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Relatos Ardientes

El primer paso: cómo empecé a exhibir a Sandra

He pensado mucho antes de decidirme a escribir esto. Durante más de un año leí relatos de otras parejas en distintos foros y siempre tuve ganas de contar lo mío, pero la distancia necesaria para narrarlo sin que me temblara la mano tardó en llegar. Ahora que todo ha evolucionado hasta un punto que en aquel momento hubiera parecido imposible, me parece el momento adecuado de empezar desde el principio. Desde el primer paso.

Conocí a Sandra a través de una amiga de trabajo. Tiene el tipo de cuerpo que uno no termina de procesar la primera vez que lo ve: piernas largas, caderas generosas, un trasero firme y bien formado que hacía que la gente girara la cabeza sin intentarlo. Se ejercita todos los días —es instructora de yoga— y se nota en cada gesto, en la forma en que camina, en cómo ocupa el espacio. Mide alrededor de un metro sesenta y tres, tiene la piel morena, los ojos oscuros y una sonrisa que parece diseñada para bajar las defensas. Cuando nos presentaron, ella tenía veintisiete años y yo treinta y tres.

El cortejo fue gradual y torpe, como casi todos los comienzos. Empezamos con cafés cortos que se alargaban más de lo previsto, luego cenas que terminaban con ninguno de los dos queriendo pedir la cuenta. La primera noche que estuvimos solos en mi apartamento, toda la tensión que habíamos acumulado en semanas se liberó de golpe. Sandra no tenía problemas en decir exactamente lo que quería. Aprendí más en esa noche sobre lo que le gustaba que en todas las conversaciones previas juntas.

Vivía solo en un apartamento que había alquilado el año anterior. Espacio suficiente, sin compañeros de piso, con la tranquilidad de saber que nadie iba a llamar a la puerta en el peor momento. Sandra pasaba allí la mayoría de los fines de semana. Con el tiempo esas mañanas de domingo perezosas se convirtieron en las que mejor la conocí: cómo tomaba el café, qué le molestaba, qué la hacía reír, qué cosas de sí misma le costaba contar.

La idea de compartirla no llegó de golpe. Llevaba tiempo leyendo sobre parejas que habían explorado ese camino —foros, blogs, relatos de primera mano— y algo en esa dinámica me generaba una atracción que no era fácil de explicar. Con mi ex, años atrás, había tenido la misma fantasía rondando por la cabeza, pero nunca me atreví a sacarla de ahí. Me imaginé mil veces su reacción y en todas salía mal. Con Sandra, sin saber exactamente por qué, la idea se sentía menos imposible.

Una noche, después de cenar en casa con un par de botellas de vino abiertas entre los dos, la conversación derivó hacia fantasías. Le pregunté, de forma vaga, si alguna vez había pensado en un trío. No le di detalles ni especifiqué nada, solo tanteé el terreno. Quería ver cómo lo tomaba antes de revelar lo que realmente me pasaba por la cabeza.

Su respuesta fue más interesante de lo que esperaba. Me dijo, sin dudar, que no soportaría verme con otra mujer. Lo afirmó con una convicción que dejaba poco espacio a la negociación. Pero cuando cambié el planteamiento y le pregunté qué pensaría de un trío con otro hombre, el tono cambió por completo. No dijo que sí. Tampoco dijo que no. Se quedó un momento en silencio, con ese gesto suyo de morderse el labio inferior cuando piensa, y después dijo que tendría que pensarlo. Guardé esa respuesta como quien guarda una llave sin saber todavía qué puerta abre.

***

En los meses siguientes no volví a presionarla. La idea seguía ahí, pero aprendí a ser paciente. En cambio, empecé a proponer otras cosas más pequeñas, más controlables. Le sugerí que cuando saliéramos por las noches se vistiera de forma un poco más provocativa. No tuvo que convencerse demasiado: Sandra sabía perfectamente el efecto que causaba y en el fondo le gustaba ejercerlo. La primera vez que salimos con ese acuerdo tácito llevaba un vestido ceñido de color rojo que le llegaba a mitad de muslo. Caminamos cuatro manzanas hasta el restaurante y pude contar al menos cinco personas que giraron la cabeza a su paso.

