Cuatro amigos, dos parejas y un deseo prohibido
El vuelo a Katmandú salió de Madrid con cuatro horas de retraso y llegó a Nepal con cinco, que es el tipo de aritmética que solo tiene sentido en los aeropuertos.
Rodrigo durmió parte del trayecto con la cabeza apoyada en el hombro de Claudia. Sofía no durmió. Miró el mapa de la ruta en su tableta, el trazado en rojo del circuito de Annapurna, los nombres de los pueblos que iban a cruzar durante los próximos cuatro días: Nayapul, Ghandruk, Jhinu, Chomrong. Nombres que llevaban meses repitiéndose como contraseñas para algo que todavía no tenía forma. Marcos dormía a su lado con esa quietud de quien se rinde al cansancio sin drama, la frente levemente arrugada, la respiración lenta.
Sofía le cogió la mano. Él respondió sin despertar.
***
El primer día fue fácil, en el sentido de que ningún primer día de trekking es del todo fácil pero el cuerpo todavía no lo sabe. Subieron desde Nayapul entre campos de arroz y casas de piedra con tejados de zinc, con el rumor del río Modi Khola al fondo y el olor a leña y tierra mojada que en Nepal se mezcla de una manera que no se parece a ningún otro lugar. Los picos del Annapurna asomaban sobre las nubes del fondo como una sugerencia, como algo que todavía no se había decidido a mostrarse del todo.
Rodrigo iba detrás de Sofía en los tramos estrechos. Era inevitable: el sendero tenía el ancho justo para una persona, y la mochila de ella, de color rojo oscuro, se balanceaba con cada paso y marcaba el ritmo de algo que Rodrigo tardó en identificar como lo que era. No era la primera vez que miraba a Sofía. Era la primera vez que se daba cuenta de que llevaba años mirándola. Le miraba el culo por debajo del pantalón técnico, la forma exacta en que la tela se le pegaba a cada nalga con el paso, y a la altura del segundo cruce del río ya tenía la polla medio dura contra la costura del pantalón, caminando así, con la incomodidad concreta de un cuerpo que había decidido antes que la cabeza.
—¿Cómo estás? —le dijo Claudia desde atrás.
—Bien —dijo él—. Cansado.
—Mentira. Llevas media hora sin quejarte y eso no es normal en ti.
Rodrigo sonrió sin girarse.
La posada de Ghandruk era una estructura de madera y piedra con una terraza que daba al valle y al Machhapuchhare —la montaña con forma de cola de pez— al fondo, perfectamente encuadrado como si alguien lo hubiera colocado ahí a propósito. La dueña les sirvió dal bhat: lentejas, arroz, curry de verduras. Rodrigo preguntó si había carne. La dueña sonrió con paciencia y le explicó, en un inglés tranquilo y sin reproches, que no.
Esa noche, con el vino local —áspero, casi violento— ya instalado en la sangre, Marcos habló del tantra. No era la primera vez que lo mencionaba delante de los cuatro, pero era la primera vez que lo hacía así, sin preámbulo, con la mirada puesta en el fuego de la estufa de leña del centro del comedor.
—El tantra no es lo que la gente cree —dijo—. No es una técnica. Es una manera de estar en el cuerpo.
—¿Y qué manera es esa? —dijo Rodrigo.
—No escapar de lo que sientes. Quedarte ahí, con la intensidad, sin correr hacia el siguiente pensamiento.
—Eso lo dice cualquier libro de meditación.
—Sí —dijo Marcos—. Y también funciona en la cama. Aunque en los libros de meditación eso lo mencionan poco.
Claudia miró a Sofía.
—¿Vosotros lo practicáis? —preguntó.
—Llevamos tres años —dijo Sofía—. Al principio me parecía una tontería. Ahora no podría imaginar lo contrario.
—¿Y en qué cambia?
Sofía pensó un momento. El fuego crepitó.
—En que ya no necesitas que pare. Marcos me puede tener con su polla dentro una hora entera, quieto, sin embestir, y yo me corro tres veces antes de que él se mueva.
El silencio que siguió era del tipo que contiene más información que cualquier explicación. Rodrigo miraba el vaso. Claudia miraba a Sofía. La estufa crepitaba con ese ritmo impredecible de las cosas que arden. Claudia sintió el coño palpitarle una vez, una sola, muy claro, bajo la ropa térmica.
