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Relatos Ardientes

Lo teníamos todo planeado hasta que volvieron

La villa Las Buganvillas olía a brisa marina, a jazmín y a decisión tomada. Estaba enclavada en una pequeña cala a las afueras de Conil, con dos plantas, tres dormitorios y una terraza sobre el mar que parecía diseñada para brindis con mala conciencia. Sofía y Raquel, amigas desde el instituto, habían convencido a sus maridos de alquilarla para un «fin de semana romántico en pareja». Lo que los maridos ignoraban era que el romanticismo que se avecinaba tenía poco que ver con ellos y mucho con dos pollas que no eran las suyas.

Sofía, cincuenta años recién cumplidos, profesora de primaria con una risa franca y unas curvas que la vida había ido perfilando con generosidad —tetas grandes de pezones anchos, culo de matrona firme, un coño que llevaba meses funcionando en seco—, llevaba dieciocho años casada con Roberto, gestor de una sucursal bancaria que consideraba cultural ver documentales sobre trenes y que tenía la costumbre de roncar con una regularidad casi musical. Raquel, cuarenta y seis, más menuda pero con un descaro que compensaba cualquier centímetro que le faltara, estaba casada con Ernesto, fontanero jubilado convencido de que el pináculo de la felicidad humana consistía en una siesta larga y un partido de pádel los sábados. Ninguno de los dos maridos recordaba la última vez que había hecho correrse a su mujer, y ellas tampoco.

El sábado por la mañana los maridos salieron en un barco de alquiler a pescar bonito frente al Cabo Trafalgar. Prometieron volver el domingo por la noche. En cuanto el coche desapareció tras la curva de la carretera de la costa, Sofía y Raquel se miraron con la misma expresión que debían de tener cuando hacían novillos en el colegio.

—Tres horas —dijo Sofía sacando el móvil—. Marcos llega a las cuatro.

—Y Andrés a las cuatro y cuarto —respondió Raquel, quitándose la alianza y guardándola en el monedero de las monedas—. Tiempo de sobra para ponernos guapas y para depilarnos el coño.

Marcos tenía cuarenta y tres años, era técnico de sonido en una productora y tenía ese tipo de manos que Sofía llevaba meses imaginando sobre su piel, dentro de sus bragas, apretándole los pezones hasta hacerla gemir. Andrés era cuatro años más joven que Raquel, diseñador gráfico freelance, con una paciencia para las situaciones complicadas que, en aquel momento, resultaría providencial, y con una polla que Raquel había visto una sola vez en foto y que ya se le había metido en la cabeza como una obsesión.

A las cuatro en punto sonó el interfono de la puerta trasera. Sofía abrió y Marcos entró con una botella de albariño y una sonrisa que no prometía nada bueno, en el mejor sentido posible. Raquel lo mandó directamente al dormitorio principal con un ademán que no admitía discusión y volvió al salón a esperar a Andrés.

Sofía subió detrás de Marcos y cerró la puerta con pestillo. No hubo saludos largos ni copas de vino. Le tiró del cinturón hasta el borde de la cama, se arrodilló entre sus piernas y le desabrochó los pantalones con los dedos temblando de pura hambre.

—Llevo tres meses pensando en esto —murmuró ella sacándole la polla del calzoncillo. Estaba dura, gruesa, con la vena marcada, y a Sofía se le hizo la boca agua sin darse cuenta.

—Yo llevo más —contestó Marcos con la voz ronca.

Sofía se metió el glande en la boca despacio, chupando el filo con la lengua, y bajó hasta la mitad del tronco. La retuvo ahí, tragando saliva, sintiendo cómo la polla le llenaba el paladar. Marcos gimió y le hundió los dedos en el pelo. Ella empezó a mamársela con un ritmo lento y sucio, sacándola entera, escupiendo un hilo de saliva sobre el capullo, volviéndola a tragar hasta la garganta. Le lamió los huevos, uno y luego el otro, se los metió en la boca mientras le seguía masturbando la polla con la mano, y volvió a subir por el tronco lamiéndolo como si fuera un helado que se le derretía.

