Mi tío nos encontró así y no se fue
Llevábamos más de una hora en el sofá, con la televisión encendida como excusa y como testigo.
Estaba sentada encima de mi padre, con las rodillas apoyadas a ambos lados de sus muslos y el peso del cuerpo distribuido entre mis piernas y sus manos, que me sujetaban por la cintura sin perder el ritmo. Su polla me entraba entera cada vez que dejaba caer las caderas, un empalamiento lento y hondo que me arrancaba un jadeo cada vez que la base me golpeaba el clítoris. La pantalla emitía los gemidos de algún vídeo que había puesto él antes de que yo bajara aquella tarde. Nadie había apagado el televisor cuando nos fuimos al sofá. A estas alturas, el sonido era solo ruido de fondo, algo que ocurría en otro mundo mientras nosotros teníamos el nuestro.
—Así —le decía, inclinándome hacia adelante para buscarle la boca—. No pares. Métemela toda, papá, así, toda.
Él me sujetaba más fuerte cuando yo pedía eso. Lo sabía, y lo hacía igual. Me clavaba los pulgares en las caderas y me empujaba hacia abajo mientras subía él el culo del sofá, encontrándome a medio camino con una embestida que me hacía apretar los dientes. Tenía esa costumbre de leerme sin que yo tuviera que explicarme demasiado. Sus manos en mi cintura eran grandes, firmes, las mismas que me habían enseñado a andar en bicicleta y que ahora me guiaban de una manera completamente distinta: una me sujetaba por la nuca y la otra me bajaba a un pecho y me pellizcaba el pezón hasta ponerlo duro entre sus dedos.
—Qué apretada estás hoy —murmuró contra mi cuello, mordiéndome ahí donde sabía que me volvía loca—. Me estás chupando la polla con el coño, hija.
Yo me reí bajito, con la boca abierta contra su oreja, y le contesté con un movimiento de cadera que le arrancó a él el jadeo esta vez. Le agarré la cara con las dos manos y me la comí a besos mientras me la seguía cabalgando, sintiendo cómo cada vez que subía casi entera y volvía a bajar el coño se me estiraba alrededor de él y soltaba un chapoteo húmedo que ya llevaba media hora sonando en el comedor.
Llevábamos varios meses así. Empezó sin que ninguno de los dos pudiera señalar un momento concreto como el inicio. Fue gradual, de esa forma en que las cosas imposibles a veces suceden: primero te dices que no es lo que parece, luego que no va a pasar de nuevo, luego que ya pasó y no tiene sentido fingir que no pasó. Para cuando me di cuenta de que lo esperaba, de que contaba los días entre un fin de semana y el siguiente, el asunto ya no tenía vuelta atrás.
La primera vez que pasó algo de verdad fue en el coche, de vuelta de una boda a la que habíamos ido los dos solos. Había bebido un poco más de lo que debía. Él conducía en silencio. Yo le puse la mano en el muslo sin pensar, como hacía a veces cuando era pequeña, y él no la apartó. Cinco minutos después yo tampoco la moví. Diez minutos después le había bajado la cremallera y le estaba haciendo una paja lenta mientras él fingía concentrarse en la carretera con los nudillos blancos en el volante. Se corrió justo cuando aparcábamos, en mi mano, y yo me chupé los dedos uno a uno mientras él me miraba sin poder hablar. Ninguno de los dos dijo nada hasta que llegamos a casa.
—Cállate un poco o te escucha el vecino —murmuró mi padre, con la voz baja y rasposa.
Pero me dio una embestida larga que contradijo la advertencia por completo, tan honda que sentí la punta contra un sitio dentro de mí que no tenía nombre, y me subió una descarga hasta la garganta que salió en un gemido demasiado agudo. Me tapé la boca con la palma de la mano y me dejé ir de todas formas, cabalgándolo cada vez más rápido, sintiendo cómo me chorreaba por dentro de los muslos hasta el pantalón de su pijama. Le mordí el hombro para no gritar cuando el primer orgasmo me pilló casi por sorpresa, apretándole la polla dentro con espasmos que le hicieron gruñir.
