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Relatos Ardientes

La segunda tarde con la esposa del policía

La segunda llamada llegó un martes a media tarde. Estaba etiquetando una caja de bolsas nuevas en la trastienda cuando sonó el teléfono del mostrador, y supe quién era antes de levantar el auricular. Algo en el silencio del primer timbre lo dijo todo.

—Hola, hermosa —contesté.

—Pensé que llamarías tú —respondió Daniela.

—He estado ocupado. Mercancía nueva, publicidad para el negocio. La cosa no anda como quisiera.

—Tal vez te desilusioné.

—Para nada. Si quieres, lo compensamos hoy. Te invito a comer.

—Hoy no puedo. Mi marido llega temprano. Por eso me detengo en hablarte de día.

Hubo un silencio del otro lado, uno de esos que no incomodan, que invitan. Le propuse que siguiéramos por chat, que era más seguro para ella. Aceptó al instante. Quedamos en una hora, mientras yo terminaba de acomodar lo que tenía a medias.

Cuando me conecté, ella ya estaba ahí.

Estuvimos casi dos horas escribiéndonos. Me confesó cosas que la primera tarde no había dicho. Que yo era el segundo hombre con el que había estado. Que su marido se le subía encima, terminaba en menos de diez minutos y la dejaba en paz por dos o tres días. Que cuando él doblaba turno, podían pasar dos semanas sin que la tocara. Que aquella tarde en su casa, con el cine de por medio y su comadre a la vuelta de la esquina, había sido lo único que recordaba con calor en mucho tiempo.

Seguimos escribiéndonos varios días. Las charlas se fueron poniendo íntimas. Yo le mandaba frases que la hacían contestar tarde, como si necesitara cerrar la puerta antes de responder.

El jueves por la noche llegó el mensaje. Corto, directo. El viernes mi marido dobla turno y las niñas no van a la escuela. Quedan con mi comadre. Quiero volver a sentirte.

Le contesté antes de pensarlo. A las diez paso por ti.

—En la base de las camionetas, en la esquina de siempre —escribió—. Me avisas cuando estés cerca.

Esa noche cerré el negocio temprano y le dejé las llaves a mi madre. Le dije que iba a ver unos proveedores nuevos, que no me esperara hasta después de la comida del viernes. Mi madre asintió sin levantar la vista del crucigrama.

***

Llegué a las diez en punto. La esperé un par de minutos, y entonces apareció.

Vestido azul marino, escote profundo, falda corta. Medias del mismo azul. Zapatos negros y un bolso pequeño que apretaba contra el pecho como si quisiera tapar algo que ya no se podía tapar. Subió al auto, cerró la puerta y soltó el aire que había estado conteniendo desde quién sabe cuándo.

—¿A dónde quieres ir? —pregunté.

—A donde tú quieras, papi. Pero lejos de aquí.

Conocía un motel del otro lado de la ciudad. Una avenida ruidosa con entrada por una calle lateral, de esas en las que nadie se fija en quién entra ni en quién sale. Le dije que íbamos para allá. Daniela puso la mano sobre mi muslo y empezó a acariciar.

—Decías que sabías dar masajes —dijo.

—Traigo aceites. Romero y sándalo.

—Estoy toda tensa.

El trayecto se nos hizo corto y largo a la vez. En cada semáforo nos buscábamos la boca. Yo le subía la mano por las medias hasta donde ella me dejaba, que no era mucho. Cada vez que rozaba el borde del vestido me apartaba la mano y la llevaba a sus pechos sobre la tela. Era su forma de decir todavía no, espera. Y eso me ponía peor.

***

En el motel pidió que entráramos rápido al elevador. Cuando se abrió la puerta de la habitación, ella salió primero jalándome de la mano. Cerré detrás. La ayudé a quitarse el suéter y le dije que se sentara en el sillón pequeño de la esquina mientras yo servía algo del servibar.

—Tranquila, preciosa. Aquí nadie se fija en nosotros.

—Lo sé. Es que es la segunda vez con un hombre. Y nunca había venido a un hotel para esto.

—Tomemos algo. Picamos un poco. Si en algún momento te sientes incómoda, nos salimos y no pasa nada.

Asintió. Tomó mi mano, me besó sin decir nada y me jaló para que me sentara a su lado. Le di la copa.

—Por que esto dure y lo disfrutemos —dije—. Quiero que seas tú misma, sin nada que te detenga.

—Lo intentaré. Mi marido es muy posesivo, muy a la antigua.

—Poco a poco. El primer paso ya lo diste.

Tomó un trago largo. Le acerqué unos chocolates a la boca con la otra mano sobre su rodilla. Se la dejé pasar, lentamente, por debajo del vestido. Su piel tembló cuando llegué al interior del muslo, pero no me apartó. Tomé otro chocolate, lo puse en mi boca, la atraje y se lo pasé con la lengua. El beso se alargó. Mi mano avanzaba.

