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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi hijo después del gimnasio

Tengo cuarenta y siete años y, aunque suene presumido, sigo manteniéndome bien. Camino una hora al día, voy al gimnasio cuatro veces por semana y la genética de mi madre me dejó unas caderas anchas, un busto que todavía llama miradas y un trasero que mi marido, antes de irse, llamaba «la única razón para volver a casa». Ahora vivo sola con mi hijo Bruno, que acaba de cumplir diecinueve. Es un chico atlético, espalda ancha, brazos trabajados desde los quince. Hasta esa tarde de marzo nunca había pensado en él como otra cosa que mi hijo.

Llegué del gimnasio empapada. Tenía puesto un conjunto deportivo negro que me marcaba todo: leggings ajustados hasta el tobillo y un top que me apretaba los pechos contra el escote. La sudadera la había dejado en el coche porque hacía calor incluso para finales de invierno. Entré directo a la cocina con la lengua afuera de la sed y abrí el refrigerador buscando agua.

—Hola, ma. ¿Mucho cardio? —Bruno estaba sentado en la barra, comiendo cereal, descalzo, con un pantalón corto y una camiseta blanca.

—Bastante —respondí sin girarme—. Me dijeron que con cardio y pesas voy a esculpir más rápido la silueta.

—¿Sabes qué también es buen cardio? —dijo, y por el tono supe que venía algo que no quería oír.

Cerré la puerta del refrigerador con la botella en la mano y lo miré por encima del hombro.

—¿Qué?

—El sexo.

Sentí cómo se me subía el calor a la cara. No del cuello hacia arriba: desde el pecho, desde el ombligo, desde un lugar que llevaba años apagado. Bruno me miraba fijo, con una sonrisa apenas torcida, esperando mi reacción. No es lo que está diciendo, es cómo me está mirando, pensé.

—Bruno, soy tu madre. Ese tipo de comentarios no se hacen.

—Sé que eres mi madre. Y sé que llevas casi tres años sola. No es una falta de respeto, ma. Es lo que veo.

Apoyé la botella en la encimera. Las manos me temblaban un poco. Me dije a mí misma que era el azúcar bajo después del entrenamiento, pero me estaba mintiendo.

—¿Y qué es lo que ves, exactamente?

—Veo a una mujer. No quiero ver eso, créeme. Llevo meses tratando de no verlo. Pero te pones esa ropa y vas y vuelves del gimnasio y yo… —dejó la cuchara en el plato y bajó la mirada—. Olvídalo. Lo siento.

Tendría que haber salido de la cocina. Tendría que haberme metido en la ducha, haberme puesto ropa que tapara, haber llamado a mi hermana para que viniera a cenar y rompiera el silencio que había en la casa desde que Mauricio se fue. En vez de eso, di tres pasos hacia él.

—Ven aquí.

Bruno levantó la cabeza, dudó, y se bajó del taburete. Es más alto que yo desde los dieciséis. Lo abracé con torpeza, uno de esos abrazos de madre que dan permiso a sentir sin tener que decir lo que uno siente. Le pasé la mano por la espalda, le acaricié la nuca como cuando era chico y se asustaba con las tormentas.

Y entonces lo sentí.

Su erección apretada contra mi cadera, dura, urgente, imposible de disimular a través de la tela fina del pantalón corto. Me quedé quieta. Bruno también. Ninguno de los dos respiraba. Suéltalo, me dije. Suéltalo, dale las buenas noches, sube a tu cuarto.

—Lo siento —murmuró él contra mi pelo—. Lo siento, mamá, no puedo evitarlo.

—No te muevas —dije, y mi voz salió más ronca de lo que quería—. No te muevas todavía.

Le subí la mano hasta la mejilla, lo aparté un poco para mirarlo a los ojos. Tenía los ojos de su padre, oscuros y obstinados, pero la boca era mía. Le pasé el pulgar por el labio inferior. Bruno cerró los ojos.

—¿Tú me deseas como mujer? —pregunté, y supe que ya estaba cruzando algo que no se podía descruzar—. ¿No como tu madre? ¿Como mujer?

