Lo prohibido llegó con mi hija aquella mañana
La noche fue larga y sin remedio. Di vueltas en la cama durante horas, con los ojos abiertos en la oscuridad, mientras mi marido dormía tranquilamente a mi lado sin imaginar nada. Cuando sonaron las seis en el reloj del pasillo, tomé la decisión de levantarme. No tenía sentido seguir ahí.
Me fui a mi pequeño despacho, encendí el ordenador y le escribí un correo a Marta, mi amiga desde hace veinte años, la única persona capaz de escucharme sin juzgarme. Le conté todo: que la noche anterior me había quedado sola viendo una película mientras mi marido dormía, que Diego había llegado tarde y que acabamos en el sofá como tantas otras veces, dejándonos llevar. Intenté controlar el ruido. Él me tapaba la boca con la mano.
Y cuando estábamos en lo mejor, la puerta se abrió y mi hija Carla entró al salón.
Se quedó paralizada un segundo. Vio lo que había. Y se fue a su cuarto sin decir una sola palabra.
Yo intenté ir a hablar con ella, pero Diego me retuvo hasta terminar. Estaba furiosa conmigo misma. Y aterrada. Toda la noche imaginé el peor desenlace posible: que Carla se lo contara a su padre, que todo se rompiera, que los años que habíamos construido juntos se derrumbaran de golpe.
Le pregunté a Marta qué debía hacer: ¿ir a hablar con Carla esa mañana o esperar?
Mientras esperaba respuesta, no pude quedarme quieta. Mi marido se había ido a caminar, como hacía cada día a primera hora. Diego seguía en su cuarto. Carla, en el suyo. La casa entera en silencio.
Fui a la puerta de Carla y llamé. Las manos me temblaban.
—Pasa —dijo.
Estaba en la cama con el móvil. Me senté a su lado y tardé en encontrar las palabras. Empecé pidiendo perdón. Le dije que lo sentía, que no quería que lo viera, que entendería perfectamente que estuviera enfadada.
Ella me escuchó sin interrumpirme. Y luego preguntó:
—¿Tú y papá estáis mal?
—No —le dije—. Para nada. Lo quiero como el primer día. Pero hay cosas que yo necesito y que él no... no es que no quiera, es que no le llena. Y yo soy de otra manera.
Carla asintió despacio.
—¿Y por qué tu propio hijo? ¿No es antinatural?
Tragué saliva. Las palabras tardaron en salir.
—Siempre nos han dicho que sí. Lo entiendo. Pero yo no comparto esa idea. Para mí no hay nada malo en ello. Solo es deseo entre dos personas. No puedo controlarlo cuando está delante de mí, y él tampoco fue obligado. Siempre fue mutuo.
Me vine abajo. No pude evitarlo. Empecé a llorar con ese llanto que no puedes parar, el que te sube del pecho. Carla me rodeó con los brazos.
—Mamá. Para. No llores así, por favor.
La abracé tan fuerte que probablemente la asusté. Pero no se apartó.
Seguimos hablando durante un buen rato. Carla fue directa, como siempre es ella. Me preguntó si Diego tenía más que su padre. Respondí con una sonrisa que no pude esconder. Me preguntó si lo que tenía en la cara la noche anterior era de él. Le dije que sí. Me preguntó si lo que estaban haciendo cuando ella entró era anal.
—Sí —respondí—. Y no era la primera vez.
—Joder —dijo ella—. Nunca te imaginé así.
—¿En serio? —dije, y las dos nos reímos un momento. Era la primera vez que reía en toda la noche.
Antes de salir de su cuarto le prometí que tendría más cuidado. Nos dimos dos besos. Nada estaba roto.
***
Volví al despacho. Marta había contestado por fin.
«Habla con ella hoy. No lo dejes pasar.»
Demasiado tarde, le escribí. Ya lo hice. Le conté cómo había ido. Marta fue preguntando y yo respondiendo, y sin entender bien cómo ni por qué, mientras describía la conversación con Carla, noté que me estaba poniendo cachonda. Me incomodó reconocerlo. Nunca había pensado en mi hija de esa manera. Nunca se me había cruzado siquiera por la cabeza.
Pero ahí estaba.
Marta lo intuyó antes de que yo dijera nada.
«¿Por qué no la llamas y hablamos las tres?»
Me quedé mirando la pantalla. Era una locura. Dije que sí.
Llamé a Carla. Le expliqué que Marta quería hablar con ella, que era mi amiga de toda la vida y que confiaba en ella completamente. Carla aceptó sin hacer preguntas. Vino al despacho, se sentó frente al portátil y empezaron a escribirse las dos. Yo salí para dejarles espacio.
Cuando Carla me llamó para que volviera, la pantalla mostraba dos mensajes seguidos de Marta:
«Carla, tu madre necesita que la beses. De verdad. De esas que no te dejan pensar.»
«Si cuando termines no te ha puesto la mano encima, es que lo estás haciendo mal.»
Nos quedamos de pie, una frente a la otra, en ese despacho pequeño. El silencio duró varios segundos. Luego me incliné y le di un beso pequeño, casi de prueba, con la respiración cortada.
Carla no retrocedió. Me cogió la cara con las dos manos y me devolvió el beso con una intensidad que no esperaba. Abrí la boca sin decidirlo. Su lengua entró en la mía, y mis brazos la rodearon por la cintura como si llevaran tiempo esperando hacer eso. Sus manos se fueron a mi nuca. Las mías, al poco, a su culo.
No daba crédito a lo que estaba pasando.
