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Relatos Ardientes

Lo que Ernesto nunca supo de mis martes

Había aprendido a mirarme de otra manera frente al espejo. No como lo hacía a los veinte años, buscando defectos, ni como lo hice a los treinta y cinco, resignada a la gravedad. A los cuarenta y ocho me miraba con la curiosidad de quien descubre un mapa que siempre estuvo ahí pero nunca supo leer. Damián me había enseñado eso sin proponérselo.

Los martes a las tres de la tarde, Ernesto creía que yo estaba en el gimnasio. Llevaba repitiéndoselo casi cuatro meses. Él nunca preguntaba más, nunca revisaba las facturas del teléfono ni me pedía que lo acompañara. Éramos ese tipo de pareja: estable, predecible, cómoda como un sillón ya hundido en el centro. Veinte años así dan para mucho sillón.

Aparcaba el coche a media cuadra del taller de Damián, siempre en el mismo sitio, entre un árbol grande y una furgoneta blanca que nunca se movía. El barrio era de esos que no llaman la atención: calles anchas, comercios de siempre, hombres con ropa de trabajo que volvían a sus casas. Nadie me conocía allí. Eso también formaba parte del ritual, del pequeño sistema de seguridad que había construido sin darme cuenta.

Lo conocí en febrero, cuando el coche empezó a hacer ese ruido que los mecánicos siempre describen como si te hablaran en otro idioma. Ernesto nunca se ocupaba de esas cosas; yo tampoco, hasta que no me quedó opción. El taller estaba cerca de donde yo hacía la compra, me lo había recomendado la mujer de un vecino, y entré sin esperanzas de entender nada.

Damián salió de debajo de un coche con las manos sucias y me preguntó qué le pasaba al vehículo. Tenía treinta y cuatro años, aunque yo no lo sabía todavía, y una forma de escuchar que consiste en mirarte mientras hablas. No es algo habitual. La mayoría de la gente mira a otro lado o espera que termines para decir lo suyo. Él no. Se quedó quieto, me miró y escuchó todo lo que yo le conté sobre el ruido, que no era gran cosa pero que me había preocupado.

Eso fue todo. Nada eléctrico, nada que me hiciera pensar que meses después iba a estar mintiendo a mi marido cada semana para volver a verlo.

La segunda vez fue porque tuve que recoger el coche y él me explicó lo que había arreglado. La tercera fue porque pasé por allí y me pareció que el coche volvía a hacer el mismo ruido, aunque probablemente no era verdad. La cuarta vez ya no necesitaba excusa.

***

El taller estaba al fondo de un pasaje sin salida. Una persiana metálica a medio levantar, el olor a aceite quemado y a madera, la radio de fondo con alguna canción que Damián tarareaba sin saberlo. Lo encontraba así siempre, concentrado en algo, con las manos llenas de trabajo. Era la imagen que me repetía los domingos por la noche cuando Ernesto dormía a mi lado con la respiración tranquila y pareja de siempre.

Esa tarde de agosto empujé la persiana y entré sin llamar. Lo habíamos acordado desde la tercera vez que llegué con aquella excusa del ruido.

Él estaba lijando algo de madera al fondo, de espaldas. Cuando oyó mis pasos se dio vuelta y sonrió de esa manera que los hombres pierden con los años sin que nadie les avise. Una sonrisa que ocupa la cara entera.

—Llegaste —dijo, como si eso fuera todo lo que necesitaba saber.

No respondí. Crucé el taller, cogí su cara con las dos manos y lo besé antes de que pudiera decir otra cosa. Olía a serrín y a jabón industrial y a algo debajo de todo eso que era solo él.

Damián dejó la lija caer al suelo. Sus manos, ásperas y grandes, me sujetaron la cintura. Tenía esa forma de agarrarme que yo no encontraba palabras para describir: firme pero sin urgencia, como si supiera que el tiempo era nuestro aunque no lo fuera.

—Espera —murmuró contra mi boca—. Déjame lavarme las manos.

Fui hasta el banco de trabajo y me apoyé mientras lo veía hacerlo. El agua fría, el jabón, el movimiento circular de sus palmas. Cosas pequeñas que se quedan grabadas cuando uno no lo espera y no se defiende.

Cuando volvió lo besé de nuevo, y esta vez no hubo pausa.

