La excusa para ir a mear que cambió nuestra amistad
Esto ocurrió hace años, pero lo recuerdo con una claridad que pocas cosas en mi vida tienen. Tengo esa clase de memoria para ciertos momentos: los que no deberían haber pasado y que, sin embargo, uno guarda con más cuidado que muchos otros. Los que no se cuentan en voz alta pero tampoco se olvidan.
Era un viernes de agosto sin ningún plan especial. El grupo de siempre se había juntado en el barrio de Chueca para hacer botellón, como habíamos hecho todos los veranos desde que rondábamos los veinte años. Llegaríamos al mismo punto de siempre, ocuparíamos el mismo trozo de acera, hablaríamos de las mismas cosas con la misma gente. Había algo reconfortante en ese ritual, en saber exactamente qué iba a pasar la noche antes de que empezara. Esa noche estábamos casi todos. Y entre todos estaba Sofía, con su chico de entonces, Rodrigo, que ese día parecía más interesado en el teléfono que en cualquier cosa del mundo real. Yo estaba con Clara, mi novia de tres años, que se había quedado charlando con las chicas del grupo en el otro extremo del círculo.
Sofía y yo éramos amigos desde la universidad. El tipo de amistad que sobrevive a todo: las rupturas, las mudanzas, los períodos de silencio que no significan nada, los malentendidos de madrugada que se resuelven solos con el tiempo. Siempre habíamos tenido esa química ambigua que los dos fingíamos no ver. Era más fácil así. Más seguro. Más razonable, también. Teníamos vidas, teníamos pareja, teníamos todo el historial compartido que hace que cruzar cierta línea parezca una idea terrible.
Llevábamos ya un buen rato de pie en la calle cuando me di cuenta de que no iba a aguantar más sin ir al baño.
—Ahora vuelvo —le dije a Clara—. Voy a buscar un bar.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Sofía desde el otro lado del grupo, con esa naturalidad suya de siempre.
No era nada extraordinario. Habíamos hecho eso cientos de veces a lo largo de los años. Uno decía que se iba y el otro se sumaba, y nadie le daba más importancia de la que tenía.
—Va —dije.
Caminamos un par de calles. Los bares del barrio estaban a tope esa noche, con colas desde la puerta que salían hasta la acera. El tipo de viernes en que la ciudad entera parece haber decidido salir al mismo tiempo. Le dije que no iba a poder aguantar hasta encontrar algo libre.
—¿Qué bares ni qué leches? —respondió—. Por ahí, entre los coches. Que no hay nadie a esta hora.
Lo dijo sin darle importancia, como si fuera la cosa más natural del mundo. Y lo era, en principio. Habíamos estado en situaciones así antes: en festivales de verano, en viajes de fin de semana, en noches largas donde el mundo se reduce a un grupo de amigos y un trozo de calle oscura. Nada que no hubiera pasado antes.
Pero algo en esa noche era diferente. O quizás era yo, que llevaba demasiado rato notando cosas que no debería notar. Cómo le caía el pelo sobre la clavícula cuando giraba la cabeza. Cómo se reía de los chistes malos con esa carcajada suya que siempre llegaba un segundo después de la de todos los demás. La manera en que me había mirado dos veces durante la noche sin decir nada. Cómo se le marcaban las tetas bajo la camiseta fina cuando cruzaba los brazos, sin sujetador debajo, los pezones dibujándose con esa insolencia veraniega que te obliga a apartar la mirada dos veces por minuto.
Doblamos por una calle lateral, más oscura que el resto. Dos furgonetas aparcadas, una farola fundida, el ruido del barrio llegando amortiguado desde la calle principal. Ella se metió entre las furgonetas sin dudarlo y bajó los vaqueros. Yo me puse de espaldas, mirando hacia la calle.
Supuestamente vigilando.
—Como me mires —dijo desde detrás—, te mato.
—No te estoy mirando.
La estaba mirando.
Solo de reojo, solo un segundo. Pero suficiente para ver el culo blanco recortado en la penumbra, las bragas negras bajadas hasta los muslos, el vello del coño oscuro contra la piel clara. Y ella se dio cuenta, porque Sofía siempre se daba cuenta de todo.
—Eres un cerdo —dijo. Pero con una voz que no tenía ni pizca de enfado real. Tenía esa otra cosa, esa cosa que llevaba toda la noche intentando no ver.
—Como si no lo supieras desde hace años —respondí.
Silencio.
