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Relatos Ardientes

Amo a mi prima, pero Daniela me hizo flaquear

Ya conté otra vez la idea que tuvo Carolina para que nuestra relación, la verdadera, no cayera bajo la mirada de nuestros padres: cada uno se buscaría una pareja oficial, una tapadera digna, alguien que sirviera de coartada para los almuerzos del domingo y los cumpleaños familiares. Ella eligió a Mateo, un chico tímido que la trataba con una delicadeza casi reverencial. Yo elegí a Daniela, una compañera de la universidad que arrastraba en los pasillos una fama nada inocente.

El día que le dije a Daniela que quería ser su novio, ella me llevó a su departamento y, antes de poder explicarle nada, me bajó la cremallera y me hizo terminar en su boca. Más tarde, esa misma noche, me masturbé sin acabar tres veces seguidas, intentando vaciar lo poco que me quedaba para que mi prima no notara nada cuando volviéramos a vernos. Habíamos acordado no acostarnos con las parejas falsas. Era la única regla. Y ya la había roto en menos de doce horas.

Cursábamos en la misma facultad, así que veía a Daniela todos los días. Carolina estudiaba arquitectura en otro campus, lo que reducía el riesgo de un encuentro incómodo. Y, a pesar de la fama de fácil que arrastraba mi novia oficial, descubrí que era una mujer realmente atractiva, leída, con un sentido del humor afilado que la mayoría de los varones de la facultad jamás se había molestado en escuchar. Hablaban de su cuerpo y de los rumores; nunca de las cosas que decía. Una pena para ellos. Yo, que solo iba a usarla como pantalla, me sorprendí queriendo quedarme una hora más en cada cita.

El día se me iba en esa contradicción. Cada vez que recordaba a Carolina, la culpa se me clavaba en el pecho como un alfiler. Ella era el amor verdadero, la mujer con la que algún día encontraría la manera de vivir abiertamente, sin escondernos. Pero Daniela estaba ahí, a un mensaje de distancia, y la tentación tenía un cuerpo y un perfume y una risa.

***

Los miércoles eran nuestro día de salida con las parejas oficiales. Carolina cenaba con Mateo. Yo iba al cine con Daniela. Esa noche, la sala estaba casi vacía. Daniela pasó la película entera con la mano sobre mis pantalones, dibujando círculos lentos sobre la tela. No era la primera vez que lo hacía, pero esta vez no se detuvo. Cuando salimos al estacionamiento, la erección ya me apretaba el pantalón. Era exactamente lo que ella buscaba.

—Llévame a un hotel —dijo, abriendo la puerta del coche sin mirarme—. Te ayudo con eso.

Miré el reloj. Apenas eran las ocho. Tenía tiempo. Pasamos por una tienda a comprar una botella de vino tinto y una caja de preservativos, y manejé hasta un hotel a las afueras, lejos de cualquier zona donde pudieran reconocernos.

Bebimos directo de la botella. Daniela puso música en su teléfono, algo de jazz lento que sonaba mejor de lo que esperaba. Se quitó los tacones de un par de patadas y se quedó descalza, todavía vestida con su vestido azul de lino. Eso era algo que me fascinaba de ella. Carolina era una belleza distinta, más natural, casi siempre en jeans y sudaderas anchas; podía pasar de pijama a la cocina sin notar el cambio. Daniela, en cambio, vivía impecable. Vestidos, tacones, un maquillaje suave pero estudiado. Eran dos formas opuestas de vestirse para el deseo, y aquella noche solo tenía a una de ellas a mi alcance.

Cuando vaciamos media botella, la abracé por detrás y le besé el cuello. Olía a algo cítrico, a piel calentada por el alcohol. Subí la mano hasta sus pechos. Casi nunca usaba sostén. Le bajé los tirantes del vestido lentamente, descubriéndole los hombros, y luego la tela siguió su camino hasta la cintura. Le acaricié los pezones con la yema de los dedos hasta que se le pusieron duros.

—Me encantas, bebé —dijo girando la cabeza para besarme.

—Tú me vas a volver loco —contesté.

Por un instante traté de cerrar los ojos e imaginar que era Carolina. Lo intenté, en serio, pero los cuerpos eran demasiado distintos. Las manos no caían en los mismos lugares, las caderas no se movían igual. Me rendí. Decidí dejarme estar ahí, presente, en el cuerpo que tenía entre los brazos.

La empujé suavemente hacia la cama. Se dejó caer boca abajo y soltó una risa corta, sorprendida. Le levanté el dobladillo del vestido y le besé la espalda, los hoyos de la cintura. Me bajé el pantalón sin dejar de besarla. Le froté la verga entre las nalgas, sin penetrar, solo rozando. La regla que aún no había roto era esa: no entrar sin condón. Esa frontera, al menos, le pertenecía a Carolina.

Le giré la cara y le pasé los dedos por la garganta, sin apretar, solo marcando una intención. Daniela respondió con un gemido bajo, el de alguien que entendía sin que se lo explicaran.

