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Relatos Ardientes

Sabía que no debía responder ese mensaje

Valeria tenía veintidós años y una vida de la que no podía quejarse. Estudiaba Derecho, sacaba buenas notas y llevaba casi tres años con Marcos: un chico atento, cariñoso, que le preparaba el desayuno los domingos y nunca levantaba la voz. La quería. Eso era innegable. Pero había algo que Marcos no podía darle, algo que ella guardaba en el rincón más oscuro de sí misma: necesitaba sentir que la deseaban hasta perder el control. Necesitaba que la buscaran con hambre, que le agarraran el pelo, que le abrieran las piernas sin pedir permiso, que la follaran hasta dejarla sin voz. No con ternura. Con verdadero apetito animal.

Por eso, cuando sus amigas la llamaron para salir un viernes por la noche, Valeria abrió el armario con una decisión tomada de antemano.

Se miró en el espejo del dormitorio: vestido negro corto con escote pronunciado, sandalias de tacón, el pelo castaño recogido en una cola baja que dejaba al descubierto su nuca. Se pintó los labios en rojo mate, se echó un último vistazo y salió al pasillo. Marcos estaba apoyado en el marco de la puerta del salón, con el mando de la tele en la mano.

—Estás preciosa —dijo, con esa voz suave que a veces la desesperaba—. Ten cuidado, ¿eh?

Valeria lo besó en la mejilla y bajó las escaleras sin mirar atrás.

***

La discoteca estaba llena cuando llegó. Música alta, cuerpos apretados, el olor a alcohol mezclado con perfume barato. Sus amigas ya habían pedido la primera ronda. Brindaron, rieron, y Valeria empezó a bailar con esa energía que solo aparecía cuando se sentía observada.

Y la observaban.

Los ojos de varios chicos la encontraron en menos de diez minutos. Ella no respondía, pero lo registraba todo: el tipo del fondo que no apartaba la vista de su cintura, el que había intentado acercarse y se había conformado con observar desde la barra desde hacía un buen rato. Ese calor familiar le subía por el pecho, se le concentraba entre las piernas, le humedecía las bragas sin permiso. Esa descarga pequeña y adictiva de saberse deseada. Era su droga más honesta, la única que nunca había fingido no necesitar.

Bailó durante casi dos horas seguidas, sola y con sus amigas, dejándose llevar por la música con los ojos entrecerrados. En un momento dado, un chico se acercó por detrás y le puso una mano en la cadera. Valeria sintió la presión de una polla dura contra el culo, apenas separada por la tela del vestido. Lo dejó bailar con ella durante una canción entera, notando cómo se restregaba, cómo aumentaba la presión, cómo respiraba pesado sobre su nuca. Luego se giró con una sonrisa educada y fría y lo apartó sin decir nada. Él entendió.

Cuando volvió a quedarse sola en la pista, el cuerpo le ardía con esa mezcla de excitación y frustración que reconocía demasiado bien. Tenía el coño empapado dentro de las bragas y los pezones marcados bajo el vestido. Marcos no le producía eso. Marcos producía otra cosa: calma, seguridad, afecto. Cosas buenas. Cosas que no le mojaban las bragas a las once de la noche en una pista de baile.

Llevaba casi dos horas y media en el local cuando el teléfono vibró en el bolso.

Era un número que no había borrado, aunque debería haberlo hecho.

Diego: Te vi en la historia de Claudia. Ese vestido… llevo media hora pensando en cosas que no debería pensar.

Valeria se apartó de sus amigas y encontró un rincón más tranquilo junto a una columna. Releyó el mensaje. El corazón le dio un vuelco. El coño también.

Diego había sido su ex hacía dos años. Cuatro meses intensos, físicamente los más brutales y honestos de su vida. No habían terminado mal; simplemente habían terminado. Pero lo que había entre ellos en la cama no era algo que se olvidara fácilmente. Diego la había follado como nadie: contra la pared del baño, boca abajo con la cara aplastada contra la almohada, de rodillas en el suelo con la boca abierta esperando su corrida. Sabía leerla de una manera que ningún otro había replicado, ni antes ni después.

Escribió y borró tres veces antes de decidirse.

Valeria: Diego, tengo novio. No hagas esto.

La respuesta llegó en segundos.

Diego: Lo sé. ¿Y qué tiene que ver eso con lo que te estoy diciendo?

Diego: ¿Marcos te hace olvidarte de todo o tienes que ayudarte con la mano después para llegar?

Valeria apretó los dientes. Notaba el pulso en los oídos y otro pulso, más bajo, entre los muslos. Era una pregunta sucia, directa, sin disimulo, y el problema era que conocía la respuesta. Diego también la conocía. Por eso la hacía.

