La primera vez que la dejé ir con otro hombre
Llevábamos dos años casados cuando Diana por fin dijo que sí.
No fue de repente. Fue un proceso largo, de meses de conversaciones a medias, de propuestas que ella rechazaba siempre con la misma frase: «Si me lo pides es porque ya no te basto». Yo le explicaba que no era eso. Ella me escuchaba, cruzaba los brazos y cambiaba de tema. Hasta que un día no lo cambió.
Yo tengo treinta años. Diana, veintidós. Nos casamos jóvenes, sabiendo que éramos lo que queríamos, pero yo llevaba dentro esa fantasía desde mucho antes de conocerla: ver a la mujer que amaba con otro hombre. No podía explicarla. Tampoco quería. Solo quería ver si alguna vez se materializaba.
Diana es delgada, de piel clara, con el cabello castaño que lleva largo y los ojos color miel que se achican cuando sonríe. Tiene unas piernas largas y una forma de caminar que hace que la gente se gire en la calle. Ella siempre lo negaba. Yo siempre se lo señalaba.
El hombre que elegimos se llamaba Rodrigo. Lo encontramos a través de un grupo privado en internet. Tardamos tres semanas en hablar con él, otras dos en quedar en persona. El día antes, Diana me preguntó cuatro veces si estaba seguro. Le dije cuatro veces que sí. Ninguno de los dos dormimos bien esa noche.
***
Era sábado al mediodía. Diana se había vestido con una falda negra ajustada que le llegaba a mitad del muslo, una blusa entallada y unos tacones de aguja que le habían costado más que cualquier par de zapatos que yo recordara. Cuando salió del baño y me vio mirándola, soltó una carcajada nerviosa.
—¿Tanto se nota que voy a ver a otro? —preguntó.
—Se nota que estás guapísima —respondí.
Tomamos el coche en silencio. El hotel estaba a veinte minutos, en una zona discreta a las afueras. Diana miraba por la ventana con una mano sobre la rodilla, los dedos ligeramente crispados. De vez en cuando se volvía hacia mí como queriendo decir algo, y luego se giraba de nuevo hacia el cristal.
—Puedo llamarle y cancelarlo —dije cuando paramos en un semáforo.
Ella tardó unos segundos.
—No —respondió, sin mirarme—. No quiero.
Y ahí estaba. La primera confirmación real de que esto iba a pasar.
Rodrigo nos esperaba en la habitación. Lo habíamos visto en fotos, pero en persona era diferente: más alto de lo que parecía, con hombros anchos y una tranquilidad en la forma de moverse que contrastaba con nuestros nervios. Cuando abrió la puerta nos saludó sin prisa, sin fanfarria. Se notaba que no era su primera vez.
La habitación tenía una lámpara de pie que daba una luz cálida y baja. La cama era grande, con una colcha blanca. Había una silla junto a la ventana. Rodrigo me señaló la silla con la mirada y yo entendí, sin que nadie dijera nada, que era para mí.
Diana seguía de pie junto a la puerta, con el bolso todavía en la mano.
—¿Estás bien? —le preguntó él.
—Nerviosa —reconoció ella.
—Es normal. —Rodrigo cruzó la habitación despacio—. No hay nada que no hayas acordado ya con tu marido. Si en algún momento quieres parar, paras.
Diana asintió. Yo me senté en la silla y apoyé los codos en las rodillas.
—¿Estás cómodo así? —me preguntó Rodrigo, mirándome.
—Sí —dije. La voz me salió más firme de lo que esperaba.
***
Rodrigo no se apresuró. Eso fue lo primero que entendí: que sabía exactamente lo que estaba haciendo, y que no tenía prisa ninguna. Se acercó a Diana, le tomó el bolso suavemente de la mano y lo dejó sobre la cómoda. Después le puso una mano en la mejilla.
Diana cerró los ojos.
Yo contuve la respiración.
El primer beso fue lento, casi tentativo. Pero Diana respondió, y el segundo ya no fue tentativo. Me era imposible no mirar. Me era imposible pensar en nada que no fuera eso: mi esposa, con los labios abiertos sobre los de otro hombre, con una mano agarrándole la solapa de la camisa.
Rodrigo le desabrochó la blusa sin apartar la boca de la suya. Diana llevaba debajo un sujetador de encaje negro que él acarició despacio, pasando los pulgares por el borde. Cuando le soltó el broche trasero, Diana soltó un suspiro que no pude reconocer: no era el sonido que hacía conmigo.
—Quítame los tacones después —le dijo ella en voz baja—. No antes.
—Como quieras —respondió él.
Me pregunté cuándo le había pedido eso. Cuándo habían tenido esa conversación por mensaje. Cuántas conversaciones habían tenido que yo no sabía.
Rodrigo la tendió sobre la cama con cuidado, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La falda se quedó subida en la cintura. Las medias que Diana llevaba eran parte del conjunto de lencería: negras, con puntilla en el muslo. Rodrigo las acarició de arriba abajo sin quitarlas, mirándola a la cara mientras lo hacía.
Diana me buscó con los ojos.
—Te estoy mirando —dije.
—Lo sé —contestó ella, y sonrió.
Fue entonces cuando entendí que estaba disfrutando de que yo la mirara. Que una parte de esto, quizás la más importante para ella, era exactamente eso: saberse observada por mí mientras otro la tocaba. Lo guardé para más tarde, para cuando pudiera pensar con claridad.
Rodrigo deslizó la ropa interior hacia un lado y se arrodilló frente a ella en la cama. Lo que hizo a continuación lo hizo despacio y con atención, leyendo las reacciones de Diana sin prisa. Ella aferró la colcha con los dedos y desvió la mirada hacia el techo.
—Dios —murmuró, casi para sí misma.
