Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi prima me buscó en el baño durante la boda

La llamada llegó un martes por la noche, mientras cenaba con mis padres. Mi madre me miró por encima del plato con esa expresión que ya conocía: la de quien va a soltar una obligación familiar disfrazada de buena noticia.

—Mateo, dentro de quince días se casa tu prima Carolina. Hay que estar.

—¿Toda la familia?

—Toda. Y por una vez, llega a tiempo.

Asentí porque no tenía sentido discutir. Las bodas familiares siempre eran lo mismo: misa eterna, restaurante mediocre y conversaciones repetidas sobre quién había engordado, quién había adelgazado y quién seguía sin pareja. Yo entraba en la última categoría, así que me preparé mentalmente para las preguntas de rigor.

El sábado del enlace nos fuimos en caravana hasta un pueblo costero a dos horas de la ciudad. Una de esas localidades de calles blancas, pescadores en el muelle y una iglesia diminuta encajada entre dos casas bajas. Llegamos tarde, como siempre. Tan tarde que tuvimos que quedarnos fuera, escuchando el sermón a través de la puerta abierta y aguantando el sol de mediodía sobre la nuca.

Cuando salieron los novios y empezó el lanzamiento de arroz, mi padre me dio un codazo.

—Allí está tu prima Lucía. Ve a saludarla, que hace una eternidad que no la ves.

La busqué con la mirada. La última vez que habíamos coincidido, los dos teníamos doce años y ella era una niña flaca con coletas y aparato. Me costó identificarla entre los invitados. Cuando lo hice, me quedé clavado.

Lucía tenía ahora veinticuatro, los mismos que yo, y ya no quedaba nada de la cría de los recuerdos. Llevaba una blusa negra de seda, sin escote pero con la tela lo bastante fina para insinuar todo lo que escondía. La falda roja, tubo, le llegaba justo por encima de la rodilla, y unos tacones bajos le marcaban la pantorrilla con una línea limpia. Nada de aquello era ajustado en exceso. Tampoco hacía falta. La imaginación se encargaba del resto.

Me acerqué intentando disimular la sonrisa. Cuando me reconoció, soltó un pequeño grito y me abrazó como si llevara toda la mañana esperándome. Olía a algo cítrico, fresco. Sentí sus tetas contra mi pecho más segundos de los necesarios, y noté los pezones marcados a través de la seda.

—Mateo, estás irreconocible. ¡Qué espantajo eras de niño! —se rio.

—Tú tampoco te has quedado atrás —dije, y noté que la frase había salido con más intención de la que pretendía.

Como ella no tenía coche y sus padres se habían marchado con otros tíos, le ofrecí llevarla yo al restaurante. Eran apenas quince minutos por una carretera costera, pero me las arreglé para alargar el trayecto a media hora dando un rodeo absurdo por el paseo marítimo. Lucía iba en el asiento del copiloto con las piernas cruzadas hacia mí, el muslo derecho rozando la palanca de cambios. Cada vez que metía marcha, mi mano pasaba a un palmo de su rodilla. No me miraba directamente, pero sonreía mirando al frente, como quien sabe que la observan.

***

En el coche nos pusimos al día de los últimos diez años en versión resumida. Estudios, mudanzas, trabajos. Ella vivía en Sevilla desde hacía dos años, daba clases de inglés en un colegio concertado, y llevaba año y medio con un chico al que había conocido allí. Diego, se llamaba. No había podido venir a la boda por un curso de formación que no podía perderse.

—Lo voy a echar de menos esta noche —dijo, sin demasiada convicción.

—Yo te haré compañía, no te preocupes.

Me miró de reojo. Sonrió con media boca.

En el restaurante, una vieja casa de comidas reformada con vistas al mar, nos sentamos juntos. Ninguno de los dos quería estar en la mesa de los matrimonios mayores, así que improvisamos un rincón propio en la mesa de primos jóvenes. Cenamos despacio, hablando todo el rato, ignorando los discursos del padrino. Cuando llegó el champán y el camarero empezó a servir copas para el brindis, yo ya estaba mirándole los labios más de lo prudente e imaginándomelos alrededor de mi polla.

La orquesta empezó a tocar pasada la medianoche. Boleros primero, después salsa, después merengue. Yo doy clases de bachata en una escuela de baile los miércoles y los viernes, así que en cuanto sonaron los primeros acordes latinos le ofrecí la mano sin preguntar.

