Lo que pasó con mi padrastro la noche que mamá salió
Mi madre se había divorciado hacía menos de dos años y volvió a casarse a los pocos meses con un tipo al que apenas le conocía la vida. La primera vez que él entró por la puerta, sentí un latido bajo entre las piernas que no supe disimular. Se llamaba Iván.
Era alto, ancho de hombros sin pasarse, con barba recortada en candado y unas manos que llenaban cualquier vaso. Caminaba como si supiera lo que hacía con todo: con el coche, con la casa, con las mujeres. Yo aparté la mirada esa primera noche, le di la mano sin sostenérsela y me fui a mi cuarto a respirar hondo.
Durante meses jugamos a llevarnos como si nada. Él casi no me hablaba, yo casi no le contestaba. Cruzaba la cocina sin mirarme, dejaba las llaves siempre en el mismo plato, salía temprano al trabajo. La indiferencia me estaba volviendo loca, porque era una indiferencia que sabía mirar. Cuando creía que no me daba cuenta, sus ojos bajaban un segundo a mi escote o se me quedaban en el muslo cuando me sentaba con las piernas cruzadas.
Todo cambió la noche que escuché a mi madre entrar con visita.
Yo estaba a oscuras en mi cuarto, con la puerta entreabierta porque me gusta dormir con el aire de fuera. Ella llegó riéndose con esa risa fingida que pone cuando ha bebido. Detrás de ella escuché otras dos voces: un hombre y una mujer. Pensé que se irían al salón a tomar otra copa, pero pasaron de largo y se metieron los tres en el cuarto del fondo, el que mamá usa cuando Iván viaja.
Esa noche Iván estaba de viaje.
Me quedé quieta, escuchando. No quería creer lo que escuchaba. Mi madre, casada hacía menos de un año, gemía como una desconocida con dos personas a la vez. Él la llamaba por su nombre, ella le contestaba algo que no entendí, y la voz de la otra mujer se mezclaba con todo. Cerré la puerta con la punta del pie y me senté en la cama con el corazón disparado.
***
Lo procesé durante días. No me indignó, no me dio pena, no me dieron ganas de contárselo a Iván. Lo único que sentí, cada vez con más claridad, fue una especie de permiso. Si ella podía hacer lo que le diera la gana, ¿por qué él iba a estar atado a algo? ¿Por qué tenía yo que seguir conteniendo lo que llevaba meses imaginando cada noche con la mano entre las piernas?
Empecé a aparecer en el salón cuando él volvía del trabajo. Siempre con cualquier excusa: que tenía sed, que buscaba el cargador, que había bajado a por una manzana. Y siempre, siempre, sin sujetador. Camisetas anchas y finas que se transparentaban con la luz de la lámpara, faldas que apenas me cubrían el culo, pantaloncitos cortos en los que se me marcaba todo. Iván levantaba la vista del móvil, me recorría entera en silencio y volvía al móvil. Pero la mandíbula se le tensaba.
Una tarde me senté en el sofá frente a él con las rodillas dobladas. Llevaba una camiseta vieja sin nada debajo. Sentí que se me marcaban los pezones contra la tela y vi cómo se le caía un instante la mirada. No dijo nada. Se levantó, fue a la cocina, volvió con un vaso de agua y se quedó de pie apoyado en el marco mientras yo fingía mirar la tele.
—¿Vas a estar mucho rato así? —preguntó al fin.
—¿Así cómo? —contesté, sin girar la cabeza.
No respondió. Se subió a su cuarto y oí la puerta de la ducha abrirse a los dos minutos. Sonreí sola.
***
La oportunidad llegó un viernes. Mi madre se arregló temprano y se fue, como siempre que él no estaba o llegaba tarde, sin dar muchas explicaciones. Yo sabía adónde iba. Iván venía de una cena de empresa y me había escrito al móvil diciéndome que no me preocupara por la cena, que comería fuera. Me lo había escrito a mí, no a ella. Eso también lo noté.
