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Relatos Ardientes

La noche que su hermano no se quedó solo mirando

Nadia entró en el dormitorio con solo una braguita de encaje negro. Sus pechos pequeños se balanceaban ligeramente con cada paso, los pezones ya erectos por el calor o por la anticipación, y con ella nunca era fácil saber cuál de los dos.

Valencia en agosto era una olla a presión. Yo estaba tumbada en la cama con el portátil sobre las rodillas y una película de sudor cubriéndome el vientre. Me había quedado solo con mi ropa interior, una braguita de algodón azul que se me pegaba a los muslos con el bochorno.

—¿Te apetece? —preguntó ella, y no necesitó decir más.

Me quité las gafas y las dejé sobre la mesita de noche. Nadia se tumbó encima de mí, su cuerpo cálido contra el mío, su pelo corto rozándome la nariz. Olía siempre a jabón de lavanda, y ese olor me desataba por dentro mejor que cualquier perfume caro.

Empezamos a besarnos despacio. Ella deslizó una rodilla entre mis muslos y yo la apreté, buscando presión. Tenía la boca de Nadia en el cuello cuando ella levantó la cabeza y me miró con esa expresión que significaba que tenía una idea. Esa expresión siempre me ponía nerviosa.

—Oye. ¿Qué te parece si llamamos a Marco?

Marco era su hermano mayor. Tenía treinta y dos años, era gay, y llevaba dos meses viviendo con nosotras mientras esperaba que le entregaran el piso que había alquilado en el centro. Tres semanas atrás, una noche de vino y calor que empezó sin ningún plan, habíamos acabado los tres en el mismo cuarto. Nadia y yo nos corrimos mientras Marco miraba desde el rincón y se masturbaba sin que ninguna de las dos le prestara demasiada atención. El pobre terminó solo, apoyado en la pared, con los ojos abiertos como platos. Nunca habíamos hablado de aquello directamente.

—¿Y si no quiere? —pregunté.

—Estaba en el salón con el móvil cuando pasé. Seguro que sigue despierto.

Pensé en ello un momento. Pasé el pulgar por mis propios labios.

—Bien. Pero esta vez tiene que participar de verdad. La otra noche lo dejamos ahí plantado y eso no estuvo bien.

Nadia se incorporó y saltó de la cama con una sonrisa. Yo me quedé tumbada mirando el techo, escuchando el ventilador dar vueltas, sintiendo cómo me latía el pulso entre las piernas.

***

Cuando salí al pasillo, Marco venía del baño en bóxer. Era alto y moreno, con el mismo pelo rizado de su hermana y los mismos ojos almendrados. El calzoncillo color crema se le marcaba. No era la primera vez que me fijaba en eso, pero sí la primera en que no fingía que no lo hacía.

—Oye —le dije—. ¿Otra vez con nosotras?

Marco me miró durante dos segundos completos. Luego una sonrisa lenta le cruzó la cara.

—Depende de lo que hagáis conmigo esta vez —respondió.

—Esta vez participas de verdad —dijo Nadia, que apareció apoyada en el marco de la puerta—. Te lo prometemos.

Marco miró a su hermana. Luego me miró a mí. Asintió.

***

Le hicimos sentarse en el puf grande que teníamos al pie de la cama. Desde ahí tenía una vista perfecta. Nadia se subió a la cama y se recostó contra el cabecero con las piernas ligeramente abiertas, el encaje negro de su braguita marcándole cada curva.

Yo me quedé de pie, frente a Marco.

—Bájamelas —le dije, señalando la braguita azul.

Él asintió una vez. Me cogió por las caderas con las dos manos y empezó a bajarme la ropa interior despacio. El tejido se resistió porque el sudor me la había pegado a los muslos. Marco tiró suavemente de las elásticas por cada lado y la prenda cedió, deslizándose hasta el suelo.

Sentí su aliento cálido cerca de mi vientre. Me quedé quieta un instante, sabiendo que estaba mirando. El vello oscuro entre mis piernas, los labios exteriores apenas visibles, todo expuesto a una mirada que no era la de mi pareja. Una corriente eléctrica me recorrió de la nuca a los talones.

—Gracias —dije, y me giré hacia la cama.

Nadia ya me esperaba con los brazos abiertos. Nos besamos mientras yo le bajaba la braguita y la arrojaba al suelo. Ella tenía la depilación perfecta, solo una línea fina que se perdía entre sus muslos, y yo conocía de memoria cada pliegue de ese cuerpo que ya era el mío.

