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Relatos Ardientes

Mi tía política se quitó la camiseta delante de mí

Tenía diecinueve años recién cumplidos y vivía solo con mi madre en un piso pequeño del barrio. Ella trabajaba turnos de doce horas en la clínica y casi nunca volvía antes de las nueve de la noche. Para que la casa no se hundiera bajo el polvo, había contratado a Marisol, mi tía política, para que viniera tres tardes por semana a hacer la limpieza.

Marisol no era de la familia por sangre. Se había casado con un hermano de mi madre hacía algunos años y había sido siempre, para mí, esa figura amable que me regalaba algo en cada cumpleaños y que me preguntaba por la escuela cuando coincidíamos en las cenas familiares. Tenía treinta y tres años, una melena negra que le caía hasta la mitad de la espalda, piel morena y una manera de moverse que solo se aprende cuando una mujer sabe que la miran.

Hacía pilates dos veces por semana. Eso lo decía ella misma cuando se quejaba del lunes por la mañana, y se notaba. Tenía las piernas firmes, las caderas anchas y un trasero que parecía esculpido a mano. La cintura, en cambio, conservaba una redondez suave, como de mujer adulta que no se obsesiona con ser flaca. Los pechos eran grandes y se le marcaban incluso cuando llevaba sudaderas anchas.

Aquel verano hubo una semana en la que la ciudad ardía. Treinta y ocho grados a las cuatro de la tarde, sin nada de viento. Yo estaba en mi cuarto, con la persiana medio bajada y la consola encendida, jugando con los cascos puestos. Llevaba solo unos pantalones cortos, sin camiseta. Era imposible estar de otra manera.

Marisol llegó con su llave, dejó el bolso en la entrada y empezó por la cocina, como siempre. Cuando llegó a mi cuarto con la fregona, se asomó por la puerta y soltó la frase que lo cambió todo.

—¡Quién como tú, hijo! —dijo, abanicándose con una revista vieja que había recogido del salón.

—¿Por qué lo dices, tía? —contesté, pausando la partida.

—Tan fresquito, sin nada encima. Yo creo que voy a hacer lo mismo, que me derrito.

Lo dijo riéndose, como quien comenta el tiempo. Yo me limité a sonreír y a asentir, convencido de que era una broma. Pero ella se quitó las zapatillas, dejó la fregona apoyada en la pared y, sin más, agarró el dobladillo de la camiseta y se la sacó por encima de la cabeza.

Me quedé sin aire. Llevaba un sostén color crema, sencillo, sin encaje, pero el simple hecho de verla así, en mi habitación, con la piel morena brillando un poco por el sudor, me hizo apretar los dedos sobre el mando.

—Seguro que ya has visto pechos mejores que estos —dijo, casi en broma, mientras se agachaba para meter la fregona en el cubo.

—No —respondí. Ni siquiera era mentira; lo que tenía delante no se parecía a nada que yo hubiera visto en una pantalla.

—Bueno, pues sigo con lo mío. Tú a lo tuyo, no te incomodes.

—Para nada —dije.

Por dentro solo existía un pensamiento, repetido en bucle, sobre lo que se sentiría apoyar la cara entre esos pechos.

Cuando terminó, se volvió a poner la camiseta sin darle más importancia, me dio el beso de costumbre en la mejilla y se fue. Yo me quedé sentado en la cama veinte minutos, sin moverme, intentando entender qué había pasado y por qué mi propio cuerpo me dolía de las ganas.

***

El día siguiente fue lo peor. En el instituto no podía concentrarme. Mi cabeza volvía una y otra vez al sostén color crema, al gesto con el que se había agachado, al brillo de sudor sobre el cuello. Cuando llegué a casa por la tarde, allí estaba Marisol otra vez, esta vez en unos leggins azul marino, ajustados como una segunda piel.

—¿Qué tal el día? —me preguntó—. Si quieres salimos a dar una vuelta antes de que oscurezca, así me ventilo yo y de paso te invito a una horchata.