—Joder, Sofía… así, más adentro.

Ella obedeció. Se lo comió hasta la nuez, arcadas incluidas, con los ojos llorosos y el rímel corriéndosele. Cuando Marcos la levantó del pelo, tenía la barbilla brillante de saliva y un hilo colgándole del labio.

—Fóllame —dijo Sofía—. Ya. No aguanto más.

Se subió al vestido de un tirón, sin quitárselo, y se tumbó boca arriba en la cama abriendo las piernas. No llevaba bragas. Se había quitado las bragas mientras Raquel abría la puerta abajo. Marcos vio el coño depilado, hinchado y brillante de puro deseo, y no se hizo esperar. Se colocó entre sus muslos, le pasó dos dedos por la raja para comprobar lo empapada que estaba, y se la metió de golpe hasta el fondo.

—¡Ahhh, joder! —gritó Sofía mordiéndose el dorso de la mano.

La embistió con fuerza, agarrándole las caderas, haciéndole botar las tetas dentro del vestido. Ella se lo bajó de un tirón para que se las viera y se las agarrara. Marcos le apretó los pezones entre índice y pulgar y siguió follándola con estocadas largas que le chocaban contra el clítoris. El colchón crujía. La cama golpeaba la pared. Sofía intentaba no gritar pero se le escapaba un jadeo ahogado cada dos embestidas.

—Date la vuelta —le ordenó Marcos.

Sofía se puso a cuatro patas en el borde de la cama, arqueando la espalda, ofreciéndole el culo. Marcos le levantó el vestido hasta la cintura, la miró un segundo y se hundió otra vez en el coño desde atrás. Sofía enterró la cara en la almohada para ahogar el gemido. Él la agarró del pelo, tiró hacia atrás, y siguió metiéndosela con un ritmo salvaje que le hacía temblar las nalgas cada vez que sus caderas chocaban contra ella.

—Más fuerte —jadeó Sofía—. Rómpeme, joder.

Marcos la abofeteó suavemente en el culo, dejando la marca roja de la mano, y volvió a arremeter. Sofía notaba que se le acercaba el orgasmo por primera vez en meses, un cosquilleo profundo que le subía desde el vientre. Se llevó una mano al clítoris y empezó a frotarse mientras él seguía embistiendo.

—Me corro, me corro, me…

Y se corrió. Con la cara aplastada contra la almohada, con espasmos en las piernas, con el coño apretándole la polla a Marcos en oleadas tan intensas que él tuvo que sujetarse las ganas de descargar dentro. La tenía contra la pared del dormitorio, con las piernas todavía temblando del primer orgasmo, chupándole los pezones y con dos dedos metidos en el coño para prolongarle la corrida, cuando el móvil que había dejado sobre la mesilla vibró con una insistencia que no presagiaba nada bueno.

Era un mensaje de Raquel: «SE OYE UN COCHE EN EL CAMINO».

Sofía se quedó helada.

—Para —susurró.

—¿Qué? —dijo Marcos sin entender, con la polla todavía dentro de ella y la mano metida entre sus piernas.

—Para. Para ahora mismo.

Luego oyó la voz. Inconfundible, procedente del piso de abajo, con esa cadencia de quien acaba de pasar cuatro horas bajo el sol sin pescar nada:

—¿Sofía? ¡Sofía, estamos aquí! ¡El motor del barco se averió!

Roberto. En casa. Ocho horas antes de lo previsto.

—Al armario —susurró Sofía con una calma que no sentía—. Ahora mismo. Con toda tu ropa.

Marcos, desnudo, con la polla todavía dura y goteando, con los zapatos en una mano y los pantalones en la otra, se metió en el armario empotrado del dormitorio mientras Sofía se ponía a toda prisa un vestido de tirantes que encontró doblado sobre la silla. Notó el semen y su propio flujo bajándole por la cara interna del muslo y no tuvo tiempo de limpiarse. Salió al pasillo justo cuando Roberto subía las escaleras cargando una bolsa de plástico con dos latas de cerveza que había comprado en el chiringuito del puerto.

