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Relatos Ardientes

Mi tío nos encontró así y no se fue

Llevábamos más de una hora en el sofá, con la televisión encendida como excusa y como testigo.

Estaba sentada encima de mi padre, con las rodillas apoyadas a ambos lados de sus muslos y el peso del cuerpo distribuido entre mis piernas y sus manos, que me sujetaban por la cintura sin perder el ritmo. La pantalla emitía los gemidos de algún vídeo que había puesto él antes de que yo bajara aquella tarde. Nadie había apagado el televisor cuando nos fuimos al sofá. A estas alturas, el sonido era solo ruido de fondo, algo que ocurría en otro mundo mientras nosotros teníamos el nuestro.

—Así —le decía, inclinándome hacia adelante para buscarle la boca—. No pares.

Él me sujetaba más fuerte cuando yo pedía eso. Lo sabía, y lo hacía igual. Tenía esa costumbre de leerme sin que yo tuviera que explicarme demasiado. Sus manos en mi cintura eran grandes, firmes, las mismas que me habían enseñado a andar en bicicleta y que ahora me guiaban de una manera completamente distinta.

Llevábamos varios meses así. Empezó sin que ninguno de los dos pudiera señalar un momento concreto como el inicio. Fue gradual, de esa forma en que las cosas imposibles a veces suceden: primero te dices que no es lo que parece, luego que no va a pasar de nuevo, luego que ya pasó y no tiene sentido fingir que no pasó. Para cuando me di cuenta de que lo esperaba, de que contaba los días entre un fin de semana y el siguiente, el asunto ya no tenía vuelta atrás.

La primera vez que pasó algo de verdad fue en el coche, de vuelta de una boda a la que habíamos ido los dos solos. Había bebido un poco más de lo que debía. Él conducía en silencio. Yo le puse la mano en el muslo sin pensar, como hacía a veces cuando era pequeña, y él no la apartó. Cinco minutos después yo tampoco la moví. Ninguno de los dos dijo nada hasta que llegamos a casa.

—Cállate un poco o te escucha el vecino —murmuró mi padre, con la voz baja y rasposa.

Pero me dio una embestida larga que contradijo la advertencia por completo, así que amortiguaba los sonidos con la palma de la mano y me dejé ir de todas formas.

Las luces del comedor estaban apagadas. Solo el televisor iluminaba la habitación con esos destellos azulados que cambiaban de intensidad según lo que saliera en pantalla. Nos habíamos acostumbrado a follar en la oscuridad, como si la penumbra nos diera permiso para lo que hacíamos. Lo que no puede verse del todo, cuesta más negarle existencia.

Mi padre apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y me miró desde abajo. Tenía los ojos entrecerrados y ese gesto suyo que yo ya conocía de memoria, cuando estaba cerca pero quería aguantar un poco más. Le pasé los dedos por el cabello canoso y él cerró los ojos del todo.

—Buena chica —dijo en voz baja.

No sé por qué esa frase me ponía más que cualquier otra cosa que pudiera decirme.

***

El sonido de la llave en la cerradura llegó cuando menos lo esperaba.

Me quedé helada encima de él. Mi padre también se detuvo, la cabeza girada hacia la puerta, calculando.

La puerta se abrió.

Mi tío Gerardo apareció en el recibidor con las llaves en la mano y el abrigo puesto. Era el hermano mayor de mi padre, dos años más grande, la misma complexión ancha pero con más canas en las sienes y una manera de moverse que siempre me había parecido más lenta, más deliberada, como si calculara cada gesto antes de hacerlo. Tenía llave de nuestra casa desde la reforma de hacía tres años. No la devolvió entonces y nadie se lo pidió después. Aparecer sin avisar era algo que hacía de vez en cuando, siempre con buena intención, siempre en el momento menos oportuno.

Esta vez, en el más inoportuno de todos.

Se quedó inmóvil en el umbral.