—Vamos —dije, sin pensarlo.

Caminamos hasta una heladería de la avenida y volvimos a paso lento. No habíamos hablado de nada importante, pero algo en su forma de mirarme de reojo cuando creía que yo no la veía me ponía nervioso. Al llegar, la casa estaba vacía. Mi madre todavía no había vuelto.

—¿Vemos algo? —dijo, dejándose caer en el sofá.

Encendió la tele y puso una serie que ninguno de los dos siguió de verdad. Después de un rato, se recostó. Y, sin pedir permiso, apoyó la cabeza en mi muslo.

Yo me quedé absolutamente quieto. Tenía un top negro escotado, el pelo le caía sobre mi pierna, su respiración era pausada y profunda. Cada vez que inhalaba, sus pechos se elevaban un poco. Intenté pensar en cualquier otra cosa: en el examen del viernes, en el partido del fin de semana, en la lista de la compra. No funcionó. La erección se fue formando sola, lenta, imposible de disimular bajo la tela ligera del pantalón corto.

Cuando ya no pude más, mascullé que necesitaba ir al baño. Me encerré con pestillo, me apoyé contra la puerta y me bajé los pantalones. Estaba duro hasta dolerme. Empecé a tocarme con prisa, con la imagen del sostén color crema todavía clavada en la cabeza.

El pestillo cedió. No supe en qué momento el cierre se había aflojado, pero la puerta se abrió de pronto y allí estaba Marisol, congelada en el umbral, mirándome con los ojos muy abiertos. Yo me cubrí como pude. Ella se dio la vuelta, salió y cerró la puerta con cuidado, como quien sale de una iglesia.

Bajé al salón cinco minutos después, con la cara ardiendo. Estaba sentada en el sofá, con las manos sobre las rodillas.

—Perdona, tía —dije, sin atreverme a mirarla.

—¿Por qué tendría que perdonarte? —respondió, muy tranquila—. No estabas haciendo nada malo. Es lo más normal del mundo, hijo. Y por mí no te preocupes, no diré una palabra.

Asentí. Ella sonrió, apenas un poco. Y por primera vez sentí que esa sonrisa no era la de una tía.

***

A partir de aquel día, todo cambió de forma sutil. Marisol se demoraba más en mi cuarto cuando limpiaba. Si yo entraba a la cocina mientras ella fregaba, se inclinaba un poco más de lo necesario para alcanzar un trapo del cajón de abajo. Cuando me hablaba, me ponía la mano en el antebrazo. Pequeñas señales, una detrás de otra, hasta que dejé de poder fingir que no las veía.

El jueves siguiente vino con unos jeans clarísimos, ajustadísimos, y una blusa blanca de tela tan fina que se le transparentaba el sujetador. Yo había vuelto del instituto antes de tiempo porque habían cancelado la última clase. La encontré arrodillada en el pasillo, escurriendo la fregona sobre el cubo. Levantó la cabeza al oírme.

—Llegas pronto —dijo.

—Sí, nos han mandado a casa.

Subí a mi habitación sin saber muy bien qué hacer conmigo mismo. Me senté en el borde de la cama y esperé. Ella subió a los pocos minutos, empujó la puerta con el hombro, dejó el cubo en la entrada y empezó a pasar la fregona.

Me levanté. Crucé el cuarto en tres pasos. La rodeé por la cintura desde atrás y le hablé al oído, con la voz que apenas me salía.

—Lo siento, tía. Pero no aguanto más.

Ella se quedó muy quieta, con la fregona todavía en la mano. Notaba su respiración por debajo de la tela fina de la blusa. Notaba, también, que no se apartaba.

—¿A qué te refieres? —preguntó, aunque sabía perfectamente a qué me refería.

—Hace semanas que no pienso en otra cosa. Desde aquel día. Desde antes de aquel día. No sé qué hacer con esto.

Tardó unos segundos en contestar. Yo seguía con la cara apoyada en su nuca, oliendo el champú de supermercado que de pronto me parecía el mejor perfume del mundo.

