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Relatos Ardientes

Lo que pasó en esas oficinas fue solo entre nosotras

Llevo tres años limpiando ese edificio de oficinas y nunca me había pasado nada fuera de lo ordinario. Los jueves son los días de menor tráfico: quedan dos o tres personas hasta tarde, el pasillo huele a café frío y el único ruido es el teclado de algún rezagado que no quiere irse a casa. Esa tarde de jueves en particular fue diferente a todas las anteriores.

Empujé el carrito hasta el fondo del corredor y llamé con los nudillos al despacho de la esquina. Valeria trabajaba ahí. La conocía de vista desde hacía meses: treinta y pocos años, pelo castaño hasta los hombros, casada con Rodrigo, uno de los responsables del departamento. Ese día llevaba un vestido cruzado de color burdeos con un escote en V bastante generoso y unos lentes que no le veía casi nunca. Le daban un aire diferente, más serio, más concentrado, pero también algo que no supe definir en ese momento.

—Pase, adelante —dijo sin levantar la vista de la pantalla.

Entré con el cubo y empecé a trabajar por el extremo opuesto del despacho. Vaciaba las papeleras cuando me di cuenta de que tenía los hombros completamente encogidos, casi a la altura de las orejas. Su postura decía más que cualquier queja.

—¿Estás bien? —le pregunté, sin pensarlo demasiado.

Ella suspiró lentamente y apoyó la espalda en el respaldo de la silla.

—Llevo una semana entera con un proyecto que no cierra y el cuello completamente destrozado —respondió.

—Si quieres, te doy un masaje —le ofrecí—. Tengo las manos fuertes y cinco minutos.

Valeria me miró un momento desde detrás de los lentes, valorando la propuesta, y luego soltó una pequeña risa.

—Sería estupendo —admitió.

Me coloqué detrás de su silla y apoyé las manos sobre sus hombros. Llevaba ese vestido cruzado con el escote en V, y desde esa posición tenía una vista directa de sus tetas. No pude evitarlo. Eran redondas, firmes para lo que se adivinaba bajo el tejido, y el encaje oscuro del sujetador asomaba apenas por un lado, dejándome ver el nacimiento oscuro de un pezón que se marcaba contra la tela. Sentí un calor húmedo bajarme directo al coño.

Seguí con el masaje, apretando con los pulgares a los lados del cuello. Ella cerró los ojos y empezó a respirar más despacio. Cuando deslicé las manos hacia sus clavículas, no protestó. Cuando las bajé un poco más, tampoco.

—¿Aquí bien? —le pregunté, con las palmas rozando la parte superior de sus tetas.

—Muy bien —respondió, con una voz que ya no era la de quien está revisando un informe.

No necesitamos más palabras que esas. Me incliné y la besé en el cuello, despacio, justo en ese punto debajo de la oreja que siempre funciona. Ella giró la cabeza hacia un lado y buscó mis labios.

Nos besamos con calma al principio, sin prisa, explorando. Le metí la lengua entera en la boca y ella la chupó como si llevara meses esperando algo así. Después me pidió que me pusiera delante y la ayudé a ponerse de pie. Le desabroché el cinturón del vestido, tiré del lazo y lo abrí. Debajo llevaba un conjunto de lencería negra: sujetador de encaje ceñido y braguita a juego, todo muy bien elegido. Me quedé mirándola un momento.

—Rodrigo tiene mucha suerte —le dije.

Ella sonrió con una punta de ironía en la comisura de los labios.

—Rodrigo no me folla desde hace semanas. Y ahora mismo no me interesa demasiado lo que haga con su polla.

Me tomó de las muñecas y me atrajo hacia ella. Esta vez el beso fue más urgente, más decidido. Sus manos subieron por debajo de mi bata de trabajo hasta la cintura y, en cuestión de segundos, me la levantó hasta los hombros. Quedé en sujetador, con las bragas al aire, sintiéndome de repente expuesta y encendida al mismo tiempo.

