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Relatos Ardientes

La madre de Lucía me esperaba vestida de novia

Me llamo Mateo y vivo solo en un apartamento alquilado a pocas calles de la casa de Lucía, mi novia desde el último año del instituto. Una sola habitación, cocina-comedor y un baño al fondo. No es gran cosa, pero a los dieciocho años me bastaba para sentirme un hombre adulto.

Cuando cumplimos los dieciocho, ella empezó la universidad y yo entré como administrativo en una empresa de repuestos para coches. Por primera vez no dependía del giro mensual que me mandaban mis padres desde el pueblo. Y por primera vez me sentí con derecho a presionar a Lucía para que diera el siguiente paso.

Llevaba dos años aguantando lo que ella estaba dispuesta a darme: besos largos con mucha lengua, alguna teta bajo el suéter, una mano por debajo de la falda hasta el muslo. Nada más. Cuando intentaba bajar la cremallera, me apartaba la mano. Cuando insistía, se enfadaba. Y cuando se enfadaba, lloraba.

El problema era que en esos dos años Lucía se había convertido en una mujer. Los pechos le habían crecido, el culo se le había redondeado, y caminaba con esa pequeña cadencia de las chicas que saben que las miran. Yo la deseaba con una urgencia que no me dejaba dormir. Pasaba las noches imaginando lo que escondía debajo de aquellos vaqueros ajustados.

Un viernes, después del cine, la invité a subir a casa con la excusa de tomar una copa. Sabía perfectamente lo que quería, y creo que ella también. En cuanto cerré la puerta y le pasé el brazo por la cintura, se puso rígida.

—¿No quieres que echemos un polvo rápido, Lucía? —solté sin pensar.

Ella se separó de mí como si la hubiera quemado.

—¿Un polvo rápido? Después de dos años, ¿es eso lo que soy para ti? —su voz se quebró—. Todos los hombres sois iguales. Cogéis a una tonta, la usáis hasta aburriros y luego la dejáis tirada. ¿Tengo razón?

No supe qué contestar. Intenté sujetarla del brazo, pero se zafó y bajó las escaleras antes de que pudiera ofrecerle acompañarla. Esa noche pensé que era el final. Pensé que tendría que buscar a otra, una más sencilla, que entendiera lo que un hombre necesita a esa edad.

Estaba tan caliente que me dolían los huevos.

***

Pasaron las semanas y, contra todo pronóstico, Lucía no rompió conmigo. Hablábamos por teléfono, paseábamos los domingos, pero el tema del sexo quedó enterrado bajo capas de besos castos. Yo me consolaba con la idea de que el tiempo terminaría ablandándola.

A mediados de febrero, una tarde fría y gris, me paró en la calle al salir del trabajo.

—Mamá quiere conocerte —dijo—. Te invita a comer el sábado.

Acepté con una mezcla de orgullo y nervios. La madre de Lucía era viuda, eso lo sabía, y tenía una tintorería en el barrio. Poco más. El sábado al mediodía aparecí en el portal con un ramo de tulipanes y una caja de bombones. Me había puesto la camisa azul que mi madre me regaló por mi cumpleaños.

Lucía me abrió. Detrás de ella, en el pasillo, apareció su madre y todo se me cayó al estómago.

—Esta es Marta —dijo Lucía con una sonrisa de orgullo—. ¿A que está estupenda?

—Sí… ya lo creo —murmuré como un imbécil.

Marta tendría unos cuarenta y pocos. Pelirroja, de ojos verdes, con el pelo recogido en una coleta baja que le dejaba el cuello al descubierto. Llevaba un vestido cruzado color crema que se le ajustaba en la cintura. Olía a un perfume caro, a esos que llevan las mujeres que saben lo que quieren. Le di dos besos en las mejillas y me quedé un instante de más cerca de su cara.

La seguí hasta el comedor sin acordarme de Lucía, que iba detrás de los dos.

***

Comimos una paella que cocinó Marta, bebimos un blanco frío y hablamos de mi pueblo, de mi trabajo, de cómo había conocido a Lucía. Marta me hacía preguntas y se reía con cada respuesta, ladeando la cabeza. Yo le contestaba a ella mientras Lucía me miraba con cara de orgullo, ajena a todo.