—Joder, hija, así, apriétame así —jadeó él, agarrándome del culo con las dos manos y separándome las nalgas mientras seguía metiéndomela desde abajo.
Las luces del comedor estaban apagadas. Solo el televisor iluminaba la habitación con esos destellos azulados que cambiaban de intensidad según lo que saliera en pantalla. Nos habíamos acostumbrado a follar en la oscuridad, como si la penumbra nos diera permiso para lo que hacíamos. Lo que no puede verse del todo, cuesta más negarle existencia. En la pantalla, una tía a cuatro patas se comía dos pollas a la vez y gemía en inglés algo que sonaba a suplicar más. Yo lo había visto de reojo cuando me senté encima de mi padre y había pensado, sin decirlo, que se parecía demasiado a lo que estábamos a punto de hacer nosotros.
Mi padre apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y me miró desde abajo. Tenía los ojos entrecerrados y ese gesto suyo que yo ya conocía de memoria, cuando estaba cerca pero quería aguantar un poco más. Le pasé los dedos por el cabello canoso y él cerró los ojos del todo. Me subió una mano al cuello y apretó apenas, con esa firmeza suya que no era violencia sino recordatorio de quién marcaba el ritmo.
—Buena chica —dijo en voz baja—. Mi buena chica.
No sé por qué esa frase me ponía más que cualquier otra cosa que pudiera decirme. El coño se me contrajo entero alrededor de su polla nada más oírla, y él lo notó, porque sonrió con los ojos todavía cerrados y volvió a empujar hacia arriba con más fuerza.
***
El sonido de la llave en la cerradura llegó cuando menos lo esperaba.
Me quedé helada encima de él, con la polla clavada hasta el fondo y sin fuerzas para levantarme. Mi padre también se detuvo, la cabeza girada hacia la puerta, calculando. Yo notaba cada latido suyo dentro de mí, palpitando contra las paredes del coño, y no podía moverme ni para disimular.
La puerta se abrió.
Mi tío Gerardo apareció en el recibidor con las llaves en la mano y el abrigo puesto. Era el hermano mayor de mi padre, dos años más grande, la misma complexión ancha pero con más canas en las sienes y una manera de moverse que siempre me había parecido más lenta, más deliberada, como si calculara cada gesto antes de hacerlo. Tenía llave de nuestra casa desde la reforma de hacía tres años. No la devolvió entonces y nadie se lo pidió después. Aparecer sin avisar era algo que hacía de vez en cuando, siempre con buena intención, siempre en el momento menos oportuno.
Esta vez, en el más inoportuno de todos.
Se quedó inmóvil en el umbral.
Sus ojos recorrieron el comedor: la televisión encendida con la tía todavía siendo follada por dos en la pantalla, la ropa de los dos en el suelo, mis bragas colgando del brazo del sofá, a mí encima de su hermano sin nada encima, con las tetas al aire y los pezones duros, y a su hermano claramente dentro de mí, con la polla enterrada hasta la base entre mis nalgas. La escena tardó un segundo en completarse en su cabeza. Lo vi en la cara, ese proceso de incredulidad que no tiene atajos.
—Pero... —empezó.
La frase no llegó a ningún sitio.
Mi padre se recostó en el respaldo del sofá con una calma que me impresionó incluso a mí, sin sacármela, sin cubrirme, dejando que su hermano viera exactamente lo que estaba pasando.
—Cierra la puerta, Gerardo.
—Ernesto, ¿qué demonios es esto? —logró articular mi tío, pero su voz sonó extraña, sin la firmeza que habría necesitado para convertirse en una reprimenda de verdad. Había algo más ahí, algo que yo no habría sabido nombrar si no lo hubiera visto en sus ojos: no apartaba la mirada. Y más abajo, en el pantalón, algo empezaba a marcarse contra la tela con una claridad que él tampoco estaba disimulando.