Rodrigo no respondió. Siguió.
Diana se vino en menos de diez minutos. Yo lo sé porque miré el reloj sin querer y me sorprendí contando. Cuando terminó tenía los muslos cerrados alrededor de su cabeza y una mano en su pelo. El sonido que hizo tampoco lo había escuchado antes.
***
Rodrigo se incorporó y le pidió que se sentara en el borde de la cama. Diana obedeció sin decir nada, todavía con la respiración agitada. Él se desabrochó el cinturón con calma.
Cuando Diana lo vio, abrió los ojos un poco más.
Él le apartó el pelo de la cara con una mano.
—No tienes que hacer nada que no quieras —dijo.
—Ya lo sé —respondió ella, y se acercó.
Yo apoyé la espalda en el respaldo de la silla y dejé de intentar controlar lo que sentía.
Diana le hizo una felación larga, sin prisa, mirándole a los ojos durante parte del tiempo y mirándome a mí durante el resto. Esa alternancia de miradas me descolocó más que cualquier otra cosa. Era como si estuviera haciendo las dos cosas al mismo tiempo: entregándose a él y manteniéndome cerca a mí. No supe si era intencional. Probablemente sí lo era.
Rodrigo le puso una mano en la nuca sin presionar, solo apoyada. Cuando consideró que era suficiente, la tomó por los hombros y la recostó sobre la cama.
—¿Condón? —preguntó él, mirando hacia mí.
—Sí —respondí.
Rodrigo asintió sin comentarios y se lo puso. Después se colocó encima de Diana, que le había rodeado los hombros con los brazos. La penetración fue lenta al principio, con ella abriendo la boca sin emitir sonido, como si el aire se le hubiera quedado atrapado en el pecho.
Luego empezaron a moverse.
No voy a describir cada posición ni cada cambio de ritmo. Solo diré que duró más de lo que yo esperaba, y que durante ese tiempo no me levanté de la silla ni una sola vez. Algo me tenía pegado ahí, observando. Celos. Excitación. Orgullo, incluso, aunque eso es lo más difícil de admitir. Orgullo de que ese hombre quisiera a mi esposa tanto como yo sabía que ella valía.
Diana se vino una segunda vez en misionero, con las piernas enrolladas alrededor de su cintura y la cabeza echada hacia atrás. Él siguió sin parar.
—Espera —dijo ella en un momento dado—. Quiero estar encima.
Rodrigo se giró sobre la espalda y Diana se sentó sobre él con una seguridad que me pareció completamente nueva. Lo cabalgó con los ojos semicerrados, con las manos apoyadas en su pecho, marcando su propio ritmo. En un momento se lo sacó, lo miró, y se lo volvió a poner en la boca durante un rato antes de volver a montarlo.
Eso último lo hizo con condón puesto. No había hecho eso conmigo jamás.
Rodrigo terminó de espaldas, con Diana sentada encima, y antes de correrse le avisó con un susurro. Ella se apartó, se arrodilló a su lado y acercó la cara. El resto no necesita descripción.
—¿Estás bien? —me preguntó Diana, buscándome con los ojos por encima del hombro de él.
—Sí —dije. Y era la verdad y era mentira al mismo tiempo.
***
Hubo una segunda ronda.
No estaba en el plan original. Nadie lo mencionó abiertamente, pero cuando Diana y Rodrigo se quedaron tumbados en la cama charlando en voz baja, yo supe que iba a ocurrir. Me levanté de la silla, fui al baño, me mojé la cara con agua fría y me miré en el espejo durante un minuto entero.
Cuando volví, se estaban besando otra vez.
Esta vez no hubo condón. No fue algo que nadie decidiera de forma racional: fue una petición de los dos, casi simultánea, a la que yo respondí que sí porque en ese momento no fui capaz de decir otra cosa. La excitación me había superado completamente. Los celos también, pero los celos alimentaban la excitación, y la excitación alimentaba los celos, y yo estaba tan perdido en ese circuito que ya no sabía distinguir una cosa de la otra.
Rodrigo la puso a cuatro patas al borde de la cama, de cara a mí. Diana me miraba mientras él la penetraba desde atrás, con las manos firmes en sus caderas. Los sonidos que hacía eran distintos en esa posición: más crudos, más inmediatos.
—No apartes los ojos —me dijo, con la voz entrecortada.
—No los aparto —respondí.
Y no los aparté.
Rodrigo terminó dentro. Diana soltó un sonido largo y grave que fue apagándose despacio. Él se quedó quieto unos segundos, con la frente apoyada en su espalda. Después se incorporó y se vistió con la misma calma con la que había hecho todo lo demás.
***
El viaje de vuelta fue en silencio, pero era un silencio diferente al de la ida. Diana tenía la cabeza apoyada en el cristal de la ventana y los ojos cerrados. Yo conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en el cambio de marchas.
A mitad del trayecto, ella extendió la mano y puso los dedos sobre los míos.
—¿Estás bien? —preguntó sin abrir los ojos.
—Creo que sí —dije.
—¿Quieres hablar?
—Después.
Tardamos más de una semana en hablar de verdad. Y cuando lo hicimos, lo que ninguno de los dos esperaba admitir terminó saliéndose solo, a trompicones: que había sido intenso, que habíamos estado asustados, que al final lo habíamos disfrutado más de lo que nos atrevíamos a reconocer, y que ninguno de los dos sabía todavía qué hacer con eso.
Lo que yo sí sé es que me quedé con una imagen grabada: Diana mirándome desde la cama mientras todo ocurría, asegurándose de que yo seguía ahí. Como diciéndome que, a pesar de todo, seguíamos siendo nosotros.
Sigo sin saber si eso fue un consuelo o si lo hizo todo más complicado. Probablemente las dos cosas.