El primer paso: cómo empecé a exhibir a Sandra
He pensado mucho antes de decidirme a escribir esto. Durante más de un año leí relatos de otras parejas en distintos foros y siempre tuve ganas de contar lo mío, pero la distancia necesaria para narrarlo sin que me temblara la mano tardó en llegar. Ahora que todo ha evolucionado hasta un punto que en aquel momento hubiera parecido imposible, me parece el momento adecuado de empezar desde el principio. Desde el primer paso.
Conocí a Sandra a través de una amiga de trabajo. Tiene el tipo de cuerpo que uno no termina de procesar la primera vez que lo ve: piernas largas, caderas generosas, un trasero firme y bien formado que hacía que la gente girara la cabeza sin intentarlo. Se ejercita todos los días —es instructora de yoga— y se nota en cada gesto, en la forma en que camina, en cómo ocupa el espacio. Mide alrededor de un metro sesenta y tres, tiene la piel morena, los ojos oscuros y una sonrisa que parece diseñada para bajar las defensas. Cuando nos presentaron, ella tenía veintisiete años y yo treinta y tres.
El cortejo fue gradual y torpe, como casi todos los comienzos. Empezamos con cafés cortos que se alargaban más de lo previsto, luego cenas que terminaban con ninguno de los dos queriendo pedir la cuenta. La primera noche que estuvimos solos en mi apartamento, toda la tensión que habíamos acumulado en semanas se liberó de golpe. Apenas cerré la puerta ya la tenía encima, con la boca abierta contra la mía y las manos buscándome el cinturón. No hubo transición ni preámbulo educado: se puso de rodillas en el recibidor, me bajó el pantalón hasta los tobillos y me sacó la polla de los calzoncillos con una avidez que me dejó mudo. Se la metió entera en la boca, hasta que sentí la garganta apretarme la punta, y empezó a mamármela con una técnica que decía muchas cosas sobre las horas que había pasado practicando en otras vidas.
—Quiero que me la metas hasta el fondo —me dijo con la voz ronca, mirándome desde abajo con los labios brillantes de saliva—. No me tengas paciencia. No la necesito.
La levanté, le arranqué la falda por los muslos y la empujé contra la pared del pasillo. Estaba empapada. Metí dos dedos en su coño y los saqué chorreando, los pasé por sus labios y ella los chupó sin apartar los ojos de los míos. La giré, le apoyé la cara contra la pared, le abrí las piernas de una patada y se la clavé de una sola embestida. Sandra soltó un grito ahogado y arqueó la espalda para recibirme más adentro. La follé ahí mismo, contra el yeso frío, con la mano en su nuca y la otra apretándole la cintura, mientras ella me suplicaba entre jadeos que no parara, que se la metiera más fuerte, que se la partiera. Nos corrimos casi al mismo tiempo, ella temblándome alrededor con espasmos que me apretaban la verga como un puño, yo vaciándome dentro con una descarga que me dobló las rodillas. Aprendí más en esa noche sobre lo que le gustaba que en todas las conversaciones previas juntas.
Vivía solo en un apartamento que había alquilado el año anterior. Espacio suficiente, sin compañeros de piso, con la tranquilidad de saber que nadie iba a llamar a la puerta en el peor momento. Sandra pasaba allí la mayoría de los fines de semana. Con el tiempo esas mañanas de domingo perezosas se convirtieron en las que mejor la conocí: cómo tomaba el café, qué le molestaba, qué la hacía reír, qué cosas de sí misma le costaba contar.
La idea de compartirla no llegó de golpe. Llevaba tiempo leyendo sobre parejas que habían explorado ese camino —foros, blogs, relatos de primera mano— y algo en esa dinámica me generaba una atracción que no era fácil de explicar. Con mi ex, años atrás, había tenido la misma fantasía rondando por la cabeza, pero nunca me atreví a sacarla de ahí. Me imaginé mil veces su reacción y en todas salía mal. Con Sandra, sin saber exactamente por qué, la idea se sentía menos imposible.
