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Relatos Ardientes

Mamá nos sorprendió y la confesión cambió todo

—¿Estás loco? Tu padre va a entrar con todas las maletas. Vístanse y bajen presentables.

—Mamá, te juro que no es lo que parece…

—Si no te he dado un bofetón es porque también eres mi hijo. ¿Qué le habrás dicho a tu hermana para convencerla?

—Mamá, no pienses mal. Tenemos que hablar. Pensábamos que primero hablaras con Lucía a solas…

—Cállate, Damián. Deja a tu hermana en paz y vístete antes de que llegue tu padre.

Se acercó y señaló la puerta con el índice. Conocía ese gesto desde niño: significaba salir y aceptar el castigo. Solo que esta vez el castigo todavía no estaba escrito.

Salí del cuarto con el bóxer apenas subido. Mi pene seguía pesado, ni duro ni flácido, definitivamente más grande de lo normal. Caminé hasta mi habitación con la rabia subiéndome por el cuello.

Una vez más yo era el villano. Lucía, en mi memoria, siempre quedaba como la víctima, aunque las decisiones nunca habían salido de mí. La memoria es selectiva. Ella, seguramente, contaría la historia al revés.

No podía estarme quieto. Caminaba de la cama a la ventana sin saber qué hacer con las manos. Entonces escuché las maletas en el pasillo y la voz de mi padre cruzando hacia la cocina.

—¿Qué haces, enano?

Abrió la puerta sin avisar. Su mirada se quedó un segundo más de la cuenta sobre mi entrepierna. ¿Era mi cabeza inventando o estaba pasando de verdad?

—Perdón, papá, ya me visto. Voy al cajón a buscar un calzón.

—¿Salías de la ducha?

Lo dijo sin apartar la vista del bulto. No era una carpa, pero la cabeza apretaba la tela. Dudé qué responder. No sabía hasta dónde habían llegado las palabras de mamá ni de Lucía, ni qué le había contado la tía Marta cuando los llamó al aeropuerto.

—No, estaba… me estaba vistiendo. No los oí llegar.

—Vinimos antes. Tu madre estaba intranquila, quería ver cómo tenían la casa.

—¿Y qué íbamos a estar haciendo? ¿Dónde está?

—Discutiendo con tu hermana. Se les oye desde el pasillo. ¿Cómo pasaron ustedes la semana?

—Tranquilos. Estudiando.

—Bien. Te dejo seguir.

Cerró la puerta. Sentí su mirada otra vez en mi pija antes de que la madera tapara su cara. Como un rayo, salí al baño compartido con Lucía. Quería oír la discusión desde más cerca.

Cuando entré, mi hermana estaba sentada en el inodoro, solo con la musculosa y el short caído en los tobillos. Mamá hablaba fuerte detrás de la otra puerta, soltando preguntas en cascada. Lucía me miró sorprendida. Después sonrió y me hizo una seña de silencio.

Me indicó que me acercara. Sin bajarme el bóxer, sacó mi pene y empezó a besarlo con cariño. No entendía nada. Estaba loca. Estábamos a un metro de mamá.

—¿Hace cuánto pasa esto? —oí del otro lado—. ¿Te ha hecho daño? ¿Te obligó él?

Mientras la voz de mamá temblaba, Lucía me chupaba con una calma desconcertante. Cada pregunta era otro empujón hacia su garganta. Mi pene crecía y la voz de mamá se apagaba.

Le agarré la cabeza con las dos manos. Tenía garganta de profesional. La baba bajaba por las comisuras, los ojos le lloraban, pero no movía la cara. Aceptaba cada embestida como si la estuviera esperando.

—Te voy a acabar en la boca —susurré.

—Toda adentro —respondió ella, sin sacarse el pene—. Toda tu leche es mía.

Esa frase me hundió. Me clavé hasta el fondo y exploté. Sentí la pija envuelta en un globo caliente de saliva y semen. Lucía sostuvo todo en la boca, sacó mi miembro con cuidado para no perder ni una gota. Un hilo escapó por la comisura.

Se puso de pie, tragó mirándome a los ojos, se acercó y me besó en silencio. Sentí el sabor en mi propia boca. Me calentó otra vez en el acto, más todavía porque lo había hecho sin emitir sonido.

—Gracias —fue lo único que dijo.

Se acomodó el pijama y abrió la otra puerta. Mamá la esperaba al otro lado. Por un segundo, alcanzó a verme desnudo en el baño. Sus ojos cayeron en mi miembro, todavía húmedo, mientras perdía rigidez. Cerró la puerta sin decir nada.

Pegué la oreja a la madera. Lucía habló bajo, pausada, firme.

—Mamá, cállate y escúchame. No soy una niña. Sé cuidarme y tengo claro lo que quiero. Mírame a la cara. Acércate.