—¡Qué sorpresa, amor! —consiguió decir ella con una voz razonablemente normal—. ¿Ya estáis de vuelta?

—Una avería de mierda. Ernesto está abajo con las cañas. ¿Qué estabas haciendo?

—Nada, leyendo. —Pausa—. Y ordenando el armario.

Roberto la miró. Sofía sonreía demasiado y sudaba en un lugar donde hacían veinticuatro grados y había aire acondicionado.

***

La situación en el dormitorio de invitados era, si cabe, más delicada. Andrés llevaba los pantalones puestos pero nada más cuando oyó los pasos de Ernesto en el pasillo. Un segundo antes, Raquel estaba a horcajadas sobre él, con la falda subida y sin bragas, cabalgándole la polla con esa furia contenida que solo tienen las mujeres a las que llevan años sin hacérselo bien. Le había comido la polla nada más entrar por la puerta, arrodillada en la alfombra del salón mientras él seguía con la bolsa de quesos en la mano, y luego lo había arrastrado escaleras arriba mientras se desabrochaba el sujetador por el camino.

En el dormitorio se había desnudado de un tirón. Andrés le había separado los muslos, se había hincado de rodillas y le había comido el coño durante diez minutos: la lengua plana pasando por toda la raja, luego la punta jugando con el clítoris, luego dos dedos entrando y saliendo mientras seguía chupándole el capuchón hasta hacerla temblar. Raquel se había corrido en su boca agarrándole del pelo, ahogando el grito contra la palma de la mano. Después le había ordenado que se tumbara, se había subido encima y se había ensartado en su polla despacio, sintiendo cómo se la llenaba entera. Llevaba veinte minutos meciéndose sobre él, moviendo las caderas en círculos, con Andrés chupándole las tetas y apretándole el culo con las dos manos.

Estaba a punto de correrse por segunda vez cuando oyó los pasos de Ernesto. Raquel lo empujó con una fuerza desproporcionada para su complexión hacia el cuarto de baño en suite.

—Dentro. Tumbado en la bañera. No respires fuerte.

Andrés obedeció sin rechistar, todavía con la polla húmeda de ella brillando entre las piernas, y se metió en la bañera intentando no gemir por la interrupción. Raquel cerró la puerta, se limpió los muslos con una toalla, se puso la primera camiseta que encontró —una de Ernesto con el logo de una ferretería de Jerez— y salió al pasillo con el semblante de quien lleva toda la tarde haciendo estiramientos.

—¡Hola, mi vida! —dijo con la sonrisa más controlada de su repertorio—. ¿Tan pronto?

—El motor. ¿Por qué tienes el pelo así?

—Estaba descansando. El calor.

—¿Descansando con la cama sin hacer y la ventana cerrada?

—Es que leía y luego me quedé dormida. Ya sabes cómo soy.

Ernesto frunció el ceño con esa expresión de quien sospecha algo pero no sabe exactamente qué y ha decidido que, quizás, es mejor no saberlo.

***

Los maridos se instalaron en el salón con dos cervezas y el partido de la tarde. Sofía y Raquel se encontraron en la cocina con los ojos muy abiertos y el corazón a ciento veinte pulsaciones.

—¿Cómo está Marcos? —susurró Raquel.

—En el armario. Con la polla dura y sin correrse.

—Andrés estaba dentro de mí. Literalmente dentro. Todavía tengo el coño chorreando.

—Yo tengo su semen bajándome por la pierna. Casi.

Se miraron. La situación era absurda, pero no había tiempo para reflexiones filosóficas.

—Tenemos que entretenerlos —dijo Sofía—. Sacarlos de casa. A los dos a la vez.

El plan que idearon en los siguientes tres minutos fue una obra de teatro de urgencia. Sofía bajó al salón y se sentó entre los dos maridos con expresión de quien acaba de recordar algo importante.

