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Relatos Ardientes

Mi hijastra me esperó despierta tras la graduación

Me costó años aceptar que aquello que se cocía dentro de mi propia casa terminaría devorándome. Lo intenté de todas las formas posibles: me alejé cuando pude, dejé los gestos cariñosos a un lado, me escudé en una frialdad que no sentía. Para mí Renata siempre había sido lo mismo que mis otros dos hijos, aunque no llevara mi sangre.

Cuando Marina y yo nos mudamos juntos hace casi veinte años, Renata recién había cumplido dos. Trece meses después nació mi hija mediana; un año y medio más tarde, mi único varón. Nadie en el barrio cuestionó nunca de quién era hija Renata: era alta como yo, callada como yo, y los compañeros del colegio jamás dudaron de que fuera mía.

Todo se rompió la noche de su graduación. Llevaba semanas pidiéndome que la acompañara, decía que sin mí no iba. Llegamos al salón pasadas las nueve. Tenía puesto un vestido oscuro que se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel, los hombros desnudos y el pelo recogido en una trenza alta que le abría el cuello.

La fiesta fue larga. Yo me quedé en la mesa del fondo con los demás padres, mirando cómo bailaba con sus compañeros. Cada tanto se acercaba a sacarnos a la pista jalándonos del brazo y riéndose. Tomó más de la cuenta. A las cuatro de la madrugada me senté con un café entre las manos y empecé a calcular cuánto faltaba para irme a dormir.

Le había avisado más temprano que si decidía quedarse con sus amigas no se preocupara por mí. A las cinco, cuando empezaron a apagar las luces del salón, le mandé un mensaje. No me contestó. Pensé que se había ido con el grupo y caminé hacia el estacionamiento.

—Me voy contigo, papi —escuché detrás.

Renata venía descalza, con los tacones en una mano y el bolso colgando de la otra. Los breteles del vestido se le habían bajado de un hombro y la tela parecía a punto de ceder. Caminaba inestable. Subió al asiento del acompañante y dejó los zapatos en el piso del auto.

Encendí el motor sin mirarla. Quería poner la radio, decir cualquier cosa que llenara el silencio, pero ella se acomodó de costado en el asiento, doblando una pierna debajo del cuerpo. El vestido se le subió hasta la cadera. Hice como si no lo viera y arranqué.

—¿Serías capaz de hacer algo importante por mí y guardarlo para siempre? —preguntó cuando salimos a la avenida.

Tenía los ojos brillantes por el alcohol, pero la voz firme. Apoyó una mano en mi muslo, no muy arriba, pero no muy abajo tampoco.

—Depende de qué sea —dije, intentando que no me temblara la voz.

La avenida estaba vacía. Avanzaba a velocidad de paseo porque no quería llegar todavía a casa, no con ella así.

—Quiero que me enseñes a tener sexo —dijo, casi al oído—. Quiero que seas tú el primero. Soy la única de mis amigas que no lo hizo nunca.

Frené despacio en un semáforo en rojo. La miré por primera vez desde que había subido al auto. Tenía los labios entreabiertos y un mechón le caía sobre los ojos.

—Eso es imposible, Renata. Sabes que es imposible.

Su mano se deslizó hacia el interior del muslo. No la aparté de inmediato. Ese fue mi primer error. Al sentirla cerca, se me marcó la erección por encima del pantalón.

—No lo es —susurró—. Nadie tiene que enterarse. Sería nuestro secreto.

Aparté su mano con más suavidad de la que correspondía. La luz cambió a verde y retomé la marcha. Le dije que estaba muy borracha, que si al día siguiente seguía pensando lo mismo lo discutiríamos, sabiendo que no íbamos a discutirlo nunca.

Estacioné en el garaje. Apagué el motor. No me bajé enseguida; ella tampoco. Antes de que pudiera reaccionar se inclinó sobre la palanca de cambios y me besó. No fue un beso de hija. Fue largo, decidido, con la lengua buscándome la mía. Dejé que sus labios se quedaran un segundo más de lo necesario antes de apartarme.

—Sube a tu cuarto —le dije sin reconocer mi voz.

***

Los días siguientes mi casa se volvió un campo minado. Renata bajaba a desayunar con remeras viejas que no tapaban nada y unos pantalones cortos que apenas le cubrían las nalgas. Marina se iba a las siete a sus clases de tenis, los chicos al colegio. Quedábamos solos veinte minutos cada mañana. A veces media hora.

Ella sabía. Cruzaba la cocina lentamente, se estiraba para alcanzar algo del estante de arriba, dejaba que la prenda se le subiera y mostrara la cintura. Yo desviaba la mirada hacia el café y trataba de pensar en cualquier otra cosa, pero la imagen me perseguía hasta el consultorio.

—Ya está decidido —me dijo una mañana, antes de que saliera por la puerta—. Vas a ser tú. Tengo veinte años y soy la única de mi grupo. Esto va a pasar.

Se me acercó. Me besó la comisura de la boca y luego, con descaro, me apretó por encima del pantalón. La erección fue inmediata.

—Te calienta la idea —murmuró—. No me digas que no. Quiero saber qué siente mamá cuando te tiene encima.

Esa frase me cortó el aire. Casi la agarro del pelo y la llevo al cuarto. En vez de eso, me solté como pude, le dije que tenía una urgencia laboral y bajé al estacionamiento del edificio. Tardé veinte minutos en estar en condiciones de manejar.

***

El sábado siguiente Marina salió temprano, como siempre, con su bolso de tenis. La oí cerrar la puerta. Cinco minutos después se abrió la de mi habitación.

