La tarde que padre e hijo me compartieron
Llevaba varios meses manteniendo encuentros íntimos con mi papá. Sé que no es algo fácil de explicar ni de entender para la mayoría de la gente, y tampoco espero que lo hagan. Lo que sí sé es que sucedió, que yo lo elegí, y que no me arrepentí ni una sola vez. Lo mismo ocurría con mi hijo Nicolás: llevábamos también varios meses compartiendo algo que comenzó como una tensión que ninguno de los dos quiso frenar. Ya los dos sabían del otro. No hubo escándalos, ni confrontaciones. Solo silencio cómplice y una especie de complicidad que nos unía de una forma difícil de nombrar.
Fue yo quien le conté a mi papá lo de Nicolás, una tarde mientras estábamos en su cuarto. No le sorprendió tanto como esperaba. Me escuchó en silencio, asintió levemente, y lo único que me preguntó fue si yo estaba bien. Le dije que sí. A Nicolás también le conté lo de su abuelo. Su reacción fue parecida: más curiosidad que rechazo. Vivíamos los tres con ese secreto repartido entre nosotros, invisible para el resto del mundo pero presente en cada conversación, en cada mirada de más que duraba un segundo de más.
Esa tarde de martes fui a la casa de mis padres sabiendo que mi mamá estaba de viaje. Llegué cerca de las tres, mi papá me abrió la puerta con una sonrisa tranquila, y aunque entramos a la cocina e hicimos ademán de tomar café, los dos sabíamos que no íbamos a tomarlo. Subimos al cuarto cuando todavía había luz, y la tarde entró por las persianas a medias mientras nosotros nos metíamos en la cama.
Estábamos en la posición que a él más le gustaba: yo de espaldas, acostados de lado, con su cuerpo pegado al mío por detrás. Sus manos recorrían mi cintura y mi cadera con calma. Eso era lo que más me gustaba de estar con él: la paciencia. No había prisa en ninguno de sus movimientos. Entraba despacio, se movía con ritmo, y yo me dejaba llevar sin pensar en nada más que en esa sensación concreta y presente.
Fue en ese estado, con los ojos cerrados y la respiración acompasada, cuando escuché la puerta de entrada. Reconocí enseguida los pasos en las escaleras. Los conocía de memoria: el peso específico de esa pisada, la cadencia de ese paso. Era Nicolás. Había quedado en verme ahí más tarde, pero claramente llegó antes de lo esperado. Mi papá también los escuchó y se detuvo.
—¿Qué hacemos? —susurré.
—Nada —respondió él en voz baja—. Ya sabe cómo son las cosas.
Tenía razón. La puerta del cuarto se abrió sin que nadie llamara. Nicolás nos miró un segundo, asimiló lo que veía, y en lugar de dar un paso hacia atrás cerró la puerta despacio detrás de él. Tenía veintisiete años y una expresión que mezcló la sorpresa con algo que reconocí de inmediato: curiosidad, no escándalo.
—Llegué temprano —dijo, como si eso explicara algo.
—Ya vemos —respondí, sin saber del todo cómo sostener el cuerpo en ese momento.
Mi papá no se había cubierto. Nicolás no apartó los ojos. Fue hacia el sillón que había en el rincón, se sentó con los codos en las rodillas, y dijo:
—Sigan. Quiero ver cómo lo hacen.
Mi papá tardó apenas un segundo.
—Si te quedas, te quedas quieto —le dijo—. Sin interrumpir.
—De acuerdo —respondió Nicolás.
Y así fue. Mi papá volvió a acercarse, tomó mi cadera, y retomó exactamente el ritmo donde lo habíamos dejado. Yo tardé unos segundos en relajarme. El cuerpo tarda en adaptarse a situaciones nuevas, aunque sean situaciones que en el fondo no te disgustan. Cuando lo hice, cuando solté la tensión inicial, la escena se convirtió en algo completamente diferente. Saber que Nicolás estaba mirando cada movimiento le añadía una intensidad que no había anticipado.
Desde donde estaba podía verlo. En algún momento Nicolás se bajó el cierre del pantalón sin hacer ningún espectáculo de eso: simplemente empezó a tocarse, despacio, con los ojos fijos en nosotros. Mi papá también lo notó. Apretó levemente su agarre sobre mi cintura, como diciéndome que lo había visto.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté, con una voz que no reconocí del todo como mía.
—Mucho —respondió Nicolás—. Se ve muy bien, mamá.
Mi papá empezó a moverse más rápido, con más fuerza, y yo tuve que aferrarme a las sábanas. La presión fue acumulándose hasta que llegué al orgasmo así, de lado, mirando a mi hijo tocarse mientras su abuelo me sostenía desde atrás. No fue discreto. Tampoco lo intenté.
***
Cuando me recuperé un poco, Nicolás ya no estaba en el sillón. Estaba parado al borde de la cama con la ropa a medio quitar y una erección evidente que no ocultaba. Mi papá se incorporó y lo miró.
—¿Puedo? —le preguntó Nicolás a él, no a mí.