A los postres, Lucía se levantó.

—Tengo un examen el lunes y me voy a casa de Carolina a estudiar. ¿Te quedas un rato con mamá? —me preguntó—. Vuelvo a las diez y nos vamos a la disco.

Hice como si me costara aceptar. Por dentro casi me arrodillo a darle las gracias.

—Claro, no te preocupes —dije.

Lucía me besó en la boca, le dio un abrazo a su madre y salió. La puerta se cerró y, durante un par de segundos, ninguno de los dos dijo nada. Marta me miraba con una sonrisa pequeña, como si supiera algo que yo todavía no sabía.

—Vamos al salón, Mateo. Te invito a un whisky.

***

Nos sentamos en un sofá de cuero, ella con las piernas cruzadas, yo intentando no mirarle el muslo que asomaba por la abertura del vestido. Hablamos de la tintorería. Me contó que era su negocio desde hacía quince años, que recibía vestidos de novia para limpiarlos después de las bodas y devolverlos como nuevos. Mientras hablaba, su mano subía y bajaba por el borde del vaso.

—Tengo una sorpresa para ti —dijo de pronto—. Espérame aquí. No tardo.

Se levantó y desapareció por el pasillo. Yo me quedé en el sofá con el vaso a medias, cogiendo una revista de decoración para fingir que no estaba muerto de curiosidad. La televisión murmuraba un partido de fútbol que no escuchaba. Pasaron diez minutos. Veinte. Media hora.

Y entonces volvió.

***

Marta entró en el salón como si pisara una alfombra roja. Llevaba un vestido blanco corto, de encaje, con un escote recto que le dejaba los hombros desnudos. Medias blancas, zapatos blancos de tacón, un velo de tul sujeto al moño que se había hecho en los últimos minutos. Llevaba los labios pintados de rojo oscuro y los ojos remarcados con kohl. Estaba tan absurdamente hermosa que tardé un segundo en respirar.

—Es uno de los vestidos que me trajeron esta mañana —dijo girando despacio para que la viera entera—. Lo tengo que devolver el lunes. Antes de eso, vamos a jugar.

—¿A qué? —pregunté con la garganta seca.

—A que eres mi marido. Tú eres el novio. Yo soy la novia. Llegamos del banquete y entramos en el dormitorio. ¿Te animas, Mateo?

—¿Y haremos lo que hacen los recién casados?

Ella se acercó, se sentó a horcajadas sobre mí en el sofá y me cogió la cara con las dos manos.

—Por supuesto que sí —susurró—. El vestido ya está para lavar. Antes de mandarlo a la tintorería, vamos a estrenarlo.

La besé. Ya no había vuelta atrás.

***

El primer beso fue largo, con la lengua de ella enroscándose en la mía con una experiencia que jamás había encontrado en Lucía. Le subí la falda del vestido y le acaricié la cara interior del muslo. Cuando llegué a la cima, descubrí que no llevaba bragas. Solo el vello rojizo y la piel caliente.

—Suelta la cremallera —me ordenó.

Le bajé la cremallera de la espalda. El vestido se abrió. Tampoco llevaba sostén. Cuando se lo retiré por los hombros, apareció un par de pechos redondos, blancos, con los pezones rosados y duros. Se apartó la falda de las piernas, dejó caer el vestido al suelo con cuidado y se quedó de pie delante de mí, en medias y velo.

—Cuídamelo —dijo señalando el vestido en el suelo—. Pero a mí ahora no me cuides.

La empujé contra el respaldo del sofá y le besé los pechos uno por uno. Le chupé los pezones hasta que arqueó la espalda. Le mordí la curva de debajo, esa que solo encuentras cuando una mujer está realmente excitada. Marta me agarró del pelo y me llevó la cabeza más abajo, hacia el vientre, hasta que mi boca encontró el vello rojo y húmedo de su entrepierna.