—Chicos, ¿sabéis qué? Mi hermana Lucía viene esta noche con su novio. Les dije que podían quedarse aquí. Llegarán en unas dos horas.

Roberto la miró por encima de la lata.

—¿Tu hermana? ¿La de Sevilla?

—Sí. Ya sabéis cómo es, muy espontánea. Nos hemos escrito esta tarde.

Raquel, desde la puerta, añadió con la naturalidad de una consumada actriz aficionada:

—Y mi prima Bea también viene. Con su marido. Son cuatro más. Mejor bajo a comprar cosas para la cena, ¿no?

Los maridos intercambiaron una mirada. Cuatro personas más en una casa donde ya había dos hombres escondidos. Genial.

—Yo bajo con vosotras —dijo Ernesto levantándose.

—¡No! —dijeron las dos al unísono.

—Quiero decir —corrigió Sofía—, que vosotros quedaos aquí y preparad la mesa de la terraza. Nosotras volvemos enseguida.

Consiguieron que los maridos bajaran al jardín a encender la barbacoa. Ganaron quince minutos.

***

El primero en quejarse fue Marcos. Desde el armario llegó un mensaje al móvil de Sofía: «Hay una percha clavada en mi espalda desde hace cuarenta minutos. Y todavía tengo la polla dura pensando en tu coño».

Sofía le mandó una foto de un sándwich de jamón serrano con el mensaje: «Te lo subo en diez. Y me la vuelves a meter cuando pueda».

Andrés, desde la bañera, le escribió a Raquel: «El grifo gotea. Estoy contando gotas para no volverme loco. Van 847. La polla me sigue palpitando».

Raquel respondió: «Aguanta. Cuando salgamos de esta te la chupo hasta que te desmayes».

Las dos mujeres hicieron dos viajes al piso de arriba con la excusa de «buscar los manteles buenos» y dejaron provisiones básicas a sus respectivos prisioneros voluntarios. Sofía aprovechó uno de los viajes para meterse en el armario, arrodillarse entre los abrigos y volver a mamársela a Marcos durante dos minutos escasos, tapándole la boca con la mano izquierda mientras con la derecha le apretaba los huevos. Marcos se corrió en su boca de un chorro caliente y espeso que ella tragó entero sin salpicar el suelo, con la disciplina de quien no puede permitirse manchas. Salió del armario limpiándose la comisura con el dorso del pulgar, cerró la puerta y bajó a poner la mesa. Fue durante el tercer viaje cuando casi todo se fue al traste.

***

Roberto decidió subir a buscar la chaqueta porque la noche refrescaba. Sofía, que estaba bajando con el mantel bajo el brazo, lo vio poner la mano en el pomo del dormitorio principal y se lanzó hacia él olvidándose de la ley de la gravedad.

—¡Espera! —Se interpuso entre él y la puerta—. Hay una abeja. Una abeja enorme. He dejado la ventana abierta y ha entrado. Tengo alergia, ya sabes.

—¿Desde cuándo tienes alergia a las abejas?

—Desde este año. Me salió de repente. El médico dice que a cierta edad estas cosas aparecen sin avisar.

Roberto la miró con la expresión de quien lleva dieciocho años casado y ha aprendido a no hacer demasiadas preguntas.

—La chaqueta está en el coche, da igual —dijo, y volvió a bajar.

Sofía se apoyó en la pared del pasillo y respiró despacio.

***

El momento más peligroso llegó a las diez y media.

Ernesto subió al baño de invitados porque el del jardín estaba ocupado. Raquel lo oyó subir las escaleras desde la terraza y corrió detrás de él.

—¡Ernesto! ¡Espera! El baño de invitados está estropeado. La cadena. Lo llevo intentando arreglar toda la tarde y he dejado todo abierto.

Ernesto, que era fontanero, se detuvo ante la puerta.

—¿La cadena del váter? Te lo arreglo en dos minutos.

—¡No, no! Mejor mañana, que ahora tenemos visitas y…

—No tardo nada.