—¿Me la chupas? —pedí.

Me puse boca arriba y ella se acomodó entre mis piernas. Había algo ritual en cómo lo hacía: subía los ojos cada cierto rato, buscando los míos, asegurándose de que la estaba mirando. Cuando me empujé un poco hacia su garganta y la sentí abrir más, supe que había llegado el momento de cambiar la dinámica.

—Arrodíllate —le dije, y le coloqué una almohada sobre el suelo del cuarto.

Le di un par de golpes suaves con el glande contra los labios cerrados. Ella abrió la boca sin hacerse de rogar. La tomé de la nuca y empecé a moverme, despacio al principio y después con más insistencia. La sentí atragantarse y tragar saliva y respirar por la nariz. No me detuve. Cuando llegó el momento, la sostuve firme y dejé que terminara dentro. Daniela se tragó cada chorro con los ojos llorosos y, al final, abrió la boca exagerando el último gesto, como si quisiera mostrarme un escenario vacío después del aplauso.

—Ahora te toca a ti —dije.

***

La empujé sobre la cama, esta vez boca arriba, y me coloqué entre sus piernas. Le levanté el vestido, que todavía le quedaba enrollado en la cintura, y le saqué la ropa interior. Empecé despacio, lamiendo desde el interior de los muslos, subiendo hasta el centro. Tenía el clítoris pronunciado, casi salido entre los labios, y reaccionaba al menor contacto.

Estuvimos así un buen rato. Cuando su cuerpo empezó a tensarse y las piernas se le cerraron alrededor de mi cabeza, supe que faltaba poco. Se vino con un ronquido bajo, casi animal, y se quedó tumbada respirando hondo, con la mano sobre la frente. Me acosté a su lado y le besé el hombro.

—¿Cómo estás? —pregunté.

—Delicioso —dijo sin abrir los ojos.

—Pues no hemos terminado.

Sabía que no debía volver a venirme. Era arriesgar demasiado, dejaba un rastro biológico que Carolina notaría a la primera. Pero tener a Daniela ahí, abierta y lenta y todavía mojada, era una sensación intoxicante. La besé. Ella respondió sin remilgos al sabor de su propio cuerpo en mi boca. Mientras lo hacía, abrí la caja con una sola mano y saqué un preservativo. Me lo puse mirándola a los ojos. Esa era la línea. La única vagina sin barreras seguía siendo la de mi prima.

Entré en ella sin teatro. Daniela se acopló al ritmo de inmediato. Era la primera vez que usaba condón en mi vida, y la diferencia me golpeó con una claridad ridícula. Hice una mueca breve, contrariada. La sensación era la mitad. Ella tenía los ojos cerrados y no pareció notar nada; supongo que en su vida anterior, la que había generado los rumores, al menos había aprendido a cuidarse.

La falta de fricción y el vino del principio jugaron a mi favor. Aguanté más que nunca. Daniela se vino dos veces, una con la mano que yo le había bajado al clítoris y otra solo con las embestidas, y cuando finalmente acabé, el resultado quedó atrapado en el receptáculo del condón, ajeno a su cuerpo.

La dejé en la puerta de su edificio y nos despedimos con un beso que duró más de lo prudente. Manejé hasta mi casa repitiéndome que había hecho lo correcto dentro de lo incorrecto.

***

Llegué a casa, me duché largo, me serví una cerveza y puse una película antigua que no pensaba terminar. Era miércoles. No vería a Carolina hasta el día siguiente. Tenía toda la noche para ensayar las respuestas vagas que daría si me preguntaba por la cita.

Veinte minutos después, la puerta de la casa se abrió y ahí estaba ella.

—¿Qué haces acá? —pregunté abrazándola, con un nudo en la garganta—. ¿No salías con Mateo?

—Sí, fuimos a comer… —dijo, y la voz se le quebró—. Pero quería verte. Tengo algo que decirte.

Me senté con ella en el sillón. Sentí un golpe en el estómago. La conocía demasiado bien.

—Sé que dijimos que no íbamos a hacerlo —empezó, mirando el suelo—. Pero acabo de acostarme con Mateo. Es lindo, me trata bien, técnicamente es mi novio… pero el amor de mi vida eres tú. Perdóname.

Se echó en mis brazos y lloró. Yo, mientras tanto, quemé por dentro de unos celos absurdos, retorcidos, hipócritas. La imaginé abierta debajo de Mateo, los pies de ella enredándose en las pantorrillas de él. Quise preguntarle todo. Empecé por lo más obvio.

—¿Te gustó?

—…

—Te pregunté algo, Carolina. ¿Te gustó cómo te cogió?

—Por favor no me preguntes eso, no importa. Yo quiero estar contigo. Te amo.

Los celos se fueron diluyendo despacio, a fuerza de mirarme al espejo. Yo cargaba con la misma culpa desde la primera vez que terminé en la boca de Daniela. Me dije que para que la coartada funcionara, los dos teníamos que cumplir el papel hasta el fondo.

