El intercambio que planeé con mi prima en Mazatlán
El viaje en el que por fin íbamos a dar el siguiente paso se planeó con una facilidad sospechosa, como si todo encajara solo. El Airbnb era el mismo en el que Camila y yo nos habíamos acostado por primera vez, dos veranos atrás, cuando todavía nos repetíamos que aquello no se iba a repetir. Al llegar a Mazatlán paramos en un supermercado a cargar cervezas, carne y lo necesario para una asada junto a la alberca. Estacioné el coche, descargamos el equipaje y cada pareja entró a su habitación a ponerse cómoda. Quedamos en la sala en cinco minutos.
Le abrí la puerta a Lorena y, cuando pasó delante de mí, le di una palmada en la nalga. Dejé la puerta del cuarto entreabierta a propósito; quería oír cualquier ruido que viniera del cuarto de Camila. Lorena sacó su bikini de la maleta y empezó a cambiarse sin pudor. Cuando se sacó la blusa y aquellos pechos enormes cayeron, suaves y pesados, ya tenía la verga durísima. La vi quitarse el resto de la ropa y ajustarse un bikini violeta que apenas alcanzaba a contener nada. Un triángulo finito de tela le cubría el pubis depilado.
Me acerqué por detrás, le pasé el brazo por el cuello y empecé a frotar la verga entre sus nalgas.
—¿Qué haces, guapo? —protestó con una sonrisa.
—No pude evitarlo —contesté—. Estás buenísima, amor.
—Sí, pero nos esperan abajo.
No respondí. La giré, la cargué y la acosté boca arriba en la cama. Le abrí las piernas y entré sin pausa, aunque todavía no estuviera mojada. Era algo que ella misma me había pedido empezar a hacer. La fricción del glande contra sus paredes secas le dolía y, al mismo tiempo, le aceleraba el placer. En cuestión de segundos ya estaba húmeda.
Soltó un gemido apagado contra mi hombro.
—Eres un cabrón —me susurró al oído.
—Y tú una puta a la que le encanta que se la cojan en seco —respondí, siguiendo el juego.
Alcancé a empujar dos veces antes de que sus fluidos terminaran de soltar todo. La piel le ardía. Yo también.
—Te amo, Lorena —le dije lamiéndole el lóbulo, y empecé a vaciarme dentro de ella. Su única respuesta fue cerrar las piernas alrededor de mi cintura.
Cuando salí de su cuerpo no me había dado tiempo ni de quitarle el bikini. Volví a colocarle la tela violeta sobre el sexo, todavía empapado. Justo entonces sonó la voz de Camila desde el pasillo.
—Primo, ¿están listos?
Estoy seguro de que lo hizo a propósito.
—¡Sí, ya bajamos! —contestó Lorena.
Me puse el traje de baño en segundos y salimos tomados de la mano.
Las mujeres se acomodaron en los camastros junto a la alberca mientras Diego y yo armábamos el carbón. Me ofrecí a traer cervezas y nadie dijo que no. Le entregué la botella a Lorena y ella me lo agradeció con un beso suave en los labios. Cuando le pasé la suya a Camila, me dio un beso en la mejilla. Al tenerla cerca, noté algo: tenía rastros secos de semen entre los pechos y olía a esperma. La muy puta se había rociado con el semen de Diego para ponerme celoso.
—Uy, primita, vienes sucia, te hace falta un baño —dije y la cargué entre risas.
—Mateo, ¿qué haces? Bájame.
No pudo hacer nada. Caímos a la alberca los dos juntos, con la botella todavía en su mano.
Cuando salimos a la superficie, Camila se aferró a mí fingiendo ahogarme.
—¡Eres un estúpido! —reclamó, pero se reía. Lorena también se reía desde el camastro, escondida tras unos lentes de sol enormes que le tapaban media cara. Empezamos a forcejear y a chapotear; Diego intentaba sonreír sin demostrar lo incómodo que se sentía con la familiaridad con la que su novia se pegaba a mí.
—¡Eh, Camila, Camila, tu…! —balbuceó Diego desde la orilla, señalando con el dedo. Los tres miramos en su dirección y luego de regreso a mi prima. Uno de sus pechos se había salido del bikini durante el forcejeo.