No el silencio incómodo de cuando uno dice algo que no debería haber dicho. El otro tipo de silencio. El que significa que los dos están pensando exactamente lo mismo al mismo tiempo y ninguno sabe todavía quién va a moverse primero.
Escuché que terminaba. Pero no escuché que se subiera el pantalón.
—¿Qué? —dijo—. ¿Quieres mirar?
Me giré.
Estaba de pie entre las furgonetas, los vaqueros a la altura de los muslos, las bragas negras enredadas por encima de las rodillas, mirándome con esa expresión suya que yo había aprendido a leer en años de amistad. No era una pregunta. Era una puerta entreabierta, y los dos lo sabíamos perfectamente.
—Mirar no es exactamente lo que tengo en mente —dije.
Se quedó quieta un momento. Dos segundos, quizás tres. Una sonrisa muy pequeña en la comisura.
—Pues haz lo que tengas en mente —dijo.
***
Me acerqué despacio. Le puse las manos en las caderas, la giré con suavidad, y ella dejó que la girara sin resistencia, como si lo hubiera esperado. Apoyó las palmas en el lateral de la furgoneta, abrió las piernas todo lo que le dejaba la ropa a media pierna, y sacó el culo hacia atrás en una invitación que no dejaba dudas.
Le subí la camiseta por detrás y le mordí la parte baja de la espalda. Le pasé una mano por delante, por debajo de la tela, y le encontré las tetas sin sujetador que llevaba toda la noche adivinándose. Se le endurecieron los pezones bajo mis dedos en cuanto los toqué, y ella soltó un jadeo corto, contenido, ese primer sonido que se te escapa cuando llevas horas fingiendo que no querías esto. Le pellizqué uno, luego el otro. Los rodé entre los dedos hasta que se le arqueó la espalda contra mi mano.
Le pasé la otra mano entre las piernas por delante. Estaba empapada. Absolutamente empapada, mucho antes de que yo llegara ahí, como si el coño le hubiera decidido esto tres calles atrás sin consultarle a nadie. Le pasé dos dedos por los labios, arriba y abajo, sin meterlos todavía, extendiendo su propia humedad por toda la zona hasta que se le puso a temblar la cadera.
—Joder —susurró—. No me hagas esperar, cabrón.
Le metí los dos dedos de golpe, hasta el fondo. Se le escapó un gemido más alto de lo que quería y se mordió el brazo para taparlo. La follé con los dedos así, contra la furgoneta, con la palma buscándole el clítoris en cada empujón, mientras con la otra mano le seguía masajeando una teta por dentro de la camiseta.
—Ay dios, ay dios —repetía en susurros—. Así, no pares, así.
Me puse de rodillas en el asfalto sin pensar en el frío ni en la mugre ni en nada que no fuera el olor que me estaba llegando de ella. Le abrí las nalgas con las dos manos y le clavé la lengua entre los muslos por detrás, buscando el coño desde abajo. Tenía las piernas cálidas cuando la sujeté. Me tomé un momento antes de empezar en serio. Un momento para que el cerebro terminara de procesar que esto estaba pasando de verdad, después de todos los años en que no había pasado, en que los dos habíamos fingido que no iba a pasar nunca.
Empecé despacio. Sin prisa, sin dramatismo. La lengua plana pasando entera por toda la raja, de abajo arriba, de arriba abajo, chupando con los labios cuando llegaba al clítoris, empujando la punta de la lengua dentro cuando bajaba. Ella aguantó en silencio durante un rato que debió costarle bastante esfuerzo, y luego dejó escapar un sonido breve, casi sorprendido, como si su cuerpo hubiera reaccionado antes de que su cabeza lo autorizara.
—Para —dijo, sin ninguna convicción—. Que nos pueden ver.
No paré. Le clavé la lengua más adentro y le chupé el clítoris entre los labios hasta que le tembló todo el muslo contra mi cara.
—Que para —repitió, y me clavó los dedos en el pelo. Pero no me apartó. Todo lo contrario: me acercó, me aplastó contra su coño, empezó a moverse contra mi boca como si tuviera prisa por reventar.
Seguí. Con más intención ahora, con más foco, prestando atención a cada señal que me daba su cuerpo. La escuché respirar más fuerte. Noté cómo intentaba controlar los sonidos que hacía y cómo le costaba cada vez más lograrlo. Le metí dos dedos otra vez mientras le seguía chupando el clítoris, y las caderas empezaron a moverse casi sin querer, ese movimiento pequeño e involuntario que es la señal más honesta que existe.
—Me voy a correr —susurró, con la voz apretada—. Me voy a correr en tu puta boca, no pares.
