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Relatos Ardientes

La cámara oculta que mi suegro instaló en casa

Quienes hayan leído lo que me pasó antes con mi suegro sabrán de qué hablo. Don Alberto es un hombre de más de sesenta años que no aparenta lo que tiene: cuerpo trabajado, trato sereno, dinero suficiente para no necesitar justificarse ante nadie. Padre de nueve hijos, empresario de toda la vida, y hace un año tomó la decisión de separarse de mi suegra para irse con otra mujer.

Sus hijos lo recibieron como una traición. Mi marido, el mayor, fue el primero en enfrentarlo. Pero Don Alberto no es hombre que se amilane. Prefirió poner orden a su manera, y yo fui la primera en enterarme de qué significaba eso para sus nueras.

Lo que hizo conmigo —y con Claudia, la mujer de su hijo menor Marcos— es algo que no le cuento a nadie. Nos sometió a las dos de un modo que todavía no termino de entender si elegí o si simplemente sucedió. Pero lo cierto es que sucedió, y que al final de aquellas noches me fui a casa sin arrepentimiento.

Un día mi suegro me llamó para avisarme que iba a mandar a uno de sus técnicos de seguridad a mi casa. Que instalaría algo en mi habitación mientras mi marido no estuviera. Que no necesitaba saber más.

—¿Tengo que acostarme con él? —pregunté.

—No —dijo él—. Mientras siga creyendo que eres una mujer decente, no.

No pregunté más. Al día siguiente vino un hombre joven con una bolsa de herramientas. Estuvo menos de media hora en el dormitorio y se fue sin decir nada. Yo no entré hasta la noche, y cuando lo hice no vi nada diferente.

***

Dos días después mi suegro me citó en su casa por la tarde. Su empleada Carmen me abrió la puerta y me dijo que los señores no estaban, pero que yo debía subir al dormitorio de ellos y encender la pantalla. Lo hice.

En la televisión apareció la imagen de mi habitación. Mi cama, mis mesillas, el armario con la puerta entreabierta. Todo en tiempo real, con una nitidez que me dejó sin palabras.

Esperé sentada en el sillón de mi suegro sin saber exactamente qué iba a ver. No tardé mucho.

Escuché la puerta antes de que aparecieran en cámara. Mi marido entró primero. Detrás de él, Claudia. Llevaba una falda blanca que terminaba a mitad del muslo y un top oscuro que dejaba ver que no llevaba nada debajo. Mi marido la miraba con esa expresión que conozco demasiado bien: la mezcla de nervios y ganas que se le nota en los ojos cuando ya no está pensando en nada más.

Se sentaron sobre mi cama. Claudia cruzó las piernas y sonrió.

—¿Así que es aquí donde duermes con Valeria? —preguntó.

—Sí —dijo él.

—Marcos y yo llevamos meses sin tocarnos —dijo Claudia, inclinándose hacia él—. Se me está olvidando cómo es esto. ¿Me ayudas a recordarlo?

No esperó la respuesta. Acercó la boca a la de mi marido y se besaron despacio al principio, después con más fuerza. Yo los estaba viendo desde la pantalla, sentada en el dormitorio de mi suegro, y lo que sentí no fue lo que debería haber sentido.

Sentí calor.

Claudia le quitó la camiseta a mi marido. Él le levantó el top y dejó al descubierto sus pechos. Los acarició un momento, luego le subió la falda y pasó la mano por la tela negra del tanga que llevaba debajo. Ella cerró los ojos.

—¿Sabes lo que me gustaría hacer? —dijo Claudia con voz baja—. Chupártela. Tu hermano dice que eso es una guarrería y nunca quiere.

Mi marido no dijo nada. Se recostó sobre la cama y dejó que ella se moviera hacia abajo. Claudia le bajó el pantalón, lo miró un momento y después lo tomó en la boca con una lentitud que me hizo apretar los muslos.

Llevé la mano entre mis piernas sin pensarlo. El calor estaba ahí, y mis dedos respondieron solos.

La escuché gemir suavemente mientras lo hacía. Mi marido tenía la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, las manos en las sábanas. En algún momento dijo algo en voz baja. Ella levantó la vista y sonrió sin separar la boca.