—Pues a lo mejor —dijo despacio— podemos buscar una solución.

Soltó la fregona. Se giró entre mis brazos.

La besé como si llevara años aprendiéndolo en sueños. Ella me devolvió el beso sin prisas, con esa seguridad que solo tienen las mujeres que ya saben lo que les gusta. Sus manos pasaron por mi cuello, por mi nuca, por la espalda desnuda. Yo le subí la blusa fina hasta sacársela; ella levantó los brazos para ayudarme.

El sujetador era el mismo color crema de la primera tarde. Me arrodillé delante de ella sin pensarlo, le besé el vientre, le pasé la lengua por la cintura. Ella enredó los dedos en mi pelo y echó la cabeza hacia atrás.

—Cierra la puerta —susurró—. Y pon el pestillo bien esta vez.

Me reí entre dientes mientras lo hacía. Cuando volví, ella ya se había desabrochado los jeans y los empujaba hacia abajo. La cama estrecha de mi cuarto, esa misma cama donde había crecido oyéndola pasar la aspiradora al otro lado de la pared, recibió por primera vez un peso que no era el mío.

Saqué un preservativo del cajón antes de que pudiera arrepentirme de tener uno. Ella me lo puso despacio, mirándome a los ojos, y me explicó sin palabras que no había prisa, que el calor de la habitación, el sudor en la frente, el ruido del ventilador, todo formaba parte de lo que íbamos a hacer.

Pasé la tarde entera con ella. Aprendí más en esas dos horas que en todos los vídeos que había visto en mi vida. Aprendí a detenerme cuando ella me lo pedía con un gesto de la cadera. Aprendí que una mujer adulta sabe exactamente lo que quiere y que lo más excitante es dejar que te lo enseñe. Aprendí, sobre todo, que el deseo se construye, que no estalla; que la primera vez que la piel de alguien encaja con la tuya no se olvida nunca.

Cuando terminamos, ella se quedó tumbada de costado, mirándome con una sonrisa que no era de tía ni de novia ni de amiga. Era otra cosa, algo que no tenía nombre.

—Esto va a ser nuestro pequeño secreto —dijo.

—Sí. Lo que tú digas.

—Y lo haremos cada vez que tú quieras.

Le pasé el dorso de la mano por el costado, despacio.

—¿Y si quiero todos los días?

Ella se rio, bajito, y me besó en la frente como si todavía fuera su sobrino.

***

Han pasado dos meses desde aquella tarde. Marisol sigue viniendo a limpiar tres veces por semana. En las cenas familiares me llama «hijo» igual que antes, me sirve la sopa y me pregunta por los exámenes con la misma voz tranquila de siempre. Nadie sospecha nada. Ni siquiera mi tío, que se sienta a su lado y le coge la mano cuando se ríen juntos de algún chiste antiguo.

Pero los lunes, los miércoles y los viernes, cuando mi madre todavía no ha vuelto del hospital y la casa está callada, Marisol cierra con pestillo la puerta de mi cuarto, deja la fregona en el pasillo y entra con esa sonrisa que solo conozco yo. A veces basta con un beso largo. A veces nos pasamos la tarde entera, hasta que la oímos coger las llaves y bajar la escalera con la cara recompuesta y la blusa otra vez bien metida en los jeans.

Es nuestro pequeño secreto. Y de momento ninguno de los dos tiene ganas de romperlo.

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Comentarios (5)

lector_ba22

buenisimo!! bien escrito y con mucha tension. Me gusto mucho

RodrigoSF

Por favor que haya segunda parte, no puede quedarse ahi. Tremendo final jaja

TinoRosario

La manera en que va subiendo la tension es lo mejor. Se siente real de principio a fin

Fer_Night

Esa edad y ese tipo de situaciones... uno no las olvida mas jaja. Muy buen relato

PabloGba

de los mejores que lei en la categoria, gracias por compartirlo

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