—Te enseño algo. Para que sorprendas a Diego cuando vuelvas.

—Tramposo —dijo, pero me siguió.

Bailamos las dos primeras canciones a una distancia razonable, marcando los pasos básicos. A la tercera ya tenía la mano firme en la base de su espalda y la suya sobre mi hombro. A la quinta, la falda roja había empezado a subirle por los muslos cada vez que la giraba. A la séptima, dejé de mirarle la cara para mirarle las piernas.

Lucía bailaba con los ojos cerrados, dejándose llevar. Yo aprovechaba las figuras para inclinarla hacia atrás y sostenerla por la cintura un segundo más de lo que la coreografía pedía. En una de esas, la falda se le subió tanto que vi un trozo de braguita negra de encaje pegada al coño. Ella abrió los ojos, se incorporó y se la bajó con un gesto rápido, sin dejar de sonreír.

—Estate quieto —murmuró.

—Es la salsa, no soy yo.

—Sí eres tú. Lo sabes perfectamente.

Seguimos.

***

Al cabo de un rato, noté las miradas. Dos primos lejanos y un par de amigos del novio nos observaban desde la barra con una sonrisa torcida. Lucía también lo notó. Me apretó el brazo.

—Vamos a parar. Estamos dando el espectáculo.

Volvimos a la mesa. Bebimos agua. Hablamos de cualquier cosa durante diez minutos forzados, evitando mirarnos. Pero la música seguía, y el cuerpo me pedía volver. La saqué otra vez. Esta vez la giré hacia la orquesta, dándole la espalda al resto del salón. Cuando estuvimos cubiertos por mi cuerpo y por la penumbra de las luces tenues, le bajé la mano hasta el inicio de la curva del culo y apreté fuerte, hundiendo los dedos en la carne firme por debajo de la falda.

Se separó de golpe.

—Mateo, para. En serio. Ni Diego me toca así en público.

—Es que eres una tentación —solté, sin pensarlo.

Me miró fijo. Por primera vez en toda la noche no había ironía en sus ojos. Había otra cosa.

—Somos primos. Está toda la familia. ¿Te das cuenta de lo que dices?

Bajé la mirada. Asentí. Le pedí perdón. Volvimos a sentarnos.

Diez minutos más tarde, ella misma me sacó a bailar otra vez.

Lo intentamos en serio, mantener la distancia. Pero a la segunda canción ya tenía su muslo entre mis piernas y los dos respirábamos por la boca. Ella notaba perfectamente cómo se me endurecía la polla contra su cadera, y en vez de apartarse apretaba más, restregándose despacio como si le picara y solo mi hueso le calmara. En una vuelta lenta, la atraje contra mí y dejé que su pelvis se ajustara contra mi pierna. Sentí el calor a través de la tela y cómo empezaba a mover las caderas en pequeños círculos, montándose sobre mi muslo casi sin darse cuenta. Cuando se separó para hacer un giro, vi la mancha húmeda que había dejado en mi pantalón de lino claro. Un manchón oscuro, brillante, con la forma exacta de su coño. Estaba claro que no era sudor.

Ella también lo vio. Se llevó la mano a la boca, se puso de un rojo intenso y salió del salón sin decir nada en dirección a los baños.

***

Esperé un par de minutos por puro decoro. Después fui tras ella.

La encontré en el pasillo de los aseos, apoyada contra la pared, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Como si rezara. Me acerqué despacio.

—Tranquila. Somos adultos. Y mírame, yo también estoy igual. Será del calor.

Me miró la entrepierna. El bulto era imposible de disimular, la polla tirando del lino hacia un lado, marcando hasta la punta. No me contestó. Abrió los ojos y me clavó una mirada que no había visto nunca en una mujer. No era deseo educado ni provocación de baile. Era hambre limpia, sin disfraz.

La cogí por la cintura y la besé. Apenas le rocé los labios cuando me empujó.

—No es buena idea.

—Lo sé.

—En serio, Mateo. No.

—Lo sé.