—Tus tetas son preciosas —dijo, y sin esperar respuesta me desabrochó el sujetador y lo dejó caer al suelo.

Se agachó y me atrapó un pezón con la boca, lamiéndolo con la punta de la lengua antes de chuparlo entero. Pasó un rato largo ahí, con la boca sobre mis pezones, alternando de uno al otro con una paciencia y una precisión que me impedían pensar en otra cosa. Me los mordisqueaba con cuidado, me los estiraba con los labios y volvía a chupármelos hasta dejarlos hinchados, rojos, tan duros que me dolían del gusto. Yo tenía los dedos enredados en su pelo, intentando mantener el equilibrio contra el borde del escritorio, y sentía el coño empapándome las bragas de encaje. Una de sus manos bajó y me apretó por encima de la tela, sintiendo la humedad, y soltó una risita ronca contra mi teta.

—Estás chorreando —susurró—. Y ni siquiera te he tocado bien.

Me metió dos dedos por dentro de las bragas y los deslizó de arriba abajo entre los labios de mi coño, empapándolos, y después se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándome a los ojos.

—Ahora me toca ocuparme yo de ti —le dije cuando ya no podía más de estar quieta.

La senté sobre la mesa de su despacho, con las piernas colgando. Me arrodillé ante ella, le bajé la braguita por los tobillos y la dejé caer. Tenía las piernas ligeramente abiertas y yo me tomé un instante para mirarla, porque no hay nada que acelere más el pulso que ver a alguien que te desea de verdad. Tenía el coño depilado, los labios hinchados y brillantes, ya empapada de solo haberme besado y chupado las tetas. Se le veía el clítoris asomado, duro, pidiendo lengua.

Empecé por los muslos. Besos lentos, subiendo sin apuro, oyendo cómo su respiración cambiaba con cada centímetro que avanzaba. Cuando llegué al centro y la toqué por primera vez con la lengua, ella soltó un gemido corto que se quedó atrapado en la garganta.

Le lamí el coño de abajo hacia arriba, con la lengua bien plana, recogiendo todo lo que ya tenía por fuera. Después le separé los labios con dos dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua, haciendo círculos lentos primero, más rápidos después. Ella soltó un gemido más largo y dejó caer la cabeza hacia atrás. Le metí la lengua entera en el coño, follándola con ella, hundiéndola todo lo que podía, y volví a subir al clítoris para chupárselo con los labios como se chupa un caramelo. Le metí dos dedos y empecé a moverlos dentro, doblándolos hacia arriba para tocarle el punto donde sabía que se volvería loca.

—Ahí, ahí, no pares —murmuró, y me apretó la cabeza contra su coño.

Seguí sin apurarme y a la vez sin soltarla. No había nadie en ese pasillo a esa hora y el tiempo parecía haberse detenido en ese despacho. Ella abrió más las piernas y apoyó una mano en mi cabeza, no para dirigirme, simplemente para tener dónde agarrarse. Sus gemidos eran bajos, muy contenidos, como quien sabe que no puede hacer ruido pero tampoco puede callarse por completo. Le clavaba las uñas en el cuero cabelludo y movía las caderas contra mi cara, restregándome el coño en la boca sin ningún pudor.

—Me voy a correr —jadeó—, me voy a correr en tu boca.

Cuando se corrió, lo hizo entera, con el cuerpo en tensión un segundo y después completamente suelto. Sentí cómo el coño le palpitaba contra mis labios, cómo se le escapaba un chorro de flujo caliente que me tragué sin pensarlo. Me quedé lamiéndosela mientras bajaba, absorbiendo cada espasmo, hasta que ella me apartó suavemente porque no aguantaba más. Apoyó las manos atrás sobre la mesa y respiró hondo varias veces.

—Dios mío —dijo en voz muy baja.

Me puse de pie y la besé en la boca. Ella saboreó sus propios restos en mis labios sin retirarse ni un centímetro, chupándome la lengua para robar hasta la última gota de su propia corrida.

