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Relatos Ardientes

Mi suegra me enseñó algo que mi mujer me ocultaba

La historia empezó un sábado de marzo, cuando Carolina y su padre salieron temprano para una gestión en el registro civil y nos dejaron a Eugenia y a mí solos en la casa hasta el atardecer. Hacía tres años que vivíamos los cuatro bajo el mismo techo y, hasta esa mañana, yo nunca había mirado a mi suegra de otra forma que no fuera la de la madre de mi mujer.

Yo trabajaba en una distribuidora de bebidas, tenía treinta y ocho años, jugaba al tenis los miércoles y me consideraba un tipo normal, leal, sin grandes pretensiones. Carolina, mi mujer, tenía veintiséis años y se ocupaba del bar familiar. Era hermosa, pero distante. La cama nuestra se había vuelto un trámite que ella despachaba con desgano, una vez cada tantas semanas, mirando al techo. Lo del fuego apagado lo notaba todos los meses, aunque me obligaba a no pensarlo.

Eugenia, mi suegra, andaba por los cincuenta y cuatro. Iba al gimnasio tres veces a la semana. Se reía con todo el cuerpo. Tenía la mano larga para el vino y la mirada más larga todavía para todo lo demás. Vivía con Ricardo, su marido, un hombre veinte años mayor que ella, con la próstata operada y dos by-pass, que ya no la tocaba desde hacía bastante.

—Vos poné la mesa, mi amor —me dijo Eugenia desde el pasillo aquel sábado—. Yo me cambio en un minuto.

Era pasado el mediodía. La cocina olía a estofado lento. Acomodé los platos, abrí una botella de tinto que estaba enfriándose en la heladera y me preparé para almorzar con ella como tantas otras veces. Hasta que volvió.

Volvió descalza. Volvió con un conjunto de seda negro, dos piezas mínimas, con puntilla en los bordes y un lazo flojo entre los pechos. Volvió con el pelo suelto y un perfume que yo no le había olido nunca. Se paró en el umbral de la cocina con las manos en la cintura y una sonrisa que no era la sonrisa de una suegra.

—¿Qué te parece? —preguntó.

Me quedé con la copa en el aire.

No es para mí, no es para mí, no es para mí.

—Si no te gusta el menú, me cambio —insistió, y se mordió el labio como una nena que está haciendo una travesura.

—No —dije—. Quedate así.

Era la primera vez que la tuteaba. Las palabras me salieron antes de pensarlas. Eugenia se acercó hasta la mesa y se sentó frente a mí. Cruzó las piernas. La luz de la ventana le pegaba en el muslo y yo no pude mirar otra cosa.

El almuerzo no se comió. Las copas, sí. Una, dos, tres. Hablábamos de cualquier cosa, pero entre las palabras había otra conversación más antigua, sin frases. Yo sentía que la sangre se me iba del cerebro a otro lado, y ella lo sabía. Estaba esperando algo, paciente, como quien sabe que el tiempo le juega a favor.

—Andrés —dijo en algún momento—, ¿vos sabés que hace dos años que te miro así?

No supe qué contestar. Me terminé el vino que me quedaba.

Ella se levantó, dio la vuelta a la mesa y se sentó en mi falda. Pesaba menos de lo que parecía. Me apoyó la frente en la frente, sin besarme todavía, y me dejó respirar su perfume durante varios segundos. Después acercó la boca y, cuando me besó, supe que no había vuelta atrás.

***

El cuarto matrimonial de Eugenia estaba en penumbras. Persianas a medio bajar, sábanas blancas tendidas, un ventilador de techo girando muy despacio. Ella me empujó hacia atrás contra el colchón con la calma de una mujer que tiene experiencia, y se sacó las dos piezas de un solo movimiento. La piel le brillaba. Tenía un cuerpo trabajado, firme, con marcas claras del bikini del verano.

Me arrancó la camisa. Me bajó los pantalones sin prisa. Cada gesto suyo parecía un párrafo aparte. Yo, en cambio, me sentía torpe, urgente, como si todo se me fuera a escapar antes de empezar.

—Tranquilo —me dijo, y me apretó la cara con las dos manos—. Tenemos toda la tarde.

La primera vez fue rápida. Demasiada hambre acumulada. Yo entré sin más preámbulo y ella me recibió con un suspiro largo, agarrándome la cintura para imponer el ritmo. No duré nada. Cinco minutos, quizás. Me vine adentro de ella sin que ninguno de los dos dijera nada, y los dos nos quedamos quietos un rato, escuchando el ventilador.

—Bueno —dijo riéndose—. Eso era lo urgente. Ahora viene lo lindo.

La segunda fue distinta. Eugenia me sentó en el borde de la cama y se arrodilló entre mis piernas. Me miró desde abajo, sin sacarse el pelo de la cara, y me hizo con la boca lo que mi mujer no me había hecho en tres años. Lentamente. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo le acaricié la nuca, le aparté los mechones, le repetí el nombre como si fuera un rezo.

Cuando me sintió cerca otra vez, se subió encima. Esta vez se movió ella, marcando el compás, doblándose hacia adelante para apoyarme la frente en el cuello. Le pasé las manos por la espalda y le marqué los huesos con la yema de los dedos. Cuando se vino, gimió fuerte, sin pudor, en una casa que igual estaba vacía.

***

Almorzamos a las cinco de la tarde. Restos del estofado, recalentados. Eugenia se puso una camisa mía sobre el cuerpo desnudo y nada más. Yo, en calzoncillos. Compartimos un whisky en un solo vaso, que pasaba de su boca a la mía, espontánea, como se convida a una pareja. Hablábamos poco. Lo poco que decíamos era práctico: a qué hora volvía Carolina, cuándo Ricardo, qué hacíamos con las sábanas.

