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Relatos Ardientes

El secreto de familia que nadie me contó

Me llamo Rodrigo y tengo veintisiete años. Hasta hace dos meses, mi vida era perfectamente ordinaria: trabajo estable, piso compartido con un amigo de la infancia y dos compañeros más, y los fines de semana visitaba a mis padres de vez en cuando. Nada extraordinario. Nada que no pudiera describirse en dos oraciones.

Luego toqué la lotería.

No el segundo premio ni el tercero. El gordo. Dos millones de euros que cayeron un martes por la tarde mientras yo calentaba una lata de lentejas y escuchaba el sorteo por costumbre, sin ninguna expectativa real. Tardé cuatro días en creerlo del todo.

***

Mi familia siempre ha sido el centro de todo para mí. Carlos, mi padre, cumplía cincuenta años en tres semanas, y yo llevaba meses planificando una sorpresa que ahora, con el dinero en la cuenta, podía materializar sin restricciones. Elena, mi madre, era de esas mujeres que a los cuarenta y seis años seguían parando el tráfico: morena, con la cintura todavía firme, unas tetas grandes y pesadas que rebotaban cuando se reía, y un modo de moverse por la cocina que más de una vez me había provocado empalmes vergonzosos que tenía que disimular contra el borde de la mesa.

Mi hermana Sara era una versión más joven y más atrevida de ella. Dieciocho años, recién entrada en la universidad, con un culo redondo y firme que le llenaba los vaqueros y una sonrisa que sabía exactamente el efecto que causaba en cualquier hombre que se cruzara con ella.

Reconozco que había tenido fantasías sobre las dos desde siempre. Me había hecho pajas pensando en el coño de mi madre, en las tetas de mi hermana, en las dos a la vez. Las enterraba después, como correspondía. Pero volvían.

***

Empecé a pasar más tiempo en casa de mis padres con la excusa de coordinar los preparativos del cumpleaños. Carlos jugaba al pádel los sábados por la tarde y regresaba pasadas las siete, así que tenía margen para hablar con mi madre sin que él escuchara. El problema era que Elena lo notaba. Me conocía demasiado bien.

—Rodrigo —me dijo una tarde mientras pelaba patatas—, llevas semanas con la cara de quien sabe algo que los demás no saben. Cuéntame.

—No hay nada que contar, mamá.

—Mentirosa no soy yo.

Sonreí y fui a buscar agua al frigorífico. Cuando me giré, ella ya estaba bloqueándome el paso con los brazos cruzados. Llevaba un vestido de algodón ligero, sin sujetador debajo —se le marcaban los pezones duros contra la tela—, y el pelo recogido de cualquier manera. No hacía falta más para que se me empezara a hinchar la polla dentro del pantalón.

—Si me lo cuentas —dijo—, te prometo que no se lo digo a nadie.

—Que no, mamá.

Fue entonces cuando llegó Sara desde el pasillo, todavía con el pelo mojado de la ducha y una camiseta corta que no llegaba a la cintura de los pantalones. Se le veía el ombligo, la línea del vientre, y por debajo un short minúsculo que se le metía entre las nalgas.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Tu hermano tiene un secreto y no nos lo quiere contar.

Sara sonrió de esa manera suya, calculada y divertida a la vez.

—Eso tiene solución fácil.

Lo que vino después empezó como siempre había empezado desde que éramos pequeños: el forcejeo, las cosquillas, las risas volcadas sobre el sofá. Yo resistía, ellas atacaban, y nadie ganaba realmente porque nadie quería que terminara. Mi madre me sujetaba los brazos mientras Sara buscaba los puntos sensibles en mis costillas. El juego de siempre.

Pero en algún momento algo cambió.

No sé decir exactamente cuándo. Mi madre se me sentó a horcajadas sobre las piernas para inmovilizarme, y sentí el calor de su coño a través del vestido apretado contra mi muslo. Acercó la cara a la mía con esa sonrisa de gatita que tenía cuando quería salirse con la suya, y yo dejé de pensar con claridad. La polla se me puso como una piedra debajo del pantalón, y Sara lo notó antes que nadie.