Lo que no anticipé fue el efecto que eso tendría en ella. Al principio lo tomaba con cierta indiferencia, como si las miradas fueran simplemente parte del paisaje. Pero esa noche, cuando volvimos al apartamento, algo había cambiado en su actitud. Estaba más desinhibida, más directa. El sexo fue diferente, con una urgencia que llevaba semanas sin aparecer. No hablamos de lo que había pasado en la calle. No fue necesario.

Una tarde de martes, sabiendo que la plaza comercial estaría casi vacía, le propuse un pequeño experimento. Quería ver qué pasaba cuando ella caminaba sola y los demás la observaban sin que yo estuviera a su lado. Le pedí que se pusiera un vestido corto y ajustado y que se sentara en la zona de restaurantes mientras yo la miraba desde lejos.

Llegamos por separado a la zona de comidas. Ella pidió un café en la barra de autoservicio y se acomodó en una mesa libre, con las piernas cruzadas y el teléfono en la mano como si esperara a alguien. Yo me situé en el extremo opuesto del espacio, con un vaso de agua y la vista puesta en ella. A esa hora el lugar estaba casi desierto: un par de señoras mayores, un hombre de mediana edad trabajando con el portátil, una mesa de adolescentes. El del portátil levantó la vista tres veces en diez minutos.

Salimos sin haber conseguido exactamente lo que yo buscaba, pero Sandra estaba de buen humor. Me preguntó si me había parecido interesante y le dije que sí, que era un ensayo. Se rio y me confesó que me había visto espiarla desde el otro extremo. No teníamos planes para el resto de la tarde, así que volvimos al apartamento. No era lo que yo había imaginado, pero tampoco fue mal resultado.

***

El plan del bar llevaba semanas tomando forma en mi cabeza. Conocía un local en el centro de la ciudad, una terraza cubierta en el primer piso con dos tipos de mesas: las del centro eran altas, con taburetes, y las de los lados eran de altura normal, con sillas. Quien estuviera sentado en una mesa lateral con la vista hacia el centro tenía las piernas de las personas en los taburetes prácticamente a la altura de los ojos. Lo había notado meses atrás, en una de esas observaciones que uno hace sin saber muy bien para qué.

Un sábado le dije a Sandra que tenía reserva en un sitio nuevo. No le expliqué nada más. Solo le pedí que se vistiera bien, algo corto. Eligió una minifalda negra de cuero sintético que le llegaba a mitad de muslo, un top del mismo color y unos tacones que la hacían caminar de otra manera, más despacio, más consciente de cada paso. Cuando salió del dormitorio y me miró esperando algún comentario, lo único que pude decirle fue que estaba perfecta.

Llegamos al local alrededor de las diez de la noche. Le pedí a la encargada que nos pusiera en una de las mesas del centro, con los taburetes altos. Pedimos las bebidas de rigor y estuvimos un rato mirando el local sin prisa. Fue entonces cuando vi la mesa que buscaba: en diagonal a nosotros, en una de las mesas laterales, había una pareja. Él era un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, con la copa en la mano y la vista puesta hacia el frente. Hacia donde estábamos nosotros.

Le sugerí a Sandra que cambiáramos de sitio. No le di razones. Nos movimos a una mesa lateral diferente, esta vez con ella orientada hacia donde estaba sentado el hombre. Él no tardó mucho en notarla. Lo disimulaba con cierta habilidad —miraba el menú, hablaba con su acompañante, revisaba el teléfono— pero entre una cosa y otra, sus ojos volvían a las piernas de Sandra con una regularidad que empezaba a ser difícil de ignorar.

Cuando íbamos por el tercer trago se lo conté. Le señalé con la mirada, sin gestos innecesarios, y le expliqué lo que había observado desde que cambiamos de mesa. Sandra giró la cabeza discretamente, lo miró un segundo y volvió a mirarme a mí. No dijo nada durante varios segundos. Luego cambió ligeramente la postura en la silla, cruzó las piernas en su dirección y empezó a participar del juego sin que yo tuviera que pedírselo.

