Mi tío me espiaba y decidí no detenerlo
En mi ciudad no había facultad de diseño, así que mis padres decidieron que estudiara afuera. Lo planteé con resignación al principio, pero por dentro me moría de ganas. Llevaba demasiados años en la misma cuadra, los mismos amigos, el mismo novio que me esperaba con flores cada viernes. Cambiar de aire era exactamente lo que necesitaba.
Acordaron que viviría con el tío Esteban, hermano de mi padre, en una casa enorme a las afueras de Salta. Hice las maletas, prometí escribir cada semana y subí al colectivo con una sonrisa que no se me caía.
La casa era preciosa. De dos plantas, con techos altos, ventanales y un jardín trasero que parecía un parque. La tía Marcela, su mujer, era una de esas mujeres que envejecen mejor que cualquier modelo: piernas largas, melena oscura, y una manera de servir el café que parecía una invitación. Esteban era el opuesto exacto: callado, observador, con esa barba de tres días que siempre iba a media mañana camino al afeitado pero nunca llegaba.
Las primeras semanas fueron tranquilas. Cursaba por la mañana, comía con ellos al mediodía y por las tardes me quedaba en casa porque todavía no conocía a nadie. La televisión por cable era mi mejor amiga. Eso, y el jardín.
Tomar sol se volvió mi ritual. Bajaba con un bikini diminuto, bronceador de coco, una toalla y una gaseosa con hielo. Me echaba sobre la reposera, me ponía los auriculares y dejaba que las horas se diluyeran. Hasta que una tarde, al voltearme para untar la espalda, vi un movimiento en la ventana del primer piso.
Era él. El tío Esteban, detrás de la cortina, mirándome.
Mi primera reacción fue ofenderme. «Pero si tiene a Marcela, una mujer espectacular, ¿qué necesidad?», pensé. La segunda reacción, sin embargo, llegó pocos segundos después y fue muy distinta. Algo me hizo cosquillas en el estómago. Una mezcla de incomodidad y poder que no había sentido nunca.
No me cubrí. Al contrario, me giré despacio, me bajé un tirante con la excusa de no marcarme, y me unté el aceite con una lentitud que no era inocente.
***
A partir de esa tarde, todo se volvió un juego silencioso. Empecé a dejar la puerta del baño entreabierta cuando me duchaba. Bastaba con sentir el crujido de la madera del pasillo para que yo, bajo el chorro caliente, comenzara a deslizarme las manos por el cuerpo: por los pechos, por las caderas, por el vientre. Me enjabonaba con una pierna apoyada en el borde de la bañera, ofreciéndole una vista que él jamás se permitiría pedir.
Después amplié el repertorio. Me cambiaba de ropa con la puerta del cuarto entornada, sabiendo que él pasaba hacia su despacho a las cuatro y diez. Lo escuchaba detenerse en seco. Tres segundos. Cinco. Y después seguir, fingiendo. La idea de que la tía Marcela no sospechara nada me daba un vértigo extraño, casi adictivo.
Una tarde decidí darle algo más. Un regalo, lo llamé en mi cabeza. Dejé la puerta entreabierta como siempre, pero esta vez me acosté desnuda en la cama, con las luces de la siesta filtrándose por la persiana. Cuando intuí su silueta en el pasillo, abrí las piernas. Lentamente. Tengo todo depilado, sin un solo pelo, y me gustaba pensar lo que vería.
Empecé a tocarme. Primero con un dedo, después con dos, sin apuro, escuchando mi respiración entrecortarse en la habitación silenciosa. Me di vuelta, me apoyé en cuatro y, sin dejar de masturbarme con una mano, me ensalivé la otra y me la deslicé despacito por el ano. Me corrí de una manera que no recordaba haber sentido en mi vida. Después caí redonda sobre el colchón y me quedé dormida con el sol cayendo sobre la espalda.
***
Pero un espectador eterno aburre. A las tres semanas de jueguito, ya no me bastaba con su mirada detrás de la cortina. Una tarde, cuando lo intuí otra vez en el pasillo, me levanté y abrí la puerta de un tirón.
—Pasá —le dije—. Y ayudame.
Él se quedó duro, blanco, mirándome con la boca apenas abierta. Le sostuve la mirada.