Pero no me moví. Y ella tampoco se fue. Volví a acercarme. Esta vez la besé entero, despacio, dejándole sitio para apartarse. No se apartó. Le metí la lengua y respondió con la suya, chupándomela con hambre, mordiéndome el labio. Le agarré una teta por encima de la seda y le pellizqué el pezón. Soltó un gemido corto contra mi boca. Después de unos segundos volvió a separarse, jadeando.

—Nunca le he sido infiel a Diego.

—Siempre hay una primera vez. Y no se va a enterar.

Nos miramos. Y volvimos a fundirnos en otro beso, ahora ya sin freno. Empujé la puerta del aseo de señoras, miré dentro, no había nadie, y la metí tirando de su mano. Eché el pestillo.

***

Dentro, la pegué contra el lavabo. Le subí la falda hasta la cintura de un solo tirón. Los muslos, blancos y firmes, temblaban ligeramente. Le aparté la braguita negra a un lado con dos dedos y me encontré con un coño depilado hasta dejar solo una franja fina de vello oscuro, los labios hinchados y brillantes, chorreando literalmente sobre la cara interna de sus propios muslos. La tenía empapada, mucho más de lo que la mancha del pantalón anunciaba. Pasé el dedo corazón por toda la raja, de abajo arriba, y lo saqué cubierto de flujo espeso. Se lo enseñé. Ella abrió la boca y me chupó el dedo mirándome, saboreándose entera.

—Cómo me gusta, joder, cómo me gusta —repetía contra mi cuello, agarrándome el pelo.

Volví a bajar la mano. Le metí primero un dedo, entero, hasta el fondo. El coño se le cerró como un puño alrededor. Le metí un segundo. Empecé a follarla con los dedos, entrando y saliendo con ritmo, mientras con el pulgar le presionaba el clítoris hinchado y le hacía círculos. Ella se agarraba al borde del lavabo con las dos manos, con la cabeza tirada hacia atrás.

—Más, más adentro, hostia, no pares.

Con la otra mano le desabroché tres botones de la blusa. El sujetador era a juego con la braguita: encaje negro, transparente, con los pezones oscuros marcándose debajo. Le saqué una teta entera por encima de la copa, le cogí el pezón con la boca y empecé a chupárselo, a mordérselo suave, mientras seguía metiéndole y sacándole los dedos abajo cada vez más rápido. Se oía el ruido húmedo del coño chapoteando alrededor de mi mano, un ruido obsceno que rebotaba en los azulejos. Ella no se controlaba. Echaba la cabeza atrás contra el espejo, soltaba sonidos roncos que intentaba ahogar mordiéndose el labio, cerraba los muslos apretándome la muñeca entre ellos.

No tardó nada. Estaba tan al límite que con cuatro minutos de mis dedos se corrió contra mi mano, apretándome el hombro con tal fuerza que me dejó las marcas de las uñas. La sentí temblar entera, los muslos convulsionándose, y una oleada de líquido caliente me empapó la palma y bajó por la muñeca hasta el puño de la camisa. Cuando recuperó el aliento, me apartó la mano, me la volvió a chupar limpiándomela dedo a dedo, y me miró.

—Aquí no. Vamos fuera. Quiero tu polla en la boca al aire libre.

Salimos con cara de circunstancias, ella recolocándose la blusa con los pezones aún duros marcando la seda, yo con el pantalón aún más manchado que antes. Por suerte, la fiesta estaba ya en la fase del baile descontrolado y nadie nos miraba. Rodeamos el restaurante por fuera y enfilamos la pasarela de madera que llevaba a la playa.

***

Caminamos descalzos por la arena fría. Hablamos poco. Ella estaba en algún lugar a medio camino entre la culpa y la euforia. Yo estaba simplemente esperando, con la polla tirando por dentro del pantalón, dura desde hacía tanto rato que dolía.

Al final de la cala había unas rocas planas que el mar había pulido durante años. Nos sentamos. Ella encendió un cigarrillo que yo no sabía que fumaba. Me miró desde detrás del humo.

—Te deseé desde que te bajaste del coche esta mañana —dijo.

—Yo desde antes. Cuando te vi en la puerta de la iglesia.

Aplastó el cigarrillo contra la piedra. Se levantó. Se puso de pie delante de mí, abriéndome las piernas con las suyas, dejando su pelvis a la altura de mi cara. Me cogió la cabeza con las dos manos y me besó echándose hacia delante. Después fue bajando, despacio. Me desabrochó los botones de la camisa uno por uno, me la abrió, me besó el pecho, el estómago, el principio del pantalón.