La saqué a bailar un par de veces. La música no invitaba exactamente a la distancia, así que aproveché para acercarme más de lo necesario, rozarle los hombros, besarle el cuello junto al oído. Quería que se activara, que dejara de pensar y empezara a sentir. Funcionó. Cuando volvimos a la mesa tenía las mejillas encendidas y los ojos más brillantes que hacía una hora. Al sentarse cruzó las piernas de nuevo en dirección al hombre, esta vez con un movimiento lento y deliberado que no tenía nada de accidental.

Me incliné hacia ella y le hablé al oído. Le pregunté si estaría dispuesta a ir al baño y quitarse la tanga. Solo eso: volver después y sentarse igual que antes. Sandra me miró en silencio unos instantes. Una de esas miradas que no dicen nada y lo dicen todo al mismo tiempo. Luego tomó su bolso, se bajó del taburete con calma y se dirigió hacia el fondo del local.

Tardó menos de cinco minutos. Cuando volvió, se sentó en el taburete y deslizó su mano hacia la mía por debajo de la barra. Sin mirarme, sin decir nada, puso algo en mi palma y cerró mis dedos sobre ello. La tanga era de encaje negro. Estaba húmeda. La guardé en el bolsillo del pantalón y pedí otra ronda con la misma calma con la que habría pedido agua.

Sandra pasó otro rato en el juego. Se movía diferente sabiendo que no llevaba nada debajo: más suelta, con menos capas entre ella y lo que estaba haciendo. El hombre de la mesa lateral ya no disimulaba igual que al principio. En un momento dado, ella cambió de posición en la silla con una lentitud deliberada que me tensó los músculos del cuello. Cuando me dijo que ya quería que nos fuéramos, sentí simultáneamente alivio y una excitación que me costaba contener.

Fue entonces cuando vi que el hombre de la mesa lateral se levantaba y se dirigía hacia los baños. Lo pensé durante tres segundos. Le dije a Sandra que iba un momento, que esperara, que pedía la cuenta y nos íbamos. Caminé hacia el fondo del local con el corazón golpeándome fuerte en el pecho, sin tener muy claro qué iba a hacer hasta que empujé la puerta y lo vi en el lavamanos.

Me acerqué al grifo de al lado. Él me miró de reojo en el espejo, con esa cautela educada con la que los desconocidos comparten un espacio pequeño. Extendí la mano hacia él sin demasiada ceremonia.

—Mi pareja quería que tuvieras esto.

Tomó la tanga sin saber muy bien qué tenía en la mano, mirándola con expresión confundida. Me di la vuelta, me sequé las manos con una toalla de papel y salí sin esperar a que reaccionara.

Sandra estaba donde la había dejado, con el bolso ya en la mano y la cuenta sobre la barra. Pagué en efectivo y nos dirigimos a la salida. No dije nada hasta que llegamos al coche, aparcado a dos manzanas de allí. Necesitaba un poco de distancia entre ese baño y la conversación que venía.

Cuando cerré la puerta del conductor y metí la llave en el contacto, Sandra me preguntó qué había tardado tanto. Le conté lo que había pasado en el baño. Despacio, con detalle. Ella me escuchó sin interrumpir, con la espalda recta y las manos quietas en el regazo. Cuando terminé, hubo unos segundos de silencio que se me hicieron eternos. Luego se giró hacia mí, me tomó la cara entre las manos y me plantó un beso largo y húmedo que no tenía nada que ver con los que nos habíamos dado en toda la noche.

Esa noche en el apartamento fue diferente a todas las anteriores. No dormimos hasta tarde. No hace falta entrar en detalles: solo diré que algo había cambiado en los dos, y que ambos lo sabíamos aunque ninguno lo dijera en voz alta. Era el inicio de algo. El primero de muchos pasos que vendrían después.

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Comentarios (4)

Rocko

de los mejores que lei este mes, tremendo!!

Mariela_cba

Por favor seguí, quede pegada. La parte del baño... wooow. Necesito saber como continua esto

FernandoNqn

Esas situaciones que empiezan tan simple y terminan cambiando todo. Me enganchó de entrada, muy bien narrado.

NocheVieja01

Me recordó a una salida de hace años con mi ex, estas cosas pasan mas de lo que la gente cree jajaja. Buenisimo relato

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