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Relatos Ardientes

Mi hermana se coló en mi cuarto a medianoche

El ascensor tardó una eternidad en subir. Mi madre y yo veníamos del supermercado, cargando bolsas, y ella aprovechó ese momento de encierro para pellizcarme en el culo sin previo aviso.

—Cuando quieras me lo devuelves —dijo, aguantando la risa con esa cara suya de niña traviesa.

Intenté reaccionar, pero me frenó con un manotazo antes de que pudiera siquiera girarme.

—Ahora no. —Su voz bajó un tono, con esa cadencia que usaba cuando quería decir algo sin decirlo del todo—. Cuando quieras que repitamos lo del masaje.

Abrió la puerta del piso con la llave y desapareció hacia la cocina como si no hubiera dicho nada. Pero lo había dicho. Y los dos lo sabíamos perfectamente.

Fui hacia mi habitación con las bolsas todavía en la mano y, al pasar por delante del cuarto de mi hermana, escuché voces. Me paré en seco. Sofía tenía el manos libres puesto y hablaba con alguien en tono urgente, casi furioso.

—Venga, Sofía. Déjame quedar con él un solo día, no te pido más.

Reconocí la voz. Era Patricia, su amiga de toda la vida.

—Que no —respondió Sofía, tajante—. Que no y que no, ya te lo he dicho.

—Una tarde, solo una. Luego te cuento todo con pelos y señales.

No entendía de qué hablaban, pero el tono de mi hermana era cada vez más tenso. Dejé las bolsas en el suelo y pegué la oreja a la puerta sin respirar.

—Deja tranquilo a mi hermano, joder —escuché que decía Sofía—. No tendría que habértelo contado nunca.

—Pues o lo haces tú o lo hago yo —respondió Patricia, sin ningún pudor—. Alguien tiene que hacerlo, y no puede estar así sin más.

—Vete a la mierda. A Diego no lo tocas. Y lo que tenga que pasar, ya pasará cuando a mí me dé la gana.

Me quedé paralizado en el pasillo. ¿Estaban discutiendo por mí? ¿Por follar conmigo? Yo, que nunca había sido el tipo al que las chicas miraban dos veces. Yo, que hasta hacía unos días ni siquiera había imaginado que mi hermana pudiera verme así.

Escuché que colgaba y corrí a mi cuarto antes de que me pillara escuchando.

***

La cena fue rara. Sofía apenas me miró durante toda la noche. Mi madre, en cambio, sí lo hizo, y antes de retirarse a su habitación se acercó por detrás de mi silla y me puso la mano en el hombro con naturalidad.

—Estudia mucho esta noche —dijo, con el tono de siempre, pero con algo más debajo de las palabras—. Mañana vendré a verte.

Se fue al pasillo y oí su puerta cerrarse. Me quedé mirando el plato vacío un momento.

Me fui a mi cuarto a repasar los apuntes. Los exámenes eran en una semana y no podía permitirme el lujo de distraerme, aunque esa noche la concentración era poco más que una broma. Abrí el libro, lo cerré, lo volví a abrir.

Una hora después dejé los apuntes sobre la mesa y me tumbé boca arriba en la cama. La habitación estaba en silencio. Pensé en mi madre, en el ascensor, en el pellizco. Pensé en lo que había escuchado a través de la puerta del cuarto de Sofía, en la voz de Patricia diciendo «alguien tiene que hacerlo». Y empecé a masturbarme.

Era una paja tranquila, sin prisa. Tenía la sábana encima y la mano moviéndose despacio, con los ojos cerrados y la mente muy lejos de los apuntes de economía. Pensé en la boca de mi madre. En sus labios. En cómo me había mirado en el ascensor.

No oí la puerta abrirse. La sentí. Un cambio en el aire, una presencia que alteró el silencio sin hacer ruido.

Me tapé como pude y me hice el dormido, entornando los ojos lo suficiente para ver quién era. Sofía. Avanzaba de puntillas hacia la cama, con el camisón corto y el pelo suelto, mirándome como si comprobara que respiraba.

Se sentó en el borde del colchón y me acarició el pelo con mucho cuidado, con los dedos apenas rozando. Como si me tocara algo frágil.

Noté que se me ponía más dura.

—Diego —susurró, inclinándose hacia mi oído—. ¿Estás dormido?

Si lo hubiera estado, ya no. Me giré poco a poco, fingiendo que despertaba, y la miré con cara de pocos amigos.

—¿Qué quieres?

Dudó. Abrió la boca y volvió a cerrarla. Por un momento pensé que iba a levantarse y marcharse sin decir nada, y que los dos íbamos a fingir que esto no había pasado.

—Échate para allá —dijo al final, casi en un susurro.

Me moví hacia la pared y ella se tumbó a mi lado, pegando su espalda a mi costado. Estábamos tan juntos que podía sentir su calor a través de la tela del camisón. Ninguno de los dos habló durante un buen rato. La habitación entera parecía esperar algo.

Fue ella quien rompió el silencio. Me rodeó con los brazos y apretó, como si necesitara sujetarse a algo sólido.