Me hizo levantarme. Me bajó el cinturón y los pantalones hasta los tobillos. Se arrodilló sobre la arena, las rodillas hundidas, la falda roja arremangada hasta las caderas. Me sacó por encima del calzoncillo y empezó por encima de la tela, con la lengua, con los labios, calcando la forma de la polla con la boca, dejándome el bóxer chorreando de saliva. Cuando ya no podía más, me bajó el bóxer de un tirón y la polla saltó libre delante de su cara. Le pegó en la mejilla. Ella se rio, la agarró por la base y se la metió entera de una sola vez, hasta el fondo de la garganta.

Ha sido la mejor mamada de mi vida. Sin discusión. No tenía prisa, no hacía espectáculo, no fingía. Me la chupaba como si fuera lo único que existiera en aquella playa. Subía y bajaba con toda la boca abierta, dejando que la saliva le cayera por la barbilla, apretando los labios contra el tronco cada vez que se la sacaba hasta la punta para volver a tragársela entera. Recorría todo con la lengua, se paraba a chuparme los huevos uno por uno, se metía los dos en la boca a la vez, volvía a subir con la lengua plana a lo largo de la vena y se la volvía a tragar hasta la base. Paraba para mirarme desde abajo, con la polla apoyada en la lengua y la punta pegada al paladar, y me guiñaba un ojo antes de seguir. En un momento me cogió la mano, se la puso en la nuca y me miró como diciendo que le follara la cara. Le hice caso. Empecé a moverme yo, agarrándole el pelo con las dos manos, entrando y saliendo de su boca con embestidas cortas. Ella se dejaba, con los ojos llorosos, tragando cada vez que la punta le tocaba la garganta, sin apartarse.

—Me voy a correr —le avisé jadeando—. Me voy a correr en tu puta boca.

Gimió con la polla dentro. Aceleré. Cuando estallé, ella no se apartó. Sentí cómo se contraía la garganta tragando el primer chorro. El segundo se lo dejé en la lengua para que lo saboreara. El tercero le salpicó los labios y la barbilla. Siguió chupándome hasta la última contracción, sin dejar de mirarme, apretando con la lengua contra la punta para exprimirme entero. Tragó hasta la última gota. Después sacó la lengua y me lamió los restos de la punta, limpiándome despacio.

Después se limpió los labios con el dorso de la mano, se levantó, me dio un beso corto en el que aún me pasó su propio semen de su lengua a la mía, y dijo:

—Vámonos. Nos están buscando.

Volvimos al restaurante caminando despacio, separándonos los últimos cien metros. Nadie había notado nuestra ausencia, o al menos nadie dijo nada. Bailamos un par de canciones más, ya marcando distancias. A las cinco de la mañana, los novios cortaron la tarta y nos despedimos con dos besos formales delante de toda la familia.

De aquello han pasado tres años. Diego sigue siendo el novio oficial de Lucía. Yo sigo soltero. Nos hemos visto otras tres veces, siempre con coartada, y en cada una de ellas he vuelto a follármela hasta dejarla sin voz. Y cada Navidad, cuando la familia se junta, nos saludamos con la educación correcta de dos primos que apenas se ven. Solo nosotros sabemos lo que pasa cuando se cierra una puerta.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios(9)

Sindo

tremendo relato!!! quede sin palabras

NereaSur88

Dios mio que tension desde el principio hasta el final. Sigue escribiendo asi de bien!

Ramiro_Mza

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede quedar ahi la cosa jajaja me quede con ganas de mas

Marko

Me recordo a una reunion familiar de hace años... digamos que hay cosas que uno nunca olvida. Muy buen relato.

amojoelh

brutal. mas!!

lectora_baires

Muy bien narrado, se siente la tension en cada parrafo. Me engancho desde la primera linea y no pude parar de leer

CuriosaLect

Como termino todo despues de la boda?? espero que haya continuacion!!!

Vero_Mendoza

La descripcion de esa mirada... ufff. Te lo juro que se me puso la piel de gallina leyendolo, que bien contado

Nati_Baires

Se hizo cortisimo, queria que siguiera. Saludos!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.