Abrió la puerta. El baño estaba en penumbra. La bañera, al fondo, parecía vacía. Parecía.

—Aquí no veo nada roto —dijo Ernesto mirando alrededor.

—Es que al final lo arreglé yo. Con un tutorial de YouTube.

—¿Tú? ¿Un tutorial de fontanería?

—Tengo muchos talentos ocultos.

Andrés, dentro de la bañera, aguantaba la respiración debajo de dos toallas de baño y el albornoz de la villa, con la polla todavía a media asta y el olor a coño de Raquel pegado a la piel. Ernesto se quedó mirando ese bulto informe durante tres segundos que se hicieron eternos.

—¿Por qué hay tantas toallas apiladas en la bañera?

—Las estaba aireando. Olían a humedad.

—¿Dentro de la bañera?

—Es el método que sale en los vídeos. Muy efectivo. Muy zen.

Ernesto salió del baño con la cara de quien ha decidido que hay cosas que es mejor no entender. Raquel corrió al baño en cuanto escuchó sus pasos alejarse, destapó a Andrés y le susurró:

—Tienes que salir de aquí. Por la ventana. Hay una marquesina justo debajo.

—¿Una marquesina?

—De la entrada. Puedes bajar al jardín desde ahí y rodear la casa.

Andrés se asomó. La marquesina estaba a metro y medio. Abajo, entre las plantas, había un arbusto de romero que olía de maravilla.

—¿Y luego qué?

—Luego me llamas. Finges ser el técnico del aire acondicionado que viene a mirar una avería de emergencia.

—Son las once de la noche.

—Las averías no entienden de horarios. Confía en mí.

Antes de dejarlo ir, Raquel lo agarró de la nuca, le metió la lengua hasta la garganta y le apretó la polla por encima del pantalón.

—El mes que viene te la meto entera por el culo también —le susurró al oído—. Guárdame la corrida para entonces.

Andrés se descolgó por la ventana con la elegancia que permite una situación donde te juegas el tipo, aterrizó sobre la marquesina, deslizó los pies hasta el borde y cayó sobre el romero con un golpe sordo que ninguno de los maridos oyó porque justo en ese momento el árbitro del partido señaló un penalti y Roberto soltó un grito desde el salón.

***

La extracción de Marcos fue más sencilla en apariencia y más complicada en la práctica.

Sofía esperó a que Roberto bajara a por más cerveza, entró al dormitorio, abrió el armario y encontró a Marcos sentado en el suelo entre dos abrigos y un paraguas de playa, con el pelo aplastado y la expresión de un hombre que ha tenido mucho tiempo para recapacitar sobre sus decisiones vitales, y también, por debajo del pantalón, una segunda erección que no había manera de disimular.

—Por la terraza —susurró Sofía—. Hay una escalera de servicio que baja al garaje.

—¿Una escalera de servicio?

—Antigua. Funciona. Ve.

—¿Y mis zapatos?

Sofía miró los zapatos. Miró el pasillo donde Roberto podía aparecer en cualquier momento. Tomó una decisión ejecutiva.

—Te los bajo mañana.

Antes de dejarlo salir, se arrodilló una última vez, le abrió la bragueta y le lamió el capullo durante diez segundos, saboreándose a sí misma mezclada con él. Le dio una palmada en el culo y le mordió el labio.

—La próxima vez me la metes por detrás. Sin lubricante. Ya me encargo yo de estar mojada.

Marcos bajó descalzo por la escalera de servicio, con la polla otra vez dolorida, salió al garaje, rodeó la casa entre las sombras y se reunió con Andrés, que estaba en la oscuridad del jardín con rasguños en el antebrazo y olor a hierbas aromáticas.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Marcos.

—Veinte minutos. He contado doscientas treinta y siete estrellas y me la he tenido que agarrar tres veces para que no se me marcara en el pantalón.

—¿Y ahora qué?

—Nos vamos. Y mañana les mandamos un mensaje.