—Lo que ves —dijo mi padre.
Yo no me moví. Ni para cubrirme ni para apartarme. No sé exactamente qué me hizo quedarme quieta en lugar de saltar del sofá. Quizás el instinto, esa parálisis que viene antes de que el cerebro procese del todo lo que está pasando. Quizás algo más calculado, algo que reconocí en mí misma sin acabar de entenderlo: el peso de la mirada de mi tío, la forma en que recorría la escena sin apartar los ojos de mis tetas y de donde su hermano me la estaba metiendo, y el hecho de que no se hubiera ido todavía.
Llevaba allí parado más tiempo del que hubiera necesitado si solo quisiera irse.
—Hola, tío —dije, y le sostuve la mirada mientras muy despacio dejaba caer las caderas un centímetro más, sintiendo cómo la polla de mi padre me llenaba del todo otra vez.
Gerardo me miró a la cara. Tragó saliva. Los ojos se le fueron sin querer al bulto de sus propios pantalones y volvieron a mí.
***
Mi padre volvió a moverse. Solo una vez, suave, como recordándome que seguía ahí, pero fue suficiente para que se me escapara un gemido corto que resonó en el comedor a oscuras. Yo respondí con un pequeño movimiento de cadera que no pude evitar, y luego con otro más largo, subiendo casi hasta la punta y volviendo a bajar del todo, sin dejar de mirar a mi tío.
—Ernesto, esto es una locura —dijo mi tío. Pero no se fue. Cerró la puerta detrás de él. Se quedó parado en el comedor con el abrigo todavía puesto, mirando cómo su hermano me follaba en el sofá.
—No tienes que quedarte si no quieres —dijo mi padre—. Nadie te obliga a nada.
Gerardo nos miró a los dos durante un momento que se hizo largo. Miró la televisión, donde seguía sonando todo aquello. Luego me miró a mí, y bajó la vista hasta el punto exacto donde la polla de su hermano entraba y salía de mi coño con un brillo húmedo que se veía incluso con la luz azul del televisor.
Me erguí despacio sobre él, lo suficiente para que la posición fuera completamente evidente, para que Gerardo viera bien cómo la tenía hasta el fondo, y me aparté el cabello de la cara. Me pasé la lengua por los labios, lentamente, y le dediqué la sonrisa que llevaba media hora guardándome para mi padre.
—Si te quedas, quédate bien —le dije—. Ven aquí, tío. Sácala.
No había planeado decir eso. Pero cuando lo dije, vi cómo algo cambiaba en la cara de mi tío. La expresión de escándalo duró un segundo más y luego se rompió, como una pared que llevaba demasiado tiempo a punto de ceder.
Se quitó el abrigo. Lo dejó caer en el suelo del recibidor sin mirar dónde caía.
***
Mi padre me recolocó despacio, sacándomela con cuidado y poniéndome de rodillas en el cojín grande con las manos apoyadas en el reposabrazos, el culo levantado y ofrecido. Volvió a metérmela por detrás de una sola embestida honda que me arrancó un grito y me tuve que morder el labio para no ser más ruidosa. Gerardo se acercó con ese paso suyo deliberado, ya sin cinturón, con los pantalones bajados hasta los muslos y la polla afuera. Se detuvo frente a mí sin terminar de decidirse, mirándome, con la punta ya brillando de líquido preseminal.
Fui yo quien acortó la distancia.
Estiré la mano y se la agarré por la base. Era diferente a la de mi padre. Más gruesa, más pesada en la mano cuando la tomé, con un glande más ancho y un tono más oscuro. Se la sacudí despacio un par de veces, mirándolo a los ojos, y vi cómo se le entreabría la boca sin conseguir decir nada. Cuando la tuve en la boca noté que mis mandíbulas tenían que abrirse más de lo que estaba acostumbrada, y eso me hizo cerrar los ojos y respirar por la nariz para acomodarla del todo. Bajé la cabeza hasta que la punta me tocó la garganta y volví a subir despacio, dejándole un rastro de saliva por toda la longitud.