—Ahora tú —dijo, con una firmeza que no dejaba lugar a negativa.

Me hizo tumbarme sobre la mesa, que era amplia y sólida. Me arrancó las bragas empapadas de un tirón y me abrió las piernas de par en par, colocándome los pies en el borde del tablero para dejar el coño completamente expuesto. Se colocó entre mis piernas y me miró un momento antes de bajar la cabeza.

—No tengo mucha experiencia comiendo coños —admitió, con honestidad—, pero llevo diez minutos mirándote y me muero de ganas.

—Tienes talento de sobra —le respondí, y no mentía.

Lo que le faltaba de técnica lo compensaba con atención. Empezó lamiéndome despacio, de arriba abajo, con la lengua ancha y caliente, aprendiendo por dónde iban los surcos de mi coño. Encontró el clítoris casi enseguida y se quedó ahí, chupándomelo con los labios cerrados alrededor mientras la lengua le daba latigazos rápidos. Me arqueé contra la mesa y solté un jadeo que tuve que ahogar apretando los dientes.

Su lengua recorrió cada centímetro sin prisa, aprendiendo sobre la marcha qué me hacía respirar más rápido, qué me hacía aferrarme al borde de la mesa, qué me hacía cerrar los ojos y olvidarme de dónde estaba. Me metió un dedo, después dos, y los movía dentro de mi coño mientras me devoraba el clítoris. Los tenía largos y los sabía usar mucho mejor de lo que ella misma reconocía. Cada vez que me los curvaba dentro, yo veía chispas.

—Sigue, no pares, así —le supliqué en un susurro roto—, me vas a hacer correr.

Ella subió el ritmo, chupándome con más fuerza, moviéndome los dedos más rápido, y yo tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar. Me corrí con fuerza, el coño apretándole los dedos, las piernas temblándome sobre la mesa, y me costó un esfuerzo real no hacer ruido. Ella siguió lamiéndome despacio, más suave, hasta que dejé de temblar.

***

Nos vestimos despacio, sin hablar demasiado, con esa calma extraña que queda después de algo que no se había planeado. Antes de que yo saliera con el carrito, Valeria me tomó del brazo.

—Esto queda entre nosotras —dijo.

—Por supuesto —respondí.

Y no lo mencionamos más. Ella volvió a su pantalla y yo continué con los despachos que me faltaban, empujando el carrito pasillo adelante como si nada hubiera ocurrido, con las bragas mojadas pegadas al coño y el sabor de ella todavía en la boca.

***

Una semana después, mismo edificio, mismo pasillo, pero Valeria no estaba. En cambio, sí estaba Nuria.

Nuria ocupaba el despacho contiguo. Tenía más o menos la misma edad, el pelo rubio cortado a la altura del mentón y una manera de moverse muy segura de sí misma. Llevábamos meses cruzándonos en el pasillo sin que pasara nada más allá de un saludo rápido.

Cuando entré a limpiar su despacho, me di cuenta de que me estaba mirando de una manera diferente. No incómoda, pero sí con demasiada atención para ser casual. Seguí limpiando la estantería sin decir nada, esperando a ver qué pasaba.

Entonces ella se acercó por detrás y habló cerca de mi oído, con una voz entre divertida e irónica:

—¿El servicio de relajación es para todas las del departamento, o solo para algunas elegidas?

Se me heló el estómago.

—No sé de qué me hablas —respondí, aunque era una mentira tan evidente que ni yo misma me la creí.

—Tranquila. Valeria es mi amiga desde hace años y me lo contó todo con pelos y señales. Cómo le comiste el coño encima del escritorio, cómo se corrió en tu boca. Lo que haga en su despacho no es asunto mío —dijo Nuria, con una sonrisa que no era de burla—. Solo que me da envidia. Llevo una semana pensando en eso y con la mano metida en las bragas cada noche.

Me giré y la miré a la cara. Sonreía, pero era algo diferente a lo que esperaba. Más directo. Más claro.