—Anda —dijo bajito—, mirad esto.

Sentí la mano de mi hermana sobre mi muslo, moviéndose despacio hacia arriba, sin vacilación. Me quedé inmóvil. Sara no se detuvo. Pasó la mano por encima de la tela y me agarró el bulto entero, apretándomelo con suavidad, midiéndomelo con los dedos, como si hubiera hecho esto antes, como si supiera exactamente lo que hacía.

—La tiene durísima —le dijo a mi madre, sin ninguna vergüenza—. Toca.

Mi madre bajó la mano y me la puso encima de la de Sara. Las dos apretaron a la vez. Se me escapó un jadeo por la nariz.

—Sara —dijo Elena en voz baja. No era una advertencia. Era casi una pregunta.

—Él quiere —respondió mi hermana, sin apartar los ojos de los míos—. Mira cómo está. Mira cómo respira.

Tenía razón.

No dije nada. Levanté una mano y la puse en la nuca de mi madre, atrayéndola hacia mí. Sus labios rozaron los míos con una suavidad que no esperaba, y luego el beso se abrió y dejó de ser suave: me metió la lengua entera en la boca, buscándome la mía, chupándomela con hambre. Sabía a café y a algo más oscuro, más prohibido. Le agarré una teta por encima del vestido y se la apreté fuerte. Ella gimió dentro de mi boca.

Sara ya me estaba desabrochando el pantalón. Me lo bajó junto con los calzoncillos hasta las rodillas y mi polla saltó hacia arriba, dura, hinchada, con la punta brillándome de líquido. Sara la miró un segundo entero, como evaluándola, y sonrió.

—Joder, hermanito. Sí que tenías ganas.

La agarró por la base, me la apretó con la mano cerrada, y me pasó la lengua entera desde los huevos hasta el glande. Me arqueé de golpe. Mi madre se separó de mi boca para mirar, y lo que vio la puso peor: se subió el vestido hasta la cintura —no llevaba bragas— y me montó el coño empapado encima del muslo, frotándose despacio mientras Sara me la chupaba.

Mi hermana se la metió entera en la boca. Hasta el fondo. Sentí la garganta cerrándose alrededor de la punta y casi me corro en ese instante. La sacó con un ruido húmedo y me miró con los ojos vidriosos.

—Mamá, pruébala. Está buenísima.

Elena bajó la cabeza y me lamió el glande mientras Sara me la seguía sujetando por la base. Verlas a las dos, madre e hija, chupándome la polla por turnos en el sofá donde había crecido, fue algo que se me quedó grabado. Sara le pasaba mi polla a mi madre, mi madre me la mamaba entera, hondo, con la boca abierta y las tetas colgándole por el escote, y luego se la devolvía a mi hermana que me la lamía de arriba abajo como un caramelo. Yo no aguantaba mucho más.

—Voy a correrme —les avisé.

—Aquí no —dijo mi madre, incorporándose de golpe—. Arriba. A la cama.

Cuando ella se puso de pie, me miró con los ojos entornados.

—Llevamos tiempo hablando de esto —admitió—. Tu hermana y yo.

—¿Cuánto tiempo?

—Mucho.

Lo que me reveló mientras subíamos las escaleras lo fui entendiendo poco a poco: que llevaban más de un año lamiéndose entre ellas, que empezó por casualidad y siguió por elección, que se comían el coño casi todas las tardes cuando mi padre no estaba, que lo habían guardado como se guardan las cosas que no tienen un nombre fácil. Yo era el último eslabón.

***

Pasamos esa tarde en la cama de matrimonio, los tres, con la luz de las cinco entrando por las persianas entornadas. Elena se me tumbó encima primero, con esa lentitud que le gustaba, sin prisas. Se sentó a horcajadas sobre mí, se agarró mi polla con la mano y se la fue metiendo en el coño despacio, centímetro a centímetro, con la boca abierta y los ojos cerrados.

—Dios —gimió cuando la tuvo entera dentro—. Hijo mío. Qué polla tienes.