Sus ojos recorrieron el comedor: la televisión encendida, la ropa de los dos en el suelo, a mí encima de su hermano sin nada encima, y a su hermano claramente dentro de mí. La escena tardó un segundo en completarse en su cabeza. Lo vi en la cara, ese proceso de incredulidad que no tiene atajos.

—Pero... —empezó.

La frase no llegó a ningún sitio.

Mi padre se recostó en el respaldo del sofá con una calma que me impresionó incluso a mí.

—Cierra la puerta, Gerardo.

—Ernesto, ¿qué demonios es esto? —logró articular mi tío, pero su voz sonó extraña, sin la firmeza que habría necesitado para convertirse en una reprimenda de verdad. Había algo más ahí, algo que yo no habría sabido nombrar si no lo hubiera visto en sus ojos: no apartaba la mirada.

—Lo que ves —dijo mi padre.

Yo no me moví. Ni para cubrirme ni para apartarme. No sé exactamente qué me hizo quedarme quieta en lugar de saltar del sofá. Quizás el instinto, esa parálisis que viene antes de que el cerebro procese del todo lo que está pasando. Quizás algo más calculado, algo que reconocí en mí misma sin acabar de entenderlo: el peso de la mirada de mi tío, la forma en que recorría la escena sin apartar los ojos, y el hecho de que no se hubiera ido todavía.

Llevaba allí parado más tiempo del que hubiera necesitado si solo quisiera irse.

—Hola, tío —dije.

Gerardo me miró a la cara. Tragó saliva.

***

Mi padre volvió a moverse. Solo una vez, suave, como recordándome que seguía ahí. Yo respondí con un pequeño movimiento de cadera que no pude evitar.

—Ernesto, esto es una locura —dijo mi tío. Pero no se fue. Cerró la puerta detrás de él. Se quedó parado en el comedor con el abrigo todavía puesto, mirando.

—No tienes que quedarte si no quieres —dijo mi padre—. Nadie te obliga a nada.

Gerardo nos miró a los dos durante un momento que se hizo largo. Miró la televisión, donde seguía sonando todo aquello. Luego me miró a mí.

Me erguí despacio, lo suficiente para que la posición fuera completamente evidente, y me aparté el cabello de la cara.

—Si te quedas, quédate bien —le dije.

No había planeado decir eso. Pero cuando lo dije, vi cómo algo cambiaba en la cara de mi tío. La expresión de escándalo duró un segundo más y luego se rompió, como una pared que llevaba demasiado tiempo a punto de ceder.

Se quitó el abrigo.

***

Mi padre me recolocó despacio, poniéndome de rodillas en el cojín grande con las manos apoyadas en el reposabrazos. Él quedó detrás de mí. Gerardo se acercó con ese paso suyo deliberado, ya sin cinturón, y se detuvo frente a mí sin terminar de decidirse.

Fui yo quien acortó la distancia.

Era diferente al de mi padre. Más grueso, más pesado en la mano cuando lo tomé. Cuando lo tuve en la boca noté que mis mandíbulas tenían que abrirse más de lo que estaba acostumbrada, y eso me hizo cerrar los ojos.

Los dos empezaron a moverme al mismo tiempo. Mi padre marcaba el ritmo desde atrás, profundo y lento al principio, como cuando todavía está calculando hasta dónde puede ir. Gerardo se fue soltando poco a poco: los hombros bajaron, la respiración cambió de registro. Pasó de flotar sin saber dónde poner las manos a enredarme los dedos en el cabello con una presión que me dijo que ya había cruzado el punto de no retorno.

El comedor ya no sonaba solo a televisión.

—Joder —dijo mi tío en algún momento. Fue lo más articulado que estuvo en los siguientes veinte minutos.

Mi padre y él no se hablaron durante ese rato, al menos no con palabras. Había algo raro en eso, en observar cómo se coordinaban sin mirarse, cómo ajustaban el ritmo el uno al otro sin negociarlo. Dos hombres criados juntos, con los mismos ritmos aprendidos de pequeños. Sangre del mismo padre, supuse. Cuerpos que conocen el mismo compás incluso cuando no se lo proponen.