—Las cambio yo —dijo ella—. Vos andá a darte una ducha en tu baño y portate como si nada.

Me duché con el agua casi fría. Me miré al espejo y no me reconocí. No era culpa lo que sentía: era una especie de vértigo, como cuando uno conduce muy rápido y por un segundo se le cruza por la cabeza que podría soltar el volante.

Esa noche cené con Carolina como si nada hubiera pasado. Ella me contó del trámite, del calor que había hecho, de un café que se había tomado en un bar cerca del registro. Eugenia y Ricardo cenaron en su parte de la casa. Cuando Carolina y yo nos fuimos a la cama, le hice el amor por primera vez en semanas. Carolina pareció sorprendida, pero no preguntó nada.

***

El asunto, lejos de cerrarse aquel sábado, se volvió costumbre. Cada vez que la casa se vaciaba, Eugenia me esperaba. A veces ni siquiera había planificación: pasaba a buscar un libro al cuarto de ellos y la encontraba ahí, leyendo, con los anteojos apoyados en la punta de la nariz, y entendía. Cerraba la puerta con cuidado y me iba con ella a alguna pieza segura.

Aprendí a moverme en el aire. A no dejar pelos en el baño que no fuera el mío. A reírme con Ricardo de los partidos. A ponerle el brazo encima a Carolina en el sillón sin que la mano me temblara. A traer regalos los viernes para las dos mujeres, idénticos en el envoltorio, distintos en el contenido.

Me decía que era pasajero. Que un día iba a cortar. Pero pasaba un mes y otro mes y la cama de Eugenia me llamaba más fuerte que la prudencia.

Hasta que ella habló.

***

Fue una tarde de jueves, en su cuarto, después de hacer el amor. Yo estaba boca arriba; ella, de costado, con la cabeza apoyada en mi pecho.

—Andrés —dijo—, tenés que dejar de sentir culpa.

—No siento culpa —mentí.

—La sentís, y mucho. Te lo veo en la cara cuando bajás a desayunar. Te voy a decir algo y no quiero que me interrumpas.

Se incorporó. Se cubrió el pecho con la sábana, como si lo que iba a decir necesitara un mínimo de decoro.

—Carolina te engaña desde antes de casarse con vos. Con un tipo casado, mucho mayor. Es su jefe en el bar.

Me quedé sin aire. La miré buscando que se riera, que dijera «es una broma». No se rió.

—Lo sé hace tiempo —siguió—. Lo descubrí yo solita. Por eso te miré como te miré aquel sábado. No fueron solo ganas, Andrés. Fue justicia.

Quise levantarme, vestirme, salir. No pude. Me quedé clavado al colchón mirando una mancha de humedad en el techo.

—Hay más —agregó ella.

—No quiero saber nada más.

—Sí querés. Carolina sabe lo nuestro. Lo sabe desde el día siguiente al primer almuerzo.

Levanté la cabeza despacio.

—¿Cómo que lo sabe?

—Yo se lo dije. Cara a cara. Le mostré la prueba. Quería que entendiera. Y entendió. No estás engañando a una boba, Andrés. Estás engañando a alguien que también te engaña a vos. Eso le calma la conciencia. Por eso no abrió la boca.

***

Esa noche manejé sin destino dos horas. Pasé por la avenida costera, por la rotonda del shopping, por la salida hacia la ruta. En cada semáforo pensaba en irme y nunca volver.

Volví. Subí a casa. Carolina estaba en la cama, mirando el celular. Levantó los ojos, me sonrió, me preguntó si quería un té. Le dije que no. Me acosté de espaldas a ella, con la mirada en la pared, y entendí que mi vida entera había sido un teatro y que el último en enterarse de la obra era yo.

Estuve días así. Espié el celular de Carolina cuando se duchaba. Vi los mensajes. Eran cariñosos, viejos, sin pudor. Vi fechas que coincidían con noches en que ella había dicho que se quedaba a cerrar caja. Vi un hotel mencionado dos veces, siempre el mismo, sobre la avenida del puerto. Vi todo lo que necesitaba ver.

Y entonces empecé a planearlo distinto.

***

Eugenia me pregunta, cada tanto, qué pienso hacer. Le contesto que todavía no sé. No es del todo cierto. Tengo en la cabeza una idea que crece despacio, como una planta que pide poca agua. Una idea que tiene que ver con el bar, con un viaje de Carolina, con un encuentro fortuito en un hotel y con una serie de fotos que llegan al celular del jefe casado y, en simultáneo, al de su mujer.

El cornudo, descornudando. El burlador, burlado. El que llegó último a la fiesta con el plato más caro entre las manos.

Mientras tanto, sigo cenando con los cuatro. Sigo poniendo la mesa los sábados. Sigo subiendo a la cama de Carolina y sigo bajando, cuando ella sale, a la de Eugenia. Sigo siendo, en apariencia, el yerno bueno que cualquier suegra querría.

Solo que ahora sé. Y saber, en estas casas, lo cambia todo.

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Comentarios (5)

Marcos_Baires

Que calidad!!! Hacia tiempo que no leia algo que me enganchara desde el primer parrafo. Muy bueno.

Santiago_V

Se hizo cortisimo... Por favor seguí, no puede quedar asi.

LoboBA

Me trajo recuerdos de algo parecido que vivi. El relato esta muy bien logrado, los personajes se sienten reales.

GonzaRiver

excelente!!!

fern10

No es mi categoria favorita pero este me atrapó de principio a fin. Sigue asi!

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