***

Habíamos terminado con la cama plegable que Damián tenía en el cuarto del fondo, ese espacio mitad almacén mitad habitación donde guardaba repuestos, una heladera vieja y una manta doblada encima del colchón. No era elegante. Era exactamente lo contrario de la habitación que compartía con Ernesto, con sus cortinas de hilo y sus almohadas con funda de piqué. Me gustaba eso. Me gustaba la diferencia en todo.

Empezamos de pie, junto a la puerta. Él me desabrochó la blusa despacio, botón por botón, sin prisa. Yo lo miraba hacerlo, con esa mezcla extraña de vergüenza y exhibicionismo que nunca me habría imaginado sentir a esta edad. Tenía el cuerpo de una mujer de casi cincuenta: las caderas más anchas que a los treinta, el vientre ya no plano, las marcas del tiempo distribuidas con justicia. Damián nunca actuó como si eso necesitara disculpa ni corrección.

—Eres increíble —decía, y lo decía mirándome, que es la única manera en que esas palabras significan algo.

Me quitó el sujetador y se quedó un momento quieto, con las manos abiertas sobre mis pechos. Sentía el calor de sus palmas antes incluso de que me tocara del todo. Cuando inclinó la cabeza y comenzó desde el cuello, bajando despacio, siguiendo una línea que parecía trazada de memoria, cerré los ojos y dejé de pensar en el gimnasio, en Ernesto, en la cena de esa noche.

Me apoyé en la pared. Las rodillas no me flaquearon, pero estuve cerca.

Lo que tenía con Damián no era amor. Eso lo había entendido desde la primera vez, aunque me costó admitírselo. Era otra cosa, algo más parecido al hambre: una necesidad que no se satisface del todo porque en cuanto te sacias vuelve. Los primeros meses me había mentido a mí misma llamándolo de otra manera. Ya no.

Cuando acabé con la blusa y él con la camiseta, nos tumbamos en la cama plegable que crujía con cualquier movimiento. A esa altura el crujido ya no me importaba. Tampoco me importaba la manta que olía a madera ni la bombilla sin pantalla que colgaba del techo. Me importaba su boca en mi cuello y sus manos que conocían el camino.

Sus dedos recorrieron mis costados, mi espalda, la curva de mis caderas. Conocía mi cuerpo de una manera que Ernesto nunca había querido conocerlo, o quizás nunca había sospechado que existiera esa posibilidad. El deseo como exploración, no como rutina. La diferencia era enorme, y yo tardé cuarenta y ocho años en darme cuenta.

—¿Qué quieres? —me preguntó, con la boca cerca de mi oído.

Era una pregunta sencilla y era la pregunta más difícil que nadie me había hecho en años. Con Ernesto las cosas ocurrían de una manera siempre igual: el mismo orden, la misma duración, la misma oscuridad. Como lavar los platos o sacar la basura. Con Damián era diferente cada vez, porque él preguntaba, y yo, muy lentamente, había aprendido a responder.

—Lo que quieras tú —le dije.

Sonrió contra mi cuello.

Bajó despacio. Fue paciente de una manera que me resultaba casi insoportable. Cada zona de mi cuerpo que tocaba con la boca era un punto de tensión que tardaba en liberarse. Yo respiraba con la boca abierta, con los ojos cerrados, aferrada a la manta que olía a él.

Cuando llegó adonde quería llegar, lo dejé hacer sin instrucciones. Sabía lo que hacía. Lo había aprendido conmigo, o quizás lo sabía de antes; daba igual, el resultado era un calor que empezaba en el centro y se expandía hasta los pies, hasta las puntas de los dedos, hasta los párpados. Me concentré en esa sensación y no pensé en nada más durante un rato que no supe calcular.

Llegué al orgasmo en silencio, casi, mordiéndome el labio inferior. Había aprendido a no gritar en ese cuarto. Las paredes del taller eran delgadas y el pasaje tenía eco.

Después me incorporé y lo empujé suavemente hacia la cama. Era mi turno. Siempre había un turno, esa era otra cosa que Ernesto no conocía. Con Damián el placer era recíproco y los dos lo sabíamos y ninguno de los dos hacía el esfuerzo de fingir que era de otra manera.

Me tomé el tiempo que quise. Lo escuché. Lo miré cuando llegó, con los ojos apretados y los tendones del cuello en tensión. También eso me gustaba: verlo perder el control, comprobar que yo era capaz de hacérselo perder a alguien catorce años más joven que yo.

***

Después nos quedamos un rato en silencio. La radio seguía sonando en el taller. Afuera, alguien descargaba cajas en el pasaje con ese ritmo pesado del trabajo de fin de tarde.

