Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que Rodrigo escondía detrás de la lavadora

Carmen Villarreal tenía cuarenta y cinco años, era viuda desde hacía tres, y llevaba una vida ordenada en la que el ejercicio matutino ocupaba un lugar sagrado. Cabello oscuro, piel morena, caderas generosas que los años habían trabajado con una especie de justicia poética: más anchas, más firmes, más presentes. No era el tipo de mujer que pasaba inadvertida.

Su hijo Rodrigo acababa de cumplir veintiún años y había vuelto a casa durante el verano para ahorrar mientras terminaba la carrera. Era atlético, callado, con la mandíbula cuadrada de su padre y los ojos oscuros de ella. Cuando se reía, que era pocas veces, le aparecían dos arrugas junto a la boca que Carmen conocía de toda la vida.

La primera vez que hicieron ejercicio juntos fue un miércoles por la mañana. Carmen le propuso que le sujetara los tobillos mientras hacía abdominales, porque sola se le iba el cuerpo hacia la derecha y terminaba con la espalda cargada. Rodrigo lo hizo sin pensar demasiado en ello, arrodillado al final de la colchoneta, las manos envolviendo los tobillos delgados de su madre.

El problema era la posición. Carmen subía y bajaba, y en cada subida la tela de los leggings se tensaba de una forma que Rodrigo no supo dónde mirar. Eligió el techo durante veinte minutos.

—¿Vas bien? —preguntó ella en algún momento.

—Sí —dijo él con la voz un tono más grave de lo normal.

Terminaron sin incidentes. Rodrigo se fue directo a ducharse. Esa noche, tumbado en la cama con el ventilador girando en el techo, intentó no pensar. No funcionó.

***

El viernes siguiente fue peor.

Carmen propuso un ejercicio nuevo: ella se colocaba a cuatro patas y él tenía que sujetarla por las caderas para que no resbalara sobre el parqué recién encerado. Lo explicó con toda la naturalidad del mundo, como si fuera el tipo de cosa que madres e hijos hacen sin que signifique nada.

—Solo necesito que me ancles —dijo—. Si no, me deslizo en cada repetición y no sirve para nada.

Rodrigo puso las manos en las caderas de su madre. Sintió el calor de la piel bajo el borde del top corto que ella llevaba, la curva suave sobre la cintura, la firmeza de esas caderas que no dejaban espacio para la ambigüedad.

—Agarra con más fuerza —pidió Carmen—. Me muevo igual.

Él apretó. Carmen empezó las repeticiones. Era un movimiento de vaivén, adelante y atrás, con un ritmo regular que Rodrigo siguió durante treinta segundos antes de que su cuerpo tomara sus propias decisiones. En el cuarto regreso, las nalgas de Carmen rozaron la parte delantera de sus pantalones.

Rodrigo se separó de golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó ella sin girarse.

—Nada. Sigo.

Pero no siguió en la misma posición. Colocó las manos desde un ángulo más lateral, aguantó el resto de la serie y cuando Carmen dijo suficiente se puso de pie antes de que ella pudiera verle la cara.

Se separaron sin mirarse.

Es tu madre, se dijo Rodrigo subiendo las escaleras de dos en dos. Tienes veintiún años y estás pensando en tu madre como si no lo fuera.

Pero los pensamientos no obedecen cuando se les ordena que paren.

***

Aquella tarde, Rodrigo bajó al cuarto de lavado a dejar la ropa del entrenamiento. Echó la camiseta en el cesto y vio algo que no estaba buscando.

Un triángulo de tela verde que sobresalía del montón de ropa. Inconfundible.

Se quedó parado durante diez segundos. Después metió la mano en el cesto y sacó la prenda despacio, como si el movimiento lento lo hiciera menos real. Era una braga de encaje verde, pequeña, de las que Carmen usaba bajo los leggings de entrenamiento. Todavía tibia.

La devolvió al cesto.

Subió a su cuarto.

Bajó.

La sacó otra vez.

Solo esta vez, pensó. Solo para quitarme esto de la cabeza. Nadie tiene por qué enterarse.

Se la guardó bajo la camiseta y subió las escaleras. Lo que hizo en su cuarto tardó menos de cinco minutos, pero el alivio que esperaba no llegó. En su lugar quedó algo más oscuro, más quieto, más difícil de nombrar.