—Yo también te amo —dije, y le levanté la cara—. Y también tengo algo que confesarte.

Sus ojos, todavía mojados, se afilaron de golpe.

—Lo sabía. Eres un cabrón.

Quiso cachetearme. Le frené el brazo y la besé con fuerza, sin delicadeza ninguna.

—¿Qué te pasa, idiota? Acordamos no hacerlo —dijo, todavía golpeándome el pecho con la mano libre—. Me voy. Eres un infiel.

—Los dos acordamos no acostarnos con ellos. Y tú vienes de hacerlo con Mateo. Eres toda una tramposa, primita.

—No me hables así —gritó.

Esta vez la abracé entera, inmovilizándola contra el respaldo del sillón. Le besé la frente, los pómulos, la boca cerrada.

—¿Qué haces? ¡Suéltame, Joaquín!

—Jamás. Eres mía, y yo sigo siendo tuyo. Te lo voy a demostrar ahora mismo.

Le bajé el suéter por los hombros, despacio, dejando que decidiera si me detenía o no. No me detuvo. Le quité la camiseta. Le desabroché el jean. Cuando me devolvió el primer beso, supe que había recuperado lo que pensé que se me escapaba.

—Tienes razón —murmuró—. Nada cambia lo nuestro. Te juro que solo acepté para que la fachada funcionara. Los necesitamos por ahora.

La acosté sobre los almohadones del sillón. Apunté hacia su sexo, mojado por la conversación más que por el deseo, y empecé a presionar.

—Espera —me detuvo Carolina con una mano en el pecho—. ¿Te la cogiste sin condón?

—Obviamente no —respondí, ofendido por la pregunta—. Jamás entraría así en otra mujer. Jamás dejaría mi semen en ninguna que no seas tú.

—Ay, mi amor… —suspiró, y abrió las piernas un poco más.

—¿Y tú? ¿Lo dejaste terminar dentro?

—No. Ni siquiera dejé que se viniera dentro de mí. Cuando estuvo cerca lo obligué a salir y lo terminé con la mano. No quería correr riesgos.

La besé con toda la culpa y todo el alivio acumulados de la noche.

—Te amo, primita. Y odié el condón. No se sintió como contigo.

***

Estuvimos un buen rato así, hablando entre embestidas, con esa intimidad densa que solo nos pertenecía a nosotros dos. Por la eyaculación previa pude aguantar más de lo normal. Cuando sentí las contracciones de su cuerpo cerrándose alrededor del mío, descargué adentro lo que me quedaba, despacio, mirándola a los ojos.

Nos vestimos a las apuradas. Mis padres estaban por llegar y ya nos habíamos acostumbrado a contar los minutos. Nos quedamos en el sillón, despeinados, fingiendo que veíamos la película que yo había abandonado hacía rato.

—Oye —dije al rato, sin poder con la curiosidad—. Y… ¿qué tal la tiene Mateo?

Carolina soltó una carcajada.

—¿Para qué quieres saber, depravado?

—¿La tiene más grande que yo?

Me miró con una mezcla de ternura y burla.

—Joaquín, mi amor, lo tuyo es lo más rico que probé en la vida. Y, sí, si tanto te importa: tú la tienes más grande. Por lo menos cuando está dura, que es cuando importa. ¿Y Daniela? —contraatacó—. ¿Está apretadita? Tengo entendido que tiene un currículum largo.

—No la tiene mal. Aprieta bastante. Pero como dices, nada se compara con vaciarme dentro de ti sin nada en el medio.

La conversación nos volvió a calentar. Pero el ruido del coche de mis padres en la entrada nos cortó la trama.

***

Los saludamos en el recibidor y le dije a Carolina que la llevaba a su casa. En el coche, ella me manoseó por encima del jean todo el camino. La conocía: era el preámbulo de alguna idea de las suyas.

—Y si… —empezó con la voz más inocente del mundo—. ¿Y si un día invitamos a nuestras parejas a pasarla bien con nosotros?

La idea me electrocutó. Me masturbó hasta que terminé sobre el asiento, sin decir una palabra, sin frenar el coche. Cuando llegamos a la puerta de su casa, me dio un beso rápido y bajó corriendo, sin mirar atrás.

Por supuesto, poco después hicimos exactamente lo que ella había sugerido.

Pero esa noche se las contaré otro día.

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Comentarios (5)

Romi_84

Increible, no pude dejar de leer hasta el final!!

MateoNqn77

Por favor necesito la segunda parte, me quede con las ganas de saber como termina todo esto entre los dos

viajera_sinretorno

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace años... esas cosas que empiezan como algo inocente siempre terminan complicandose jaja. Muy real el relato

DarkReader09

Lo que mas me gusto es como describis los momentos de duda del protagonista. Se siente muy autentico, uno entiende el dilema sin que lo tenga que explicar todo. Eso es buena escritura, sin vueltas.

Lucía_web

Se hizo cortisimo!!! mas por favor :)

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