Mi papá me miró. Yo no dije nada, pero no aparté los ojos de ninguno de los dos. Eso también era una respuesta.
—Ven —dijo mi papá—. Te enseño cómo le gusta a tu mamá.
Me acomodaron entre los dos. Mi papá le indicó la posición, dónde poner las manos, cómo sostener la cadera sin apretar demasiado. Había algo que en otra circunstancia podría haber parecido absurdo y que sin embargo resultó profundamente íntimo: verlos coordinar así, sin competencia ni tensión entre ellos. Los dos querían que yo estuviera bien, y eso se notaba en cada gesto, en cada ajuste, en la forma en que intercambiaban miradas antes de actuar.
Nicolás entró despacio, tal como le habían indicado. Cuando estuvo completo adentro los dos nos quedamos quietos un momento. Era distinto a las otras veces, quizás por la presencia del otro, quizás porque había demasiada carga emocional concentrada en ese cuarto pequeño.
—Así —dijo mi papá—. Exactamente así.
Nicolás comenzó a moverse. Mi papá se quedó al lado los primeros minutos, observando, diciéndole cuándo acelerar y cuándo frenar. En algún momento me giró la cabeza y me besó. Fue un gesto inesperado, y fue exactamente lo que necesitaba para terminar de soltarme del todo.
Después mi papá se incorporó y se puso frente a mí. Lo entendí sin que dijera nada. Lo tomé con la mano y lo acerqué. Era algo que habíamos hecho muchas veces, pero hacerlo así, con Nicolás moviéndose desde atrás, era otra cosa completamente. Me concentré en mantener el ritmo, en no perderme entre tantas sensaciones al mismo tiempo. La luz de la tarde había cambiado de tono y nadie dijo nada que no fuera necesario.
***
Fue mi papá quien lo propuso. Se acostó boca arriba en la cama y me indicó que me pusiera encima de él, de espaldas. Cuando lo hice, sentí la punta de su erección presionando exactamente donde sabía que iba a ir.
—Nicolás —llamó mi papá—, ¿alguna vez lo has hecho de esta manera?
—No —respondió Nicolás desde detrás de mí.
—Hoy sí —dijo mi papá, con una calma que me resultó extrañamente tranquilizadora.
Me prepararon entre los dos con paciencia. Mi papá fue abriendo el camino despacio mientras le explicaba a Nicolás lo que hacía, por qué y a qué ritmo. Le dijo que lo hiciera poco a poco, que no había ninguna prisa, que me guiara con la mano antes de entrar. Escuché a Nicolás acercarse, sentí su mano asentarse en mi cadera, y luego la presión gradual y firme de su entrada.
Tardó un momento. Cuando los dos estuvieron dentro al mismo tiempo, no pude moverme ni hablar durante varios segundos. Era una sensación que no había planeado, que no podría haber anticipado del todo: la presión de los dos al mismo tiempo, el calor de los dos cuerpos a cada lado, las manos de ambos sosteniéndome como si fuera algo valioso.
—¿Estás bien? —preguntó Nicolás desde atrás, con una suavidad que era muy suya.
—Sí —respondí—. No pares.
Los dos encontraron el ritmo solos, sin que nadie lo coordinara en voz alta. Yo me dejé llevar por completo. Cerré los ojos y me concentré en las sensaciones: el movimiento de uno, la respiración del otro, el calor que lo cubría todo. En algún momento perdí la noción de quién hacía qué y simplemente dejé de importarme. Ya no era una situación que analizar. Era algo que simplemente estaba pasando.
Nicolás llegó primero. Sentí su calor y escuché su respiración romperse. Mi papá llegó unos minutos después, con un último movimiento profundo que me sacudió entera. Me aferré a sus brazos y dejé que todo terminara de llegar.
Quedamos los tres quietos durante varios minutos. Nadie dijo nada. La habitación estaba en silencio y afuera pasó un coche, y alguien cerró una puerta en otro piso del edificio. La vida seguía exactamente igual que antes. Solo que nosotros ya no éramos exactamente los mismos de antes de esa tarde.
***
Nos duchamos después, uno por uno en el mismo baño pequeño. Hubo momentos de humor inevitables: el jabón que se cayó, el agua fría porque tardamos demasiado, Nicolás buscando la toalla en el lugar equivocado. Reímos. Eso también era parte de todo esto, y quizás era la parte que más me gustaba: que pudiera haber risa en medio de algo tan cargado de todo lo demás.
Cuando los tres estuvimos en la cocina, mi papá hizo café de verdad esta vez. Nicolás se apoyó en la encimera con los brazos cruzados y me miró con esa expresión que tiene desde que era chico, esa mezcla de afecto y de algo que nunca termina de ser del todo nombrable.
—¿Esto va a volver a pasar? —preguntó.
Mi papá levantó su taza sin decir nada todavía. Yo los miré a los dos, primero a uno, después al otro.
—Si ustedes quieren —dije.
Respondieron al mismo tiempo, y con la misma palabra. Esa respuesta fue más que suficiente.