Había algo en esa oscuridad, en el ruido lejano del grupo que nos esperaba a dos calles de distancia, en el hecho de que los dos teníamos pareja y los dos estábamos aquí de todas formas, que convertía cada segundo en algo mucho más cargado de lo que habría sido en otras circunstancias. No éramos invisibles. Podría haber venido alguien en cualquier momento y habernos encontrado con mi cara metida entre las piernas de mi mejor amiga. Y sin embargo ninguno de los dos hizo nada por terminar con aquello.
Me recré. Le presté atención como si tuviera todo el tiempo del mundo, que es exactamente la manera en que hay que hacer estas cosas cuando uno lleva mucho tiempo pensando en ellas. Quería que durara. Quería que lo recordara. Le curvé los dedos dentro y le busqué ese punto por delante, mientras la lengua no dejaba de trabajarle el clítoris en círculos rápidos. Noté cuándo se acercó al límite: la presión de sus dedos en mi pelo aumentó de golpe, sus muslos se tensaron a los lados de mi cara, el coño empezó a apretarme los dedos por dentro con espasmos cortos. Aceleré el ritmo, insistí, sin pausas.
Se corrió en silencio. O casi en silencio. Un sonido ahogado que se perdió entre el tráfico lejano y el eco de la calle. Primero lento, luego de golpe, con esa intensidad contenida de las cosas que llevan mucho tiempo esperando. Metió los nudillos en la boca para no hacer ruido y me aplastó la cara contra el coño hasta que terminó del todo, temblándome encima, dejándome la barbilla brillante de lo mojada que estaba.
Me quedé quieto con los dedos aún dentro hasta que el último temblor pasó. Los saqué despacio y me los chupé delante de ella. Luego me levanté.
***
Nos miramos. Ella seguía apoyada en la furgoneta, resoplando despacio, con el pelo revuelto, la camiseta subida por encima de las tetas y una expresión que yo nunca le había visto en todos los años que la conocía. Los ojos brillantes en la oscuridad, la respiración todavía alterada, los muslos brillándole por dentro.
—Eres un gilipollas —dijo.
Luego me cogió por la cara con las dos manos y me besó. Un beso largo y sin prisa, chupándome mi propia lengua con el sabor de su coño todavía encima, sin que ninguno de los dos hiciera nada por acortarlo. Sus manos bajaron, recorrieron, encontraron lo que era obvio que iban a encontrar. Me apretó la polla por encima del vaquero, dura como una piedra desde hacía media hora, y soltó una risita en mi boca.
—Anda, mira lo que tenemos aquí —murmuró contra mis labios—. Esto no puede quedarse así.
Antes de que pudiera decir nada, se había puesto en cuclillas. Me bajó los vaqueros y los calzoncillos de una sola vez, con una decisión que no dejaba lugar a interpretaciones. La polla me saltó fuera casi dándole en la cara, y ella soltó otra risita corta, satisfecha, del tipo que solo suelta una mujer cuando por fin ve confirmado lo que llevaba años sospechando.
—Ostras —dijo—. Vale.
Me agarró la base con la mano derecha, me pasó la lengua por toda la longitud desde los huevos hasta la punta, y luego se la metió en la boca hasta el fondo, sin preámbulos, sin titubeos, con la misma determinación con que hacía todo. Sentí cómo se me clavaba en el fondo de la garganta y cómo ella se atragantaba un segundo y volvía a bajar, otra vez, otra vez, con una técnica que me confirmó que Sofía había hecho esto muchas más veces de las que yo me habría imaginado.
Yo apoyé la palma en el techo de la furgoneta y miré hacia arriba un momento, mordiéndome el labio para no soltar el gemido entero. Luego bajé la mirada porque no podía no mirar.
Lo que más recuerdo de esa noche, lo que más claramente veo cuando pienso en ello, es que no dejó de mirarme. En ningún momento. Con esa expresión entre concentrada y divertida que solo Sofía sabía poner, los ojos fijos en los míos mientras la tenía metida hasta el fondo, como diciéndome: sé exactamente lo que estoy haciendo y sé exactamente el efecto que está teniendo. Sin apartar la mirada ni un segundo, la saliva cayéndole por la barbilla, la mano izquierda masajeándome los huevos con un ritmo que no dejaba dudas de que quería que me corriera pronto.
La sacaba, me pasaba la lengua por la punta, se la metía otra vez. Me chupaba solo el glande con los labios apretados, hacía succión, la soltaba con un ruido húmedo y volvía a tragársela entera. Me escupía encima y se la volvía a meter usando su propia saliva de lubricante, con la mano trabajando el tronco al mismo ritmo que la boca. Cada dos por tres se la sacaba para lamer los huevos, uno primero, luego el otro, sin dejar en ningún momento de mover la mano.