Caminaron hasta el pueblo por el camino de la costa sin decir demasiado. Andrés iba descalzo. Marcos llevaba los zapatos de Andrés, que le quedaban una talla pequeña.

***

En la villa, Sofía y Raquel ayudaron a recoger la mesa de la terraza con la parsimonia de dos mujeres que no han vivido nada remotamente interesante en todo el día.

—Qué noche tan tranquila —dijo Roberto bostezando.

—Muy tranquila —confirmó Sofía.

—Oye, ¿al final no vino tu hermana?

—No. Un problema con el coche. Mala suerte.

—Qué raro todo hoy —murmuró Ernesto llevando los vasos a la cocina—. He notado una cosa rara en el baño de invitados.

Raquel no parpadeó.

—¿Qué cosa?

—Olor a colonia. De hombre.

—Es el ambientador nuevo. Lo compré en el mercado del pueblo. Sándalo y cedro, creo que pone en el bote.

Ernesto asintió despacio y no dijo nada más.

Media hora después los maridos dormían. Sofía y Raquel salieron a la terraza con dos copas de manzanilla fría y se sentaron mirando el mar, que a esa hora era una superficie negra y quieta con el reflejo de la luna partiéndose en dos.

—Ha faltado nada —dijo Sofía en voz muy baja.

—Menos que nada —confirmó Raquel.

—Todavía tengo el semen de Marcos secándose entre los muslos —susurró Sofía—. No he tenido tiempo ni de ducharme.

—Yo tengo el coño hinchado. Andrés me lo comió durante diez minutos y luego me la metió como si llevara un año a dieta.

—¿Te corriste?

—Dos veces. La segunda casi encima de él, cabalgándolo. Estaba a punto de la tercera cuando llegaron.

—Yo me corrí una y estaba a mitad de la segunda cuando llegó el mensaje.

—¿Repetimos el mes que viene?

Raquel bebió un sorbo largo y miró las estrellas.

—Sí. Pero esta vez reservamos una casa con más salidas de emergencia. Y sin armarios con perchas sueltas.

—Y con bañeras sin grifo —añadió Sofía—. Y con una cama que no cruja, que Marcos me estaba destrozando contra la pared y creo que Roberto no oyó porque roncaba, pero yo lo oía todo.

—Y sin maridos —remató Raquel.

Se rieron con esa risa silenciosa y tensa de quien acaba de salir viva de algo que no debería haber sobrevivido. Abajo, en la oscuridad del jardín, el romero seguía oliendo a Andrés. Y en algún punto del camino de la costa, dos hombres avanzaban a oscuras, uno descalzo, el otro con los zapatos demasiado pequeños, sin entender del todo cómo había terminado la noche así pero sin arrepentirse demasiado de haberla empezado, con las pollas todavía sensibles y la boca con sabor a coño ajeno.

Sofía apuró la copa y miró a su amiga.

—Por el vodevil —dijo en voz baja.

—Por los armarios grandes —respondió Raquel—. Y por las pollas que sí saben lo que hacen.

Y brindaron en silencio, con esa complicidad que solo tienen las personas que han compartido el mismo secreto ridículo y están dispuestas a repetirlo, con las bragas mojadas por debajo del vestido y los maridos roncando en el piso de arriba.

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Comentarios(8)

FedeLector

tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

valentina_lp

Necesito la segunda parte ya, me dejo con una intriga terrible. Como termino??

GaboNocturno

jajaja ese plan infalible me mato, tipico que todo se complique justo ahi

Martincho87

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace años con unos amigos. La adrenalina de esos momentos es inexplicable, y vos lo contaste perfecto. Sigue asi!

CuriosaYoli

Es real o ficcion? porque se siente muy real, los detalles son demasiado buenos

Sofialectora

ay dios que tension!! quede sin aire con el final

RubenMdq

Sabes como atrapar al lector desde el primer parrafo, eso no cualquiera lo logra. Esperando mas relatos tuyos.

LucasBaires

el final... no puedo creer que lo cortaste justo ahi. muy mala persona jajaja

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