Asintió sin abrir los ojos.

—Dilo.

—Sí. Te deseo como mujer.

—¿Estás seguro?

—Llevo meses seguro.

Tomé aire. La cocina olía a mi sudor, a café del desayuno, al detergente de limón que usaba para los azulejos. Cosas de madre. Cosas de casa. Y yo a punto de tirar todo eso por la ventana.

—Una condición —dije—. Solo una. Esto no sale de aquí. No sale por la puerta, no sale por un mensaje, no sale por una tarde de cervezas con tus amigos. Si esto que vamos a hacer existe, existe entre nosotros dos y nadie más. ¿Está claro?

—Clarísimo.

—Júramelo.

—Te lo juro.

Le solté el rostro y me bajé el cierre del top hasta la mitad. Bruno tragó saliva tan fuerte que escuché el chasquido. Lo agarré de la mano y lo guié hasta el cuello, donde una gota de sudor me bajaba hacia el escote.

—Empieza por ahí.

***

Me besó como un chico que nunca había besado a una mujer mayor. Con timidez los primeros segundos, con hambre después. Me lamió la sal de la piel, me clavó los dientes con suavidad en el trapecio, me arrancó un sonido de la garganta que llevaba años sin hacer. Yo me agarré al borde de la encimera para no caerme.

—Tu cuello huele a ti —dijo contra mi oreja—. No a perfume, a ti.

—Es sudor, Bruno.

—Me da igual.

Me bajó el top entero. Los pechos me quedaron expuestos a la luz amarilla del extractor, todavía firmes pese a los años, los pezones erguidos por el aire fresco y por todo lo que llevaba dentro. Bruno los miró como si nunca hubiera visto unos antes. Quizá no había visto unos así. Acercó la boca despacio, como si pidiera permiso, y los recorrió uno por uno: la lengua, los labios, los dientes con cuidado de no apretar demasiado.

Yo le metí los dedos en el pelo y le sostuve la cabeza ahí. Eso fue lo primero que decidí: cuándo se quedaba y cuándo cambiaba. Si íbamos a hacer esto, yo era la madre, yo era la mujer mayor, y yo iba a marcar el ritmo.

—Despacio —le dije—. No tenemos prisa.

***

Lo llevé al sofá del salón. La cocina era demasiado expuesta y el cuarto demasiado nuestro: la cama en la que su padre y yo lo concebimos. El sofá era el lugar neutral, el que servía para Netflix, para discusiones, para llamadas largas con mi madre. Lo iba a manchar de otra manera ahora.

Le quité la camiseta. Tenía el cuerpo que me había imaginado sin querer cada vez que me lo cruzaba en el pasillo después de la ducha: hombros anchos, abdomen marcado, una línea fina de vello que bajaba hasta perderse bajo el pantalón. Le pasé la mano por el pecho como si fuera un mapa.

—¿Has estado con muchas chicas? —pregunté.

—Tres.

—¿Y ellas te enseñaron a hacer las cosas bien?

—No lo sé.

—Ya lo veremos.

Lo empujé hacia el sofá, lo senté y me puse de pie frente a él. Me bajé los leggings con calma, dejándole tiempo para mirar. Llevaba una tanga negra debajo. La piel de los muslos, todavía húmeda del entrenamiento, brillaba bajo la lámpara. Bruno apretaba los puños sobre las rodillas como si no supiera dónde ponerlos.

—Tócame —dije—. No vas a romper nada.

Y me tocó. Empezó por las pantorrillas, subió por los muslos despacio, pasó los dedos por la cara interna donde la piel es más fina. Cuando llegó a la tela de la tanga, ya estaba empapada, y no era sudor. Bruno apartó la tela con dos dedos y, antes de tocarme, me miró. Pidió permiso con los ojos. Le dije que sí con la cabeza.

El primer contacto me hizo doblar las rodillas. Me agarré a sus hombros. Bruno inclinó la cabeza hacia adelante y empezó a usar la lengua. Lo hizo lento, exploratorio, como un chico que aprende. Después con más confianza. Después sabiendo. Le dije lo que me gustaba con palabras y con la mano en su nuca. Él me obedecía y me sorprendía: combinaciones que su padre nunca encontró en veinte años de matrimonio.