***

El siguiente día de entrenamiento fue el lunes. Carmen propuso abdominales cruzadas: ella en el suelo, él de pie, sosteniéndole los pies mientras los elevaba en series de veinte.

Rodrigo miraba al techo. Miraba la pared. Miraba cualquier cosa menos la figura de su madre tumbada boca arriba frente a él, con los brazos extendidos hacia sus tobillos, subiendo y bajando las piernas con una regularidad que a Rodrigo le resultaba casi insoportable.

Pero el cuerpo tiene sus propias decisiones. A los tres minutos, Rodrigo tuvo que reajustarse los pantalones sin que ella lo notara.

A los cinco minutos, Carmen levantó la vista desde el suelo.

No dijo nada. Siguió haciendo el ejercicio. Pero el ritmo cambió de forma muy sutil, como si algo en ella hubiera registrado algo que no quería procesar.

—Ya está —dijo al terminar la serie.

Se pusieron de pie. Rodrigo se fue al baño antes de que ella pudiera mirarlo directamente.

***

Aquella misma tarde, Carmen buscó en el armario unas bragas malvas que no encontraba desde hacía días. Las buscó dos veces. Revisó la colada. No aparecieron.

Seguro están en el cesto, pensó. Las reviso mañana.

Al día siguiente revisó el cesto. Tampoco estaban.

Frunció el ceño y pasó al siguiente pensamiento, porque ciertas sospechas son demasiado grandes para caber en la mente de golpe.

***

Pasó otra semana con más ejercicios, más contacto inevitable y más distancia estudiada entre ellos. Una cortesía excesiva que lo decía todo sin decir nada.

—Gracias por ayudarme, Rodrigo.

—No hay problema, mamá.

Pero sus manos seguían encontrándose en los mismos puntos de contacto, y Carmen seguía bajando al cuarto de lavado a dejar la ropa antes de ducharse, y Rodrigo seguía bajando después.

El cesto fue vaciando su colección de prendas. Rodrigo lo fue llenando de otro tipo de peso.

***

El descubrimiento ocurrió por accidente un jueves por la tarde.

Carmen tiró la ropa sucia desde lejos, como hacía a veces cuando tenía prisa, y el montón aterrizó detrás de la lavadora. Cuando fue a recuperarlo, vio que no era la única ropa que había allí atrás.

Sacó todo el montón. Contó tres prendas que no había tirado ella. Las reconoció de inmediato: la braga de encaje verde, unas bragas azules de algodón, y las malvas que llevaba buscando desde hacía dos semanas.

Las tres estaban hechas un ovillo apretado. Las tres estaban rígidas, con manchas secas que no podían ser otra cosa.

Carmen tardó un buen rato en moverse. Después subió las escaleras con las tres prendas en la mano, llamó a la puerta del cuarto de Rodrigo y esperó.

—Adelante.

Él estaba en toalla, recién salido de la ducha. Cuando vio lo que ella sostenía, el color le abandonó la cara de golpe.

—Rodrigo. Necesito que me expliques esto.

***

—Mamá, yo....

—No empieces con «yo» si no sabes cómo vas a terminar la frase.

—Lo siento —dijo él—. No sé cómo explicarlo. No debí hacerlo.

—¿Qué es exactamente lo que no deberías haber hecho? Quiero oírlo.

Rodrigo tragó saliva.

—Robé tu ropa. Me masturbé con ella.

Carmen cerró los ojos un momento. No era rabia lo que sentía, aunque habría sido más sencillo.

—¿Por qué la mía?

—Porque... —Rodrigo tardó en encontrar las palabras—. Porque eres la mujer más guapa que conozco. Sé que no debería pensarlo. Sé que estoy mal. Pero no puedo controlar lo que siento desde que empezamos a hacer ejercicio juntos.

El silencio que siguió fue largo. Carmen no lo interrumpió.

—Hay chicas de tu edad, Rodrigo.

—Lo sé. Pero no son tú.

Carmen exhaló despacio. Dejó las tres prendas sobre la cómoda, junto a la puerta.

—Eso no va a volver a pasar —dijo, aunque no estaba segura de si se lo estaba diciendo a él o a sí misma.

—No. No va a volver a pasar. Te lo juro.

—Además —continuó Carmen, y su voz bajó un tono—, si tienes ese tipo de necesidades, puedo darte dinero. Para que vayas con alguien de tu edad.