—Cuñadito, menuda sorpresa —dijo—. Eres más grande que tu hermano.

Lo siguió haciendo un rato hasta que él no pudo más.

—Me muero de ganas de follarte —dijo mi marido.

—¿No te lo hace bien Valeria? —preguntó ella con una sonrisa.

—Sí, pero seguro que tú lo haces mejor.

Claudia se puso de pie sobre la cama. Intentó bajarse el tanga pero la tela se tensó en un movimiento raro y se rompió por el lateral. Lo miró un segundo, se encogió de hombros y lo tiró al suelo.

—Tendré que salir de aquí con cuidado para que no se me note —dijo.

—A ti eso te encanta, so zorra —respondió mi marido, y los dos se rieron.

Claudia le puso el condón que sacó de mi mesilla y se colocó encima de él. Lo fue recibiendo dentro de ella poco a poco, con esa expresión concentrada de quien recibe exactamente lo que quería. Yo seguía con la mano entre mis piernas. No me importó que Carmen pudiera subir en cualquier momento. No me importó nada.

***

Siguieron así un buen rato, cambiando de postura con una comodidad que delataba que esto lo habían imaginado muchas veces aunque fuera la primera que lo hacían. Mi marido la puso boca abajo, le mordió el cuello, se corrió y se quedó quieto un momento.

Luego ella le limpió la polla con cuidado y lo miró.

—Si sé que lo haces así no hubiera esperado tanto tiempo, cuñadito.

—¿Una segunda? —propuso él.

Ella asintió.

Esta vez él se puso encima. La penetró de frente, con más fuerza, sin la delicadeza del principio. Claudia gemía sin controlarse ya, con los pies apoyados en la espalda de mi marido y los ojos fijos en el techo. Me corrí yo también, sola en el sillón de mi suegro, mientras los veía.

Cuando terminaron, mi marido propuso hacerlo por detrás. Ella aceptó sin dudar. Se puso a cuatro patas sobre mi cama, la misma cama donde yo dormía cada noche, y lo recibió sin resistencia.

No diré que fue fácil de ver. Pero tampoco diré que lo vi con horror. Lo vi con atención, registrando cada detalle como si necesitara guardarlo en algún lugar de la memoria para después.

Cuando terminaron se vistieron rápido. Mi marido dijo que yo no tardaría en volver. Salieron de cámara. La imagen quedó fija en mi habitación vacía.

Apagué la pantalla. Me recompuse la ropa. Bajé a despedirme de Carmen como si hubiera estado esperando a mis suegros.

***

Días después, mi suegro me llamó con nuevas instrucciones: Marcos, el marido de Claudia, iba a estar solo en casa esa tarde. Tenía que ir a verlo.

Lo entendí de inmediato. De la misma forma que yo había visto a Claudia con mi marido, ahora Claudia iba a verme a mí con el suyo. Eso era el intercambio. Eso era lo que mi suegro llamaba, con su elegancia particular, «cerrar el círculo».

Me puse un vestido de lunares verde oscuro, corto, que me queda bien cuando camino. Le escribí a Marcos que tenía unos papeles de su padre, que me acercaba a dejárselos. Respondió que Claudia no estaba pero que llegaba en veinte minutos de montar en bici.

Lo esperé en la puerta. Apareció con ropa de ciclista azul, la cara sudada, el pelo pegado a la frente. Tiene tres años menos que mi marido y se nota en el cuerpo: más delgado, más definido. Lo felicité sin disimulo.

—Montar en bici te viene muy bien, Marcos. Ojalá tu hermano se cuidara la mitad que tú.

Él sonrió un poco incómodo. Me hizo pasar.

Nos sentamos en el sofá. Le di los papeles de su padre, que no eran nada relevante, solo un pretexto que Don Alberto me había preparado precisamente para esto. Marcos los miró sin leerlos. Yo crucé las piernas y dejé que el vestido subiera un poco. Noté cómo lo notaba.