Renata entró sin golpear. Llevaba una camiseta blanca finita y nada debajo más que una prenda interior minúscula. No dijo nada. Se metió en la cama, se acomodó contra mi cuerpo y me pasó una pierna por encima.

Sentí sus pechos apretados contra mi costado. La erección que llevaba conteniendo desde hacía semanas no me dio tiempo a pensar. Su mano se metió debajo de la sábana y luego dentro del calzoncillo. Cerró los dedos con firmeza.

—Es enorme —dijo bajito, como si lo descubriera—. Mucho más de lo que imaginé.

La besé. Esta vez no me detuve a pensar. Le mordí el labio, le agarré la nuca y la atraje hasta que quedó apoyada contra la almohada. No hay vuelta atrás, pensé.

Le subí la camiseta despacio. Dos pechos firmes y rosados, mucho más grandes de lo que mostraban sus remeras anchas, le quedaron al aire. Bajé con la lengua por su cuello, su clavícula, hasta atrapar uno de los pezones entre los dientes con cuidado.

Ella suspiró y se mordió la mano para no hacer ruido, aunque no había nadie en la casa. Aprendió rápido a soltar la mordida. Me agarró la cabeza y me la guió hacia el otro pecho.

Bajé con la lengua hasta el ombligo, hasta el borde de la ropa interior. Se la corrí con los dientes. Estaba completamente depilada y absolutamente empapada. Le abrí las piernas con suavidad y le pasé la lengua despacio, una sola vez, de abajo hacia arriba.

Renata pegó un grito corto y se tapó la boca con las dos manos. Sus caderas empezaron a moverse solas. Le sostuve los muslos contra el colchón, le enterré la lengua y luego subí al clítoris, jugando con la punta. Tenía un sabor dulce, casi cítrico.

No me llevó mucho tiempo. Se arqueó, tembló entera, se mordió el dorso de la mano hasta dejarse marca. Cuando aflojó, le quedó una sonrisa lenta, satisfecha.

—Ahora tú —dijo—. Quiero sentir.

Me arrodillé entre sus piernas. Le acerqué el sexo a la entrada y me detuve. Le advertí que iba a ir despacio, que si en algún momento le dolía me lo dijera. Ella asintió con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior.

Empecé a empujar. Esperaba alguna resistencia, pero entró sin quiebres, lentamente, hasta que mi vientre quedó pegado a ella. Renata abrió los ojos, sorprendida.

—¿Es así? ¿Ya está todo dentro?

—Todo —le dije.

Me quedé quieto unos segundos, dejando que su cuerpo se acostumbrara. Después comencé a moverme con lentitud. Ella siguió el ritmo, primero indecisa, después con confianza, levantando las caderas para encontrarme. En la sábana quedó un hilo apenas de sangre.

—Más fuerte —pidió a los pocos minutos—. No me voy a romper, papi.

Esa palabra, dicha en ese momento y en esa cama, me sacó cualquier remanente de duda. Empujé con más firmeza, con la mano apoyada en su cintura. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un sonido ronco que no había escuchado nunca de su boca.

La hice darse vuelta. Quedó en cuatro, las caderas levantadas, el rostro contra la almohada. Le entré desde atrás. Sus manos buscaron las sábanas y las apretaron. Yo le sostenía la cintura con las dos manos y miraba cómo se balanceaba contra mí cada vez que avanzaba.

Lo sentí venir. Le dije que iba a terminar y que se apartara. Se dio vuelta a último momento, se sentó frente a mí en la cama y me terminó con la boca. Me sostuvo agarrado con las dos manos y los labios pegados a mi sexo, sin soltar, hasta que no quedó nada.

Se incorporó con una sonrisa tonta. Me besó en la boca, larga y lentamente, como si quisiera grabar el momento. Me acarició la cara, dijo gracias y se metió al baño a ducharse, llevándose la prenda interior arrugada en una mano.

Yo me quedé sentado al borde de la cama, mirando la sábana. La culpa apareció después de cinco minutos, no antes. Pensé en Marina volviendo del tenis, en mi otra hija dormida en el cuarto del fondo, en el equilibrio frágil que sostenía hacía dos décadas.

Pero pensé también en Renata bajándose del coche aquella madrugada con los tacones en la mano. En la promesa que había acabado cumpliendo. En la trampa que ella había armado y a la que yo había caminado de frente, sin resistencia real.

Cuando salió del baño envuelta en la toalla, se acercó y me dio un último beso antes de irse a su cuarto. Me dijo, sin mirarme, que aquella experiencia había sido la mejor de su vida y que si las circunstancias volvían a permitirlo no pensaba quedarse quieta. No le contesté. Cerré los ojos y la escuché bajar las escaleras descalza, igual que en la madrugada de la graduación, como si nada hubiera cambiado en la casa, aunque dentro de mí algo se hubiera quebrado para siempre.

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Comentarios (7)

FanDeNoche

Ufff que relato!!! Me quede sin palabras al final, tremendo

ReaderNocturno

Por favor escribe la continuacion, no puedo creer que termino ahi. Demasiado bueno

Charly_84

Muy bien escrito, la tension que se va construyendo a lo largo del relato es lo que mas me gusto. Saludos

Laur_87

Me recordo a algo que me paso hace algun tiempo jajaja... pero bueno, muy bueno el relato en serio

Fer_Mdp

Excelente!!! Uno de los mejores de esta categoria sin duda, espero mas

NicoleLima37

Buenisimo, muy bien narrado sin ser burdo. Espero mas relataos tuyos pronto!

SantiagoBA07

De los mejores que lei en este sitio. Que bien escrito, engancha desde la primera linea

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