la cogés.

Me reí solo en el baño. Mi madre le había contado eso también. Me lavé, me sacudí la pija, la miré en el espejo.

—Vos te quedás quieta —le dije, casi en serio.

***

Volví por la cocina. Saqué de la heladera el pote de dulce de leche que había visto al mediodía y lo llevé al cuarto. Lucía estaba boca abajo, los brazos cruzados bajo la cabeza, las nalgas formando dos cerros con un valle al medio. Le apoyé el pote frío en la espalda baja.

—¿Y eso? —preguntó sin darse vuelta.

—Cuando caminás te miro el culo y pienso en flan. A mí el flan me gusta con dulce de leche.

Se rió contra la almohada.

—Estás enfermo, Mateo.

—Bastante.

Me arrodillé entre sus piernas. Le besé la nuca y bajé despacio por la espalda. Cada beso le levantaba la piel. Cuando llegué a la curva de las nalgas, le abrí el valle con los pulgares y le pasé la lengua por el perineo, después por el clítoris, después otra vez para arriba. Repetí hasta que la oí ronronear contra la almohada.

—Arrodillate. Y abrí las piernas.

Lo hizo sin discutir. Me tomé un segundo para mirarla. Después abrí el pote, metí el dedo y le hice un caminito de dulce desde el final de la espalda hasta la entrada del culo.

—Está helado —dijo dando un saltito.

—Aguantá.

Empecé a lamerlo de a poco, recogiendo el dulce con la lengua, demorándome en cada centímetro. Cuando llegué al agujero le metí la punta de la lengua y le arranqué un grito.

—Ay, Mateo. Ay, Dios mío.

Le metí el dedo del medio en la concha, lo saqué empapado y se lo pasé por el culo. Después dos. Lucía no apretaba ni se quejaba: aguantaba con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Cuando le metí mi pija por el culo, me di cuenta de que no era yo el primero. Entró bien, sin pelea.

A partir de ahí dejé el cuidado afuera. La tomé de las caderas y empujé hasta el fondo, con golpes secos. Ella enterró la cara en la almohada para no despertar a los vecinos. Cuando me vine, grité algo que no llegó a ser una palabra. Yo, que siempre fui callado en la cama, esa noche grité.

Nos quedamos los dos boca abajo, respirando contra las sábanas, con el pote de dulce de leche todavía abierto en la mesa de luz.

—Hermano —dijo después de un rato, riéndose bajo—, te pasaste.

—Vos también.

***

El domingo a la noche cenamos los tres en silencio durante los primeros minutos. Carmen levantó la copa.

—Bueno. Hablemos.

Hablamos. Quedamos en algo que parecía un contrato, pero que en realidad era una rutina. De lunes a viernes yo seguía durmiendo con mamá. Sábado y domingo eran de Lucía, salvo que ella saliera con el chico de Córdoba, o que yo saliera con mis amigos. Si una de las dos se enojaba, se hablaba; no se rumiaba. Y nada de esto salía de las paredes de la casa.

—¿De acuerdo? —preguntó Carmen mirándonos a los dos.

—De acuerdo —dijimos al mismo tiempo.

Pasaron los meses. Soy más atrevido que antes, más callado en la calle y más conversador en la cama. Aprendí a manejar dos mujeres distintas y, lo más raro, aprendí a manejarme yo mismo. Tengo días buenos y días en los que pienso que en algún momento esto se va a terminar y voy a tener que empezar otra vida en otro lado. Por ahora no.

Por ahora estoy bien. Empachado, como diría Lucía. Y duermo de un tirón.

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Comentarios (5)

DiegoSC

Increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!

Lorena_B

Por favor seguila, quede con muchas ganas de saber que pasa despues con Carmen...

NostalgicoPas

Se me hizo cortisimo. Leia rapido para ver como terminaba y de repente ya estaba. Mas, por favor!

patri88

Me encanto como lo narraste, se siente muy real. Sigue asi!!

JaviNocturno

tremendo final, no me lo esperaba para nada jajaja

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