Una noche, después de cenar en casa con un par de botellas de vino abiertas entre los dos, la conversación derivó hacia fantasías. Le pregunté, de forma vaga, si alguna vez había pensado en un trío. No le di detalles ni especifiqué nada, solo tanteé el terreno. Quería ver cómo lo tomaba antes de revelar lo que realmente me pasaba por la cabeza.
Su respuesta fue más interesante de lo que esperaba. Me dijo, sin dudar, que no soportaría verme con otra mujer. Lo afirmó con una convicción que dejaba poco espacio a la negociación. Pero cuando cambié el planteamiento y le pregunté qué pensaría de un trío con otro hombre, el tono cambió por completo. No dijo que sí. Tampoco dijo que no. Se quedó un momento en silencio, con ese gesto suyo de morderse el labio inferior cuando piensa, y después dijo que tendría que pensarlo. Guardé esa respuesta como quien guarda una llave sin saber todavía qué puerta abre.
***
En los meses siguientes no volví a presionarla. La idea seguía ahí, pero aprendí a ser paciente. En cambio, empecé a proponer otras cosas más pequeñas, más controlables. Le sugerí que cuando saliéramos por las noches se vistiera de forma un poco más provocativa. No tuvo que convencerse demasiado: Sandra sabía perfectamente el efecto que causaba y en el fondo le gustaba ejercerlo. La primera vez que salimos con ese acuerdo tácito llevaba un vestido ceñido de color rojo que le llegaba a mitad de muslo. Caminamos cuatro manzanas hasta el restaurante y pude contar al menos cinco personas que giraron la cabeza a su paso.
Lo que no anticipé fue el efecto que eso tendría en ella. Al principio lo tomaba con cierta indiferencia, como si las miradas fueran simplemente parte del paisaje. Pero esa noche, cuando volvimos al apartamento, algo había cambiado en su actitud. Estaba más desinhibida, más directa. Ni siquiera me dio tiempo a servir una copa. Me empujó hacia el sofá y se me sentó a horcajadas, me sacó la polla y se la escupió antes de bajar la cabeza y engullirla entera. Me la chupaba con hambre, tragándose la saliva y las babas, mirándome mientras la punta le abultaba la mejilla. Le levanté la barbilla con dos dedos.
—Enséñame el coño —le pedí.
Se puso de pie, se subió el vestido rojo por encima de las caderas y se bajó la tanga hasta las rodillas. Tenía el coño afeitado, hinchado, brillando de tan mojado. La tumbé de espaldas en el sofá, le abrí las piernas y me lo comí sin rodeos, con la lengua plana contra el clítoris y dos dedos entrando y saliendo. Sandra se retorcía, me clavaba los talones en la espalda, me agarraba el pelo y me apretaba la cara contra ella. Se corrió en mi boca gritando, con las piernas temblando de tal manera que tuve que sujetarle los muslos para que no me diera un cabezazo. Y cuando todavía estaba jadeando, la puse a cuatro patas sobre el respaldo, le levanté el culo y le metí la polla de un solo golpe. La follé por detrás con la mano abierta en su nuca, empujándole la cara contra el cojín, oyéndola gemir contra la tela mientras el sonido húmedo de mis huevos golpeándole el coño llenaba el salón. Le pedí que me dijera cómo se sentía cada mirada de la calle mientras yo se la metía. Ella me lo contó entre embestidas, con la voz entrecortada, cómo se le había puesto la piel al notar los ojos encima. Me corrí encima de su culo, chorros gruesos que se le escurrieron por la raja hasta el coño, y me quedé mirando cómo el semen le goteaba por dentro de los muslos. No hablamos de lo que había pasado en la calle. No fue necesario.
Una tarde de martes, sabiendo que la plaza comercial estaría casi vacía, le propuse un pequeño experimento. Quería ver qué pasaba cuando ella caminaba sola y los demás la observaban sin que yo estuviera a su lado. Le pedí que se pusiera un vestido corto y ajustado y que se sentara en la zona de restaurantes mientras yo la miraba desde lejos.