Empezamos despacio, como siempre. Yo le besaba el cuello, ella me acariciaba los pechos, y los dos cuerpos se acomodaban el uno al otro con esa facilidad que dan dos años de costumbre. De reojo comprobé que Marco nos miraba desde el puf con los codos sobre las rodillas y los ojos muy quietos. Tenía las manos sobre los muslos. Solo miraba.

Eso me excitó más de lo que quería reconocer.

Bajé hasta el sexo de Nadia y la lamí despacio, con la lengua plana, de abajo arriba. Ella aspiró el aire entre los dientes y separó más las piernas. Introduje dos dedos mientras seguía con la boca, y empezó a mover la cadera al ritmo que yo le marcaba. Sus gemidos eran bajos, continuos, casi controlados.

Pero entonces tuve la idea que llevaba rondándome desde hacía días.

—Espera —le dije.

—No pares —protestó.

—Un momento. Vuelvo enseguida.

Me levanté de la cama y pasé junto a Marco. Le guiñé un ojo al pasar. Él tenía el bóxer marcado. Levantó las cejas.

Fui a la cocina. En el cajón de las verduras había un calabacín grande y firme que llevaba allí desde el día anterior. Lo lavé bajo el grifo, lo sequé con un trapo de cocina y cogí el aceite de oliva de la estantería.

Cuando volví, Marco estaba de pie junto a la cama, mirando a Nadia que se tocaba sola con los ojos cerrados. Él tenía la mano sobre el bóxer. Ya no estaba sentado en el puf.

—¡Mira qué ha traído! —exclamó Nadia cuando abrió los ojos, y se echó a reír.

Marco rió también, con esa risa ronca suya.

***

Introduje la punta del calabacín en el vaso de aceite y me coloqué entre las piernas de Nadia. Empecé a trazar círculos en su entrada con la punta aceitosa, muy despacio.

—Fóllame con eso —pidió en voz baja.

Lo introduje girándolo mientras empujaba. Nadia arqueó la espalda. El calabacín entraba y salía con un sonido húmedo que llenaba el silencio de la habitación. Cada vez que llegaba al fondo lo hacía girar y ella gemía un poco más fuerte.

Marco se había acercado. Estaba de pie a mi lado, mirando la penetración sin ningún disimulo. Ya no llevaba el bóxer. Su erección era larga y gruesa, y la sujetaba con una mano sin terminar de moverse. Los testículos colgaban entre sus muslos, tensos y oscuros.

Me eché a un lado.

—Sigue tú —le dije.

Él me miró. Titubeó un segundo, y luego tomó el calabacín y continuó el movimiento que yo había iniciado. Tenía una cadencia sorprendente, lenta y profunda, y con cada embestida Nadia se aferraba un poco más a las sábanas.

Me coloqué al lado de Nadia y la besé en la boca mientras Marco la penetraba con el vegetal. Sus gemidos se intensificaron y los ahogaba contra mis labios. Sentí el momento exacto en que llegó al orgasmo: el cuerpo se le puso rígido de golpe, un espasmo largo que la sacudió de los hombros a los talones, y luego se derritió sobre el colchón.

Marco retiró el calabacín con cuidado. Los dos lo miramos un momento, brillante y aceitoso, y nos reímos sin saber muy bien por qué.

***

Nadia tardó un par de minutos en recuperarse. Luego se incorporó, me cogió de la mano y me tumbó ella a mí.

—Ahora tú —dijo.

Se colocó entre mis piernas y me hizo un cunnilingus que me dejó sin palabras. Llevábamos dos años juntas y me conocía de memoria: sabía exactamente dónde tocar, cuánta presión aplicar, cuándo acelerar y cuándo detenerse un instante para que la tensión no cediera sino que se acumulara.

Marco seguía de pie junto a la cama, con la erección en la mano, moviéndola muy despacio. Nos miraba con los párpados a media asta. Cuando Nadia introdujo tres dedos mientras seguía lamiendo mi clítoris, solté un grito que no pude contener. Me aferré a su cabeza y no la dejé moverse hasta que me temblaron las piernas.

Cuando por fin pedí que parara, las dos nos separamos y miramos a Marco.

Estaba rojo. Los nudillos blancos de apretar. La punta del pene oscura y húmeda.