Valeria: Para. Estoy bien con él.

Diego: Seguro que sí. Pero "bien" no es lo mismo que lo que teníamos. Recuerdo cómo llegabas a mi casa, ya mojada antes de entrar. Recuerdo lo que me pedías con la boca llena. ¿Marcos sabe eso de ti? ¿Sabe cómo te gusta que te la metan?

Valeria cerró los ojos un segundo. El ruido del local se volvió sordo, como si el mundo se hubiera alejado unos pasos.

Diego: Ven. Ahora. Te espero con la polla dura pensando en ti.

Ella guardó el teléfono y volvió con sus amigas. Bailó otros veinte minutos con una sonrisa que no sentía. Pidió otro trago que apenas probó. Intentó pensar en Marcos, en los planes del fin de semana, en la llamada pendiente con su madre. Pero el teléfono pesaba en el bolso con una gravedad desproporcionada, y las bragas se le pegaban al coño de lo empapadas que estaban.

A la una y media, se inclinó hacia su amiga Natalia y le dijo que no se encontraba bien, que iba a pedir un taxi. Natalia la miró con una expresión de «¿estás segura?» que Valeria ignoró con un abrazo rápido. Salió a la calle, respiró el aire frío de la noche y abrió el teléfono.

Valeria: Mándame la dirección.

***

El taxi tardó diez minutos. Valeria pasó ese tiempo mirando por la ventanilla sin ver nada, con las manos juntas sobre el regazo y la cabeza llena de ruido. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. No había confusión, no había suficiente alcohol como para quitarle esa claridad. Era una decisión consciente. Lo cual lo hacía peor.

El teléfono vibró. Un mensaje de Marcos.

Marcos: Cielo, ¿todo bien? Es tarde y no sé nada de ti. Te quiero ❤

Lo leyó. No contestó. Volvió a dejar el teléfono boca abajo en el muslo.

El taxi frenó frente a un edificio gris en una calle tranquila. Diego la esperaba en el portal con las manos en los bolsillos. No la abrazó. Solo la miró de arriba abajo con esa calma que siempre había sido más provocadora que cualquier urgencia. La miró como se mira a alguien a quien ya se ha visto desnuda, arrodillada, gimiendo con la boca llena.

—Sabía que vendrías —dijo.

—Cállate —respondió Valeria.

Subieron en silencio. En el ascensor, Diego no la tocó. Solo se apoyó en la pared metálica y la observó como si tuviera todo el tiempo del mundo. Eso era lo que siempre la había vuelto loca de él: esa paciencia que en realidad no era paciencia sino control. La conciencia de que podía esperar porque sabía exactamente lo que iba a pasar, cómo iba a acabar ella, en qué postura, gritando qué.

Cuando cerró la puerta del piso, ella ya había dejado el bolso en la silla más cercana.

—¿Por qué has venido? —preguntó él, aunque su voz dejaba claro que lo sabía.

—No empieces —dijo Valeria.

Diego se acercó despacio. Le puso una mano en la mandíbula, obligándola a mirarlo directamente.

—Dilo.

Ella tardó tres segundos.

—Necesitaba que me follaras.

***

No hubo más palabras después de eso. Diego la empujó contra la pared del pasillo y la besó con una intensidad que Marcos nunca había alcanzado, no por falta de cariño sino porque había cosas que el cariño no podía replicar. Le metió la lengua hasta el fondo de la boca mientras le agarraba la mandíbula con una mano y le subía la falda con la otra. Valeria sintió cómo le temblaban las rodillas cuando los dedos de él le rozaron el interior del muslo y siguieron subiendo hasta encontrar la tela empapada de las bragas.

—Estás chorreando —dijo Diego contra sus labios, con esa media sonrisa suya—. ¿Cuánto tiempo llevas así?

—Cállate. Cállate y hazlo.

Le apartó las bragas de un tirón, sin cuidado, y le metió dos dedos hasta los nudillos. Valeria echó la cabeza hacia atrás y se golpeó contra la pared. El gemido le salió sin permiso, ronco, desde muy abajo. Diego la folló con los dedos allí mismo, en el pasillo, con el pulgar apretándole el clítoris en círculos precisos, mientras le mordía el cuello justo debajo de la oreja.

—Así. Así te acordabas, ¿no? —le susurró—. Dime que te acordabas.

—Sí. Joder. Sí.

—¿Marcos te toca así?

—No.

—¿Te folla así?

—No. No. Cállate. Sigue.