—Si quieres el masaje —le dije—, me parece que me toca a mí empezar contigo.

Ella alzó una ceja y asintió despacio.

—Me parece muy bien. Y esta vez no me hagas esperar.

Me acerqué despacio, controlando la puerta con el rabillo del ojo. Me puse detrás de ella y empecé por los hombros, igual que la semana anterior. Pero esta vez los dos sabíamos desde el principio adónde iba a llegar esto, y eso cambiaba el ritmo de todo.

No tardé mucho en bajar las manos. Se las metí por dentro del escote y le agarré las tetas por debajo del sujetador. Las tenía más pequeñas que Valeria pero muy firmes, con los pezones ya duros como piedras. Se los pellizqué con los dedos y ella dejó caer la cabeza contra mi hombro, soltando un gemido que no se molestó en disimular.

—Follame la boca con la lengua —me pidió sin girarse.

La giré, le agarré la cara con las dos manos y la besé como me pedía, hundiéndole la lengua hasta el fondo mientras seguía apretándole las tetas. Nuria llevaba un vestido de punto que se ceñía a la cadera y lo subí despacio, doblándolo sobre su cintura. Debajo llevaba unas bragas negras minúsculas, y la mancha de humedad ya se le marcaba en la entrepierna.

Me arrodillé detrás de ella, con su trasero ante mis ojos, y me tomé un momento para apreciar lo que tenía antes de continuar. Le mordí un glúteo por encima de la tela y ella soltó una risa ronca.

—Apóyate en la mesa —le pedí.

Ella se inclinó hacia adelante, los brazos estirados sobre el tablero. Le acaricié los glúteos con las manos abiertas, despacio, sintiendo cómo la tensión de su cuerpo se transformaba en otra cosa. Después la tomé por las caderas, le bajé la ropa interior hasta los tobillos y le separé ligeramente las piernas.

Le abrí el culo con las dos manos y la miré por detrás: el coño abierto, brillante, y el ojete rosado apretado justo encima. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, del clítoris al culo, sin parar, y la oí ahogar un gemido contra el escritorio. Me quedé un rato ahí, alternando: lengüetazos largos por el coño, después la puntita apretándole el ano, después otra vez al clítoris para chupárselo desde atrás. La follé con la lengua metiéndosela toda dentro del coño, con la nariz pegada al culo, sintiéndola apretarse contra mi boca cada vez que le tocaba un sitio bueno.

Nuria no era tan callada como Valeria. Gemía con más libertad, sin tanto control, y eso me encendía a mí también.

—Métemela —jadeó—, méteme los dedos, dos.

Le clavé dos dedos en el coño empapado hasta el fondo y empecé a follarla con ellos mientras le lamía el clítoris desde atrás, con la lengua bien plana y firme. Los dedos entraban y salían chapoteando, mojados de todo lo que ella estaba soltando, y ella movía las caderas contra mi cara, empujando el culo contra mi boca sin ningún pudor. Me tomé el tiempo que me pedía el cuerpo, aprendiéndola igual que uno aprende algo nuevo: prestando atención a cada respuesta, ajustando el ritmo.

—Me corro, me corro, joder, sigue —gimió, y se corrió apretándome los dedos con el coño, temblándole las piernas, mordiéndose la manga del vestido para no gritar. Le seguí lamiendo hasta que me apartó, riéndose sin aliento.

Cuando me levanté, ella se dio la vuelta y me besó sin preámbulos, con las manos ya en el primer botón de mi bata. Me la abrió entera y me la bajó por los hombros, y me quedé desnuda salvo por las bragas.

—Ahora yo —dijo contra mi boca, con una convicción que no dejaba espacio para el debate.

Me arrancó las bragas y me hizo sentar en la silla de su escritorio y se arrodilló ante mí, empujando mis rodillas hacia los lados hasta abrirme de par en par. Me miró el coño un segundo, ya empapado de haberla comido a ella, y sonrió.