Empezó a moverse encima, subiendo y bajando, con las tetas rebotándole delante de mi cara. Se las agarré, se las apreté, se las chupé de una en una mientras ella se me follaba lento. Sara estaba tumbada al lado, desnuda también, con dos dedos metidos en el coño mirándonos.

—Más rápido, mamá —le decía—. Fóllatelo más rápido.

Elena obedeció. Empezó a cabalgarme como una loca, con las manos apoyadas en mi pecho, el pelo revuelto y los gemidos saliendo de la garganta a cada embestida. Sentí el coño apretándome, contrayéndose alrededor de la polla, y supe que estaba a punto.

—Me corro, Rodrigo, me corro en tu polla, cariño, me corro —jadeó, y explotó encima de mí con las piernas enredadas en las mías y el nombre de su propio hijo repetido en la boca.

Cayó desplomada sobre mi pecho, temblando. Sara aprovechó para apartarla con suavidad.

—Ahora yo.

Sara era todo lo contrario que mi madre: urgente, exigente, con las palabras más crudas en la boca. Me obligó a ponerme de rodillas detrás de ella, se puso a cuatro patas y me enseñó el coño rosado y empapado entre las nalgas.

—Métemela hasta el fondo —me ordenó—. Fuerte. No seas suave conmigo. Rómpeme.

La agarré por las caderas y le clavé la polla de un solo golpe. Sara pegó un grito y se rió al mismo tiempo.

—¡Así, joder! ¡Así te quería, hermano!

Le empecé a dar duro, sin frenar, cada embestida chocaba contra su culo y hacía un ruido seco. Mi hermana metía la cara en la almohada, la levantaba, gemía obscenidades, me mandaba callarla a follazos. Mi madre, que se estaba recuperando, se le puso delante y le acercó el coño abierto a la boca. Sara empezó a comerle el coño a mi madre mientras yo se la metía por detrás, y verlas así, viendo a mi hermana chuparle a mi madre lo que yo acababa de dejar dentro, me llevó al límite.

—Córrete dentro —me dijo Sara levantando la cara un momento—. Tomo la píldora. Córrete dentro, hermanito.

Me corrí a chorros. Descargué todo lo que tenía dentro de su coño, con las manos clavadas en sus caderas y la mandíbula apretada, gimiendo como un animal. Cuando saqué la polla, un hilo blanco cayó entre sus muslos y mi madre lo lamió con dos dedos.

Nos derrumbamos los tres en diagonal sobre las sábanas deshechas y yo miraba el techo sin decir nada.

—¿Estás bien? —preguntó mi madre.

—Estoy muy bien.

—¿Y el secreto? —preguntó Sara.

—El secreto sigue siendo mío hasta el día de la fiesta.

***

Las tres semanas siguientes estuve instalado en mi antiguo cuarto. Era como volver atrás en el tiempo, pero con todo lo esencial cambiado. Por las mañanas desayunaba con mi padre, que seguía siendo el mismo hombre bueno y desconcertantemente tranquilo de siempre. Por las tardes, cuando él no estaba, el piso se convertía en otro lugar.

Mi madre me la chupaba de rodillas en la cocina mientras fingía que ponía la lavadora, tragándose la leche y limpiándose la comisura con el dorso de la mano. Sara aparecía por el pasillo con una toalla mal puesta, me arrastraba al baño y me montaba encima del lavabo, con las piernas alrededor de mi cintura y los dientes clavados en mi cuello. Era un juego continuo que ninguno de los tres nombraba en voz alta cuando mi padre estaba cerca.

Un mediodía, Sara se sentó frente a mí en la mesa del comedor y me dijo, con toda la naturalidad del mundo:

—Creo que papá me desea.

Dejé el tenedor.

—¿Qué?

—Lo he notado. Le he dado motivos para que lo note. —Sonrió—. Los hombres sois muy predecibles. Ayer se me quedó mirando las tetas cuando salí en camiseta a desayunar. Se le puso dura, mamá. Se le notaba en el pantalón.

Miré a mi madre, que estaba de espaldas en la encimera. No dijo nada durante unos segundos.