Le clavó los dedos en la nuca y se dejó llevar. Diego la mantuvo contra la pared hasta que ella se corrió por primera vez, apretando los muslos alrededor de su mano, mordiéndole el hombro para no gritar. Se corrió rápido, brutal, con las piernas temblándole tanto que si él no la hubiera sostenido se habría caído al suelo.

—Esa fue la de la entrada —dijo Diego, sacándole los dedos y llevándoselos a la boca sin dejar de mirarla—. Ahora vamos a hacer el resto.

La empujó hacia el dormitorio sin dejar de besarla, y Valeria fue con él sin resistencia, sabiendo perfectamente que podía haberse detenido en cualquier momento y que no iba a hacerlo. Le bajó la cremallera del vestido con una sola mano, despacio, como si no tuviera prisa. El vestido cayó al suelo. Ella se quedó de pie en medio de la habitación, con las bragas rasgadas por un lado, sin sujetador, los pezones duros y el interior de los muslos brillando de humedad.

—De rodillas —dijo Diego.

Valeria obedeció sin pensar. Se arrodilló sobre la moqueta mientras él se desabrochaba el cinturón y se bajaba los pantalones. La polla le salió dura, gruesa, exactamente como la recordaba: esa curva ligera hacia arriba, esa vena marcada en la parte de abajo, el glande hinchado y brillante. La cogió por el pelo con una mano y con la otra se la puso contra los labios.

—Abre.

Ella abrió la boca y él le metió la polla hasta el fondo de la garganta en el primer empujón. Valeria se atragantó, se le llenaron los ojos de lágrimas, se le escapó un hilo de saliva por la comisura de la boca. Diego no se apartó. La sostuvo ahí un segundo más, mirándola desde arriba con esa calma insoportable, antes de dejarla respirar.

—Buena chica.

Y volvió a metérsela. Y otra vez. Y otra. La folló la boca sin prisa pero sin piedad, agarrándola del pelo con las dos manos, marcándole el ritmo, obligándola a tragar. Valeria le clavó las uñas en los muslos, se dejó, gimió con la boca llena, y notó cómo se le contraía el coño en el vacío cada vez que él le tocaba la campanilla con el glande.

—Mírame —le ordenó él.

Ella levantó los ojos, con la boca abierta y la polla dentro, y Diego soltó un gemido gutural al verla así, con el rímel corrido y los labios rojos estirados alrededor de él.

—Joder, cómo te echaba de menos esa cara.

Le sacó la polla de la boca antes de correrse. La levantó del suelo tirándole del pelo y la tiró sobre la cama boca arriba. Le arrancó las bragas rotas del todo y le abrió las piernas con las rodillas, sin ceremonia. Se agachó y le hundió la cara en el coño de un movimiento.

Valeria gritó.

Diego comía coño como si fuera personal. Sabía exactamente dónde estaba cada terminación nerviosa de ella, cuánto tiempo lamer plano, cuándo cerrar los labios sobre el clítoris y chuparlo, cuándo meter la lengua dentro. Le pasaba la barba raspada por el interior de los muslos, le mordía los labios mayores, le hundía dos dedos y los curvaba hacia arriba mientras seguía chupando arriba. Valeria le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarle la cara sin vergüenza, restregándose contra su boca, buscando el ángulo, gimiendo cada vez más alto.

—Ahí. Ahí. No pares. Ahí, joder, ahí…

Se corrió por segunda vez en la boca de él, empujándole la cabeza hacia abajo, cerrando los muslos alrededor de su cara. Diego no la soltó hasta que el temblor se le pasó del todo. Cuando se incorporó tenía la barba brillante hasta el mentón y una sonrisa oscura en la boca.

—Todavía sabes igual.

Trepó sobre ella. Le agarró las dos muñecas y se las sujetó por encima de la cabeza con una sola mano. Con la otra se guio la polla y se la pasó por los labios del coño, arriba y abajo, sin meterla, empapándose la punta.

—Pídemelo.

—Diego…

—Pídemelo bien.

—Métemela. Por favor. Métemela.

Se la metió de una sola embestida, hasta el fondo, y Valeria arqueó la espalda con un gemido largo. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, pero era gruesa y le llegaba a un sitio al que nadie más le llegaba. Diego se quedó dentro un segundo, sin moverse, dejándola sentir cómo la llenaba.

—¿Te acuerdas?

—Sí. Sí. Muévete. Por favor.

Y se movió. Empezó lento, con embestidas largas y profundas, saliendo casi del todo antes de volver a hundirse hasta las pelotas. Cada golpe le arrancaba un gemido nuevo. Valeria tenía las tetas rebotando con cada embestida, las muñecas todavía sujetas, la garganta seca de gemir. Diego la miraba desde arriba con los dientes apretados, controlando el ritmo, sin dejarla acomodarse.