Lejos de avergonzarse, Camila soltó una carcajada y, sin dejar de mirarlo a él, se quitó el top con toda la naturalidad del mundo.
—Me parece que el sol está perfecto para hacer topless, amor. ¿Te gustan mis tetas al aire? —preguntó, dirigiéndose a Diego. Tuve que morderme la lengua para no contestar yo.
—Eh, sí, claro, son hermosas, pero, amor, no estamos solos… —respondió él, entre la vergüenza y los celos.
—No tiene nada de malo —intervino Lorena—. Es más, creo que yo también me lo voy a quitar —y liberó sus enormes pechos del bikini violeta.
La cara de Diego habría merecido un cuadro.
Lorena se levantó del camastro y entró en la alberca con un clavado limpio que delataba sus años de nadadora. Tener a mis dos mujeres semidesnudas alrededor me puso la verga al límite, pero todavía faltaba un detalle.
—Amor, deja el asador un rato, el carbón aún no prende —pidió Camila, nadando hacia el lado de Diego y estirándole la mano—. Métete con nosotros.
Diego dudó un instante y aceptó. Saltó a la alberca. Camila, en su papel oficial de novia, se le pegó al cuerpo enseguida, restregándole los pechos mojados contra el pecho. Sentí una punzada de celos que Lorena calmó acariciándome la verga por debajo del agua. Pasamos un buen rato así, jugando, tomando cerveza, riéndonos sin parar. Los hombres íbamos a la cocina por las cervezas y las mujeres aprovechaban cada turno para calentar al que se quedaba con ellas. Ver a Lorena acercarse a Diego y dejar que sus pezones le rozaran la piel me provocó un tipo de celos que no recordaba.
Bastante tenía con compartir a Camila, mi sangre, con aquel tipo. Pero mi novia formal, una mujer de pechos monumentales que en ese mismo momento todavía tenía mi semen escurriéndose dentro y diluyéndose en el agua clorada, era otra historia. Aun así, todo tenía un propósito. Al final hicimos la asada, comimos y nos pasamos a la sala cuando el sol se metió detrás del Pacífico. Las mujeres seguían en topless. Era el mejor día de mi vida. Ya no quedaban cervezas, así que abrí una botella de vino. Las dos interpretaron la señal a la perfección.
Tras el primer brindis, Camila empezó a besar a Diego con calma y, después de unos minutos, le bajó el traje de baño y lo dejó en la misma situación que ella. La puta de Lorena, mientras tanto, se arrodilló frente a mí y se metió mi verga en la boca. Estuvimos así varios minutos, hasta que no aguanté más, la levanté, la giré y la senté sobre mí. Empezó a cabalgarme casi en silencio, con gemidos cortos y entrecortados. La posición era perfecta para dos cosas: mientras la penetraba podía masturbarla con la mano, y los dos teníamos vista directa al sillón de al lado.
Vi cómo Camila tumbaba a Diego boca arriba en el sofá y se montaba sobre él. En ese instante, las dos parejas dejamos de fingir que nos disimulábamos. Cogimos así varios minutos, Lorena y yo mirando a Camila y a Diego, mi prima volteándonos con lujuria cada cierto tiempo, y Diego, que era la primera vez que pasaba por algo así, con los ojos cerrados como rezando. Fue Camila la que tomó la iniciativa: se desmontó de él, lo agarró de la mano, lo guio hasta nuestro sillón y se acostó boca arriba con las piernas abiertas, atrayéndolo para que volviera a entrarla.
***
Estaba pasando. Diego empezó a cogerse a Camila de pie frente al sillón, así que mi prima quedó al alcance de mi mano y Diego al alcance de Lorena. No aguanté: estiré el brazo y le acaricié los pezones a Camila. Diego estuvo a punto de protestar, pero Lorena intervino otra vez. Le tomó la mano, se la puso sobre su propio pecho y selló el acuerdo con un beso largo. Algo se le rompió por dentro a Diego, porque empezó a embestir a mi prima con más fuerza. Lorena, recordando sus tiempos de descontrol en la facultad, me daba sentones tremendos, mojadísima; mi verga le entraba sin esfuerzo.