El corazón me iba desbocado. Sus labios eran suaves, su aliento limpio, y esa lengua me estaba poniendo como hacía tiempo que nada lo hacía. Descubrí que mi hija besaba muy, muy bien. Ninguna de las dos se apartó hasta que llegó otro mensaje de Marta.
«¿Qué tal besa tu madre, Carla?»
Y, sin esperar respuesta: «Laura, quítate la ropa».
Miré a Carla. Ella se sentó en el sillón, cruzó las piernas, y con los labios todavía un poco rojos, dijo con calma:
—Vamos, mamá. ¿No le vas a hacer caso a tu amiga?
Me desnudé. Cuando quedé completamente desnuda delante de ella, mantuve los brazos a los costados y la dejé mirar.
—No me extraña que los amigos de mi edad digan que estás muy buena —dijo, casi para sí misma.
Marta volvió a escribir. Carla leyó el mensaje en voz alta:
—Quiere que te arrodilles, que me quites los zapatos y que me lamas los pies.
Me detuve un segundo. No porque no quisiera, sino porque necesitaba ese segundo para asumir que iba a cruzar algo sin vuelta atrás.
—¿Estás segura? —le pregunté.
—Sí —respondió, sin ninguna duda.
Me arrodillé en el suelo despacio. Carla extendió la pierna hacia mí. Llevaba zapatillas de estar por casa; se las quité y sujeté su pie con las dos manos. Tenía las uñas pintadas de burdeos, limpias y bien cuidadas. Levanté la vista hasta su cara.
—No pares —dijo, casi en un susurro.
Acerqué los labios al arco de su pie. Noté cómo su respiración cambiaba de inmediato. Fui subiendo hacia los dedos, uno por uno, con la lengua. Ella se reclinó en el sillón y cerró los ojos. Una sonrisa pequeña le cruzó la cara cuando casi se le escapó la risa por las cosquillas.
Extendió el otro pie sin que yo lo pidiera. Hice lo mismo, con más calma, sintiendo esa piel suave bajo mis manos mientras mis labios recorrían su tobillo y su empeine. Seguía escribiéndole a Marta con el móvil en la mano libre, como si pudiera concentrarse en las dos cosas al mismo tiempo.
—Ahora lo que ya sabes —dijo al fin.
—Sí, señora.
Me sonrió. Era la primera vez que la veía sonreír así en toda la mañana.
Tiré de sus piernas hasta el borde del sillón, le pasé las rodillas por encima de mis hombros y acerqué la boca. Su olor era cálido y real, sin artificios. Cuando mi lengua tocó sus labios exteriores, un estremecimiento le recorrió el cuerpo entero y se le escapó un sonido corto que no esperaba escucharle.
Separó más las piernas. Me cogió la cabeza con una mano y la apretó suavemente hacia ella.
—¿Cuántos coños te has comido, mamá? —dijo con la voz cambiada.
No respondí. Busqué el clítoris con la punta de la lengua y lo encontré. Ella cambió de respiración de inmediato. Me concentré ahí, sin apresurarme, variando la presión. Sus muslos empezaron a temblar a los pocos minutos. Sus gemidos se volvieron más cortos, más urgentes.
—No pares —repitió—. Por favor, no pares.
Sentí entonces cómo su pie buscaba entre mis piernas y lo encontraba, y ese contacto inesperado me arrancó un gemido que vibró contra ella. Sus dedos se movieron y yo seguí con la lengua, y los dos sonidos se mezclaron en ese cuarto pequeño hasta que Carla arqueó la espalda, apretó los muslos contra mi cabeza y contuvo un grito mordiéndose el labio inferior.
Tardó un momento en volver.
—Ha sido increíble, mamá.
—Y que lo digas, cariño.
Nos reímos las dos, con esa risa que sale cuando todavía no has procesado nada pero el cuerpo ya está relajado y el pecho respira hondo.
Me puse en pie, recogí la ropa del suelo y empecé a vestirme a toda velocidad.
—Que tu padre llega en cualquier momento y no he preparado nada —dije mientras me ponía la camiseta.
Carla se estiró en el sillón, sin moverse todavía.
—Mamá —me llamó cuando yo ya iba hacia la puerta.
Me paré en el umbral.
—No sabía cómo iba a ser esta mañana —dijo, incorporándose—. No sabía cómo iba a reaccionar al verte. Pero estoy bien. Y lo de anoche con mi hermano, y lo que acaba de pasar entre nosotras, no sale de este cuarto. Te lo juro.
Me recorrió un escalofrío que no era de frío.
—Carla. Esto es solo sexo. Solo eso. Y tú, tu hermano y tu padre sois lo más importante que tengo en esta vida. No lo olvides nunca.
Nos dimos un abrazo largo. Luego salí y cerré la puerta.
***
Mi marido llegó diez minutos después. Saludó, se duchó, comió algo de pie en la cocina y desapareció en su despacho. Carla apareció al rato, le dio un beso a su padre en la mejilla y se marchó con unas amigas. La tarde siguió tranquila, sin que nadie notara nada.
Cuando la casa se quedó en silencio, volví al ordenador. Marta estaba conectada.
«¿Cómo estás?»
Tardé en responder. No porque no supiera qué decir, sino porque no había palabras que abarcaran todo lo que estaba sintiendo.
«Bien», escribí al final. «Gracias a ti.»
Su respuesta fue corta: «Ya te dije que hablaras con ella hoy».
Sonreí sola frente a la pantalla. Tenía razón. Siempre la tiene.