—Así.

—Más cerca. Quiero que me veas.

Un segundo de silencio.

—¿Sabes a qué huele mi boca, mamá?

—Lucía, hueles a sexo. No sé cómo dejé que esto pasara. Tendría que haber estado aquí.

—Estoy bien. Mejor que nunca. Lo que hueles no es solo a pija: es a leche de tu hijo. Disfruto del sexo con Damián como con nadie. Igual que tú con la tía Marta cuando eran jóvenes, ¿no?

—¿Qué dices?

—Lo que oyes. Quiero que nos ayudes, pero no de la manera que te imaginas. No quiero hablar con la tía las cosas que tendría que hablar contigo. Las que siempre debí hablar contigo.

El silencio duró demasiado. Yo respiraba pegado a la puerta sin atreverme a moverme. Lucía había jugado la carta que llevábamos meses guardando y a la que no le teníamos fe. Y la había clavado.

La puerta se abrió de golpe. Mi hermana me miró con complicidad.

—Ahora hablan ustedes dos, los que tienen más dudas. Yo entretengo a papá. No salgan hasta que tengan una postura clara.

Salió por el otro lado del baño y cerró tras de sí. Quien tenía las cosas claras, esa noche, era ella.

***

Yo seguía solo con el bóxer puesto. Mamá llevaba unas calzas negras a media pierna, con paneles transparentes en los muslos. Por encima, una musculosa blanca de hombros anchos y un top deportivo asomando debajo. Sus pechos eran más grandes que los de Lucía, un poco caídos por la edad. Estaba muy bronceada. Cualquiera le habría echado diez años menos de los cincuenta y siete que tenía.

La miré como nunca la había mirado. Ya no era solo mamá. Ahora tenía información nueva, una imagen más nítida de la mujer que había detrás. Y eso, por primera vez, me daba poder sobre ella.

Me escaneó de arriba a abajo. Sus ojos pasaban del amor al acecho.

—Mamá, lo primero que necesito decirte: nunca le hice daño a Lucía. Nada de lo que pasó la lastimó. Todo lo que hicimos fue por placer y por cariño.

—Gracias por contarme. Para mí siguen siendo dos niños que tengo que cuidar.

—¿Recuerdas lo que hacían con la tía Marta a los veinte?

Hizo silencio. Una media sonrisa se le dibujó en la cara. Por un segundo fue otra cara: pícara, pecaminosa, lujuriosa.

—Tu tía y yo somos otra cosa. Empezando porque las dos somos mujeres.

—No tiene nada que ver. El sexo es sexo, da igual el género. Y antes de que sigas: la tía habló con nosotros cuando la mandaste a vigilarnos.

—Tu tía está loca. Si no fuera por mí, andaría perdida por el mundo.

—Tu hija es igual a ella. Si no fuera por mí, andaría buscando con quién en la calle.

Sostuvo la mirada. Buscaba en mis ojos hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Después asintió.

—Gracias por ser sincero.

—Mamá, yo tampoco soy de piedra. No es fácil con ustedes dos en la casa. Son dos mujeres preciosas.

—Hablas por tu hermana. Coincido en que es preciosa.

—Imagina que en lugar de dos hermanas hubieran sido tres. Todo lo que viviste con Marta lo habrías vivido con Lucía.

—Sí.

—Es difícil aguantar el morbo de coger con tu propia hermana, ¿no?

—Sí.

—¿Te imaginas el culo de Lucía parado, redondo, en tanga, pidiéndote que se lo abras y le llenes la cola de leche?

—Damián, contén lo que estás sintiendo. No te lleva a buen lugar.

—Mamá, lo contuve durante años. Mucho más de lo que tú aguantaste con la tía. Ahora gozas de cosas que yo solo me imagino.

—¿Como cuáles?

—Como verte chuparme la pija mientras Lucía te come la concha. Y después las dos comparten mi leche.

—Damián, esto se está yendo al carajo.

—¿Nunca fantaseaste con vernos a los dos? ¿Con tener mi pija al lado de la de papá, solo para ti?

Estaba desbocado. Lucía me había soltado algo dentro esa misma tarde. Jugué la carta más fuerte que tenía y me quedé en la cornisa, esperando.

Mamá se acercó. Me tomó la cara por el mentón y me llevó la suya al oído.

—Lucía no va a ser la única de esta familia en gozar de tu pija. Eso te lo aseguro. En el fondo de mis fantasías más sucias siempre están ustedes dos. Un trío como el que dijiste, y otras cosas peores. La pregunta es: ¿están dispuestos a entrar en ese lugar?

Tenía la pija dura como nunca. Su forma de hablar me tiraba al suelo. Sin alejarse, mamá se sacó la musculosa y el top. Se pegó a mi cuerpo hasta que sus pezones tocaron mi pecho. Mi corazón latía contra los suyos.

