La tarde que padre e hijo me compartieron
Llevaba varios meses follando con mi papá. Sé que no es algo fácil de explicar ni de entender para la mayoría de la gente, y tampoco espero que lo hagan. Lo que sí sé es que sucedió, que yo lo elegí, y que no me arrepentí ni una sola vez de sentir su verga dura metida hasta el fondo de mi coño. Lo mismo ocurría con mi hijo Nicolás: llevábamos también varios meses compartiendo algo que comenzó como una tensión que ninguno de los dos quiso frenar, y que terminó con él corriéndose dentro de mí cada semana. Ya los dos sabían del otro. No hubo escándalos, ni confrontaciones. Solo silencio cómplice y una especie de complicidad que nos unía de una forma difícil de nombrar.
Fue yo quien le conté a mi papá lo de Nicolás, una tarde mientras estábamos en su cuarto, con su semen todavía escurriéndome entre las piernas. No le sorprendió tanto como esperaba. Me escuchó en silencio, asintió levemente, y lo único que me preguntó fue si mi hijo me follaba bien. Le dije que sí, que me la metía como pocos. A Nicolás también le conté lo de su abuelo. Su reacción fue parecida: más curiosidad que rechazo, y una erección que se le marcó en el pantalón mientras me pedía detalles. Vivíamos los tres con ese secreto repartido entre nosotros, invisible para el resto del mundo pero presente en cada conversación, en cada mirada de más que duraba un segundo de más.
Esa tarde de martes fui a la casa de mis padres sabiendo que mi mamá estaba de viaje. Llegué cerca de las tres, mi papá me abrió la puerta con una sonrisa tranquila, y aunque entramos a la cocina e hicimos ademán de tomar café, los dos sabíamos que no íbamos a tomarlo. Subimos al cuarto cuando todavía había luz, y la tarde entró por las persianas a medias mientras nosotros nos metíamos en la cama, desnudos, con su mano ya buscando entre mis muslos.
Estábamos en la posición que a él más le gustaba: yo de espaldas, acostados de lado, con su cuerpo pegado al mío por detrás y su polla dura clavada entre mis nalgas antes de entrar. Sus manos recorrían mi cintura y mi cadera con calma, subían a apretarme las tetas, a pellizcarme los pezones hasta ponerlos duros. Eso era lo que más me gustaba de estar con él: la paciencia. No había prisa en ninguno de sus movimientos. Me abrió la raja del coño con dos dedos, comprobó lo mojada que estaba y soltó una risa ronca contra mi cuello.
—Ya estás chorreando, hija —me murmuró al oído.
—Métemela ya, papá —le pedí, empujando el culo contra él.
Y entró despacio, centímetro a centímetro, hasta enterrármela entera. Se movía con ritmo, sacándola casi del todo y volviendo a clavarla hasta el fondo, y yo me dejaba llevar sin pensar en nada más que en esa verga gorda abriéndome por dentro. Podía oír el ruido húmedo de mi coño cada vez que embestía, y sus huevos golpeándome suavemente entre las piernas.
Fue en ese estado, con los ojos cerrados y la respiración acompasada, cuando escuché la puerta de entrada. Reconocí enseguida los pasos en las escaleras. Los conocía de memoria: el peso específico de esa pisada, la cadencia de ese paso. Era Nicolás. Había quedado en verme ahí más tarde, pero claramente llegó antes de lo esperado. Mi papá también los escuchó y se detuvo, con la polla todavía metida hasta la raíz.
—¿Qué hacemos? —susurré.
—Nada —respondió él en voz baja, dando un empujón lento que me hizo gemir sin querer—. Ya sabe cómo son las cosas.
Tenía razón. La puerta del cuarto se abrió sin que nadie llamara. Nicolás nos miró un segundo, asimiló la escena —su madre desnuda, empalada por su abuelo, con las tetas al aire y las piernas abiertas— y en lugar de dar un paso hacia atrás cerró la puerta despacio detrás de él. Tenía veintisiete años y una expresión que mezcló la sorpresa con algo que reconocí de inmediato: curiosidad, no escándalo, y un bulto que se le empezó a marcar en los vaqueros.