—Diego —empezó, con la voz rara, apagada—. Es que no sé cómo decirte esto.

—Prueba a empezar por el principio.

—Jo, es que después de lo del otro día… —Se le quebró la voz—. Me da mucha vergüenza y llevo toda la semana sin saber cómo mirarte a la cara.

—Por eso me has ignorado.

Noté que se tensaba. Me abrazó más fuerte.

—No digas eso —contestó, y sonó a que le dolía de verdad—. No es eso.

—Pensaba que además de hermanos éramos amigos.

—Lo somos. Te juro que lo somos, Diego.

Empezó a llorar en silencio, ese llanto contenido que intenta no hacer ruido para no despertar a nadie. Me besó en la mejilla, en la sien, en la frente, sin parar, como si quisiera compensar de golpe cada día que me había evitado.

—Te quiero mucho —repitió—. Mucho más de lo que crees.

Eché una mano hacia atrás y la puse sobre su cadera. Ella seguía llorando y besándome. Fui deslizando la mano muy despacio, con toda la calma del mundo, hasta que descansó en su nalga. El camisón se le había subido hasta la cintura. Toqué su piel directamente, sin tela de por medio.

Sofía se quedó completamente quieta un instante. Luego siguió besándome como si nada.

Encendió la lamparita de la mesilla y se apartó un poco para mirarme. Tenía los ojos brillantes todavía. Unió las manos como si rezara y me puso cara de pena.

—¿Me perdonas?

La dejé esperar. Que se preocupara un poco. Que entendiera que me había jodido de verdad. Luego respondí lo que los dos sabíamos que iba a responder.

—Cómo no voy a perdonarte.

Sonrió. Una sonrisa enorme, de esas que llegan antes de que uno pueda evitarlas. Me giró la cara con las dos manos y me dio un beso en los labios. Rápido, tímido, pero en los labios. Sin equivocación posible.

—No sabes cuánto te quiero —murmuró, enormemente contenta.

Me moví para ponerme boca arriba y entonces lo vio. La sábana formaba una tienda de campaña perfectamente visible. Sofía bajó la vista y luego la subió hacia mí, despacio, con los ojos muy abiertos.

—¿Eso es… por mí?

—¿Por quién si no?

Miró el bulto. Me miró a mí. Volvió a mirar el bulto. Se humedeció los labios con la lengua, un gesto completamente involuntario, y señaló con el dedo.

—¿Puedo?

Asentí con la cabeza.

Metió la mano despacio debajo de la sábana y la llevó directa. Primero tocó el glande con las yemas de los dedos, con cuidado, como si quisiera familiarizarse con lo que tenía entre manos. Luego rodeó el tallo con los dedos y empujó el prepucio hacia abajo.

—Dios mío —dijo en voz muy baja—. Es enorme.

Me miró con una mezcla de admiración y de algo que no supe nombrar del todo en ese momento. Hizo un gesto preguntando si podía apartar la sábana. La eché hacia atrás.

Sofía contuvo el aliento. Lo contempló en silencio durante unos segundos completos.

—Vaya pollón —fue todo lo que dijo.

Bajó el prepucio del todo y el glande apareció entre sus dedos, hinchado y oscuro. Lo miró con la misma atención con la que se mira algo que uno sabe que está a punto de probar.

Apreté su nalga. Estrujé la carne firme bajo mi mano y mi polla se tensó visiblemente ante sus ojos. Sofía lo notó. Se incorporó un poco en la cama para acomodarse y separó ligeramente las rodillas, dándome más acceso, sin decir nada.

Tenía la mano envuelta alrededor del tallo pero no la movía. Solo la sujetaba y miraba, con los labios entreabiertos.

—Muévela —pedí.

Me miró sin entender durante medio segundo. Luego captó la idea, se tapó la boca para no reírse en voz alta y empezó. La sacudida era firme y constante, con el pulgar rozando el glande en cada subida.

—Avisa cuando te vayas a correr —dijo entre risas contenidas—. Para prepararme.

—No voy a tardar mucho.

—Pues espera, que esto tiene pinta de que va a salir a presión. —Volvió a reírse en voz baja, sin dejar de moverla—. Prepara un pañuelo.

Su mano apretaba con ritmo perfecto y el pulgar acariciaba el glande en cada pasada. El sonido húmedo del movimiento llenaba el silencio de la habitación.

Sofía observaba el resultado de su trabajo con los ojos muy abiertos. Se puso de rodillas sobre el colchón para tener mejor ángulo, y entonces la vi: las braguitas manchadas. La humedad era visible incluso en la penumbra, recorriendo toda la tela entre sus piernas.

Solté su nalga y metí la mano entre sus muslos por detrás.

Dio un respingo cuando noté el contacto. Bajó la vista y me vio apartar la tela a un lado. Acaricié su sexo con la yema de los dedos, apenas rozando, explorando.

—Ummm —gimió, cerrando los ojos un momento.

Me miró avergonzada, se sonrojó visiblemente y volvió a bajar la vista. Mientras su mano seguía moviéndose sobre mi polla, yo abría despacio sus labios y deslizaba los dedos entre ellos, húmedos y calientes.