Lo que vino después ocurrió con una naturalidad casi coreografiada. Lorena se levantó de mí en un solo movimiento, agarró a Diego del brazo y lo separó de Camila para llevarlo al otro sillón. En el mismo flujo, sin novia propia, me bastó con girar ciento ochenta grados para hundir la verga dentro de mi prima de un solo empujón, sin avisar. Lorena empujó a Diego para que se sentara y, antes de que pudiera decir una palabra, se sentó sobre él. Seguimos cogiendo como locos hasta que pasó lo inevitable.
—Te amo, Mateo, te amo, primito, te amo, te amo —gritó Camila con cada embestida.
Esas palabras siempre me derretían. Yo también la amaba con una locura que no entendía de convenciones, y la consideraba mi mujer. Pero en ese contexto, con Diego sin sospechar nada de nuestra relación incestuosa, las alarmas se encendieron de inmediato. Lorena debió de notar que él perdía ritmo, porque por tercera vez salvó la situación.
—¿Te gustan mis tetas, papi? Cómelas, cabrón —ordenó, golpeándole la cara con los pechos. Diego se concentró en lo suyo. Yo me concentré en lo mío.
Pasamos otro buen rato así. Lorena gemía a todo volumen y yo aproveché para susurrarle todo tipo de obscenidades al oído de mi prima.
—Te amo más, primita, eres mi hembra, mi puta y mi diosa. ¿Quieres que te llene de leche?
—Sí, papito, sí, lléname de tu semilla. Quiero tener hijos contigo, quiero casarme contigo —contestó Camila al borde del orgasmo.
Estoy seguro de que Lorena y Diego oyeron, pero también estaban demasiado ocupados disfrutando. Diego pronto entendió que el tipo de mujer que se estaba cogiendo, sin condón encima, era algo a lo que no iba a acceder muchas veces más en la vida. Yo adoraba a Camila, la sola memoria de su olor me ponía duro, pero, siendo honestos, Lorena era una hembra por la que cualquiera mataría.
Pechos enormes, culo respingado, ojos miel, labios carnosos, piel morena, una vagina apretada y muchísima experiencia. Diego también estaba teniendo el mejor día de su vida cogiéndose a mi novia. Más le valía callarse mientras yo disfrutaba de mi prima como me parecía justo por derecho de nacimiento.
Empecé a sentir que me corría. Se lo avisé a Camila con un gruñido sordo que también llegó al otro sillón. Camila me clavó las uñas en las nalgas para impedir que me saliera; le daba igual que su novio estuviera a tres metros, mi leche le pertenecía a ella. Lorena, por su parte, hizo su magia con Diego: apretó las paredes vaginales alrededor de su verga para acelerarle el final. No sé cuántas veces lo había hecho antes; en la facultad la conocían por algo. Cuando él estuvo a punto de eyacular, Lorena se sacó la verga, lo masturbó con la mano y le hizo terminar sobre el vientre de ella misma, evitando cualquier riesgo.
Cuando empecé a vaciarme dentro de Camila, ella me tapó la boca con la mano para que no quedara prueba sonora de que le estaba llenando el coño de leche. No paré de empujar hasta estar seguro de que todo se había quedado dentro. Me desplomé sobre ella y le susurré un «te amo» tímido al oído. Ambas parejas nos quedamos un minuto disfrutando del postcoito.
Después la vergüenza por haber salpicado a Lorena se apoderó de Diego, que corrió al baño a buscar papel para limpiarla. Camila aprovechó el descuido para ahuecar la palma bajo su sexo, recoger el exceso de leche y metérselo a la boca antes de que él volviera. Diego regresó, limpió el vientre desnudo de mi novia y se sentó confundido en el sillón. Camila, volviendo a su papel de buena novia, fue a abrazarlo. Lorena volvió a mi lado.
Los cuatro nos pusimos los shorts y los bikinis, pero las mujeres dejaron los pechos al descubierto. Abrí otra botella de vino y serví cuatro copas. Cada pareja muy pegada. La sala olía a sexo: semen, sudor y secretos que ya nadie estaba guardando.
Después de la segunda copa el ambiente se aflojó. Empezamos a comentar el encuentro como si analizáramos una película. Verbalicé frente a Diego cómo sabían los pezones de Camila y él, a su vez, describió con detalle casi técnico la presión de las paredes vaginales de Lorena. Camila habló de la textura de mi glande y Lorena fue muy precisa narrando la eyaculación de Diego. Cada conclusión la celebrábamos chocando las copas.