—Llegué temprano —dijo, como si eso explicara algo.
—Ya vemos —respondí, con la voz cortada porque mi papá había vuelto a empujar dentro de mí.
Mi papá no se había cubierto. Nicolás no apartó los ojos de donde su verga entraba y salía de mi coño. Fue hacia el sillón que había en el rincón, se sentó con los codos en las rodillas, y dijo:
—Sigan. Quiero ver cómo te folla el abuelo, mamá.
Mi papá tardó apenas un segundo.
—Si te quedas, te quedas quieto —le dijo—. Y sacate la polla, que aquí no se disimula nada.
—De acuerdo —respondió Nicolás.
Y así fue. Mi papá volvió a acercarse, me tomó la cadera con las dos manos y retomó exactamente el ritmo donde lo habíamos dejado, un poco más fuerte ahora, haciéndome rebotar contra su pelvis. Yo tardé unos segundos en relajarme. El cuerpo tarda en adaptarse a situaciones nuevas, aunque sean situaciones que en el fondo no te disgustan. Cuando lo hice, cuando solté la tensión inicial y empecé a mover el culo contra él pidiendo más, la escena se convirtió en algo completamente diferente. Saber que Nicolás estaba mirando cada embestida, cada vez que la polla de su abuelo desaparecía dentro de mí, le añadía una intensidad que no había anticipado.
Desde donde estaba podía verlo. En algún momento Nicolás se bajó el cierre del pantalón sin hacer ningún espectáculo de eso: simplemente se sacó la verga —dura, gruesa, con la punta ya brillante de líquido preseminal— y empezó a masturbarse despacio, con los ojos fijos en el punto donde mi coño se tragaba a mi padre. Mi papá también lo notó. Apretó levemente su agarre sobre mi cintura, como diciéndome que lo había visto, y aceleró un poco para darle mejor espectáculo.
—¿Te gusta lo que ves, hijo? —le pregunté, con una voz ronca que no reconocí del todo como mía.
—Mucho —respondió Nicolás, pasándose la mano por toda la longitud de la polla—. Se ve espectacular cómo te la mete, mamá. Estás toda mojada.
—Es que tu abuelo folla como un dios —jadeé, arqueando la espalda—. Mírame bien, mi amor. Mira cómo me abre.
Mi papá empezó a moverse más rápido, con más fuerza, embistiendo tan hondo que yo tuve que aferrarme a las sábanas con los puños. Me chupaba el cuello, me mordía el hombro, me apretaba una teta con la mano libre mientras seguía clavándomela sin tregua. La presión fue acumulándose en el bajo vientre hasta que llegué al orgasmo así, de lado, mirando a mi hijo masturbarse con la polla dura mientras su abuelo me sostenía desde atrás y me llenaba el coño. Grité. No fue discreto. Tampoco lo intenté. Me corrí apretándolo por dentro, sintiendo cada contracción alrededor de su verga.
***
Cuando me recuperé un poco, Nicolás ya no estaba en el sillón. Estaba parado al borde de la cama con la ropa a medio quitar y una erección enorme apuntando hacia mí que no ocultaba. Se la agarraba por la base y la meneaba lentamente, esperando. Mi papá se salió de mi coño con un ruido húmedo, se incorporó y lo miró.
—¿Puedo? —le preguntó Nicolás a él, no a mí.
Mi papá me miró. Yo no dije nada, pero abrí más las piernas sobre la cama, mostrándole a mi hijo el coño enrojecido y goteando de su abuelo. Eso también era una respuesta.
—Ven —dijo mi papá—. Te enseño cómo le gusta a tu mamá que se la metan.