—Tu turno —le dije.

***

Nadia cogió el calabacín, lo sumergió en el aceite y lo miró con una sonrisa lenta.

—Arrodíllate —le dijo a su hermano.

Marco obedeció sin decir una palabra. Se colocó en el borde de la cama, apoyado sobre las manos. El vello corto y oscuro de su espalda brillaba por el sudor. Era un cuerpo diferente al de Nadia, más grande y más duro, pero con algo en la curvatura de la espalda que era exactamente igual al de ella.

Me puse detrás de él. Coloqué la punta del calabacín en su entrada y empecé a trazar círculos lentos, igual que había hecho con su hermana. Marco aspiró con fuerza por la nariz.

—¿Quieres que pare? —le pregunté.

—No —respondió, y la voz le salió más ronca de lo habitual.

Lo introduje poco a poco, con cuidado. Se hundió sin resistencia. Marco dejó caer la cabeza entre los brazos y empezó a respirar con la boca abierta. Comencé a moverlo dentro y fuera, constante, sin prisa. Con cada embestida él emitía un sonido grave que llenaba el cuarto.

Entonces Nadia se colocó delante de él.

Yo seguía moviéndome detrás. Vi cómo Nadia le rodeaba el pene con los dedos. Marco levantó la cabeza de golpe.

—Nadia... —empezó a decir.

—Shhh —dijo ella—. Solo es placer.

Él no respondió. Cerró los ojos. Nadia empezó a deslizar la mano despacio por toda la longitud del miembro de su hermano, con mucho tacto, tomándose su tiempo. Yo clavé las uñas suavemente en sus caderas y hundí el calabacín hasta el fondo. Marco gimió con la boca abierta.

Vi cómo Nadia inclinaba la cabeza hacia adelante.

Pasó la lengua por el frenillo, lentamente. Luego introdujo la punta en la boca y comenzó a succionar con un ritmo pausado mientras yo seguía moviéndome detrás. El sonido de la felación llenó la habitación. Nadia acariciaba los testículos de su hermano con la mano libre, sin perder el ritmo, sin ninguna prisa.

Marco gemía cada vez más fuerte. Cuando Nadia lo extrajo con un sonido húmedo, me señaló con la cabeza.

Me desplacé hacia adelante y lo tomé en la boca. Estaba caliente y tenso, con un leve sabor salado y marino. Succioné dos veces y chupé el glande despacio. Escuché a Marco intentar suprimir un grito.

Nadia me lo quitó. Lo tomó ella una vez más, brevemente. Me lo devolvió. Lo rodeé con la mano y empecé a moverla con rapidez, sin soltarlo.

Marco se irguió de golpe con un gemido largo. El primer chorro llegó a mis pechos. El segundo también. Siguieron varios más, espesos y calientes, mientras él se sacudía y yo seguía moviéndole la mano hasta que se quedó sin fuerza y sin aliento.

El silencio que vino después fue absoluto.

***

Nadia se acercó. Me besó en la boca y luego bajó los labios hasta mi pecho y lamió despacio el semen de su hermano. Lo paladeó, me miró a los ojos, y volvió a besarme.

Los tres nos tumbamos en la cama. Marco en el medio. Nadie dijo nada durante un rato que no supe medir.

Fue Nadia quien rompió el silencio.

—¿Lo has pasado mejor que la otra vez?

Marco soltó el aire muy despacio. Giró la cabeza hacia su hermana y asintió. Luego giró hacia mí. Sus dedos buscaron mi brazo en la oscuridad y lo encontraron.

—La próxima vez —dijo, con una voz tan tranquila que parecía que estuviera hablando del tiempo—, ¿me dejaréis follaros a las dos?

Nadia y yo nos miramos por encima de su pecho.

Sonreímos exactamente igual.

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Comentarios (5)

PabloK77

tremendo relato, me dejo sin palabras!!!

CuriosaYoli

Por favor necesito una segunda parte, quede con demasiadas ganas de mas

MarcelaCBA

Me encanto como engancha desde el primer parrafo. Muy bien escrito, se lee de un tiron.

Rodrigo_Mdq

Primera vez que leo algo en esta categoria y arranco con esto... excelente decision jaja. No me decepciono para nada

SolRomero

Lo lei de corrido y cuando termine me di cuenta que casi no habia respirado jajaja. De esas historias que te atrapan y no podes soltar. Espero que haya continuacion!

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