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Relatos Ardientes

Las cámaras del chalet grabaron a mi prima Renata

Empecé a espiar las cámaras del chalet familiar por puro aburrimiento. Mi suegro había instalado un circuito cerrado en la casa de Pinares hacía dos veranos, y yo había heredado las claves cuando él me pidió que le echara un ojo durante su viaje a Galicia. La pantalla del despacho mostraba ocho rectángulos en blanco y negro: el porche, la cocina, los tres dormitorios, la sala, el pasillo y el cuarto de huéspedes que mi suegra había convertido en sala de masajes. La mayoría de las noches no pasaba nada. Hasta que pasaba.

Esa tarde encendí el monitor antes de cenar. Tres rectángulos estaban negros. Cuatro mostraban habitaciones vacías. El octavo, el del cuarto de masajes, no estaba vacío.

Soraya, mi cuñada, estaba boca abajo en la camilla. La toalla apenas le cubría el culo. Junto a ella, sobre una segunda camilla improvisada con dos mesas pegadas, estaba Renata, la prima de mi mujer. Las dos desnudas. Las dos calladas. Y dos hombres altos, en pantalón negro, deslizaban las manos por sus espaldas con la lentitud de quien no tiene prisa por nada.

Subí el volumen.

—Oye, primita —dijo Soraya sin levantar la cabeza—. ¿Qué te parece si este masaje lo terminamos con un final feliz?

Renata se rio bajito.

—Eres la mujer de mi primo, Soraya.

—Mi primo se acuesta con la mitad de su oficina. No me vengas con escrúpulos a estas alturas.

Hubo un silencio. El masajista que estaba con Renata, alto, moreno, manos grandes, se detuvo a la altura de los riñones y esperó. El otro, el rubio que atendía a Soraya, miró a su compañero con una sonrisa que no necesitaba palabras.

—Bueno —dijo Renata por fin—. Pero esto se queda entre nosotras.

—Por supuesto.

Soraya levantó la cabeza por primera vez y se dirigió a los dos hombres.

—Damián, sácala. Mi prima y yo queremos verla. Tobías, tú no pares lo que estás haciendo.

***

Yo estaba sentado en el despacho con la copa de vino a medio camino entre la mesa y la boca. No era la primera escena que veía en esas cámaras (había pillado a mi suegro con la asistenta el agosto pasado), pero esto era distinto. Soraya y Renata eran la familia política que veía cada Navidad, en misa, en bodas. Renata con sus blazers de oficina. Soraya con sus comentarios sobre las notas de los niños. Y ahora Renata se incorporaba sobre la camilla y miraba la polla de Damián con la concentración de quien estudia un objeto raro.

—Dios mío, prima —dijo—. Es enorme. Mucho más grande que la del primo.

—Yo del tuyo no sé —respondió Soraya—, pero del mío parece que tú sí sabes bastante.

Renata apartó la mirada.

—Eso fue hace mil años.

—No tantos.

—No nos vayamos por ahí.

Las dos se miraron un instante. Luego Renata bajó la cabeza y se metió la polla del masajista en la boca. Soraya hizo lo mismo desde el otro lado. La camilla crujió bajo el peso, y Damián cerró los ojos y soltó el aire despacio.

Tobías, detrás, no perdía el tiempo. Le había abierto las piernas a Renata por debajo de la toalla y le pasaba la lengua entre los muslos con una técnica que se notaba practicada. Renata sacó la polla de su boca y dejó escapar un gemido grave.

—Joder —dijo—, este chaval debería cobrar el doble.

—Te lo dije —respondió Soraya, sin soltar a Damián.

***

Aparté la copa de vino. Tenía la mano sudada. En la pantalla, Soraya se había dado la vuelta también y los dos masajistas las trabajaban en paralelo. Tobías a Renata. Damián a Soraya. Las dos primas, mano con mano sobre la camilla, se miraban entre los gemidos como si compartieran una broma privada.

Después cambiaron. Lo decidió Renata.

—Cambiemos de chico, prima.

—Como tú quieras.

Soraya se incorporó y se acercó a Tobías, que se había desnudado del todo. Le rodeó la cintura con las piernas y se sentó encima de él hasta que la polla del rubio le entró completa. Empezó a moverse despacio, cerrando los ojos.

—Joder —dijo—, este sí.

Renata, mientras tanto, se había puesto a cuatro patas sobre la camilla. Damián la cogió por las caderas y la penetró de una sola vez. Renata gritó. La cámara captó el grito limpio, sin filtros. Yo apreté los dientes.

Lo siguiente fue una coreografía que duró casi quince minutos. Dos parejas que se rozaban, se intercambiaban, se mezclaban. Renata cabalgando a Damián mientras le acariciaba el culo a Soraya por encima del hombro. Soraya chupándole los huevos a Damián mientras Tobías la follaba por detrás. En un momento dado, las dos primas se besaron: un beso lento, con lengua, el tipo de beso que no se da entre primas que solo se ven en Navidad.

Damián fue el primero en correrse. Las dos quisieron parte. Tobías aguantó otro minuto y se vino dentro de Renata.

Cuando se fueron los masajistas, Soraya y Renata se quedaron tumbadas en la camilla, en silencio, y Renata le dijo a su prima algo que no llegué a oír. Soraya se rio. Apagué el monitor.

***

Pasaron tres semanas. No le conté a nadie lo que había visto. Me convencí de que no volvería a entrar en el sistema. Aguanté siete días.

