Mi cuñada no quería dormir sola en el apartamento
Mi nombre es Andrés. Llevo dos años casado, segunda vez, con Marta. De mi primer matrimonio me quedó un hijo, Lucas, que entonces tenía nueve años. Cuando Marta y yo empezamos a salir, Lucas se encariñó enseguida con toda su familia, y en especial con la hermana mayor de ella.
Sofía. La cuñada de la que os voy a hablar.
Es unos años mayor que yo. Está divorciada desde hace bastante tiempo y vive sola en la ciudad. Físicamente es una mujer que llama la atención sin proponérselo: alta, con el pelo negro y liso a la altura de los hombros, una sonrisa que aparece despacio pero que, cuando aparece, se queda en la memoria. Tetas grandes, culo redondo, piernas largas de andar de modelo. Durante los dos años que llevaba con Marta nunca la había mirado de otra manera. Era mi cuñada. La hermana de mi mujer. Había un límite implícito que no se me había ocurrido cruzar.
Hasta ese verano.
***
Marta empezó en un trabajo nuevo justo antes de las vacaciones, lo que significaba que no podía tomarse días libres hasta septiembre. Lucas y yo nos fuimos de todas formas: habíamos alquilado un apartamento en una urbanización frente al mar, a unos cincuenta kilómetros de casa, con las llaves desde el primero de agosto.
El apartamento era grande, demasiado para dos personas. Tres dormitorios, una cocina amplia con ventana al exterior, terraza con vistas parciales al agua. Aquello sobraba para un hombre y un niño de nueve años, pero era lo que había.
A los cinco días recibí una llamada de Marta.
—Sofía no tiene planes —me dijo—. Está sola en casa y no sé, la noto rara. ¿Te importaría que fuera unos días a haceros compañía?
No me importaba. Lucas se alegraría, el apartamento tenía espacio de sobra, y tampoco tenía ningún argumento razonable para decir que no. Marta añadió, con ese tono de broma que usa cuando quiere decir algo en serio: «Ya sé que no dormirá en tu cama, que soy muy celosa.» Me reí. Era una broma. Obviamente era una broma.
—Tiene su habitación —dije—. Con llave si quiere.
Al día siguiente fui a buscarla a la estación de autobuses del pueblo. Llegó con una bolsa de viaje azul y unas sandalias que hacían ruido en el suelo de baldosa. Me dio dos besos, le revolvió el pelo a Lucas, y de vuelta al apartamento no paró de hablar en todo el camino.
Eso fue un martes.
***
Los primeros cuatro días transcurrieron sin nada particular. La playa, el sol, el ritmo lento de las vacaciones. Sofía era buena compañía: hacía reír a Lucas, me ayudaba con la compra, y por las noches, cuando el niño se dormía, nos quedábamos en la terraza con alguna cerveza y conversábamos sin prisa.
Me di cuenta de que me resultaba más fácil hablar con ella que con muchas otras personas. No filtraba lo que pensaba, no intentaba impresionar a nadie. Simplemente hablaba. Y escuchaba, que es algo que no todo el mundo sabe hacer.
Había comprado varias botellas de vino para la semana. El viernes por la noche abrimos una después de cenar. Lucas se fue a dormir temprano, agotado de la playa. Sofía y yo nos quedamos en el salón con las copas y la televisión encendida de fondo, sin prestarle atención.
No sé cómo empezamos a hablar de fantasmas. Creo que fue por una escena de alguna serie que pasó en segundo plano, algo de una casa abandonada, y de ahí saltamos a historias que recordábamos de la infancia: la leyenda del pueblo del que venía el abuelo de Sofía, el caso que juraba que era real un amigo del padre de un compañero mío, relatos que circulaban de boca en boca sin que nadie pudiera verificarlos. Estuvimos casi una hora así, contando historias cada vez más truculentas, riéndonos de lo fácil que es asustarse cuando uno ya está predispuesto.
Cuando terminamos la botella eran pasadas las doce.
—Bueno —dije—, me voy a dormir.
Sofía se levantó también, pero no se movió hacia su habitación. Se quedó parada en medio del salón con la copa vacía en la mano.
—Dios mío —dijo.
—¿Qué?