Me acomodaron entre los dos, boca arriba, con las piernas bien abiertas. Mi papá le indicó la posición, dónde poner las rodillas, cómo sostenerme los muslos separados sin apretar demasiado. Le agarró la polla a mi hijo con su propia mano y se la guio hasta la entrada del coño, restregando la punta contra mis labios mojados antes de dejarlo entrar. Había algo que en otra circunstancia podría haber parecido absurdo y que sin embargo resultó profundamente íntimo: verlos coordinar así, sin competencia ni tensión entre ellos, mi padre enseñándole a mi hijo a follar bien a la misma mujer.
—Métesela despacio la primera vez —le dijo—. Que sienta cada centímetro.
Nicolás entró despacio, tal como le habían indicado. Cuando estuvo completo adentro los dos nos quedamos quietos un momento. Era distinto a las otras veces, quizás por la presencia del otro, quizás porque había demasiada carga concentrada en ese cuarto pequeño. Su polla era más gruesa que la de mi papá y me llenaba de otra manera, tensándome por dentro.
—Ay, mi amor —gemí—. Cómo la tienes de dura.
—Así —dijo mi papá, con la mano en la espalda de su nieto—. Exactamente así. Ahora empieza a moverte, hijo, con calma, sacándola casi entera y volviendo a entrar hasta el fondo.
Nicolás comenzó a moverse. Cada embestida me arrancaba un gemido, y él se fue soltando, agarrándome las caderas con más firmeza, entrando cada vez con más ganas. Mi papá se quedó al lado los primeros minutos, observando cómo la verga de su nieto entraba y salía de mí, diciéndole cuándo acelerar y cuándo frenar. Le tocó una nalga, le apretó los huevos con suavidad para que aguantara más. En algún momento me giró la cabeza hacia él y me besó, metiéndome la lengua hasta el fondo mientras mi hijo me seguía follando. Fue un gesto inesperado, y fue exactamente lo que necesitaba para terminar de soltarme del todo y empezar a mover las caderas contra la polla de Nicolás.
Después mi papá se incorporó y se puso frente a mi cara, con su polla dura balanceándose a la altura de mis labios. Lo entendí sin que dijera nada. Abrí la boca y saqué la lengua. Lo tomé con la mano y lo acerqué, y me lo metí entero, chupándoselo con hambre. Era algo que habíamos hecho muchas veces, pero mamársela así, con Nicolás embistiéndome desde entre las piernas, era otra cosa completamente. Sentía la verga de mi padre golpeando el fondo de mi garganta mientras la de mi hijo me abría el coño con cada empujón. Me concentré en mantener el ritmo con las dos, en no perderme entre tantas sensaciones al mismo tiempo. La luz de la tarde había cambiado de tono y en el cuarto solo se oían gemidos, jadeos y el ruido húmedo de las dos vergas metiéndose en mí.
***
Fue mi papá quien lo propuso. Sacó la polla de mi boca con un hilo de saliva, se acostó boca arriba en la cama y me indicó que me pusiera encima de él, de espaldas a su cara, mirando hacia donde estaba Nicolás. Cuando lo hice, sentí la punta de su erección presionando exactamente donde sabía que iba a ir. Me la fue metiendo por el coño desde abajo, empalándome despacio hasta que quedé sentada sobre él, con su verga clavada hasta la raíz.
—Nicolás —llamó mi papá, dándome una palmada en la nalga—, ¿alguna vez le has hecho un doble a una mujer?
—No —respondió Nicolás desde delante de mí, con la polla en la mano y los ojos clavados en donde su abuelo me tenía ensartada.
—Hoy sí —dijo mi papá, con una calma que me resultó extrañamente tranquilizadora—. Le vas a meter la polla en el culo mientras yo la tengo por el coño.
Me prepararon entre los dos con paciencia. Mi papá se llevó los dedos a la boca, los ensalivó y los llevó a mi ojete, masajeándolo primero por fuera y luego metiéndome uno, después dos, abriendo el camino despacio mientras le explicaba a Nicolás lo que hacía, por qué y a qué ritmo. Le dijo que escupiera en la punta de su verga, que se la untara bien, que me guiara con la mano antes de empujar y que no me la clavara de golpe. Escuché a Nicolás acercarse, sentí su mano asentarse en mi cadera, la otra apoyando la cabeza de la polla contra mi culo, y luego la presión gradual y firme de su entrada, empujando el anillo hasta que cedió.