***
El segundo día el sendero subió entre bosques de rododendros, con flores de un rojo intenso que caían sobre las piedras del camino como si alguien las hubiera puesto ahí a propósito, y el Annapurna Sur fue mostrándose entre las nubes a medida que ganaban altura: primero la cresta, luego la cara norte, luego el glaciar brillando en la luz de la mañana.
Marcos y Claudia tomaron la delantera desde el principio. Marcos tenía el paso largo y constante de quien camina mucho; Claudia lo seguía con esa concentración de quien necesita mirar los pies para no pensar en nada más. Se fueron quedando atrás sin que nadie lo decidiera.
Rodrigo y Sofía caminaron juntos el tramo del bosque.
—Lleváis mucho tiempo —dijo él, sin especificar a quién se refería. Ella lo entendió.
—Cuatro años —dijo—. Aunque parece más.
—¿Para bien?
—Para bien.
Rodrigo asintió. Cogió una rama baja que cruzaba el sendero, la apartó, esperó a que ella pasara. Sus dedos casi rozaron su hombro.
—¿Y vosotros? —dijo Sofía.
—Cinco años.
—¿Bien?
Rodrigo tardó un segundo.
—Correcto —dijo.
Sofía lo miró de reojo, con una expresión que no era lástima ni tampoco exactamente otra cosa.
—Correcto es una palabra muy triste —dijo—. ¿Cuánto hace que no se la comes con ganas?
Rodrigo tragó saliva. La pregunta era tan directa que no dejaba sitio para el reflejo social.
—Mucho —dijo.
—¿Y ella a ti?
—Igual.
Sofía asintió sin dramatizar. Siguió caminando.
***
Los baños termales de Jhinu Danda eran tres piscinas excavadas en la roca a la orilla del río, con agua que llegaba a cuarenta grados y olía a azufre suave, a mineral, a tierra caliente. Bajaron desde el pueblo por un sendero empinado al final del tercer día, con las piernas ya convertidas en algo parecido a la negación.
Marcos entró al agua primero, con ese gesto de inevitabilidad que tiene el alivio cuando lleva horas esperando. Rodrigo lo siguió. Claudia dudó en el borde —el agua estaba oscura, el vapor subía en volutas, el río pasaba medio metro más abajo— y luego entró también, con un sonido que era mitad gemido y mitad rendición.
Sofía se quitó la camiseta de manga larga. Debajo llevaba un bañador de una pieza, negro, y el vapor del agua y el sol de la tarde la iluminaron de una manera que no requería ninguna interpretación. Las tetas se le marcaban bajo la lycra mojada, los pezones erizados de golpe por el cambio de temperatura, dos puntos duros perfectamente visibles a través de la tela. Entró al agua despacio, sin prisa, como si cada centímetro de temperatura fuera algo que merecía atención.
Rodrigo miró. No con disimulo. Simplemente miró, con la tranquilidad de quien mira algo que merece ser mirado. La polla le empezó a hincharse dentro del bañador antes de que pudiera evitarlo, y la escondió bajo el agua turbia con una mezcla de bochorno y algo más caliente que el bochorno.
Claudia lo vio mirando y no dijo nada.
El agua los fue borrando poco a poco, los cuerpos disolviéndose en ese calor que no era el calor del esfuerzo sino el calor de algo que viene de abajo, de la tierra, constante y sin origen visible. El río pasaba con su ruido sordo. El Annapurna al fondo había desaparecido entre las nubes de la tarde.
Sofía se puso junto a Claudia en el borde de la piscina. No dijo nada. Se apoyó a su lado con los codos sobre la roca caliente y miró el río. Claudia sintió el calor del agua y el calor del cuerpo de Sofía tan cerca, el muslo de Sofía rozándole el suyo bajo el agua, la piel resbalosa por el mineral, y algo que no supo nombrar del todo se instaló en algún sitio entre el estómago y más abajo, exactamente entre las piernas, un latido concreto que se sumó al calor del agua.
—¿Estás bien? —dijo Sofía, en voz baja.
—Sí —dijo Claudia—. ¿Por qué?
—Porque tienes esa cara.
—¿Qué cara?
Sofía la miró directamente.
—La de estar pensando demasiado en algo.
Claudia no respondió de inmediato. El río seguía. El vapor seguía. Sofía movió la pierna bajo el agua, muy poco, lo justo para que el muslo se apoyara plano contra el de Claudia. Claudia no lo apartó.