Llegamos por separado a la zona de comidas. Ella pidió un café en la barra de autoservicio y se acomodó en una mesa libre, con las piernas cruzadas y el teléfono en la mano como si esperara a alguien. Yo me situé en el extremo opuesto del espacio, con un vaso de agua y la vista puesta en ella. A esa hora el lugar estaba casi desierto: un par de señoras mayores, un hombre de mediana edad trabajando con el portátil, una mesa de adolescentes. El del portátil levantó la vista tres veces en diez minutos.
Salimos sin haber conseguido exactamente lo que yo buscaba, pero Sandra estaba de buen humor. Me preguntó si me había parecido interesante y le dije que sí, que era un ensayo. Se rio y me confesó que me había visto espiarla desde el otro extremo. No teníamos planes para el resto de la tarde, así que volvimos al apartamento. Apenas subimos al ascensor me tomó la mano y se la metió por debajo del vestido. No llevaba nada. Tenía el coño empapado.
—Todo el tiempo que estuve ahí sentada pensé en que alguien me estuviera imaginando así —me dijo pegada a mi oreja, mordiéndome el lóbulo.
La follé en el pasillo del apartamento antes de llegar al dormitorio. Le arranqué el vestido por la cabeza, la puse contra la puerta y le levanté una pierna hasta apoyármela en la cadera. Me la clavé de pie, sosteniéndole el muslo con una mano y agarrándole una teta con la otra. Ella me pasaba los brazos por el cuello y me susurraba obscenidades, que si me imaginaba a otro mirándola así, que si me gustaría que otro le tocara el culo mientras yo la follaba. Le tapé la boca con la mano libre y aceleré el ritmo. Se corrió mordiéndome los dedos, con el coño apretándome tanto que me arrastró detrás. Le vacié dentro con la frente apoyada contra la puerta, oyéndonos jadear los dos como si hubiéramos corrido kilómetros. No era lo que yo había imaginado, pero tampoco fue mal resultado.
***
El plan del bar llevaba semanas tomando forma en mi cabeza. Conocía un local en el centro de la ciudad, una terraza cubierta en el primer piso con dos tipos de mesas: las del centro eran altas, con taburetes, y las de los lados eran de altura normal, con sillas. Quien estuviera sentado en una mesa lateral con la vista hacia el centro tenía las piernas de las personas en los taburetes prácticamente a la altura de los ojos. Lo había notado meses atrás, en una de esas observaciones que uno hace sin saber muy bien para qué.
Un sábado le dije a Sandra que tenía reserva en un sitio nuevo. No le expliqué nada más. Solo le pedí que se vistiera bien, algo corto. Eligió una minifalda negra de cuero sintético que le llegaba a mitad de muslo, un top del mismo color y unos tacones que la hacían caminar de otra manera, más despacio, más consciente de cada paso. Cuando salió del dormitorio y me miró esperando algún comentario, lo único que pude decirle fue que estaba perfecta.
Llegamos al local alrededor de las diez de la noche. Le pedí a la encargada que nos pusiera en una de las mesas del centro, con los taburetes altos. Pedimos las bebidas de rigor y estuvimos un rato mirando el local sin prisa. Fue entonces cuando vi la mesa que buscaba: en diagonal a nosotros, en una de las mesas laterales, había una pareja. Él era un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, con la copa en la mano y la vista puesta hacia el frente. Hacia donde estábamos nosotros.
Le sugerí a Sandra que cambiáramos de sitio. No le di razones. Nos movimos a una mesa lateral diferente, esta vez con ella orientada hacia donde estaba sentado el hombre. Él no tardó mucho en notarla. Lo disimulaba con cierta habilidad —miraba el menú, hablaba con su acompañante, revisaba el teléfono— pero entre una cosa y otra, sus ojos volvían a las piernas de Sandra con una regularidad que empezaba a ser difícil de ignorar.
Cuando íbamos por el tercer trago se lo conté. Le señalé con la mirada, sin gestos innecesarios, y le expliqué lo que había observado desde que cambiamos de mesa. Sandra giró la cabeza discretamente, lo miró un segundo y volvió a mirarme a mí. No dijo nada durante varios segundos. Luego cambió ligeramente la postura en la silla, cruzó las piernas en su dirección y empezó a participar del juego sin que yo tuviera que pedírselo.