—Hostia puta —susurró mi tío con la voz rota—. Sobrina, joder, así.
Los dos empezaron a moverme al mismo tiempo. Mi padre marcaba el ritmo desde atrás, profundo y lento al principio, como cuando todavía está calculando hasta dónde puede ir, agarrándome de las caderas con las dos manos y separándome las nalgas para vérmela entrar. Cada embestida me empujaba hacia adelante y me hacía tragar más polla de mi tío, y cada vez que mi padre se retiraba yo subía la cabeza y sacaba la de Gerardo hasta la punta para chupársela desde el glande y volver a bajar. Nos fuimos coordinando sin querer, los tres, en un vaivén que sonaba a piel contra piel, a chapoteo, a mi propia saliva goteándome por la barbilla y cayendo al cojín.
Gerardo se fue soltando poco a poco: los hombros bajaron, la respiración cambió de registro. Pasó de flotar sin saber dónde poner las manos a enredarme los dedos en el cabello con una presión que me dijo que ya había cruzado el punto de no retorno. Me sujetó por la nuca con las dos manos y empezó a marcarme él el ritmo en la boca, follándomela con embestidas cortas y hondas, sin dejarme ya coger aire por mí misma.
—Trágamela toda, sobrina, así, joder, cómo la chupas —jadeaba mi tío, con los ojos fijos en cómo su polla entraba y salía de mi boca.
Detrás, mi padre había cambiado a un ritmo más duro. Me daba las nalgadas justas para hacerme apretar el coño alrededor de él, y cada vez que me pegaba una palmada la piel me ardía y yo gemía con la boca llena.
—Está aprendiendo bien, ¿eh? —le dijo mi padre a su hermano, con una sonrisa en la voz que no le había oído nunca antes—. Métesela hasta el fondo. Aguanta.
El comedor ya no sonaba solo a televisión.
—Joder —dijo mi tío en algún momento, cuando le llegué a meter la nariz contra el vello del pubis y me quedé ahí unos segundos aguantando las arcadas—. Joder, joder, así.
Fue lo más articulado que estuvo en los siguientes veinte minutos.
Mi padre y él no se hablaron durante ese rato, al menos no con palabras. Había algo raro en eso, en observar cómo se coordinaban sin mirarse, cómo ajustaban el ritmo el uno al otro sin negociarlo, cómo cuando uno aceleraba el otro aflojaba para dejarme espacio, y viceversa. Dos hombres criados juntos, con los mismos ritmos aprendidos de pequeños. Sangre del mismo padre, supuse. Cuerpos que conocen el mismo compás incluso cuando no se lo proponen.
Yo estaba en el medio de los dos y notaba la diferencia entre uno y otro, su manera de moverse, su temperatura, el peso distinto de sus manos, el sabor distinto en la boca. La polla de mi tío pesaba más en la lengua, tenía un gusto más fuerte, más de hombre desconocido, y la de mi padre me llenaba por detrás con esa familiaridad que ya conocía de memoria y que ahora se sentía distinta por saber que otro par de ojos lo estaba viendo. Era una diferencia que no había anticipado y que me resultó, por razones que no sabría explicar del todo, completamente irresistible. Cada vez que Gerardo me sacaba la polla de la boca para dejarme respirar, yo la sujetaba con la mano y me la pasaba por la mejilla, por los labios, por el pecho, dejándome marcar la cara con la mezcla de su preseminal y mi saliva.
***
En algún momento Gerardo se arrodilló detrás de mí también, y mi padre pasó al frente. Los papeles cambiaron sin que nadie dijera nada, con la fluidez de algo que, absurdamente, parecía ensayado. Mi padre se sentó en el borde del sofá con la polla brillante de mí, y yo bajé la boca sobre él sin que hiciera falta pedírmelo, saboreándome a mí misma en la piel de mi padre mientras notaba a mi tío colocándose detrás.