—¿Cómo es? —dijo al fin—. Lo de quedarte ahí, con la intensidad, sin correr.
Sofía tardó.
—¿Lo de anoche?
—Sí. Lo de las tres veces sin que él se mueva.
—Es difícil de explicar sin haberlo sentido —dijo Sofía—. Pero imagínate que la tienes dentro, entera, sin fricción, sin ese va y viene que resuelve. Y en lugar de pedir que embista, respiras. Sientes cada milímetro. Empiezas a apretar el coño alrededor de él, lento, y él respira contigo. Y así llegas, apretando, sin que nadie folle a nadie en el sentido común de la palabra. —Hizo una pausa—. Hasta que ya no hay pregunta. Solo hay eso.
—¿Y funciona con cualquier cosa que sientas? —dijo Claudia, con la voz un poco tomada.
—Con cualquier cosa.
Los cuerpos de Marcos y Rodrigo al otro lado de la piscina, los ojos cerrados, ajenos. El vapor. El río. Claudia no dijo nada más. Pero tampoco se alejó, y el muslo de Sofía siguió pegado al suyo bajo el agua caliente durante mucho rato, y a Claudia se le fue empapando el bañador por dentro de una humedad que no era la del baño.
***
Al día siguiente llovió desde las cinco de la mañana y el sendero se volvió barro y el barro se volvió la única realidad. Marcos y Claudia tomaron otra vez la delantera, más rápido que los días anteriores, con el aguacero como razón suficiente para no hablar.
Rodrigo y Sofía se quedaron atrás. El camino entre Chomrong y Sinuwa pasaba por un bosque de bambú que amortiguaba la lluvia, y durante un tramo largo caminaron bajo ese techo verde y ruidoso con los cuerpos mojados y el vapor de su propia temperatura subiendo por la ropa.
En un recodo del sendero, junto a un árbol caído que alguien había convertido en banco con una tabla de madera, Sofía se detuvo. Abrió la mochila. Sacó una chocolatina.
—Come —dijo.
Rodrigo comió. Eran solo los dos en el camino, la lluvia en el bambú sobre sus cabezas, el frío entrando por el cuello de la chaqueta.
—¿Correcto? —dijo Sofía, sin mirarlo.
Rodrigo entendió a qué se refería.
—Correcto.
Sofía asintió despacio. Siguió mirando hacia adelante, hacia el recodo donde el bambú se cerraba sobre el sendero hasta casi tocarlo.
—Cinco años —dijo—. Eso es mucho tiempo viviendo dentro de correcto.
Rodrigo no respondió. La lluvia tamborileó más fuerte un momento y luego volvió a su ritmo.
—¿Alguna vez sientes algo que no sabes si quieres que pare? —dijo ella.
Rodrigo la miró.
Sofía giró la cabeza y le sostuvo la mirada sin apartar los ojos, sin hacer nada más, simplemente sosteniéndola con esa quietud que era su manera de estar en todo: en el esfuerzo, en el calor, en el frío de ese recodo del sendero bajo la lluvia con toda la tensión instalada entre los dos como si llevara días esperando ese momento exacto.
—Sí —dijo Rodrigo.
Sofía le puso una mano en la mandíbula. No buscó su boca de inmediato: se quedó así, con la palma contra su cara, mirándolo, quieta dentro de la intensidad. Y Rodrigo, que en cinco años no había aprendido a quedarse quieto con nada que le importara demasiado, se quedó quieto.
El beso llegó desde él, no desde ella. Le agarró la cara con las dos manos y la besó con toda la boca abierta, empujándole la lengua entre los dientes, chupándole el labio inferior con un ruido húmedo que se mezcló con el de la lluvia sobre las cañas. Ella lo recibió y respondió con esa misma calidad de atención que ponía en todo: sin prisa, sin resolución, sin el gesto de quien necesita que algo termine para empezar con lo siguiente. Le mordió el labio de vuelta, despacio, y luego le metió la lengua entera en la boca y se la mantuvo ahí, moviéndola apenas, hasta que Rodrigo empezó a gemir dentro del beso sin darse cuenta. La lluvia seguía arriba. El bambú crujía. La mochila de Rodrigo cayó al suelo y ninguno de los dos la recogió.