—Sara —dijo por fin, sin girarse—, eso es diferente.

—¿Por qué? —preguntó mi hermana.

Nadie respondió esa pregunta ese día.

***

El día del cumpleaños llegó con un cielo despejado y demasiado calor para mayo. Había reservado el salón privado del restaurante donde mis padres habían celebrado su boda veinticinco años atrás. Vinieron los abuelos, dos tíos con sus familias, el hermano mayor de mi padre, su mejor amigo desde la universidad y Federico, su jefe, que era más un amigo que cualquier otra cosa.

El vídeo tardó veinte minutos. Fotos de cuando mi padre tenía veinte años, de la boda, de los primeros veranos con Sara y conmigo de pequeños. Al final, la cámara mostraba un coche recorriendo muy despacio una urbanización junto al mar. Era la urbanización donde todo el mundo quería vivir y ninguno podía permitirse.

Luego el coche se detenía frente a un chalet con piscina, y yo salía y abría la puerta y miraba a cámara.

—Papá, mamá: este es mi regalo. Tuve un golpe de suerte y quiero que viváis muy felices en esta casa, que está a vuestro nombre, hasta los últimos días de vuestras vidas.

El silencio duró tres segundos. Luego mi padre se puso en pie y yo no pude ver bien su cara porque él ya me estaba abrazando y llorando, y yo también, y mi madre, que lo sabía desde una hora antes, lloraba por tercera vez esa tarde. Mis tíos aplaudieron con la misma cara tensa de siempre. Eso también era parte del plan.

***

Nos despedimos de los últimos invitados pasada la medianoche. Quedamos los cuatro solos: mis padres, Sara y yo. Mi padre tenía esa vaguedad amable de quien ha bebido lo justo para estar contento sin perder el hilo.

Cogí el coche nuevo y los llevé a la casa. Tenía todo preparado: las maletas con ropa para dos días, los bañadores, incluso las cremas de mi madre que había cogido del baño días antes sin decirle nada.

En el garaje, bajo una lona, había otro coche. Pequeño, descapotable, de un azul brillante.

—Ese es tuyo —le dije a Sara.

Tardó diez segundos en reaccionar. Luego el grito se oyó en toda la urbanización.

***

Era pasada la una cuando mi padre dijo que estaba mareado y que iba a darse una ducha fría.

Sara lo miró.

—Yo te acompaño —dijo con esa calma que usaba cuando tenía algo decidido de antemano.

Mi madre y yo nos quedamos en la terraza. Desde allí se veía el jardín, la piscina iluminada desde abajo, y la ventana del cuarto de invitados donde había subido mi padre. A los pocos minutos empezamos a oír algo: gemidos ahogados, un golpe seco contra la pared, la voz de mi hermana diciendo "así, papá, así, dámela toda". Elena y yo nos miramos.

—¿Vas a dejarla? —pregunté.

Mi madre tardó en contestar. Se levantó el vestido y se sentó a horcajadas sobre mí en la silla de la terraza, con el coño desnudo apoyado directamente encima del bulto de mi pantalón.

—Tu padre lleva meses diferente —dijo, moviéndose despacio encima de mí—. Más presente, más vivo. No sé si es la edad o qué. Pero sí. Voy a dejarla. Que se la folle. Que se la folle bien.

Me sacó la polla por la bragueta y se la metió allí mismo, en la silla, con la vista puesta en la ventana iluminada del piso de arriba. Empezó a montarme despacio, mordiéndose el labio, escuchando los gemidos cada vez más fuertes de su hija arriba y de su marido follándosela.

—Escúchalos —jadeó—. Escucha cómo se la folla tu padre. Cómo grita tu hermana. Igual que yo cuando me la mete a mí. —Se agarró a mi cuello y aceleró—. Fóllame, hijo. Fóllame mientras tu padre se folla a tu hermana. Fóllame más fuerte.

La agarré por el culo con las dos manos y empecé a embestirla desde abajo, subiéndola y bajándola sobre mi polla, con el ruido de nuestras carnes chocando mezclándose con los gemidos de arriba. Mi madre se corrió con la boca abierta contra mi hombro, mordiéndome para no gritar, y yo me corrí dentro de ella un minuto después, vaciándome por segunda vez ese día en el coño que me había traído al mundo.