Rodrigo la miró durante un momento.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Depende.

—¿Nunca has sentido nada durante los ejercicios? ¿Nada en absoluto?

El silencio que siguió duró demasiado para significar que no.

Carmen se quedó mirando a su hijo. Veintiún años, toalla en la cintura, los ojos oscuros de ella mirándola desde una cara que no era la suya.

—Rodrigo —dijo finalmente—, no me hagas esto.

—Solo quiero saber.

—Llevo tres años sola —dijo Carmen, casi en un susurro—. Después de que murió tu padre, no ha habido nadie más. Así que sí: mi cuerpo reacciona. Pero eso no significa nada.

—¿Estás segura de eso?

No lo estaba. Y los dos lo sabían.

***

Rodrigo dio un paso hacia ella.

Carmen no retrocedió.

—Esto no puede pasar —dijo ella.

—Ya lo sé.

—Y sin embargo estás dando un paso hacia mí.

—Y tú no te mueves.

Carmen miró a su hijo durante varios segundos. Tres años de silencio en una cama vacía. El calor exacto de sus manos en sus caderas cada mañana. El peso de lo que no había querido nombrar.

—Solo una vez —dijo, y su propia voz le pareció la de otra persona—. Esto no se repite. ¿Entendido?

—Entendido.

—Y no hablamos de ello después.

—De acuerdo.

Carmen cerró la puerta del cuarto.

***

Rodrigo la besó sin prisa, con las manos en su cara, como si hubiera estado practicando ese momento en la cabeza durante semanas. Era posible que así fuera.

Carmen respondió. No pudo no hacerlo.

La toalla de él cayó al suelo. La de ella siguió un momento después. Rodrigo la miró de arriba abajo, sin disimulo, como si quisiera retener cada detalle, y Carmen sintió que esa mirada le quitaba tres años de encima.

—Para —dijo ella.

—No estoy haciendo nada.

—Exactamente. Para de mirarme así, que me pones nerviosa.

—¿Nerviosa bien o nerviosa mal?

Carmen no respondió. Lo empujó suavemente hacia atrás sobre la cama y se colocó encima.

Cuando lo sintió dentro de ella por primera vez, cerró los ojos y se quedó completamente quieta durante un segundo. Tres años, pensó. Tres años sin esto.

Empezó a moverse despacio. Rodrigo apretó sus caderas con ambas manos, la misma presión que durante los ejercicios de cada mañana, pero ahora sin ninguna ambigüedad posible. Carmen apoyó las manos en su pecho y aceleró el ritmo. Él levantó las caderas para ir a su encuentro.

—Mamá —dijo con la voz rota.

—Calla —respondió ella sin detenerse.

Lo que siguió no fue delicado. Rodrigo la giró, la puso boca abajo sobre el colchón y siguió desde atrás, con las manos aferradas a las caderas que había sujetado cada mañana fingiendo que no significaban nada. Carmen enterró la cara en la almohada y dejó salir todo lo que llevaba semanas acumulando.

Llegó primero, con un sonido ahogado que se mordió el dorso de la mano para no terminar de soltar. Rodrigo unos instantes después, con los dedos clavados en su cintura y la frente apoyada entre sus omóplatos.

Se quedaron quietos.

El silencio del cuarto era diferente al de antes. Más pesado. Más real.

***

Carmen se vistió sin decir nada. Recogió la toalla del suelo, se la enrolló alrededor del cuerpo y abrió la puerta.

—Mañana seguimos con los ejercicios como siempre —dijo desde el umbral, sin girarse.

—De acuerdo —dijo Rodrigo.

Carmen salió al pasillo y cerró la puerta con cuidado. Bajó las escaleras con una mano en la barandilla, pensando en el orden de las cosas y en qué parte exacta de ese orden acababa de romperse para siempre.

No llegó a ninguna conclusión.

Pero cuando llegó al cuarto de baño y se miró en el espejo, lo que vio en su cara no era culpa. Era algo más difícil de manejar que eso.

Valora este relato

Comentarios (4)

Ferchu99

tremendo relato, me engancho desde el principio!!

MarceloCba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo esto

Romina_Lee

Me encanto como lo describiste, se siente muy real sin pasarse de la raya. Sigue escribiendo asi!

Kike_BA

excelente!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.