Gerardo me separó las nalgas con las dos manos y se me quedó mirando el coño abierto un buen rato antes de moverse. Le oí soltar un jadeo grave, como quien no acaba de creerse lo que tiene delante. Luego pasó la punta por mis labios de arriba abajo, empapándose, restregándome la polla por el clítoris hasta que yo empecé a empujar hacia atrás con las caderas buscándolo, con la boca todavía llena de mi padre.
—Métemela, tío —le supliqué al soltar la polla de mi padre un segundo—. Métemela ya, por favor.
Gerardo entró en mí de una sola embestida larga que me arrancó un grito ahogado contra el muslo de mi padre. Era más gruesa que la de él, y me abrió de una manera que sentí en el estómago. Se quedó quieto un momento, respirando hondo, y luego empezó a moverse. Follaba despacio. Muy despacio, con esa clase de cadencia que obliga al cuerpo de la otra persona a prestar atención a cada detalle, sacándomela casi entera y volviendo a metérmela hasta el fondo con una lentitud premeditada.
—Qué apretada la tienes, Ernesto —murmuró mi tío detrás de mí, más para sí mismo que para nadie—. Qué maravilla de sobrina.
—Ya te lo iba a decir —contestó mi padre por lo bajo, mientras me sujetaba la cabeza y me guiaba otra vez sobre su polla—. Chúpasela bien, hija, mírame.
Yo me aferré a los muslos de mi padre mientras me la comía entera, y él me miraba a la cara con esa expresión suya que no era exactamente ternura pero tampoco era otra cosa, viendo cómo su hermano me follaba por detrás y yo se la mamaba a él por delante al mismo tiempo.
—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.
—Sí —le dije con la voz rasposa, sacándomela un momento para respirar—. Estoy muy bien, papá. Estoy muy bien.
Cuando Gerardo lo intentó de verdad, lo hizo con cuidado. Sacó la polla de mi coño chorreando y la restregó más arriba, contra el otro agujero, con paciencia. Una presión primero, con la punta empapada de mí, una pausa, esperando mi respuesta. Yo me relajé y empujé un poco hacia atrás, dándole permiso. Mi padre quedó quieto, con su polla en mi boca, y los dos hombres se comunicaron de esa manera extraña e implícita que habían ido desarrollando a lo largo de esa hora. El glande de Gerardo forzó despacio el anillo y entró, y yo solté a mi padre un momento para dejar escapar un gemido largo y grave que no había podido contener.
—Ay, joder —jadeé—. Ay, así, tío, así, despacio.
Gerardo se fue metiendo centímetro a centímetro, sujetándome de las caderas con las dos manos y dejándome el tiempo justo para acomodarme entre embestida y embestida. Cuando llegó hasta el fondo, se quedó ahí un momento, respirando contra mi espalda.
El momento de adaptación duró lo que tardé en exhalar el aire que tenía retenido, y después del primer dolor quedó solo la sensación de una plenitud que no había anticipado. Mi padre entendió sin que le dijera nada y volvió a metérmela por delante en el coño, más lento, ajustándose al ritmo de su hermano. La de sentir a los dos al mismo tiempo, sus movimientos encontrándose dentro de mí, separados apenas por un centímetro de mí misma, era algo que no tenía palabras. Me sentía tan llena que apenas podía respirar.
—Dios mío —dije, más para mí que para ninguno de ellos dos—. Dios mío, no puedo, es demasiado.
—Sssh —murmuró mi padre, con media sonrisa, apartándome el pelo de la cara con una ternura absurda dadas las circunstancias—. Sí que puedes. Mírate. Aguanta un poco más para nosotros.