—Solo ayudarme. No me toques.
Asintió como un alumno bueno. Lo hice entrar y cerré la puerta. Sobre la mesa de luz tenía dos consoladores que había comprado en una sex shop del centro la semana anterior. Me puse en cuatro, le pasé el más grueso por encima del hombro y le dije que me lo metiera. Él lo agarró con manos que temblaban un poco y me lo introdujo de un solo empujón. Grité bajito.
—Movelo todo lo que puedas.
Lo movió. Después le pedí el segundo, más fino, para el ano. La primera embestida fue demasiado brusca y se me escapó un quejido de dolor.
—Despacio —le dije, girando la cara—. Tratame bien. No seas bruto.
Cambió. Empezó a moverlos los dos, sincronizados, con una delicadeza que me sorprendió. El consolador del ano entraba tan profundo que lo sentía casi en el estómago, como si me invadiera por dentro. El orgasmo fue largo, prolongado, animal. Grité como una loca y cuando se me pasó el temblor lo agarré del brazo, lo llevé hasta la puerta, le di un beso corto en la nariz y le dije adiós.
—Gracias, Esteban.
Cerré.
***
Dos días después lo dejé volver. La rutina se asentó: yo lo invitaba, él me asistía con sus manos quietas, yo me corría, él se iba a su baño a terminar lo suyo. Una vez lo seguí en silencio por el pasillo y lo escuché desde el otro lado de la puerta. Me gustó saber que pensaba en mí mientras lo hacía.
El tercer encuentro fue distinto. Cuando terminé, él se dirigió hacia la puerta como siempre, pero esta vez lo detuve.
—Esperame.
Tiré una almohada a sus pies y me arrodillé sobre ella. Le abrí el cinturón despacio, le bajé el pantalón y le saqué la verga. Estaba durísima, brillando de excitación, con la piel estirada hasta el límite. En la punta había una gota cristalina, transparente. La levanté con la lengua y me la tragué.
Después me la metí entera en la boca, hasta el fondo de la garganta, y la sentí latir contra mis amígdalas. Empecé a chuparla como si me fuera la vida. Lo agarré por la base y le metí los testículos en la boca, primero uno, después el otro, sin dejar de masturbarlo. Volví a la cabeza y le pasé la lengua en círculos hasta que sentí el espasmo. Sabía lo que venía. Abrí la boca todo lo que pude y un chorro espeso, largo, golpeó contra mi paladar. Era tanto que separé la verga unos centímetros y el resto me cayó en la cara, en el cuello, en los pechos.
Cuando terminó de venirse, volví a llevármelo a la boca y lo dejé limpio. Me puse de pie, le sonreí, le di el besito en la nariz.
—Te lo ganaste —le dije.
Y lo acompañé hasta la puerta.
***
Esteban tuvo que viajar por trabajo cuatro días. Me quedé sola con Marcela, que andaba rara, distraída. Le pregunté qué le pasaba y me contestó con un encogimiento de hombros. Esa misma noche me invitó a salir con sus amigas. Tomamos demasiado vino blanco, nos reímos, volvimos en taxi pasadas las tres. Antes de subir a su cuarto le pregunté de nuevo y, al calor de las copas, soltó:
—Lo que pasa es que tu tío es un cerdo.
Casi me atraganto. Le pregunté por qué, fingiendo no entender nada.
—Siempre quiere filmarme cuando me toco. Y cada vez que cogemos me pide que lo hagamos con otra gente. Hombres, sobre todo. Quiere verme con la verga de un desconocido en la boca.
Le contesté con la malicia justa.
—Tampoco es tan grave. Son experiencias.
Me miró un segundo de más. Después se fue a dormir.
***
Esteban volvió y los juegos siguieron. Pero la cosa se complicó cuando Diego, mi novio de Córdoba, me llamó diciendo que venía a visitarme un fin de semana. Se lo planteé a mis tíos. Esteban hizo una mueca; Marcela se ofreció a prepararle el cuarto de huéspedes.
Diego y yo siempre tuvimos una relación abierta y honesta. Le conté lo que estaba pasando con el tío esa primera noche, mientras me deshacía la trenza en su cama. En lugar de molestarse se rio, me empujó suavemente y me dijo, en broma, que la tía Marcela estaba buenísima, que él también querría una tarde así. Le di un golpecito en el hombro y nos dormimos abrazados.