Yo estaba en el medio de los dos y notaba la diferencia entre uno y otro, su manera de moverse, su temperatura, el peso distinto de sus manos. Era una diferencia que no había anticipado y que me resultó, por razones que no sabría explicar del todo, completamente irresistible.

***

En algún momento Gerardo se arrodilló detrás de mí también, y mi padre pasó al frente. Los papeles cambiaron sin que nadie dijera nada, con la fluidez de algo que, absurdamente, parecía ensayado.

Gerardo follaba despacio. Muy despacio, con esa clase de cadencia que obliga al cuerpo de la otra persona a prestar atención a cada detalle. Yo me aferré a los hombros de mi padre mientras él me miraba a la cara con esa expresión suya que no era exactamente ternura pero tampoco era otra cosa.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.

—Sí —le dije. Era verdad.

Cuando Gerardo lo intentó de verdad, lo hizo con cuidado. Una presión primero, una pausa, esperando mi respuesta. Mi padre quedó quieto, y los dos hombres se comunicaron de esa manera extraña e implícita que habían ido desarrollando a lo largo de esa hora. El momento de adaptación duró lo que tardé en exhalar el aire que tenía retenido, y después del primer dolor quedó solo la sensación de una plenitud que no había anticipado: la de sentir a los dos al mismo tiempo, sus movimientos encontrándose dentro de mí.

—Dios mío —dije, más para mí que para ninguno de ellos dos.

—Sssh —murmuró mi padre, con media sonrisa.

Los dos empezaron a moverse juntos con cuidado, tanteando, buscando el compás. Cuando lo encontraron, algo en mí cedió por completo, como la tensión de una cuerda que lleva demasiado tiempo templada. Ya no pensé en nada más. Solo estaba ahí, entre los dos, recibiendo todo lo que me daban.

***

Lo que pasó después es difícil de ordenar porque el cuerpo, en esos momentos, no archiva las cosas en secuencia. Lo que recuerdo es el sonido de los tres respirando en el comedor a oscuras, las manos de Gerardo en mis caderas y las de mi padre en mi cara. El calor de los dos al mismo tiempo. La sensación de no saber dónde empezaba uno y terminaba el otro, como si los tres nos hubiéramos convertido en una sola cosa momentáneamente.

Me corrí primero, con el cuerpo temblando entre los dos. Después mi padre, con ese sonido suyo que yo ya conocía de memoria. Gerardo fue el último, con un gruñido grave y contenido que llevaba dentro de él desde mucho antes de que hubiera cruzado esa puerta.

Nos quedamos los tres en la alfombra del comedor porque en algún momento habíamos resbalado del sofá sin darnos cuenta. La televisión seguía encendida. La luz azulada nos cubría a los tres por igual, sin distinción.

Mi tío Gerardo se puso boca arriba y miró el techo durante un rato. Respiraba despacio, con los ojos abiertos, como alguien que está haciendo el inventario de lo que acaba de ocurrirle.

—Nunca te devolví el mando de la tele —le dijo a su hermano, sin ninguna razón aparente.

Mi padre tardó un momento en contestar.

—No. Nunca me lo devolviste.

Yo apoyé la cabeza en el pecho de mi tío y cerré los ojos. Su mano bajó sola hasta mi cabello y se quedó ahí, quieta. Afuera empezaba a oscurecer. En la televisión, alguien gemía en un idioma que ninguno de los tres entendía. Nadie tenía prisa por ir a ningún sitio.

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Comentarios (4)

Claudio_Pampa

Tremendo!! me enganché desde la primera oración, muy bueno

Estefania_M

Que situación tan inesperada jajaja, muy bien escrito. Espero que haya segunda parte porque así no puede quedar!!

PepeNocturno

Me gustó mucho la tensión del comienzo, eso de la llave girando en el peor momento... muy bueno el detalle

SantiagoK

excelente, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

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