—Bruno —jadeé—, mírame mientras lo haces.

Levantó los ojos sin apartar la boca. Eso me terminó. Me agarré con las dos manos a su pelo y dejé que me recorriera el orgasmo entera, ahí parada en medio del salón con las luces a medias y la respiración de mi hijo entre las piernas.

***

Cuando pude volver a sostenerme sola, lo hice tumbarse de espaldas y me senté sobre él. Le bajé el pantalón y la ropa interior de un solo gesto. Bruno me sostenía la cintura con las dos manos como si tuviera miedo de que me arrepintiera y me fuera. No iba a irme. Ya estaba demasiado lejos del lugar al que se podía volver.

Lo guié yo. Despacio, dejándole sentir cada centímetro, mirándolo a la cara para no perder de vista quién era él y quién era yo. Bruno cerró los ojos, abrió la boca y soltó un sonido que no le había escuchado nunca, un sonido que no era de hijo.

—Mírame —repetí.

Abrió los ojos. Y entonces empecé a moverme.

Lo monté con las manos apoyadas en su pecho. Sentí el sudor mezclarse, los olores de los dos haciéndose uno solo en el aire cerrado del salón. Bruno me agarraba las caderas, me marcaba el ritmo cuando yo me dejaba, me dejaba marcarlo cuando yo quería. Hubo un momento en el que ninguno de los dos hablaba. Solo respiraciones, solo el sonido del cuero del sofá, solo mi nombre —no «mamá», mi nombre, Camila— saliendo de su boca como una palabra prohibida que acababa de aprender.

—Avísame —le dije al oído—. Avísame antes.

—No voy a poder mucho más.

—Adentro.

Bruno se aferró a mi espalda, me apretó contra su pecho y vino con un temblor que le recorrió todo el cuerpo. Sentí el calor llenarme y supe, en ese segundo, que llevaba años sin sentir nada parecido a eso. No era el orgasmo. Era la urgencia con la que alguien me deseaba.

***

Después nos quedamos en silencio largo rato. Yo encima de él, todavía sin separarnos, su mano en mi pelo. Cuando hablé, hablé con la frente apoyada en la suya.

—Esto no vuelve a pasar.

—Lo sé.

—Lo digo en serio, Bruno. No mañana. No la semana que viene. No nunca.

—Lo sé, mamá.

Lloré un poco. No de pena. De miedo. De alivio. De ese vértigo que da haber tirado una pieza del juego que no tenía que tirarse. Bruno me limpió las lágrimas con el pulgar y no dijo nada. Hizo bien.

Me levanté, me puse el top y los leggings sin mirarlo. Subí a ducharme. Me lavé tres veces. Me senté en el suelo del baño y me quedé ahí hasta que el agua salió fría.

De eso ya pasó un mes. Bruno cumplió su palabra: no insiste, no me toca, no me mira diferente delante de la gente. Pero cuando estamos solos, cuando paso por el pasillo recién duchada, cuando se cruza conmigo en la cocina por la mañana, hay un segundo, apenas medio segundo, en el que sus ojos se quedan en los míos un poco de más. Y en ese medio segundo yo me pregunto cuánto voy a aguantar antes de pedirle, yo, que volvamos a la cocina.

No sé cómo seguir. No sé si sigo siendo madre. No sé si me quiero responder.

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Comentarios (6)

RosaM_Cba

increible!!! no pude parar de leer

TormentaSur

Por favor seguí con este relato, quede con ganas de saber que pasó despues. No puede quedar asi!

Gabi_55

de los mejores que lei en esta categoria, muy bien escrito

TatianaOk

Llevo tiempo leyendo relatos en esta categoria y este es de los que te quedan dando vueltas en la cabeza despues de terminarlo. Muy buen trabajo, esperando mas

Romina_Cba

ese momento del abrazo que describis... uf. te deja sin palabras. Sigue asi!!

MiguelN_Ros

relato genail jajaj en serio, muy bueno

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