Me acerqué y lo besé antes de que pudiera pensar demasiado. Él respondió sin resistencia. Le puse la mano en el pecho, lo empujé suavemente hacia el respaldo del sofá y me puse de rodillas delante de él.

Le bajé los pantalones cortos del ciclismo. Lo que encontré era buena promesa.

—Esto es mejor de lo que esperaba —murmuré, y me lo metí en la boca.

Marcos soltó un sonido largo y controlado. Apoyó la mano en mi cabeza sin presionar. Yo lo hacía despacio, con atención, sin prisa, de la forma que sé que funciona. Él lo confirmó un par de minutos después.

—Cuñada, lo haces divinamente —dijo con la voz alterada—. Pero quiero correrme dentro de ti primero. Tengo ganas de probar algo especial.

—Estoy a tu disposición —le respondí.

Me pidió que me pusiera de pie cara a la pared. Él se colocó detrás. Cuando iba a penetrarme le reclamé que se pusiera un condón. Salió un momento del salón y volvió con uno en la mano.

Cuando estuvo listo, me alzó un poco el vestido y entró en mí desde atrás. Lo hizo despacio al principio. Después con más decisión. Yo apoyé las palmas en la pared y me dejé llevar.

Pensé en Claudia viendo la escena desde alguna pantalla en casa de mi suegro. Pensé en si estaría sintiéndose como yo me sentí: el calor inexplicable, la vergüenza mezclada con algo mucho más intenso. Quise que lo viera todo. Me moví para que hubiera más que ver.

Marcos me provocó varios orgasmos. Lo de ser la cuñada díscola de aquella familia se estaba revelando como algo verdaderamente interesante. Cuando se corrió lo hizo con fuerza, apoyado en mi espalda, respirando contra mi nuca.

—Suenas igual que tu padre —le dije, sin girarme todavía.

Él no respondió a eso, pero se rio.

Le quité el condón con cuidado. Él fue al baño. Volvió con energía renovada.

—¿Corremos una segunda etapa? —preguntó.

—Si tú quieres, yo encantada.

Comencé a acariciarle la polla, que respondió enseguida. Lo que propuso a continuación no me sorprendió: conocía a los hijos de mi suegro lo suficiente para saber que compartían ciertos gustos. Buscó un bote de lubricante, lo trajo y me miró con esa mezcla de pregunta y deseo que hace innecesaria la pregunta.

—No hace falta tanto —le dije—. Últimamente mi marido se ocupa de que eso no me resulte extraño.

Aun así lo usó. Me puse sobre la alfombra, a cuatro patas, y lo dejé entrar despacio. Marcos era cuidadoso de un modo que su hermano no siempre era: tomaba su tiempo, ajustaba el ritmo a lo que yo le devolvía, ponía atención en los detalles. En algún momento metió los dedos donde sabía que funcionaban y yo dejé de pensar en nada que no fuera eso.

Cuando terminó, se tumbó a mi lado en el suelo, sobre la alfombra, mirando el techo.

—Cuñada, esto ha sido increíble —dijo.

—Ya lo sé —respondí.

Me lavé, me puse el vestido y recogí el bolso. Él me acompañó a la puerta con una sonrisa que no era de despedida sino de promesa.

Salí a la calle. El sol todavía estaba alto. Caminé hacia el coche pensando en mi suegro y en su manera de mover piezas sin que nadie lo vea venir. Pensé en Claudia viendo lo que había visto. Pensé en mi marido sobre ella, y en mí sobre Marcos, y en la simetría perfecta de todo aquello.

Ser la nuera mayor de aquella familia, al final, resultaba ser mucho más interesante de lo que jamás había imaginado.

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Comentarios (5)

Curiosa_BA

Que relato mas perturbador... y sin embargo no pude dejar de leer hasta el final. Muy bien contado

NocheLectora

Increible giro!! no me lo esperaba para nada. Espero que haya continuacion!!!

Pepita_Rdp

me dejo sin palabras, que mezcla de emociones tan rara

LuciaM_23

buenisimo, de los mejores que lei en esta categoria sin dudas

Fabian_rdp

El final te deja pensando. Me pregunto que paso despues con el suegro jaja

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