Las manos de Rodrigo bajaron por la espalda de Sofía, encontraron el borde de la chaqueta técnica, se metieron por debajo. La piel de la espalda de ella estaba caliente y seca dentro de la ropa mojada, y Rodrigo subió las manos hasta encontrarle el sujetador deportivo y meter los dedos por debajo hasta llegarle a las tetas. Se las apretó con las dos manos, sintiendo los pezones duros contra las palmas, y Sofía dejó escapar el primer sonido que no había planeado, un suspiro corto que se le escapó por la nariz sin dejar de besarlo.
—Sácame la chaqueta —le dijo ella contra la boca.
Rodrigo tiró del cierre. La chaqueta cayó sobre la mochila. Le subió el forro polar y el sujetador de una vez, dejándoselos enrollados encima de las tetas, y bajó la boca. Le chupó un pezón con hambre, tirándoselo entre los dientes despacio, y luego el otro, mientras con la mano libre le desabrochaba el pantalón técnico. Sofía echó la cabeza hacia atrás y dejó que Rodrigo le mamara las tetas todo lo que quisiera, con la lluvia entrándole ya por el pelo mojado y la piel del vientre erizada por el aire frío.
—Sigue —le dijo—. No pares. Chúpamelas.
Él siguió. Le pasó la lengua entera por el pezón, se lo metió en la boca, se lo chupó fuerte con las mejillas hundidas, y con la mano que le había desabrochado el pantalón se lo bajó junto con las bragas por encima de las caderas hasta la mitad de los muslos. Metió los dedos entre las piernas de ella y encontró el coño empapado, tan empapado que la humedad no tenía nada que ver con la lluvia. Dos dedos entraron sin resistencia, hasta el fondo, y Sofía se abrió de piernas todo lo que le permitía el pantalón bajado y le clavó las uñas en la nuca a Rodrigo.
—Ahí —dijo—. Así. Fóllame con los dedos, despacio.
Rodrigo la folló con los dedos. Entraba y salía con toda la mano hasta los nudillos, muy despacio, mientras seguía con la boca en las tetas, y con el pulgar le buscó el clítoris hinchado y empezó a describirle círculos apretados sobre él. Sofía apretó las paredes del coño alrededor de los dedos de él, exactamente como le había descrito a Claudia en el baño termal la tarde anterior, y Rodrigo sintió esa presión concreta y caliente y a partir de ahí ya no supo dónde terminaba el sendero, el bambú y la lluvia y dónde empezaba el cuerpo de ella.
—Arrodíllate —le dijo Sofía.
Rodrigo se arrodilló en el barro sin dudar. Ella se apoyó de espaldas en el árbol caído, con el pantalón por los muslos, y le empujó la cabeza contra el coño. Rodrigo abrió la boca y empezó a comérselo con todo. Le pasó la lengua entera por los labios abiertos, de abajo arriba, la metió dentro, chupó el clítoris con los labios enteros haciéndole el vacío. Sofía le agarró el pelo con las dos manos y se lo apretó contra la cara sin dejar que respirara mucho, y Rodrigo la mamó hasta que la sintió temblar y notó cómo los muslos empezaban a apretarle la cabeza a los dos lados.
—No pares, Rodrigo, así, sigue, no pares —repetía ella, con una voz que él no le había oído nunca, más grave, más nepalí de repente, más animal.
Cuando Sofía se corrió, se corrió sin gritar, con una convulsión larga y silenciosa que le sacudió toda la espalda contra el tronco y le hizo apretar los muslos alrededor de la cara de Rodrigo hasta que él dejó de oír la lluvia. Se corrió durante mucho rato, en olas, sin permitir que él dejara de chuparla, y cuando por fin le soltó el pelo tenía la barbilla temblorosa y la piel del cuello enrojecida.
—Levántate —dijo—. Sácatela.
Rodrigo se levantó del barro y se bajó el pantalón. La polla le salió dura, tensa contra el vientre, con la punta ya mojada. Sofía se la agarró con la mano y se la miró un segundo, como calibrando, y luego se agachó y se la metió en la boca de golpe, hasta el fondo, hasta que la nariz le tocó la piel de la pelvis. Rodrigo dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco que se perdió en el bambú.
Ella empezó a mamársela con esa misma atención plena. No con prisa, no con la técnica torpe de las primeras veces con nadie. Le pasó la lengua por todo el largo, le chupó los cojones uno por uno, le lamió la punta con la lengua plana, se la metió otra vez entera hasta la garganta y se la mantuvo ahí, tragando alrededor de la punta, mientras lo miraba desde abajo con los ojos húmedos.