La octava noche, encendí la pantalla.

Esta vez la grabación era del mediodía y mostraba la piscina. Renata estaba sola, tumbada en una toalla, con un bikini naranja tan pequeño que apenas justificaba el nombre. Llevaba gafas de sol. Estaba leyendo.

A los pocos minutos apareció Joaquín, mi cuñado, el marido de Soraya y primo de Renata por parte de la rama materna. Joaquín y Renata habían crecido juntos en los veranos del pueblo. Esa era una de las cosas que Soraya contaba en las cenas familiares, riéndose, para hacer rabiar a su marido.

—No sabía que estabas aquí, prima —dijo Joaquín, dejándose caer sobre la toalla de al lado.

—Tu padre me dio las llaves.

—Pues me alegro.

Estuvieron callados un rato. Joaquín alargó la mano y cogió el bote de bronceador.

—¿Te ayudo?

Renata no contestó. Solo se incorporó un poco y se desabrochó el sujetador del bikini. Lo dejó caer sobre la toalla. Joaquín tragó saliva. La cámara captó el detalle.

Le pasó las manos por la espalda primero. Luego por los hombros. Después, sin pausa, por los costados, rozándole los pechos. Renata cerró los ojos.

—Tienes la piel suavísima, primita.

—No me llames primita ahora.

—¿Cómo te llamo?

—Como te dé la gana.

Joaquín dejó el bote. La cogió por la cintura y la giró hasta dejarla bocarriba. Le pasó la lengua por el ombligo, le bajó la braguita del bikini y le abrió las piernas con la calma de quien lleva tiempo pensándolo.

—¿Te acuerdas de lo que hacíamos en la caseta? —dijo él contra el muslo de ella.

—Me acuerdo.

—¿Me dejas?

Renata respondió bajándole la cabeza con las dos manos.

***

Yo ya no estaba sentado. Me había levantado y caminaba en círculos por el despacho con el monitor a la espalda, y volvía cada minuto a mirar. En la pantalla, Joaquín le comía el coño a su prima junto a la piscina con una dedicación que dejaba en evidencia a los masajistas. Renata se retorcía sobre la toalla, agarrándole el pelo, sin disimulo, sin miedo a que apareciera nadie.

Cuando ella se vino, Joaquín subió por su cuerpo y la besó en la boca. No fue un beso de primos. Fue un beso de dos personas que se conocen desde hace décadas y que llevan una guerra silenciosa desde la adolescencia.

—Levántate —dijo ella.

Él obedeció. Renata se arrodilló sobre la toalla y le bajó el bañador. Le sacó la polla con las dos manos y le pasó la lengua por el glande sin prisa.

—Hace mucho que no.

—Demasiado.

Le hizo una mamada larga y atenta, mirándole a los ojos. Joaquín apoyó las manos en su nuca pero no la forzó. Se notaba que era un ritual. Algo que ya habían hecho antes, en otros sitios, con menos años encima.

***

Después follaron de pie, junto a la piscina, con Renata apoyada en una de las tumbonas y Joaquín detrás. Luego se tumbaron de lado sobre la toalla y él le levantó la pierna para tener mejor ángulo. Renata gemía bajito, casi sin abrir la boca, como si todavía le quedara algo de pudor que el resto del cuerpo había abandonado hacía rato.

—Soraya nunca lo hace así —dijo él en algún momento.

—No me hables de Soraya ahora.

—Vale.

Cuando Joaquín supo que estaba a punto, Renata se separó, se arrodilló y abrió la boca. Él se corrió en su cara, en su cuello, en sus pechos. Renata se rio bajito mientras se limpiaba con el dorso de la mano.

—Como en la caseta —dijo.

—Como en la caseta —repitió él.

Se levantaron, se metieron en la piscina los dos juntos, y la cámara los siguió hasta que entraron en la casa.

***

Apagué el monitor.

Esa noche, mi mujer me preguntó por qué estaba tan callado. Le dije que era el trabajo. Cenamos. Vimos una película. Cuando ella se durmió, bajé al despacho y volví a abrir el sistema. Las cámaras estaban en negro. Nadie en la casa. El chalet vacío, esperando el siguiente fin de semana, la siguiente reunión familiar, el siguiente plan que mi suegra anunciaría con voz alegre en el grupo de WhatsApp.

Me quedé mirando los rectángulos vacíos durante mucho rato.

El domingo siguiente teníamos comida en casa de mis suegros. Renata estaba invitada. Joaquín y Soraya también. Yo iba a sentarme a la mesa con todos ellos, comer paella, hacer comentarios sobre el tiempo, preguntar por los niños.

Ya no iba a poder mirarlos igual.

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Comentarios (6)

NachoBA

Increible, me dejo sin palabras. Uno de mis favoritos de esta categoria, sin dudas.

ElCurioso_MX

Por favor necesito la continuacion! No puede terminar ahi... muy bueno

Dani_Ros

Me encanto como lo contaste, la tension que va creciendo desde el principio hasta que todo explota. Segui escribiendo asi!

LectorNorte55

Jajaja la situacion del despacho me mato, tremendo. Muy bien llevado el relato

MartinLec

Buenisimo!!! Segui asi

pasajero_curioso

Me hizo acordar unas vacaciones en el campo con unos primos, aunque nada tan emocionante que contar jajaja. Muy buen relato

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