—Que soy idiota. ¿Por qué dejamos que la conversación llegara hasta ahí?
Me reí.
—Sofía, tienes cuarenta años.
—El miedo no entiende de edades, Andrés.
Le dije que estaba bien, que la habitación tenía llave, que yo estaba justo al lado si necesitaba cualquier cosa. Ella asintió, algo poco convencida, y nos dimos las buenas noches en el pasillo.
Me acosté. Hacía calor, así que dejé el ventilador puesto y me quedé solo con el bóxer. Tardé un rato en dormirme.
***
Oí mi nombre en la oscuridad.
Al principio lo incorporé al sueño, o eso creo. Luego la luz del pasillo se coló por debajo de la puerta y me di cuenta de que era real.
—Andrés. Andrés, perdona, sé que es ridículo.
Me levanté. Abrí la puerta. Sofía estaba en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho, apretándose como si tuviera frío aunque la temperatura era buena. Llevaba un camisón corto de tela fina color crema, sin sujetador. Sus pezones se marcaban bajo la tela, gruesos y erguidos, tirando del algodón. Tenía los pies descalzos en el suelo frío del pasillo, y las piernas desnudas hasta medio muslo.
—Tengo mucho miedo —dijo, y en su voz no había ni rastro de broma.
Estaba pálida. Le pregunté si había soñado algo. Me dijo que no había podido ni cerrar los ojos, que se quedaba mirando el techo y la oscuridad se llenaba de imágenes.
—Es la sugestión —le dije—. En diez minutos se te pasa.
—No se me pasa. Soy así desde pequeña.
Hubo un silencio. Yo estaba de pie en la puerta de mi habitación, medio dormido, en bóxer. Ella estaba frente a mí en camisón. El pasillo olía a protector solar y a la crema que ella se ponía por las noches.
—Quédate aquí —dije antes de pensarlo demasiado.
Me miró.
—Solo dormir —añadí—. La cama es grande. No vas a estar sola.
—Estás casado con mi hermana, Andrés.
—Y tú eres mi cuñada, no una desconocida. Esto no tiene ningún misterio.
—Marta es muy celosa.
—Marta sabe que le tienes miedo a la oscuridad desde que erais pequeñas. Si se lo explicamos, lo entiende.
No estaba del todo seguro de eso, pero lo dije con suficiente convicción como para que Sofía no lo cuestionara. Al final asintió, muy despacio, como si cada centímetro del movimiento le costara algo. Tenía esa costumbre de morderse el labio inferior cuando pensaba, y esa noche pensaba mucho.
—Solo dormir —repitió.
—Solo dormir.
***
Se metió en la cama. Se tumbó de lado, mirando hacia la pared, con las piernas un poco recogidas. El camisón se le había subido hasta la mitad del culo, y en la penumbra pude ver la curva del muslo y el borde del tanga blanco que llevaba. Yo me acosté detrás de ella y apagué la luz. En la oscuridad solo se escuchaba el ventilador y, muy de fondo, el rumor del mar.
La escuché respirar. Irregular, todavía tensa.
Sin pensarlo demasiado, le puse el brazo alrededor de la cintura. Sofía no se movió. Después de un momento sentí que su respiración se iba haciendo un poco más lenta, y también que su culo se acomodaba una pizca hacia atrás, justo hasta rozarme.
Le di un beso en la mejilla. Uno solo, tranquilizador. Ella siguió sin decir nada.
Solo esto, me dije. Solo hasta que se duerma.
Mentira. Ya se me estaba poniendo dura contra la tela del bóxer, y ella tenía que estar notándolo, porque mi polla apretaba justo contra el hueco entre sus nalgas. Ni se apartó ni dijo nada. Simplemente estaba ahí, quieta, respirando cada vez más despacio, como si escuchara con toda la piel lo que iba a pasar.
Mi mano empezó a moverse. No fue una decisión; fue más bien una omisión, el hecho de no detenerla cuando empezó a subir despacio por su costado, por la curva de la cintura, por debajo del brazo. Sofía seguía sin decir nada. Cuando llegué a su pecho y lo rodeé con la palma, noté que contuvo la respiración. Le pesaba en la mano, cálido y blando bajo el algodón fino, y el pezón ya estaba duro como una piedra, tanto que se me clavaba en el centro de la palma.