La hice ponerse a cuatro patas sobre el sofá, con el velo cayéndole a un lado de la cara. Le aparté los muslos. La penetré por detrás, sin previo aviso, hundiéndome de una sola embestida. Marta gritó, pero no de dolor. Era un grito de quien llevaba años esperando que alguien volviera a hacerle exactamente eso.

—Más fuerte —dijo—. Más fuerte, Mateo. No soy de cristal.

La cogí por las caderas y la embestí como ella me pedía. El sofá crujía. El velo se le escurrió y cayó al suelo junto al vestido. Le pasé la mano por delante, le encontré el clítoris y empecé a girar con dos dedos mientras seguía moviendo las caderas. Ella echaba la cabeza atrás, los rizos pelirrojos pegados a la espalda sudorosa.

—No pares —jadeó—. No pares, no pares, no pares.

No paré. Acabé dentro de ella en una descarga que me dejó las piernas temblando y un calor en la espalda que me costó recuperar. Marta se dejó caer sobre los cojines, riéndose con esa risa baja y satisfecha de las mujeres que ganan.

—No habíamos terminado —dijo unos segundos después.

Me hizo tumbarme boca arriba. Se acercó y me lamió la polla con calma, recogiendo lo que quedaba de los dos. Después se la metió entera en la boca, sin prisa, mirándome a los ojos. Lucía nunca había hecho nada parecido. Lucía probablemente no sabía siquiera que existía. Marta me trabajó el glande con la lengua, con la garganta, con un ritmo que conocía cada una de mis costuras, hasta que volví a explotar en su boca y ella se lo tragó todo, despacio, sin apartar la mirada.

***

Después se tumbó boca arriba sobre los cojines y me llevó la cabeza entre sus piernas.

—Me toca a mí —dijo.

La lamí entera. Le aprendí cada pliegue, cada esquina, cada punto donde se le ponía la piel de gallina. Le hice un orgasmo con la lengua que la dejó temblando un minuto entero, agarrada a mi pelo, con los talones clavados en el sofá. Cuando paró de jadear, miró el reloj de la pared.

—Las nueve y diez. Ducha —dijo levantándose.

***

Nos duchamos juntos. Me prestó una colonia de hombre que tenía guardada en un cajón. No pregunté de quién era. Mientras me peinaba en el espejo, la veía detrás de mí, desnuda, pintándose la raya del ojo con un pulso que ya nada en mí podía parecerme inocente. Se vistió con unas bragas, un sostén y un vestido azul muy distinto al de novia. Recogió el vestido blanco del salón, lo metió en una funda y lo colgó en una percha de la entrada como si nada hubiera pasado.

—No le cuentes a Lucía lo bien que lo hemos pasado —dijo, y me guiñó un ojo.

Cuando Lucía llegó a las diez, su madre nos sirvió un sándwich y vimos los tres un programa de variedades en la televisión. Yo casi no podía mantener los ojos abiertos. Lucía me miraba con extrañeza, pero atribuyó mi cansancio a un dolor de cabeza que me inventé sobre la marcha.

***

El domingo a media mañana sonó el teléfono. Era Lucía y lloraba.

—¿Cómo has podido? Con mi madre. Con mi propia madre, Mateo.

No supe quién se lo había contado. Tampoco importaba. Intenté decirle que no era lo que parecía, que había bebido demasiado, que su madre me había confundido. Cada mentira sonaba peor que la anterior. Lucía colgó después de gritarme que no era ninguna cornuda y que no quería verme nunca más en su vida.

Me senté en la cama del apartamento, con el teléfono todavía en la mano, oliendo a una colonia que no era mía. Pensé en Marta, en su tintorería, en el vestido blanco devuelto a su dueña como si nada. Pensé que debería sentirme culpable.

No me sentí culpable.

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Comentarios (5)

GabrielBsAs

Que relato!!! me dejo sin palabras

Pablito_rv

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede quedar ahi. Muy bueno

Meli_sur

increible!!! sigue escribiendo

RomeoLector88

Se me fue el tiempo leyendo esto, un comienzo muy bien armado. Espero que hayas escrito mas

ConnieLect

Que manera de crear tension desde el principio. Se nota que sabe escribir la ambientacion. Con ganas de la continuacion!!!

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