—¿A qué hora tenés que irte? —preguntó.

—A las cinco y media.

Eran las cuatro y cuarto. Tenía tiempo.

Me apoyé en su pecho y cerré los ojos. Pensé en Ernesto, que a esa hora estaría en su oficina revisando planillas o en alguna reunión que le importaba mucho más de lo que me había importado a mí nunca. Pensé en la cena que tendría que preparar al llegar. Pensé en la cama con funda de piqué y en los veinte años de costumbre. Sentí algo parecido a la culpa, pero más pequeño que las primeras veces. Más manejable.

No era una mujer sin conciencia. Eso también lo sabía. Era una mujer que había descubierto tarde que el deseo no se apaga solo porque uno lo ignore durante suficiente tiempo. Solo se acumula. Y llegado cierto punto, encuentra una salida por donde puede.

Damián me acariciaba el hombro sin decir nada. A veces hablábamos de cosas sin importancia: el trabajo de él, alguna película, el calor de ese verano que no terminaba nunca. Nunca de Ernesto. Era la única regla que ninguno de los dos había pronunciado en voz alta y que los dos cumplían sin excepción.

—El jueves me llega un encargo importante —dijo—. Voy a estar metido aquí hasta tarde.

—¿El martes que viene sí? —pregunté.

—El martes sí.

Me incorporé y busqué la blusa. Él me observó mientras me vestía. Esa mirada también era parte de la cosa, de ese intercambio que no tenía nombre correcto pero tenía su propio ritmo y sus propias reglas no escritas que los dos entendíamos sin necesidad de discutirlas.

Cuando terminé de arreglarme fui al pequeño baño del fondo, me lavé la cara con agua fría y me miré en el espejo manchado que había encima del lavabo. Tenía las mejillas encendidas y el rímel un poco corrido en una esquina. Nada que no se pudiera arreglar en treinta segundos.

Volví al taller. Él ya estaba trabajando de nuevo, de espaldas, como cuando había llegado. El mismo hombre, el mismo taller, la misma radio. Yo era la única que cambiaba al entrar y al salir.

—Hasta el martes —dije.

—Hasta el martes.

Levanté la persiana y salí al pasaje. El sol de las cinco todavía calentaba fuerte. Caminé hasta el coche sin prisa, sin mirar atrás, con las llaves en la mano. En el retrovisor me revisé el rímel antes de arrancar. Quedé bien.

Cuando llegué a casa, Ernesto todavía no había llegado. Entré, dejé el bolso en la silla de siempre, fui a la cocina y empecé a preparar la cena. Cebolla, ajo, un poco de tomate. Los movimientos de siempre, las manos que hacían lo de siempre mientras la cabeza estaba todavía en otro sitio.

Él llegó a las ocho menos cuarto. Me dio un beso en la mejilla, se sirvió agua del grifo y me preguntó cómo había ido el día.

—Bien —dije—. Fui al gimnasio y luego hice algunas cosas.

—¿Y el coche? ¿Sigue bien?

—Perfecto —respondí—. Nunca mejor.

Se sentó frente al televisor mientras yo terminaba de cocinar. La cena fue tranquila, como siempre. Hablamos de sus reuniones, del vecino del tercero que volvía a aparcar mal, del calor que no cedía ni de noche. Conversaciones que no pesan nada y que llenan el espacio con eficiencia.

Esa noche, cuando apagamos la luz, Ernesto se durmió en diez minutos. Yo me quedé mirando el techo durante un rato, escuchando su respiración tranquila y pareja, sin pensar en gran cosa. El cuarto olía a la colonia de siempre, a las sábanas limpias de siempre. Todo en su sitio.

El martes siguiente estaba a cuatro días.

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Comentarios (7)

Luna73

Dios mio, que relato. Me dejo sin palabras literalmente.

Silvieta88

Lo que mas me gusto es que no se pone cursi ni exagerado, va directo y se siente real. Muy bueno!!

Pablito_sur

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como termina todo esto

RodrBA_lector

brutal. de lo mejor que lei en mucho tiempo en este sitio

ValeriaMQ

Me recordo a algo que pase hace anos y que nunca le conte a nadie. Esas cosas que uno lleva adentro calladas. Gracias por escribirlo.

TintoNocturno

48 años y toda esa decision... chapeau. Esperando mas relatos de este estilo

LectorMDQ

¿Y el no sospecho nada en todo ese tiempo? Es que me deja pensando en eso

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