La saqué a bailar un par de veces. La música no invitaba exactamente a la distancia, así que aproveché para acercarme más de lo necesario, rozarle los hombros, besarle el cuello junto al oído. Le pasé la mano por el culo por debajo de la falda y comprobé que el hilo de la tanga se le hundía entre las nalgas. Se lo aparté con un dedo y le rocé la raja hasta llegar al coño. Estaba empapada. Se me pegó al cuerpo, apretando la cadera contra mi bulto, y me susurró al oído que sentía cómo se me iba poniendo dura contra su vientre. Quería que se activara, que dejara de pensar y empezara a sentir. Funcionó. Cuando volvimos a la mesa tenía las mejillas encendidas y los ojos más brillantes que hacía una hora. Al sentarse cruzó las piernas de nuevo en dirección al hombre, esta vez con un movimiento lento y deliberado que no tenía nada de accidental.
Me incliné hacia ella y le hablé al oído. Le pregunté si estaría dispuesta a ir al baño y quitarse la tanga. Solo eso: volver después y sentarse igual que antes. Sandra me miró en silencio unos instantes. Una de esas miradas que no dicen nada y lo dicen todo al mismo tiempo. Luego tomó su bolso, se bajó del taburete con calma y se dirigió hacia el fondo del local.
Tardó menos de cinco minutos. Cuando volvió, se sentó en el taburete y deslizó su mano hacia la mía por debajo de la barra. Sin mirarme, sin decir nada, puso algo en mi palma y cerró mis dedos sobre ello. La tanga era de encaje negro. Estaba húmeda. La guardé en el bolsillo del pantalón y pedí otra ronda con la misma calma con la que habría pedido agua. Bajo la barra le apoyé la mano en la rodilla y fui subiéndola despacio por el interior del muslo. Ella abrió las piernas milímetro a milímetro, sin cambiar la expresión, hasta que le rocé el coño desnudo. Estaba tan mojada que dos dedos entraron sin resistencia. La froté ahí mismo, en medio del bar, con la sonrisa educada de quien no está haciendo nada. Sandra mantuvo la vista fija en el hombre de la mesa lateral mientras se le contraía el vientre y respiraba más hondo de lo normal. Me acerqué a su oreja.
—Está pensando en lo que le harías —le dije.
—Y yo estoy pensando en lo que me estás haciendo tú —me contestó sin dejar de mirarlo.
Sandra pasó otro rato en el juego. Se movía diferente sabiendo que no llevaba nada debajo: más suelta, con menos capas entre ella y lo que estaba haciendo. El hombre de la mesa lateral ya no disimulaba igual que al principio. En un momento dado, ella cambió de posición en la silla con una lentitud deliberada que me tensó los músculos del cuello. Cuando me dijo que ya quería que nos fuéramos, sentí simultáneamente alivio y una excitación que me costaba contener.
Fue entonces cuando vi que el hombre de la mesa lateral se levantaba y se dirigía hacia los baños. Lo pensé durante tres segundos. Le dije a Sandra que iba un momento, que esperara, que pedía la cuenta y nos íbamos. Caminé hacia el fondo del local con el corazón golpeándome fuerte en el pecho, sin tener muy claro qué iba a hacer hasta que empujé la puerta y lo vi en el lavamanos.
Me acerqué al grifo de al lado. Él me miró de reojo en el espejo, con esa cautela educada con la que los desconocidos comparten un espacio pequeño. Extendí la mano hacia él sin demasiada ceremonia.
—Mi pareja quería que tuvieras esto.
Tomó la tanga sin saber muy bien qué tenía en la mano, mirándola con expresión confundida. Me di la vuelta, me sequé las manos con una toalla de papel y salí sin esperar a que reaccionara.
Sandra estaba donde la había dejado, con el bolso ya en la mano y la cuenta sobre la barra. Pagué en efectivo y nos dirigimos a la salida. No dije nada hasta que llegamos al coche, aparcado a dos manzanas de allí. Necesitaba un poco de distancia entre ese baño y la conversación que venía.