El sábado a la siesta empezamos en el cuarto de huéspedes. Llevábamos un rato cuando lo vi, por encima del hombro de Diego, parado en la puerta, mirando. Esteban. Otra vez detrás de un umbral.
—¿Lo invitamos? —le susurré a Diego.
—Decile que pase —contestó sin pensarlo.
Me levanté desnuda, abrí la puerta del todo y le hice un gesto con la cabeza.
Lo que pasó después fue un borrón delicioso. Me encontré tumbada chupando dos vergas a la vez, una en cada mano, alternando. Después me senté sobre Esteban y cabalgué mientras Diego me daba la suya en la boca. Cambiamos de postura mil veces. Me ponían en cuatro y se turnaban. En un momento me monté a Diego mientras le hacía sexo oral a mi tío.
—Por atrás —le pedí a Esteban—. Por favor.
Se acomodó detrás de mí y empujó hasta que entró. Doble penetración. Tuve cinco orgasmos seguidos antes de pedirles que pararan. Me dolía todo. Cuando se separaron me lancé sobre los dos como una desesperada y los hice acabar en mi boca, en mis pómulos, en el cuello. Quedé empapada de semen, agotada, y me dormí ahí mismo, sobre las sábanas revueltas, sin escuchar a Diego despedirse del tío con un apretón de manos torpe.
***
El domingo nos despertamos los tres con sonrisas cómplices. Marcela anunció en el desayuno que iba a almorzar con una prima. Los muchachos se sentaron a ver el partido con cervezas. Yo bajé al jardín a tomar sol como cualquier otro domingo.
Cuando entré, todavía en bikini, los dos giraron la cabeza al mismo tiempo. Me acerqué hasta el sofá, me arrodillé, les abrí los pantalones a uno y a otro y empecé a chuparlos sin prisa, alternando, a un ritmo lento que ellos parecían disfrutar más que cualquier película.
Estaba arrodillada entre las piernas de Esteban, con Diego detrás de mí metiéndomela suavemente, cuando vi la cara de mi tío descomponerse. Se le borró todo: la sonrisa, el placer, el aire. Me giré despacio.
Marcela. Apoyada contra el marco de la puerta. Quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí.
Intenté separarme, pero ella levantó una mano.
—No, así. Quédense así.
Empezó a desabrocharse el vestido botón por botón. Ni una palabra de reproche. Ni un gesto de furia. Caminó hasta el sofá, se metió entre las piernas de Esteban y, sin dejar de mirarlo a los ojos, se le tragó la verga de un solo bocado. Lo dijo en voz alta, mientras se la sacaba de la boca con un hilo de saliva:
—¿Te gusta ver a tu mujer hecha una puta, Esteban? ¿Era esto lo que querías?
Yo me aparté hacia un sofá, dolorida del día anterior, y los miré desde lejos como quien mira una película ajena. Marcela montó a Esteban, se montó a Diego, pidió doble penetración con la misma naturalidad con la que pedía el café por la mañana. Era una bestia. Cabalgaba, gemía, ordenaba. Terminó como ella había decidido terminar: arrodillada con los dos delante, recibiendo la corrida de los dos en la boca. No tragó nada que no quisiera tragar.
***
Diego volvió a Córdoba el lunes. Marcela, en cambio, descubrió un mundo. A partir de esa tarde fue ella la que organizaba las fiestas en casa: amigos suyos, parejas conocidas, una vez hasta cinco hombres que entraban y salían del living como en una rutina ensayada. A veces me invitaban; al principio fui un par de veces, después me empecé a negar.
No es que el sexo me molestara. Lo que me molestaba era haber perdido al tío Esteban para mí sola. Esas tardes silenciosas, con la puerta entreabierta y una mirada robada desde el pasillo, no volvieron nunca. Y descubrí, sin querer, que extrañaba más esas miradas que cualquier orgía.
Algunas tardes, cuando la casa quedaba vacía, salgo todavía al jardín en bikini. Me echo en la reposera, cierro los ojos y espero. Pero ya nadie mira detrás de la cortina.