—Andrés —dijo, en voz baja.
—¿Qué?
—Me estás tocando el pecho.
—Sí.
Se quedó callada. No se apartó. Le atrapé el pezón entre el índice y el pulgar y se lo pellizqué, con suavidad primero y después con más fuerza. Se le escapó un suspiro corto, un jadeo mínimo que intentó tragarse. Le hice lo mismo con el otro. Sus tetas eran grandes, de esas que se derraman por los costados cuando una mujer se tumba, y las manoseé por encima del camisón sin ninguna prisa, apretándolas, rodándolas, jugando con los pezones hasta que la oí respirar por la boca.
La besé en el cuello. Ella cerró los ojos, o eso me pareció en la penumbra. Ladeó un poco la cabeza para dejarme más piel, y ese gesto minúsculo fue una respuesta más clara que cualquier palabra. Cuando me giré hacia ella y la besé en los labios, al principio los tenía quietos, tensos. Luego, sin que yo lo forzara, algo cedió. Me devolvió el beso. Despacio al principio, y después con más intensidad de la que me esperaba: abrió la boca, me buscó con la lengua, me chupó el labio inferior antes de soltarlo.
—Esto no puede pasar —dijo cuando nos separamos un momento.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué no paras?
No era una pregunta real. Ella tampoco se apartaba. De hecho, mientras lo decía, había bajado una mano por debajo de la sábana y me estaba rozando la polla por encima del bóxer, un contacto ligero, como si fuera un accidente que no lo era. La tela empezaba a marcarse, tensa y bien dibujada, y ella pasó los dedos por encima con una lentitud deliberada.
—Estás muy dura —murmuró contra mi boca.
—Llevo un buen rato así.
—Ya lo he notado.
Le subí el camisón despacio, parándome cada vez que notaba cualquier tensión en su cuerpo. Cuando llegué a los hombros, levantó los brazos ella sola para que pudiera quitárselo del todo. Su pecho quedó al descubierto: generoso, con la piel muy blanca en el sitio donde el biquini la había protegido del sol, y los pezones oscuros, gruesos, ya duros y erguidos apuntando hacia arriba. Bajé la boca y le chupé uno entero, metiéndomelo hondo, tirando con los labios, y luego lo solté para lamerle la punta con la lengua plana. Sofía dejó escapar un sonido bajo, se llevó una mano a la boca para taparse y me hundió la otra en el pelo, empujándome contra su teta.
—Joder —susurró—. Joder, joder.
—Chsss.
—Lucas.
—Está en la otra punta del pasillo. Duerme como un tronco.
Le lamí de arriba abajo entre los pechos, le mordí el pezón que tenía libre, se lo chupé también hasta que se le puso brillante de saliva. Se los junté con las dos manos y hundí la cara entre ellos, sin poder parar. Tenía unas tetas espectaculares, pesadas y suaves, y llevaba dos años deseándolas sin permitirme mirarlas.
—Llevo tres años sin estar con nadie —dijo de pronto.
Lo dijo al techo, como si fuera una confesión dirigida a ella misma y no a mí. Me detuve un segundo y la miré a la cara.
—¿Tres años?
—Desde que me separé. No he querido.
—¿Nada?
—Nada. Ni una polla, ni una lengua, ni un dedo que no fuera mío.
Algo en esa frase lo cambió todo. No el deseo, que ya estaba ahí, sino la forma de abordarlo. Me tomé el tiempo que hiciera falta.
Bajé la mano hasta sus caderas y empujé la ropa interior hacia abajo. Ella levantó las caderas para ayudarme, un gesto pequeño pero inequívoco. El tanga blanco cayó por sus muslos, se quedó enredado un momento en las rodillas y de una patada terminó de mandarlo a los pies de la cama. Se abrió de piernas sin que se lo pidiera. En la oscuridad no se veía casi nada, pero cuando le pasé la mano entre los muslos me la encontré empapada, el vello recortado, los labios hinchados y calientes. Le hundí un dedo despacio y ella se arqueó entera contra la almohada.