Bajé al salón a las once. Llevaba puesta una falda corta, tan corta que tenía que medir cada movimiento, y debajo una tanga blanca de algodón que se me pegaba al sexo de lo mojada que estaba solo de pensar en lo que iba a hacer. Arriba, nada. Mis pechos a la vista de cualquiera, los pezones tan duros que dolían al rozar la tela del cojín cuando me senté.
Apagué la lámpara grande y dejé encendida solo la de pie. Quería que la primera imagen, al abrir la puerta, fuera yo en penumbra, abierta para él.
Escuché el motor en la entrada. La verja, el chasquido del coche al cerrarse. Dos pasos en la grava. Otro coche, una puerta, una voz de mujer riéndose. Me incorporé un poco, sin levantarme. Trajo a alguien.
No me importó. Al revés. Me bajé un poco más la falda hacia las caderas, separé las rodillas, moví la tanga a un costado con dos dedos y empecé a tocarme. No estaba actuando. Estaba empapada de verdad.
La llave giró. La puerta se abrió. Iván entró primero y, detrás de él, una rubia alta con un vestido negro corto y unos tacones que sonaban contra el parqué. Los dos se quedaron parados al verme.
No dejé de tocarme. Lo miré a los ojos.
—Joder —murmuró la rubia.
Iván no dijo nada. Cruzó el salón en cuatro pasos, me agarró del brazo y me levantó del sofá de un tirón. La falda se me quedó en las caderas, la tanga torcida. Tiró de mí hacia el pasillo, hacia el cuarto de la lavadora, sin soltarme. La rubia se quedó atrás un segundo, dijo algo así como «mejor me voy», cogió su bolso y oí cerrarse la puerta principal otra vez.
***
El cuarto de la lavadora era estrecho y olía a suavizante. Encendió la luz y cerró de un portazo.
—¿Me puedes explicar qué cojones haces? —Me apretaba el brazo y eso, en lugar de asustarme, me empapó todavía más.
—¿Vas a follarte a esa? —le dije sosteniéndole la mirada. Mis ojos bajaron solos hacia su pantalón. El bulto ya estaba ahí, marcado contra la tela. Sonreí—. Mejor fóllame a mí. Yo puedo ser tu putita.
Me acerqué hasta tenerlo a un dedo, levanté la cara y le pasé la lengua por los labios sin besarlo. Soltó el brazo y me agarró la mandíbula con una sola mano, fuerte, obligándome a mirarlo.
—¿Eso es lo que quieres?
Solté un gemido por toda respuesta. Fue lo único que pude decir.
Me dio la vuelta de un movimiento brusco. Mi vientre chocó contra el borde frío de la lavadora, mis pechos quedaron aplastados contra el metal y el culo levantado. Se puso en cuclillas detrás de mí, me bajó la tanga por los muslos hasta dejarla en los tobillos y me separó las nalgas con las dos manos.
—Esto es lo que quieres, ¿no, putita?
Sentí su lengua antes de que terminara la frase. Caliente, lenta, recorriéndome de arriba abajo. Una palmada seca en la nalga derecha, otra en la izquierda. Cerré los ojos y me agarré al borde de la lavadora con las dos manos. No podía dejar de gemir y no me importaba quién estuviera escuchando.
Me cogió en brazos y me sentó encima de la lavadora. El metal estaba helado contra el muslo y el contraste me erizó la piel entera. Me abrió las piernas con las palmas y se agachó otra vez, pero esta vez delante. Empezó a comerme con una calma de cabrón, lamiéndome despacio mientras yo intentaba no moverme y no podía.
—Espera —dije—, espera, que me voy a…
No esperó. Metió tres dedos de golpe mientras seguía con la lengua y me corrí encima de su boca. Sentí cómo lo empapaba todo y cómo él, lejos de apartarse, se quedaba ahí, tragando, hasta que no quedó nada.