—Espera —dijo Rodrigo—. Espera o me corro.
Sofía sacó la polla de la boca con un ruido húmedo.
—Todavía no —dijo—. Fóllame.
Se dio la vuelta contra el árbol caído, apoyada en los antebrazos, con el culo hacia atrás y el pantalón todavía por los muslos. Rodrigo se puso detrás, le agarró la cadera con una mano, se guio con la otra y se le metió entera, hasta el fondo, en una sola embestida. Sofía apretó los dientes y dejó salir un sonido largo desde el pecho.
—Así —dijo—. Toda. Ahora despacio.
Rodrigo se retiró casi entero y volvió a entrar, muy lento, sintiendo cada centímetro del coño de ella cerrarse alrededor de la polla, apretándolo, exprimiéndolo. Repitió el movimiento. Otra vez. Otra. Sin acelerar. Sofía le empujaba el culo hacia atrás para recibirlo cada vez, y con los músculos del coño lo apretaba en el momento exacto en que él estaba entrando, un pulso vivo y consciente que a Rodrigo le pareció una cosa que no sabía que podía existir.
—Cinco años —dijo Sofía con la voz entrecortada, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro—. ¿La habías sentido así alguna vez?
—No —dijo él, sin mentir.
—Dame más fuerte. Ahora.
Rodrigo empezó a follarla más fuerte, con la mano agarrándole el culo, escuchando el ruido de los cuerpos chocando en el bambú, la piel mojada contra la piel mojada, y con la otra mano le buscó el clítoris por delante y le empezó a frotarlo mientras la embestía. Sofía se corrió otra vez, esta vez sí con un grito corto que se le escapó antes de que pudiera contenerlo, y las paredes del coño se le contrajeron alrededor de la polla de Rodrigo con una fuerza que él no pudo aguantar.
—Voy a correrme —dijo Rodrigo.
—Fuera —dijo ella—. En el culo. En la espalda. Donde sea, pero fuera.
Rodrigo sacó la polla en el último segundo y se corrió sobre el culo y la parte baja de la espalda de Sofía con tres chorros calientes de semen que le resbalaron por la piel hasta perderse debajo del pantalón. Se quedó ahí, con la mano en el árbol caído, respirando pesado, sintiendo cómo el corazón le iba a mil.
Sofía se enderezó despacio. Se recogió parte del semen con dos dedos de su propia espalda, se los llevó a la boca, y se los chupó mirándolo. Luego cogió un pañuelo de la mochila y se limpió el resto sin dramatizar. Se subió el pantalón. Se bajó el forro polar y el sujetador. Se colocó la chaqueta.
Bajo el techo de bambú, con la lluvia arriba y el barro en las botas y los cuerpos fríos por fuera y calientes por dentro, estuvieron un tiempo que no supo medir. Cuando algo así ocurre, el tiempo deja de ser una dimensión en la que uno se orienta y se convierte en otra cosa: en textura, en temperatura, en el peso exacto de una mano en la nuca y el ruido sordo de la lluvia sobre las cañas.
Cuando se separaron del todo, la lluvia había bajado a llovizna.
—¿Y ahora? —dijo Rodrigo.
—Ahora seguimos caminando —dijo Sofía.
Y lo hicieron.
***
Esa noche en el albergue de Sinuwa, Marcos durmió enseguida. Claudia tardó, mirando el techo de madera con los ojos abiertos en la oscuridad, con una sensación en el cuerpo que no era del todo el cansancio de las piernas ni del todo otra cosa. Se metió una mano por dentro del pantalón del pijama y se tocó el coño despacio, pensando en el muslo de Sofía contra el suyo bajo el agua y en la voz de Sofía diciendo apretando, sin que nadie folle a nadie. Se hizo correr en silencio, mordiendo la almohada, sin despertar a Marcos.
En la litera de al lado, Rodrigo tampoco dormía, aunque ella no lo sabía.
Rodrigo pensaba en la mano de Sofía en su cara. Pensaba en los cinco años de correcto y en lo que pasa cuando algo que debería cerrarse no se cierra. Pensaba en el coño de Sofía apretándole la polla desde dentro con una consciencia que no había sentido nunca, y en que mañana seguían en el camino, los cuatro juntos, con el Annapurna al fondo y las cuatro mochilas y todo lo que cada uno llevaba dentro de ellas que no era ropa.
Fuera, en las montañas de Nepal, el río seguía sonando, constante, sin preguntas.