Cuando alcancé la tela de la pantaleta, ella suspiró contra mi boca. Empujó la cadera hacia mi mano. Hice a un lado el encaje y empecé a recorrerla de arriba abajo con el dedo medio. Estaba húmeda desde antes de subir al auto, eso era evidente. Apreté el clítoris despacio, en círculos con el pulgar, mientras hundía el dedo y curvaba buscando el punto que la haría aferrarse a mi cuello con las uñas.

Lo encontré.

Se mordió mi labio inferior y enterró las uñas en mi espalda a través de la camisa. Bajé la boca por su barbilla, su cuello, sus hombros. Le deslicé los tirantes del vestido y le descubrí los pechos. El brasier era negro, de media copa, y los pezones se le marcaban duros por debajo del encaje. Le pasé la lengua despacio, primero por uno y después por el otro, hasta que se reclinó del todo en el sillón.

Le subí la falda hasta la cintura. Ahí estaban las medias azules, el liguero negro, la pantaleta de encaje pegada al sexo por la humedad. Apoyé una rodilla en el suelo, le abrí las piernas y bajé la cara entre sus muslos. Olía a piel limpia y a deseo. Pasé la lengua por encima del encaje, presioné con la nariz, y ella intentó cerrarme las piernas sin éxito porque mi cabeza ya estaba ahí.

Le bajé la pantaleta despacio, besándole los muslos. Cuando intentó reacomodarse, hizo un gesto de molestia y se llevó la mano al hombro.

—Estoy toda contracturada —dijo.

Le di la mano para que se levantara. El vestido cayó al suelo y quedó en ropa interior, medias y liguero, con la pantaleta debajo de las nalgas, apenas cubriéndola.

—Recuéstate. Vamos a quitarte esa molestia.

Fui por los aceites que había dejado sobre el servibar. Ella me miró con media sonrisa, señalando la erección que ya se me notaba.

—¿En serio vas a darme un masaje? ¿Con eso así?

—Claro. Ponte cómoda.

***

Se acomodó la pantaleta y se tendió boca abajo en la alfombra. Yo me quité la ropa hasta quedarme en bóxer, calenté el aceite entre las manos y me arrodillé a la altura de sus piernas. Le desabroché el brasier y empecé por los hombros. Apreté con los pulgares la zona del cuello, bajé por los omóplatos, abrí los músculos de la espalda. Ella iba cerrando los ojos, soltando el aire de a poco.

Subí el aceite por la espalda baja, rodeé las caderas, le acaricié los glúteos sobre la tela. Le bajé un poco la pantaleta para llegar mejor al final de la espalda. El roce de mi pene en bóxer contra sus nalgas era constante, y cada vez más difícil de disimular. No quise disimularlo.

Saqué el pene del bóxer y empecé a deslizarlo entre las nalgas, despacio, mientras seguía masajeando la espalda baja. Daniela mordía el labio. Levantaba la cadera en cada pasada, sin pedirme nada con la voz pero pidiéndolo con el cuerpo. Le terminé de bajar la pantaleta. Su piel rodeando la mía me prendía la cabeza.

—Ya me siento mejor —dijo, riéndose con la boca contra el brazo.

—Bien. Ahora el que necesita masaje es otro.

La ayudé a levantarse y la llevé a la cama.

—Yo no sé dar masajes.

—Ya verás que sí.

***

Me puse a horcajadas sobre ella, con el pene entre los pechos. Eran tan grandes que casi me lo escondían entero. Empecé a moverme despacio, jugando, mientras le metía un dedo en la boca y le acariciaba el lóbulo de la oreja con el otro.

—¿Te gustaría probarlo? —pregunté.

—No sé. Nunca lo hice así.

—¿No le haces oral a tu marido?

—Sí, pero no lo dejo terminar en la boca. Y cuando se le ha escapado, lo escupo. No me gusta.

—¿Cómo sabes que no te gusta si nunca lo probaste?

Le acerqué el pene a los labios. Ella levantó los ojos y me miró largo. Después sacó la lengua, recogió las gotas que le había dejado en la punta, las saboreó y se metió buena parte en la boca. Cerré los ojos. La humedad y el calor me recorrieron la espalda. Me sostuvo la base con una mano y empezó a mover la cabeza con un ritmo que no parecía de alguien que nunca lo hubiera hecho bien.

Me sobaba los testículos con la otra mano. Sacó el pene un segundo, sonrió y dijo algo sobre lo gordos que los tenía. Después volvió a metérselo.

Me giré para devolverle el favor. Le abrí las piernas, hundí la cara entre sus muslos y empecé a chuparla en serio. Le metí dos dedos. Apreté el clítoris con la lengua. Ella dejó de chupar para gemir. Se retorció. Soltó un gemido fuerte, largo, de los que no se planean, y se aferró a la base de mi pene mientras se corría.

—Ohhh, qué rico, ya, dámelo —dijo con la voz rota.