—Dime que te vas a correr en mi boca —susurró con la polla apoyada contra la mejilla—. Dilo.
—Me voy a correr en tu boca —le dije.
—Toda —insistió—. Sin sacártela.
—Toda.
Volvió a metérsela hasta el fondo y no la soltó más. Era demasiado para aguantar mucho rato.
Sería deshonesto decir que lo intenté con determinación. Llevaba demasiado rato con demasiada tensión acumulada, y Sofía sabía perfectamente lo que hacía: no era la primera vez que lo había hecho en su vida, y se notaba en cada movimiento. Cuando llegué, cuando le avisé con un gruñido apretado que estaba llegando, ella lo notó antes que yo, y en lugar de apartarse me la clavó más al fondo, y no paró de chupar hasta que le vacié toda la carga dentro de la boca. Sentí cada latigazo salirme y sentí cómo ella tragaba sin dejar de chupar, apretando los labios alrededor del tronco para sacarme hasta la última gota. No paró hasta que no quedó nada, hasta que estuvo completamente segura, hasta que me tembló todo el cuerpo de la sobreestimulación y tuve que apartarle la cabeza con suavidad.
Se levantó. Se pasó el pulgar por la comisura de la boca, recogiendo un hilo blanco que se le había escapado, y se lo chupó mirándome a los ojos, sin drama, sin aspavientos. Me miró.
—Bueno —dijo.
—Bueno —repetí.
Los dos nos echamos a reír al mismo tiempo. Despacio al principio, luego sin poder parar, apoyados en la furgoneta con los pantalones todavía mal colocados y el barrio de fondo. Una de esas risas que son alivio y complicidad a partes iguales, que reconocen sin decirlo todo lo que acaba de cambiar.
***
Tardamos un poco en estar presentables. Lo suficiente para que cualquiera con sentido común hubiera podido sacar conclusiones sobre por qué habíamos tardado tanto en volver. Mientras nos arreglábamos acordamos la excusa: los bares a tope, las colas, tuvimos que alejarnos mucho para encontrar algo. No era del todo mentira.
Mientras caminábamos de vuelta, con una distancia entre los dos que era exactamente la misma de siempre pero que ahora pesaba completamente diferente, Sofía dijo:
—Esto tiene que ser nuestro secreto.
—¿Por si queremos más? —pregunté.
Me miró de reojo. Esa sonrisa pequeña en la comisura, todavía con los labios un poco hinchados de haber estado chupándomela cinco minutos antes.
—Por si queremos más —confirmó—. Y quiero. Que quede claro.
—Queda claro.
—La próxima me la follas entera —añadió sin mirarme, con la naturalidad de quien pide una caña—. En una cama. Con tiempo. Que lo que me acabas de hacer ha sido para abrir boca.
No le contesté. No hacía falta.
Llegamos al grupo. Clara me preguntó que si me había perdido. Le dije que los baños del barrio eran un desastre esa noche. Rodrigo le pasó el brazo por los hombros a Sofía sin levantar la vista del teléfono. El resto del grupo siguió con sus conversaciones, sus copas, sus chistes de siempre. El mundo exactamente igual que antes.
Sofía y yo nos evitamos la mirada durante quince minutos exactos, con la concentración estudiada de dos personas que saben que si se miran van a delatar algo. Al final los ojos se encontraron solos, como hacen siempre. Y nos reímos al mismo tiempo, de la nada, sin ningún motivo aparente, lo que nos costó tener que inventarnos que habíamos visto algo gracioso en la calle cuando los demás preguntaron qué pasaba.
Nadie insistió demasiado en saberlo.
Hay noches que parecen no cambiar nada. Volvimos a casa, cada uno con el suyo, todo igual en apariencia. Seguimos quedando los viernes siguientes, los mismos de siempre, en los mismos sitios. Las cosas continuaron como habían continuado durante años.
Excepto que ahora había algo entre Sofía y yo que antes no estaba. Una frecuencia compartida que no necesitaba palabras. Una mirada cruzada en el momento exacto valía más que cualquier conversación que pudiéramos haber tenido. Un detalle, una referencia velada en mitad de una cena de grupo, una sonrisa que nadie más entendía.
No lo hablamos en voz alta en mucho tiempo. No hacía ninguna falta.
Pero hubo más noches. Claro que las hubo.