***
Llegó la hora de dormir. Nos despedimos en la sala antes de que cada pareja entrara a su habitación. Yo le di un beso suave a Camila en los labios. Lorena y Diego se despidieron con un abrazo aparentemente amistoso, con la mano de mi novia rozándole la verga en un movimiento sutil.
En el cuarto, Lorena entró a darse un baño rápido. Cuando salió, yo la esperaba desnudo y con una erección monumental. No le di tiempo a reaccionar. Me lancé sobre ella lleno de lujuria y de algo más. Si bien le había permitido que otro hombre la tocara, agradecí infinitamente que no le hubiera dejado terminar dentro. Tenía que marcar territorio. La tumbé en la cama y volví a entrar en ella antes de que pudiera mojarse, rozándole las paredes secas un par de veces con el glande hinchado.
—Te amo, Lorena, eres mía, eres mi mujer, mi puta y mi diosa —repetí sin susurros—. No quiero que nadie más esté dentro de ti, sólo yo. Quiero llenarte de leche, preñarte y casarme contigo.
Lo dije entendiendo que Camila había permitido a Diego terminar dentro varias veces «para guardar las apariencias», mientras que Lorena, la chica a la que en la universidad nadie había sabido valorar, había demostrado, incluso en aquellas circunstancias, una lealtad de hierro hacia mí. Lo de Camila habían sido años de locura, felicidad y calentura. Pero el amor de mi vida, ahora que estábamos a punto de graduarnos, era esa morena de pechos enormes.
—Te amo, cabrón, eso era todo lo que quería oír. Hoy no me tomé la pastilla pensando en ti. No iba a dejar que nadie más me preñara. Ya sabes qué hacer.
Aquella frase me dio una lucidez nueva. Eyaculé tanto dentro de Lorena que creo que perdí la noción durante unos segundos. Cuando volví en mí, estaba abrazado a sus pechos, la leche escurriéndose despacio fuera de su sexo, y ella me acariciaba la cabeza con una ternura casi maternal.
—Estoy ovulando, Mateo. Todo depende de ti.
Nos dormimos abrazados. De madrugada me desperté duro otra vez, volví a metérsela en seco y a derramar los restos dentro de ella, que entre sueños me recibió con el mismo amor.
***
Al día siguiente regresamos a la ciudad. El trayecto fue cordial y cómplice. Volvimos a la rutina durante algunas semanas, hasta que recibí dos noticias iguales y, al mismo tiempo, opuestas. Lorena y Camila estaban embarazadas, y yo era el responsable de las dos.
El bebé de Lorena era mío sin discusión. Yo había sido testigo de cómo había impedido que Diego terminara dentro. En cuanto a Camila, me lo explicó después: aquella noche Diego no aguantó del todo, y unas semanas más tarde, cuando la prueba salió positiva, lo buscó y se aseguró de que él eyaculara dentro «para guardar las apariencias». Su bebé también era mío. Mi fantasía más loca se había vuelto verdad: había preñado a las dos mujeres de mi vida.
Lorena y yo nos casamos al mes, antes de que se le notara y todavía pudiera lucir un vestido frente a su familia. Su padre tardó años en perdonarme; al final, viendo mi devoción, me hizo un sitio en su mesa. Camila se casó con Diego pocos meses antes de dar a luz, en una boda elegantísima pagada por la familia de él. Lorena y yo asistimos como un joven matrimonio cualquiera y nadie sospechó nada.
Mis hijos nacieron con dos semanas de diferencia. Con Lorena tuve un varón. Con Camila, una niña. Mi madre, que es paranoica de nacimiento, sospecha de la paternidad de su sobrina segunda, pero se guarda sus ideas: en el papel todo está en orden. Camila y Diego son padrinos de mi primogénito y nosotros le devolvimos el gesto apadrinando a la niña que tiene mis ojos.
Cada año volvemos a Mazatlán a revivir aquel fin de semana. Lorena es una mujer leal y no permite que nadie más termine dentro de ella. En cuanto a Camila, mi prima adorada, mi primer amor y madre de mi segunda hija, jamás será capaz de negarme que la llene de semen. Por eso la amo, y la voy a amar el resto de mis días.