***
Me tiró del pelo y me bajó al suelo. Me arrodillé delante de él sin que tuviera que pedírmelo. Se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón y los bóxers de un tirón con la mano libre y la tuve delante. Gruesa, con las venas marcadas, dura. La miré un segundo como quien mira algo que ha esperado mucho tiempo y me la metí en la boca entera.
—Así —dijo, empujándome la nuca—. Trágatela toda, putita. Así.
Me lloraron los ojos. La saqué para respirar, escupí encima y volví a metérmela hasta el fondo. Su mano libre me cruzó la cara con una bofetada que me calentó la mejilla y me empapó otra vez. Le sonreí con la boca llena y él volvió a empujarme la cabeza.
Antes de correrse me levantó. Me puso de espaldas contra la lavadora otra vez, me dobló por la cintura y me escupió entre las nalgas. Sentí el chorro caliente y luego un dedo entrando despacio, abriéndome. Me arqueé tanto que casi me caigo. Metió otro y, sin avisar, me la clavó por delante de un solo empuje.
El grito salió de mí sin pasar por el pensamiento.
Empezó a embestirme rápido, con el pulgar todavía dentro de mí por detrás. La lavadora golpeaba contra la pared a cada empuje. Sus huevos chocaban contra mi sexo. Una mano me agarró el pelo y me echó la cabeza hacia atrás. La otra me cruzó las nalgas con una palmada que sonó como un disparo.
—Más fuerte, papi —pedí.
Algo se le rompió por dentro al oírme decir eso. Me embistió como si quisiera atravesarme. Se inclinó sobre mi espalda, me mordió el cuello, me agarró un pecho con la mano entera y me lo apretó hasta hacerme gemir.
—Méteme los dedos en el culo —le pedí.
Lo hizo. Y cuando vio que no me quejaba, sacó la verga, la escupió, me abrió las nalgas con las dos manos y me la metió por detrás de un empuje seco. Dolió. Dolió dos segundos. Después solo era él entrando y saliendo, golpeándome rápido, con sus dedos buscándome el clítoris por delante mientras me embestía por detrás.
Estaba follándome a mi padrastro en el cuarto de la lavadora. Ese pensamiento, en lugar de frenarme, me empujó al borde. Me toqué yo misma mientras él seguía y me corrí por segunda vez con su verga dentro de mí, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar tan alto que se escuchara desde la calle.
***
—¿Te corres en mi culito, papi? —le pregunté, jadeando, cuando lo sentí cambiar el ritmo.
Lo escuché gemir corto, como un animal. Y un segundo después noté el calor descargándose dentro de mí. Me clavó las manos en las caderas, embistió tres veces más, despacio, y se quedó quieto. Cuando salió, sentí cómo le chorreaba entre los muslos.
Me incorporé con piernas de gelatina y me giré. Le besé la boca. Me devolvió el beso con calma, como si lo del minuto anterior no hubiera pasado. Me cogió por el culo con una mano, metió la otra entre mis nalgas, hasta delante, y me hundió dos dedos en el sexo otra vez. Me corrí una tercera vez en su mano sin dejar de besarlo.
Sacó los dedos, se los lamió despacio mirándome a los ojos y luego me los acercó a la boca. Los chupé. Me sabía a él y a mí mezclados.
Me bajó al suelo, me dio una palmada en el muslo y se subió el pantalón.
—Has sido una putita muy buena —dijo—. Pero por dejarme sin la rubia, voy a tener que castigarte otro día.
—Cuando quieras —contesté.
Salió primero, dejando la luz encendida. Me quedé un momento ahí, apoyada en la lavadora, mirándome los muslos brillantes y la tanga arrugada en el suelo. Me reí sola.
***
Esa fue la primera de muchas. Después vinieron más noches en las que mamá salía a hacer lo suyo y nosotros nos quedábamos haciendo lo nuestro. Y vino también, semanas más tarde, la noche en que la rubia volvió a llamar a la puerta y yo abrí en bata y le dije que pasara, que esta vez no se iba a ir. Pero esa, ya es otra historia.