—No sé si deberíamos —susurró, pero al mismo tiempo separó un poco más las rodillas para que yo llegara mejor.

Empujó las caderas contra mis dedos con un ritmo pequeño e involuntario que ella misma parecía no controlar del todo. Su mano en mi polla perdía el compás cada vez que yo profundizaba un poco más.

La cogí suavemente del pelo y tiré hacia abajo. Despacio, sin forzar. Solo guiando.

Sofía miró el glande que tenía frente a la boca. Me miró a mí. Volvió a mirarlo. Había algo en sus ojos que no era miedo sino otra cosa, anticipación quizás, o aceptación de algo que ya sabía que iba a pasar desde que entró por esa puerta.

Y se lo metió en la boca.

El calor fue inmediato. Cerré los ojos. Sus labios rodearon el glande y empezó a succionar con una presión perfecta, subiendo y bajando la cabeza mientras su culo quedaba a la altura de mi cara. Mis dedos siguieron moviéndose entre sus piernas.

—Jo, Diego —dijo sacándosela un momento, con la voz un poco distorsionada—. La tienes muy gorda. No sé si voy a poder con toda.

Pero volvió a meterla. Esta vez más adentro. Se esforzaba con ganas, con la cabeza moviéndose en un ritmo constante, los dedos en la base del tallo y los labios apretados como si quisiera demostrar algo.

—Chupa —dije únicamente.

Me miró desde abajo con una sonrisa que no supe cómo catalogar. Siguió.

Pensé en Rodrigo, el novio de Sofía, y no pude evitar sonreír. Ella le había negado esto durante meses. Y ahora me lo estaba dando a mí, sin que yo se lo pidiera, de rodillas en mi cama a medianoche. La excitación se multiplicó.

La cogí del pelo con más firmeza y la empujé hacia abajo. Sofía tosió, levantó la cabeza un segundo para respirar y luego volvió a la tarea sin que yo tuviera que pedírselo.

—Ufff —soltó apartándose el pelo de la cara—. Que la tienes muy grande, que no llego.

—No te preocupes. Chupa lo que puedas.

—Jajaja. —Se rió con ganas—. Vaya pollón tiene mi hermano.

Intentó tragársela entera, llegó hasta más de la mitad y tuvo que parar. Tosió, sacudió la cabeza.

—No puedo, Diego, no puedo —dijo, con cara de disculpa genuina—. Me ahogo.

—Déjalo. Chúpamela como antes, que así está bien.

—Otro día lo intento en serio —prometió, y en ese «otro día» había mucho más de lo que cabía en tres palabras.

Paró de repente, se irguió y me besó. No fue un beso suave ni tímido. Fue un beso largo y cargado, con lengua, mordiéndome el labio inferior, dejando su saliva mezclada con el sabor de mi propia polla en mi boca. Introdujo la lengua hasta el fondo y la movió despacio.

Fue el beso más erótico que me habían dado en toda mi vida. Y era mi hermana quien me lo daba.

—Puedes correrte en mi boca si quieres —dijo cuando se separó, mirándome directamente a los ojos—. En serio, Diego. Si quieres, puedes.

Volvió a inclinarse. Esta vez lo metió más adentro que ninguna vez anterior, hasta que tosió de nuevo y tuvo que recuperar el aliento.

—No puedo, joder —murmuró, entre frustrada y divertida—. Pero lo voy a conseguir.

—No pasa nada. Sigue como antes.

Envolvió el glande con los labios y empezó a succionar con más fuerza que antes, sacando la lengua para rozar el agujerito de la uretra mientras me miraba fijamente desde abajo, sin apartar los ojos.

Noté que llegaba. La cogí del pelo con firmeza y tiré hacia abajo una última vez.

—Dámela —susurró con los labios pegados al glande—. Córrete en mi boca, Diego.

Lo decía y volvía a chuparlo. Lo decía y volvía a chuparlo.

—Dámela toda.

Me tensé de golpe. Saqué los dedos de entre sus piernas y me agarré a la sábana. El primer chorro la pilló con la boca abierta y se estrelló contra su lengua. Metió la polla entera de un movimiento y succionó con desesperación, como si no quisiera que se escapara ni una gota.

—Ummm —gimió con la boca llena—. Sí. Me encanta. Dame más.

Chupó hasta que me dejó completamente seco. Luego levantó la cabeza despacio, con algunos hilos de semen resbalando por la comisura de los labios, y me miró con una sonrisa que nunca le había visto poner.

—Estabas muy cargado —dijo en voz baja, pasándose la lengua por el labio inferior para recoger lo que se escapaba.

Se estiró a mi lado. Meneó un poco el culo, acercándolo lentamente hacia mi cara, y cerró los ojos con esa media sonrisa todavía en los labios.

La noche, pensé mientras la miraba, aún no había terminado ni de lejos.

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Comentarios (3)

NocturnoX

increible!! uno de los mejores arranques que lei en este sitio

noctambulo33

Me enganche desde el titulo. Muy buen relato, espero que hagas mas en esta categoria

SantiagoVP

Que manera de escribir, se siente real y tiene el morbo justo. Excelente

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