Los dos empezaron a moverse juntos con cuidado, tanteando, buscando el compás. Cuando lo encontraron, algo en mí cedió por completo, como la tensión de una cuerda que lleva demasiado tiempo templada. Se empezaron a coordinar, uno entrando cuando el otro salía, sacándome pequeños gritos con cada embestida doble, hasta que encontraron un ritmo que era más suyo que mío. Ya no pensé en nada más. Solo estaba ahí, entre los dos, recibiendo todo lo que me daban, con el clítoris ardiendo contra el cojín y todo el cuerpo empezando a temblar de una manera que reconocía como el preludio de algo que iba a partirme en dos.
—Se va a correr —dijo mi padre, con la voz oscura—. Mírale la cara. Se va a correr con los dos dentro.
—Sí, sí, sí —empecé a repetir, sin control ya sobre lo que decía—. Corredme, corredme dentro los dos, por favor, corredme.
***
Lo que pasó después es difícil de ordenar porque el cuerpo, en esos momentos, no archiva las cosas en secuencia. Lo que recuerdo es el sonido de los tres respirando en el comedor a oscuras, las manos de Gerardo en mis caderas dejándome moretones que me iba a encontrar al día siguiente y las de mi padre en mi cara, sujetándomela, obligándome a mirarlo. El calor de los dos al mismo tiempo, la piel sudada contra mi espalda, los muslos de mi padre bajo mis codos. La sensación de no saber dónde empezaba uno y terminaba el otro, como si los tres nos hubiéramos convertido en una sola cosa momentáneamente.
Me corrí primero, con el cuerpo temblando entre los dos, los agujeros contrayéndose a la vez alrededor de sus pollas con unos espasmos que me arrancaron un grito largo que no pude ahogar y que seguramente se oyó desde la calle. Se me nubló la vista un segundo entero, y les oí gemir a los dos casi a la vez cuando notaron cómo me apretaba. Después mi padre, con ese sonido suyo que yo ya conocía de memoria, un gruñido bajo que empezó en el pecho y le salió por la garganta cuando se descargó dentro del coño en tres, cuatro chorros que sentí calientes contra las paredes. Se quedó quieto un momento, jadeando, y despacio me la sacó, dejando que el semen le goteara a él por los muslos y a mí por dentro. Gerardo fue el último, con un gruñido grave y contenido que llevaba dentro de él desde mucho antes de que hubiera cruzado esa puerta. Me sujetó del pelo con una mano, me hundió la polla hasta el fondo con una embestida final que me hizo doblarme, y notarle vaciarse dentro fue una cosa que me recorrió entera, cálida y hondísima, sacándome el último temblor del orgasmo cuando ya creía que había pasado.
Se quedó dentro de mí un rato, con la polla latiendo, la frente apoyada en mi espalda, respirándome contra la piel. Cuando por fin salió, lo hizo despacio, y sentí cómo me chorreaba por los muslos hasta la alfombra.
Nos quedamos los tres en la alfombra del comedor porque en algún momento habíamos resbalado del sofá sin darnos cuenta. La televisión seguía encendida. La luz azulada nos cubría a los tres por igual, sin distinción, y me iluminaba las tetas y el vientre manchados, y las dos pollas todavía brillantes de mí sobre los muslos de los dos hombres.
Mi tío Gerardo se puso boca arriba y miró el techo durante un rato. Respiraba despacio, con los ojos abiertos, como alguien que está haciendo el inventario de lo que acaba de ocurrirle.
—Nunca te devolví el mando de la tele —le dijo a su hermano, sin ninguna razón aparente.
Mi padre tardó un momento en contestar.
—No. Nunca me lo devolviste.
Yo apoyé la cabeza en el pecho de mi tío y cerré los ojos, sintiendo cómo el semen de los dos me seguía bajando lentamente por los muslos. Su mano bajó sola hasta mi cabello y se quedó ahí, quieta. La otra la subió a un pecho mío casi con curiosidad, y ahí también se quedó. Afuera empezaba a oscurecer. En la televisión, alguien gemía en un idioma que ninguno de los tres entendía. Nadie tenía prisa por ir a ningún sitio.