—Así.

—Más fuerte.

—¿Así?

—Más.

Le soltó las muñecas, la agarró de una cadera y aceleró. El sonido del choque de pieles llenó la habitación, húmedo, obsceno, mezclado con los gemidos de ella y los gruñidos de él. La cama chocaba contra la pared. Valeria le clavó las uñas en la espalda, le dejó marcas rojas desde los hombros hasta el culo, le mordió el cuello.

—Voy a correrme otra vez. Diego. Diego, voy a…

—Córrete. Córrete en mi polla. Quiero sentirlo.

Se corrió por tercera vez, con espasmos que le apretaron la polla dentro, arqueada del todo contra él, gritando sin importarle los vecinos. Diego se detuvo un segundo, respirando con dificultad, y sin darle tiempo a recuperarse la giró boca abajo.

—Todavía no hemos acabado.

La puso a cuatro patas, le empujó la cabeza contra la almohada dejándole el culo en alto, y volvió a metérsela por detrás. Desde ese ángulo entraba aún más profundo. Valeria mordió la almohada y se dejó follar, empujando hacia atrás cada vez que él embestía. Diego le agarró la cola de caballo y le tiró de ella hacia atrás, obligándola a arquear la espalda todavía más.

—Dime que ningún otro te folla así.

—Ninguno.

—Dilo entero.

—Ninguno me folla así. Solo tú. Solo tú, joder.

—Buena chica.

Le pasó una mano por debajo, le buscó el clítoris y empezó a frotárselo mientras seguía dándole por detrás, sin bajar el ritmo. Valeria sintió cómo se le acumulaba otro orgasmo antes de que el anterior se hubiera terminado de bajar. Se le mezclaron, se le acumularon uno encima del otro, y cuando llegó el cuarto ya no supo si estaba corriéndose o si no había parado.

En algún momento, cuando ya llevaban un buen rato, pensó en Marcos. La imagen duró lo que tarda un flash: su cara cuando le decía «te quiero», la forma en que le dejaba el café preparado por las mañanas sin pedirle nada a cambio. La culpa fue real. Breve y absolutamente insuficiente para detener lo que estaba pasando, sobre todo con la polla de otro hombre metida hasta el fondo empujándola contra el colchón.

Soy un desastre, pensó. Y siguió.

Diego la fue llevando de una postura a otra con esa seguridad que ella no había vuelto a encontrar en nadie más. La puso encima, cabalgándolo, con las manos de él apretándole las tetas y la boca chupándole los pezones mientras ella subía y bajaba clavándose la polla hasta que se corrió otra vez. La puso de lado, con una pierna en alto, y la folló despacio mientras le hablaba al oído todas las cosas sucias que ella siempre había necesitado oír y que nunca se había atrevido a pedirle a Marcos. Le pidió cosas concretas, con nombre propio, con verbo, sin adornos, y él las cumplía sin negociación. Fue intenso, prolongado, y al final de cada orgasmo volvía a haber otro que se acumulaba antes de que el anterior terminara del todo.

Cuando por fin él sintió que no aguantaba más, la puso otra vez boca arriba, se arrodilló entre sus piernas y le empezó a pajear el coño con la polla, restregándole el glande contra el clítoris hinchado.

—¿Dónde?

—En las tetas —dijo ella, sin pensar, con la voz rota—. Córrete en las tetas.

Diego se pajeó los últimos segundos mirándola desde arriba, y cuando explotó le disparó chorros gruesos de semen caliente sobre el pecho, la clavícula, el cuello, la mandíbula. Valeria cerró los ojos, con la boca entreabierta, sintiendo cómo le caía la corrida de él por la piel, y se pasó dos dedos por el pezón para restregársela sin pensar, en un gesto que no había hecho con nadie más.

Cuando Diego por fin se detuvo, Valeria estaba tumbada boca arriba mirando el techo, con el cuerpo entero pesando el doble de lo normal, la piel manchada, el coño palpitándole todavía y la respiración sin regularizarse del todo.

***

—¿Cuánto tiempo llevas sin dormir bien? —preguntó él desde el filo de la cama, estudiándola con esa calma de siempre.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque tienes esa cara.

Valeria no contestó. Se levantó, fue al baño, se limpió la corrida del pecho con una toalla y se lavó entre las piernas con agua fría. Volvió al dormitorio y buscó el vestido con el pie, lo enganchó del suelo. Se vistió en silencio, de espaldas a él, sin bragas porque se las había roto.