Me bajé, la jalé hasta el borde de la cama, le abrí las piernas y se la metí de una sola embestida hasta el fondo. Me quedé quieto unos segundos, dentro, acariciándole los pechos mientras ella recuperaba el aire después del gemido agudo de sentirse llena. Después empecé a moverme, despacio al principio, y a acelerar a medida que ella se iba acoplando. Su respiración se cortó. Los pechos se le sacudían arriba y abajo. Encadenó dos orgasmos en cuestión de minutos, ruidosos los dos, de los que se escuchan al fondo del pasillo.

La abracé y nos giré para que quedara encima. Empezó a cabalgarme con las manos apoyadas en mi pecho. Yo le sujetaba las nalgas y la ayudaba a subir y bajar. Vimos por casualidad nuestro reflejo en el espejo lateral del cuarto, y eso pareció encenderla más. Aceleró. Echó la cabeza hacia atrás, sacudió el pelo, gimió sin medirse, y al final se vino encima de mi pecho temblando entera. Las piernas se le sacudían sin control. Yo seguí, dos, tres embestidas más, y terminé dentro.

No sé si fue el morbo de saber a quién pertenecía, de saber que el marido andaba en algún lado uniformado y ajeno, o simplemente que era la segunda vez y todavía estábamos en la fase de descubrirnos. Eyaculé mucho. Suficiente para que la mezcla nos mojara la piel.

La abracé fuerte y nos quedamos así un rato, hasta que las respiraciones se nos acomodaron.

***

El pene me seguía duro. La giré de lado, le levanté la pierna sobre mi cadera y empecé a moverme otra vez, lento, besándole el cuello, acariciándole el pecho y la nalga. Ella protestó al principio.

—Espera, estoy muy sensible, me arde un poco.

—Despacio.

Cambié el ritmo, intercalando embestidas profundas con otras casi quietas. Le humedecí el dedo medio y se lo fui llevando hacia atrás, presionando el ano apenas. Ella apretó. Volvió a apretar. Pero los besos en el cuello y el ritmo lento la fueron convenciendo, y al rato el dedo entró sin esfuerzo. Empezó a moverse contra mí, ella sola, encajando los dos puntos al mismo tiempo. Tuvo otro orgasmo, más corto, más profundo. Le pregunté si le gustaba.

—Nunca lo había hecho así. Pero se siente rico.

Saqué el pene de su sexo. Ella lo agarró, pegajoso, pensando que iba a intentar entrar por detrás.

—No estoy lista para eso.

—¿Te gustaría probarlo?

—Tal vez. Hoy no. Ya es tarde, tengo que ir por las niñas.

—Otro día. Con tiempo, para que sea bueno.

Me acomodé a la altura de su cara y le pasé el pene por los labios.

—Necesito terminar. Quiero acabar en tu boca otra vez.

Separó los labios y me dejó entrar. Me sostuvo con la mano por la base y empezó a moverme dentro y fuera ella misma. La miré, le acaricié la cabeza, dejé que tomara el ritmo que quisiera. Cuando ya no aguanté más, empujé un poco más adentro y terminé en el fondo de su garganta. Tuvo un amago de arcada, pero tragó. Siguió chupando, masturbándome, hasta que dejó de salir nada y entonces me lamió todo, despacio, hasta dejarme limpio.

Levantó la cabeza, se relamió los labios y me sonrió.

—Hum. No saben tan mal.

***

Nos bañamos rápido. Tenía el tiempo justo para pasar por las niñas. La dejé un par de calles antes de la casa de su comadre, donde nadie la vería bajarse de mi auto. Antes de cerrar la puerta se asomó por la ventana.

—Te leo en el chat —dijo.

—Te leo.

Arranqué con la ventanilla baja. El aire de la avenida olía a aceite frito y a tarde de viernes. Me pasé el resto del camino pensando en ella, en su marido, en lo poco que separaba una vida de otra. Y supe que ese chat no iba a cerrarse nunca.

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Comentarios (9)

Lula_87

Que bueno esto!!! espero la tercera parte ya

PatriLectora

Por favor seguí subiendo mas de esta historia. La tension que se arma es tremenda

VicenteR92

Que relato!!! lo que mas me gusto es como se siente la urgencia entre los dos personajes. Se nota que es real, no fabricado. Felicitaciones.

Luna_de_noche

Me recordo a algo parecido que pasé hace años jaja. Esa espera antes del encuentro es la mejor parte

Fercho_ok

Y hubo tercera tarde? jajaja esperemos que sí!!

RossanaV

Buenisimo, gracias por compartirlo

MarcosBA77

Muy buen relato. Se hizo corto :)

Noelia_cba

La categoria Confesiones es la mejor, y este es de los mejores que lei ultimamente. Seguí así!

CasimiroR

El turno doble del viernes fue providencial jeje. Muy bien narrado, engancha desde el principio.

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