—Ay —dijo, tan bajo que casi no la oí—. Ay, por favor.
—¿Así?
—Más.
Le metí un segundo dedo. La sentí abrirse alrededor, apretada de no follar en tres años, palpitando en cada empuje. Con el pulgar le busqué el clítoris. Lo tenía hinchado, saliéndose del capuchón, y en cuanto se lo froté en círculos ella se mordió el nudillo para no gritar.
—No pares —susurró—. No pares, no pares.
Sus manos encontraron mi espalda y se quedaron ahí, sin apretar, mientras yo la besaba por el cuello, por el pecho, por el estómago. Le fui bajando por el vientre, dejando lametones húmedos, hasta que me acomodé entre sus muslos y le respiré encima. Olía fuerte, un olor a coño mojado que me puso la polla al borde de reventar el bóxer.
Me puse entre sus piernas. La besé despacio, sin prisas, atendiéndola. Le pasé la lengua entera de abajo arriba, separándole los labios con la punta, y ella soltó un gemido corto que le salió sin permiso. Le chupé el clítoris con los labios rodeándolo, tirando con suavidad, y después le entré con la lengua dura, follándola con la boca. Sofía apretó los muslos contra mis mejillas y puso una mano en mi cabeza, sin presionar, solo guiando. Con la otra mano se agarró a la sábana y la retorció.
—Sí. Sí. Ahí, ahí, ahí.
Le metí otra vez dos dedos mientras le seguía chupando el clítoris, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que hace que a una mujer se le pongan los pies fríos. Lo encontré. La sentí abrirse y cerrarse alrededor de los dedos, la sentí temblar de las rodillas hasta las caderas.
—Me voy a correr —dijo, con la voz rota—. Andrés, me voy a…
Su respiración fue cambiando de ritmo hasta que soltó el aire de golpe con un sonido que intentó contener, mordiéndose el labio para no despertar a Lucas. Se quedó quieta un momento con los músculos en tensión, la espalda arqueada, los muslos apretándome la cabeza, y luego se relajó de golpe. Le seguí lamiendo despacio hasta que me apartó, hipersensible, riéndose bajito, con la mano temblorosa sobre mi frente.
—Para, para, no puedo más.
Después me buscó. Me subió hacia ella y me bajó el bóxer con las dos manos. Cuando me la sacó y me la tuvo en la palma, se le escapó otro suspiro, esta vez casi de reconocimiento. Me apretó de la base a la punta, un par de veces, midiéndome. Luego se giró un momento, se agachó y se la metió entera en la boca.
—Joder —jadeé.
Me mamó despacio, con la lengua enroscada, sacándomela para lamerme la punta y volviéndomela a tragar hasta la garganta. Le puse la mano en la nuca sin apretar, y ella subió y bajó a su ritmo, chupándome con toda la boca, dejándome la polla brillante de saliva. Cuando levantó la cara para mirarme tenía un hilo colgándole del labio y los ojos vidriosos.
—Fóllame ya —dijo—. Por favor.
Se tumbó otra vez y abrió las piernas. Cuando entré, me miró directamente a los ojos. No dijo nada. Yo tampoco. La sentí ceder alrededor de mi polla centímetro a centímetro, apretada, mojada, caliente, tan estrecha después de tres años que tuve que quedarme quieto un segundo para no correrme.
—Estás durísima —murmuró.
—Estás muy apretada.
—Rómpeme.
Nos movimos despacio, encontrando el ritmo. La oscuridad del cuarto, el ventilador, el ruido del mar de fondo. Empecé fuerte, hasta el fondo cada empuje, con las manos en sus tetas, viendo cómo le rebotaban con cada embestida. Sofía tenía los tobillos cruzados en mi espalda y me apretaba cada vez que yo aflojaba el ritmo, obligándome a seguir. El colchón chirriaba bajito y ella me clavaba las uñas en los omoplatos para no gritar.
—Más, más, más.
—Chsss, el niño.
—Me da igual, más.
La levanté, la puse a cuatro patas, le hundí la cara contra la almohada y le volví a meter la polla hasta el fondo. Le di una nalgada suave y luego otra más fuerte, y ella se abrió más, empujando el culo contra mí. Se lo agarré con las dos manos, se lo separé, la miré entrar y salir de ella, brillante de sus jugos.