—Me voy.

Diego no intentó retenerla. La observó ponerse las sandalias con la misma calma del ascensor.

—La próxima vez no tienes que inventar una excusa —dijo cuando ella ya tenía la mano en el pomo de la puerta—. Puedes simplemente venir.

Valeria lo miró un momento desde el umbral.

—No habrá próxima vez.

Los dos sabían que era mentira.

***

El taxi de vuelta tardó el doble, o quizás era ella quien percibía el tiempo de otra manera. Se miró las manos en el regazo: sin temblor ya, quietas sobre el bolso. Notaba el coño hinchado, el interior de los muslos pegajoso, un ardor bueno entre las piernas que iba a durarle hasta la mañana siguiente. Abrió el teléfono y vio tres mensajes de Marcos y uno de Natalia preguntando si había llegado bien.

Respondió a Natalia con un «sí, gracias, ya estoy en casa». No abrió los de Marcos.

Cuando giró la llave en la cerradura eran casi las cuatro de la mañana. La luz del pasillo estaba encendida. Marcos asomó desde el salón con cara de alivio y un poco de sueño acumulado en los ojos.

—Menos mal. Estaba a punto de llamarte —dijo. Se acercó y la abrazó—. ¿Estás bien? Tienes mala cara.

—Cansancio —respondió ella, dejando que el abrazo durara lo justo, rezando para que no le notara el olor a otro hombre en el pelo—. Fue una noche larga. Voy a ducharme.

Se metió en el baño, abrió el agua caliente y se quedó debajo un buen rato. Se enjabonó dos veces, entre las piernas con especial cuidado, borrando cualquier resto de Diego que hubiera quedado. No lloraba. Esperaba llorar y no pasaba. Solo había un silencio pesado dentro de ella, como después de cerrar una habitación que sabes que vas a volver a abrir antes de que acabe la semana.

Se vistió con ropa cómoda y entró en el dormitorio. Marcos ya estaba en la cama, adormilado, pero cuando ella se metió bajo las sábanas la buscó con el brazo.

—Estaba preocupado —murmuró contra su pelo.

—Ya lo sé. Lo siento.

—¿Lo pasaste bien al menos?

—Sí —dijo Valeria—. Fue bien.

Se quedaron en silencio. La respiración de Marcos se fue haciendo más lenta y profunda hasta que ella supo que se había quedado dormido. Valeria miraba el techo en la oscuridad, completamente despierta, con el cuerpo todavía cargado de una tensión que no era exactamente arrepentimiento y con el coño todavía latiéndole débilmente entre las piernas.

El teléfono, en la mesilla, estaba boca abajo.

No lo dio la vuelta para comprobar si Diego había escrito. No hacía falta. Ya sabía que sí. Y ya sabía, aunque no quisiera reconocerlo todavía, que la próxima vez que vibrara de esa manera iba a mirarlo. Que la próxima vez iba a volver a cruzar la ciudad. Que la próxima vez iba a arrodillarse otra vez, y a abrir la boca otra vez, y a pedir que se la metieran otra vez.

Eso era lo peor de todo: no la culpa de esa noche, sino la certeza tranquila y terrible de que no iba a ser la última. Que ya había cruzado una línea que no se desdibuja con una ducha ni con el abrazo de alguien que confía en ti. Que algo en ella había decidido, y que esa decisión tenía un peso propio que seguiría ahí cuando saliera el sol.

Marcos respiraba con calma a su lado.

Valeria cerró los ojos y esperó que llegara el sueño.

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Comentarios(10)

Caro_2025

Dios mio que bueno esto. Me atrapó desde la primera línea y no pude parar. Seguí publicando!!!

Jorge_DF

Tremendo inicio, espero que haya continuacion porque asi no se puede dejar

Marce_sur

Me recordó a una decision que tomé hace años que tampoco debería haber tomado jaja. Esas cosas que sabes que no corresponden y las hacés igual. Muy bien escrito, se siente real.

SoniaNoche

La imagen del taxi a la una de la mañana me mató. Quiero saber como termina esto!

Valeria_NQN

segunda parte por favorrrr

papillon68

Que tensión tan bien lograda, y eso que recién arranca. Me quedo esperando ansioso el próximo capitulo.

Lector empedernido

Muy buen relato, corto pero intenso. Se hizo cortisimo, queremos mas :)

RocioLect

excelente!!! le doy 10 puntos

Noctambulo_k

Ese detalle de las dos de la mañana dice todo sin decir nada. Buen manejo del detalle, felicitaciones.

nico_mdp

Vamos a ver como sigue esto... jaja me enganchaste

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