Cuando cerré la puerta del conductor y metí la llave en el contacto, Sandra me preguntó qué había tardado tanto. Le conté lo que había pasado en el baño. Despacio, con detalle. Ella me escuchó sin interrumpir, con la espalda recta y las manos quietas en el regazo. Cuando terminé, hubo unos segundos de silencio que se me hicieron eternos. Luego se giró hacia mí, me tomó la cara entre las manos y me plantó un beso largo y húmedo que no tenía nada que ver con los que nos habíamos dado en toda la noche. Sin dejar de besarme me buscó la bragueta, me la bajó y me sacó la polla. Estaba ya empalmada desde antes de subir al coche. Me la agarró con las dos manos y empezó a masturbarme mientras me lamía el cuello.
—Ahora mismo tiene mi tanga en el bolsillo —me susurró—. Va a llegar a su casa y se va a hacer una paja pensando en mí.
—¿Y tú en qué estás pensando? —le pregunté con la voz rota.
Por toda respuesta se desabrochó el cinturón, se bajó del asiento del copiloto y se agachó sobre mi regazo. Se metió mi polla en la boca ahí mismo, en el coche aparcado en la calle, y me la mamó como si llevara horas necesitándolo. Le agarré el pelo con las dos manos y le marqué el ritmo. Sandra gemía con la boca llena, chupándome hasta la base, y cada tanto me la sacaba solo para lamerme los huevos y volver a tragársela entera. Me corrí en su boca al cabo de pocos minutos, aguantando el grito con los dientes apretados. Ella no soltó una gota. Se levantó despacio, se pasó el dorso de la mano por los labios y se los relamió mirándome a los ojos.
—Arranca —me dijo—. Quiero llegar rápido.
Conduje los quince minutos hasta el apartamento con su mano metida por dentro de mi camisa y su boca en mi cuello. En cuanto abrí la puerta la levanté del suelo, me la eché al hombro y la llevé al dormitorio. Le arranqué la falda, el top, el sujetador, la tiré boca arriba en la cama y le abrí las piernas. Estaba tan mojada que se le veía brillar el coño desde la puerta. Me la comí de nuevo, la lengua entera contra el clítoris, dos dedos dentro doblados hacia arriba, hasta que empezó a temblar y me corrió en la boca gritando el nombre del desconocido sin darse cuenta. Se dio cuenta después, cuando abrió los ojos y me miró con una mezcla de vergüenza y hambre que no supo cómo esconder. No dije nada. Le di la vuelta, la puse boca abajo, le levanté las caderas y se la metí por detrás hasta el fondo. La follé así, con la cara aplastada contra el colchón y el culo en pompa, con una violencia que ninguno de los dos había puesto sobre la mesa hasta esa noche. Le tiré del pelo, le di una palmada en la nalga que dejó la marca roja, y ella se echó hacia atrás pidiéndome más, empujando el culo contra mi cadera cada vez que yo empujaba hacia dentro.
—Dilo otra vez —le exigí con los dientes apretados—. Di lo que estás pensando.
—Estoy pensando en él —me confesó gimiendo—. En cómo me habría follado en el baño si tú se lo hubieras dicho.
Me corrí dentro con esas palabras retumbándome en la cabeza, con los dedos clavados en su cadera y la frente sudada contra su espalda. Nos quedamos ahí un rato largo, jadeando, sin separarnos, sintiendo cómo el semen se escurría fuera y le mojaba los muslos. Después la giré con cuidado y la abracé. Ella tenía los ojos brillantes y una sonrisa que yo no le había visto nunca.
Esa noche en el apartamento fue diferente a todas las anteriores. No dormimos hasta tarde. Nos buscamos dos veces más antes de que amaneciera, una en la ducha y otra sobre la alfombra del salón, con la misma urgencia con la que uno bebe agua después de un desierto. Algo había cambiado en los dos, y ambos lo sabíamos aunque ninguno lo dijera en voz alta. Era el inicio de algo. El primero de muchos pasos que vendrían después.
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