—Respira, mamá —me dijo con la voz temblorosa—. Ya casi está.
Tardó un momento. Fue metiéndomela de a poco, milímetro a milímetro, hasta que sus caderas quedaron pegadas a mis nalgas. Cuando los dos estuvieron dentro al mismo tiempo, no pude moverme ni hablar durante varios segundos. Era una sensación que no había planeado, que no podría haber anticipado del todo: la presión de las dos vergas al mismo tiempo, separadas apenas por una fina pared de carne, el calor de los dos cuerpos apretándome, las manos de ambos sosteniéndome como si fuera algo valioso. Me sentía llena hasta un punto que rozaba el dolor y el placer al mismo tiempo.
—¿Estás bien? —preguntó Nicolás desde atrás, con una suavidad que era muy suya, sin atreverse a moverse todavía.
—Sí —respondí, con los ojos húmedos—. No pares. Fóllenme los dos.
Los dos encontraron el ritmo solos, sin que nadie lo coordinara en voz alta: cuando uno salía, el otro entraba, alternándose para que siempre hubiera una polla llenándome. Yo me dejé llevar por completo. Cerré los ojos y me concentré en las sensaciones: la verga de mi papá abriéndome el coño desde abajo, la de mi hijo forzándome el culo desde atrás, las manos que me apretaban las tetas, la boca de Nicolás mordiéndome el cuello. En algún momento perdí la noción de quién hacía qué y simplemente dejé de importarme. Ya no era una situación que analizar. Era algo que simplemente estaba pasando, y yo quería que no terminara nunca.
Me corrí otra vez, esta vez con las dos vergas dentro, gritando sin ningún pudor, apretándolos a los dos al mismo tiempo con las contracciones. Nicolás llegó primero. Sentí su calor derramarse dentro de mi culo, su respiración romperse contra mi nuca, sus dedos clavándose en mis caderas mientras se vaciaba a chorros. Se quedó un momento así, empujando los últimos espasmos hasta el fondo. Cuando se salió, sentí la corrida escurriéndoseme por dentro de los muslos. Mi papá me tomó entonces por la cintura y empezó a embestirme desde abajo con fuerza, penetrándome el coño con embestidas cortas y rápidas hasta que llegó él también, con un último movimiento profundo que me sacudió entera y me llenó por dentro con su semen caliente. Me aferré a sus brazos y dejé que todo terminara de llegar, sintiendo cómo se derramaba en mí, oleada tras oleada.
Quedamos los tres quietos durante varios minutos, con los cuerpos pegados, la respiración lenta, la corrida de los dos escurriéndoseme por los dos agujeros. Nadie dijo nada. La habitación estaba en silencio y afuera pasó un coche, y alguien cerró una puerta en otro piso del edificio. La vida seguía exactamente igual que antes. Solo que nosotros ya no éramos exactamente los mismos de antes de esa tarde.
***
Nos duchamos después, uno por uno en el mismo baño pequeño. Hubo momentos de humor inevitables: el jabón que se cayó, el agua fría porque tardamos demasiado, Nicolás buscando la toalla en el lugar equivocado con la polla todavía a medio bajar. Reímos. Eso también era parte de todo esto, y quizás era la parte que más me gustaba: que pudiera haber risa en medio de algo tan cargado de todo lo demás.
Cuando los tres estuvimos en la cocina, mi papá hizo café de verdad esta vez. Nicolás se apoyó en la encimera con los brazos cruzados y me miró con esa expresión que tiene desde que era chico, esa mezcla de afecto y de algo que nunca termina de ser del todo nombrable.
—¿Esto va a volver a pasar? —preguntó.
Mi papá levantó su taza sin decir nada todavía. Yo los miré a los dos, primero a uno, después al otro.
—Si ustedes quieren seguir follándome juntos —dije—, yo estoy más que dispuesta.
Respondieron al mismo tiempo, y con la misma palabra. Esa respuesta fue más que suficiente.