Se dejó caer de rodillas y me bajó el bóxer. Mi pene saltó y le golpeó la mejilla. Apoyó la cara contra el tronco caliente y cerró los ojos. Inspiró. Aún olía a la boca de Lucía.

—Tu pija es preciosa, hijo. Estoy mojada solo de mirarla.

Me corrió la piel hacia atrás con cuidado. Besó la cabeza como si fuera un piquito de pareja vieja. Después me miró desde abajo.

—¿Te puedo coger yo a ti?

La pregunta me sacudió. Yo había acabado varias veces ese día. Sabía que iba a tardar y que el orgasmo iba a ser brutal cuando llegara, pero no quedaba mucha leche. No quería defraudarla.

No le respondí con palabras. Le agarré el pelo con una mano y la pija con la otra. Se la metí en la boca y empujé. Le estiré los labios. Mamá gemía concentrada, una mano frotándose entre las piernas por encima de la calza.

Se levantó. Bajó la calza y la bombacha en un solo movimiento, dejó la tela en el piso y se subió a la cama en cuatro patas. Apoyó los hombros en la almohada y se abrió las nalgas con las dos manos.

Tenía la concha empapada, con labios gruesos que ninguna tanga podría haber contenido. Mojó dos dedos en sus propios pliegues y los pasó por su ano. Lo abrió y lo cerró a voluntad, como si lo hubiera entrenado durante años.

Me escupí la palma, me pasé la saliva por la cabeza y empujé. La cabeza entró de un solo golpe.

—¡Damián! Qué rico me la metiste. Déjala quieta, deja que mi cola te sienta.

Empezó a apretar el ano con fuerza. La cabeza de mi pija quedó atrapada en su anillo, latiendo. No había sentido nunca algo parecido.

No me contuve. Se la enterré entera de un empujón.

—Mamá, hace tiempo que quería esta cola.

—Métemela toda. Lléname de pija, hijo.

Se frotaba el clítoris con dureza. La cama crujía bajo nosotros.

—Estoy por acabar. Sigue. Ábreme el culo, pendejo.

La penetré como un poseso. Cada vez que la cabeza salía y volvía a entrar me estremecía entero. Mamá cerró las piernas alrededor de las mías y se vino con un grito ahogado contra la almohada. Sentí el latido de su ano alrededor de mi pija durante segundos eternos. Apoyó la palma sobre el clítoris para tapar cualquier roce más, dejando que la oleada se acabara sola.

Después se dejó caer despacio hacia adelante, dejando que saliera. Giró sobre sí misma y me miró el sexo todavía duro.

—¿No acabaste? Qué hermosa la juventud.

—No es eso, mamá. Hoy ya lo hice varias veces.

Le cambió la cara. Se lo tomó como un desafío.

—Empezamos esto demasiado tarde. Mi concha ya está abierta. Pero los años me hicieron especialista en chupar pijas.

—¿Mamá, qué te pasa? Estás hecha toda una puta.

—No me conoces así todavía.

Se acercó, me escupió la cabeza y se la llevó a la boca despacio.

—Yo tengo el culo limpio, pero el olor a culo en una pija me vuelve loca —murmuró—. Me gustaría probar el flujo de tu hermana directo de aquí. Que nos llenes la cara a las dos. Pasarnos la lengua para juntar todo y tragar.

Cada palabra era otra chupada. Esa boca, después de cincuenta años de práctica, sabía exactamente dónde apretar. Empecé a eyacular: un chorro caliente, casi líquido pero con fuerza. El primero saltó hacia arriba y le cayó en el pómulo. El segundo entró directo en su lengua. El tercero lo acompañó con movimientos circulares que me sacudieron entero.

No podía creer lo puta que era mi madre. Y lo tarde que la había descubierto.

***

Lucía.

Después de dejar a Damián y a mamá hablando, fui al cuarto de papá. Lo encontré parado en el centro, con las manos en la cabeza y cara de derrota, mirando la caja abierta sobre la cama. Todos los juguetes de su sex shop secreto. Todos los tesoros que nos habían abierto la puerta a una vida familiar nueva.

Entré interrumpiéndole los pensamientos.

—Papi, estoy convencida de que las personas bisexuales son las que más disfrutan del placer. Quiero que me ayudes con eso.

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Comentarios (5)

lector_mx

buenisimo, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

CaroNocturna

Dejame con la intriga! para cuando la segunda parte?

Diego_BA

excelente, lo lei de un tiron

ClaudioMZA

El giro al final me sorprendio bastante, no me lo esperaba para nada. Muy bien escrito, seguí publicando

Gaspar_Mdq

Me encanto la tension que fuiste armando desde el principio, te quedas pegado hasta el final

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