Bajamos desnudos a la piscina veinte minutos después, con el semen todavía escurriéndole por el muslo. El agua estaba templada. Mi padre y Sara aparecieron poco después desde el jardín, tomados de la mano, también desnudos, con la expresión de quien acaba de cruzar una puerta que no sabía que existía. Sara tenía marcas de dedos en las caderas y un hilo blanco entre los muslos.

Mi padre me miró. Luego miró a mi madre.

—Elena —dijo.

—Lo sé —respondió ella—. Está bien.

No dijo nada más. Se metió al agua y nadó hacia él. Los vi besarse en el borde de la piscina, y luego a mi padre agarrarla por la nuca y meterle la lengua hasta el fondo, con la misma polla dura otra vez saliéndole del agua. Sara se metió conmigo, se me sentó en el regazo dentro del agua, y me susurró al oído todo lo que mi padre le había hecho en la ducha con detalle, mientras se frotaba mi polla dura contra el coño.

Esa noche la pasamos los cuatro en la cama grande de la casa nueva, con todas las ventanas abiertas y el sonido del mar llegando desde lejos. Nos follamos entre todos, cambiando de pareja, sin reglas, hasta que ya no podíamos más. Fue la primera vez en mi vida que no tuve ninguna pregunta sin respuesta.

***

Tres meses después me fui a Berlín. La empresa me ofreció un puesto en la filial alemana y lo vi como lo que era: una oportunidad de construir algo propio, con el respaldo económico que me daba el premio y las ganas de no quedarme quieto. Podía seguir viviendo en el piso compartido de siempre, o podía hacer algo diferente.

Hice el máster en dieciocho meses. Trabajé, conocí gente, tuve compañías que duraban lo que tenían que durar. Volvía a España cada tres semanas, y en casa todo seguía funcionando de una manera que nadie habría podido explicar desde fuera pero que a todos nos hacía bien.

Un viernes de octubre, alguien llamó a mi puerta.

Era Valentina, la hija de Federico, que había llegado a Berlín de Erasmus y había conseguido mi dirección a través de su padre. Tenía diecinueve años, unas tetas pequeñas y firmes que se le marcaban debajo de la camiseta, y esa manera de mirar directo a los ojos que te paraliza desde el primer segundo.

—Mi padre dice que eres de confianza —dijo.

—¿Y tú qué dices?

Sonrió.

—Yo todavía no sé qué decir.

Entró. No salió en cuatro días. La primera noche se la comí entera contra la puerta de la entrada sin darle tiempo ni a quitarse los zapatos; le arranqué las bragas, me la eché al hombro y me la follé en la alfombra del salón hasta que se corrió gritando en alemán palabras que no había aprendido en la academia. Después vino la cama, la ducha, la cocina, otra vez la cama. La chica tenía un hambre atrasada que yo entendía perfectamente.

Para cuando volvió a la residencia universitaria ya sabíamos las dos cosas importantes: que yo no quería que se fuera, y que ella tampoco quería irse. Todo lo demás era logística. Lo demás es, como dicen, otra historia.

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Valora este relato

Comentarios(8)

NicoBaires

Muy bueno!!! ojalá haya segunda parte

Romina_BC

Que buen relato. Me quedé con ganas de saber como siguió la historia despues de eso...

Caro_BsAs

Me tuvo enganchada de principio a fin. Se nota que es de los bien escritos, no los que van directo al grano sin historia. Gracias!

ToniLector

Y eso era todo el secreto? o hay mas que contar jaja

Elias_C

Buen relato, bien construido. Me gusto como armaste la tension antes de revelar todo.

SolMza

Impresionante!!! no me lo esperaba para nada

MarinaFV

El giro final me mato jaja. Tremendo.

NachoQ_lector

Uno de los mejores relatos de la categoría que lei ultimamente. Me hizo acordar a secretos de familia que uno a veces intuye pero prefiere no saber... muy bien logrado.

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