—Así, así, así —susurraba contra la almohada—. Fóllame así, no pares.
La monté un buen rato en esa postura, agarrada de las caderas, dándole a fondo, viendo cómo el culo se le movía cada vez que la penetraba. Le pasé la mano por delante y le busqué el clítoris otra vez, frotándoselo mientras la seguía embistiendo, hasta que la sentí temblar entera y desmoronarse en una segunda corrida, más larga y más callada, con las piernas cediendo debajo de ella.
La volteé de espaldas. La besé durante todo el rato mientras volvía a meterme dentro. Ella me rodeó con las piernas y me tiró hacia sí, entera. Yo iba y venía despacio, dejándola que subiera las caderas para encontrarme. Estábamos empapados los dos, sudor y saliva y todo lo que soltaba ella cada vez que la embestía.
Cuando estuve cerca del límite se lo dije al oído.
—Me corro.
—Dentro no.
—Sácamela y méteme en la boca.
Se movió rápido, con hambre. Me la sacó, se deslizó por la cama y me la volvió a tragar justo a tiempo. Se me fue toda la corrida en su boca, en pulsos largos, y ella no soltó, se lo tragó todo, chupándome hasta la última gota, mirándome desde abajo mientras lo hacía. Cuando terminó, se pasó el pulgar por la comisura del labio, se lo llevó a la boca y me sonrió por primera vez en la noche.
Me dejé caer a su lado. Ella se quedó quieta, la mano abierta sobre mi pecho, el pelo pegado a la sien por el sudor. Me rodeó con los brazos y me sujetó contra ella, sin soltarme.
Nos quedamos quietos. Escuchamos la casa.
Nada. Solo el ventilador y el mar.
***
Me desperté solo.
El lado izquierdo de la cama estaba frío. La luz del sol entraba ya por las rendijas de la persiana. Desde la cocina llegaba olor a café.
Sofía estaba de pie junto a la ventana con una taza entre las manos. No se giró cuando entré. Me acerqué, me serví también, y me senté a la mesa sin decir nada. Durante un momento los dos miramos al exterior: la terraza, el cielo ya blanco de calor, las copas de los árboles que bordeaban la urbanización.
—Quiero irme a casa —dijo.
—Sofía.
—Marta es mi hermana.
—Lo sé.
—Estoy avergonzada. No debería haber pasado.
Le dije que si se iba ahora, Marta se preocuparía. Pensaría que habíamos discutido, que algo había salido mal durante la semana. Nadie sabía nada. Podíamos seguir como si fuera un día normal, desayunar, ir a la playa, volver a casa el domingo como estaba planeado.
Sofía sostuvo la taza con las dos manos y siguió mirando por la ventana.
—Lucas —dijo.
—Lucas dormía. No ha visto nada.
—Para mí sí ha pasado algo.
La frase cayó sola al suelo de la cocina y los dos la dejamos ahí un momento.
—¿Y para ti? —le pregunté.
No respondió. Se terminó el café, dejó la taza en el fregadero y se fue a su habitación a cambiarse. Cuando salió, lista para la playa, estaba como siempre: tranquila, directa, sin rastro visible de lo que había pasado.
Se quedó el resto de la semana. Los días fueron normales, o casi. Sofía estaba algo más callada que antes, pero no distante. Seguía jugando con Lucas en la orilla, seguía ayudándome con la cena, seguía sentándose en la terraza por las noches. Pero no volvimos a abrir vino, y a las diez o las once decía que tenía sueño y desaparecía hacia su habitación.
El último día, cuando la llevé a la estación de autobuses, me dio dos besos formales en la mejilla y cogió su bolsa.
—Cuidaos —dijo.
—Tú también.
Se giró hacia el andén sin añadir nada más. La vi alejarse con su bolsa azul y sus sandalias ruidosas hasta que dobló la esquina y desapareció entre la gente.
Esa tarde Marta me llamó para decirme que Sofía le había dicho que lo había pasado muy bien, que el apartamento era bonito y que tenía que volver a ese sitio.
Dije que me alegraba.
Era verdad, aunque por razones que no iba a explicar.