—Qué rico —murmuró—, mira cómo estás.

Introdujo la lengua sin titubeos y yo entendí de inmediato que ella tenía mucha más experiencia que Valeria. Lo sabía hacer. Lo sabía de verdad, con esa seguridad que solo da el tiempo. Me chupó el clítoris con los labios cerrados alrededor, tirando hacia arriba con succiones cortas y firmes, mientras dos dedos se me hundían en el coño y otro me presionaba el ojete del culo, apenas por fuera, jugando ahí.

Me aferré al borde del asiento y me dejé llevar. Sus movimientos eran precisos, insistentes, sin el menor rastro de duda. Me alternaba: chupada al clítoris, lengua metida a fondo dentro del coño, otra vez chupada, mordisquito en los labios, otra vez lengua. Me metió los dos dedos hasta el fondo y me los curvó buscándome el punto exacto, mientras seguía trabajándome el clítoris con la boca. Me corrí rápido y con ganas, con la cabeza apoyada en el respaldo, los ojos cerrados y el coño apretándole los dedos con espasmos que no podía controlar.

—Quiero repetirlo —dijo cuando terminé, con los labios brillantes de mi flujo—, pero más cómoda. Y las dos a la vez.

Movimos la silla a un lado. Ella se tumbó en la moqueta con las piernas abiertas y yo me coloqué sobre ella, orientada en sentido contrario, con mis caderas sobre su cara y la mía frente a su sexo. Entendió la idea sin que yo dijera una sola palabra y las dos empezamos a la vez.

Eso fue lo mejor de esa tarde. La competencia callada entre las dos lenguas, cada una intentando llegar antes que la otra, cada una respondiendo en tiempo real a lo que recibía. Yo le abrí el coño con los dedos y le chupé el clítoris hinchado sin parar, metiéndole la lengua dentro cada tanto y volviendo arriba, sintiendo a la vez cómo ella me devoraba a mí desde abajo, cómo me chupaba el clítoris y me metía la lengua todo lo profundo que podía. Le pasé la lengua por el ojete del culo también, aprovechando que desde arriba lo tenía a huevo, y la sentí gemir contra mi coño, un gemido largo que me vibró entero por dentro.

Le clavé dos dedos en el coño y otro se lo mojé de saliva y flujo y se lo empujé apenas por el culo, hasta la primera falange, y ella se corrió ahí mismo, con los muslos apretándome la cabeza, con el coño chorreando en mi cara. Yo me corrí treinta segundos después, con la cara enterrada en ella, sin querer separarme, mordiéndole el interior del muslo para ahogar el grito mientras ella me seguía lamiendo y chupando hasta la última contracción.

Nos quedamos un momento inmóviles en el suelo, recuperando el aliento, las dos con la cara empapada de la otra. El único sonido era el zumbido del ventilador del ordenador sobre la mesa.

—Tenías razón —dijo Nuria desde abajo—. Esto no había ni empezado.

Me reí, me puse de pie y le tendí la mano para ayudarla a levantarse. Nos pusimos en orden, cada una acomodando su ropa con esa eficiencia práctica que dan los encuentros en sitios que no están pensados para esto.

Ella fue la primera en hablar, de vuelta ya frente a su pantalla:

—¿La semana que viene también limpias este pasillo?

—Los jueves —respondí.

—Bien —dijo, y empezó a teclear como si nada hubiera ocurrido.

Salí al pasillo con el carrito, terminé los despachos que me quedaban y bajé al cuarto de limpieza a dejar el material. Mientras guardaba los trapos y cerraba el cubo, me pregunté cuántas otras personas en ese edificio habrían visto algo que no debían. Y si alguna más estaría pensando en pedir su propio masaje.

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Comentarios(9)

Carmen_R

Que bien contado!! me encantó cada momento

Daniela_BA

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues...

Maru_Salto

Me recordó algo que me pasó en el trabajo hace un tiempo jaja. Estas historias siempre me llegan de una manera especial. Muy bueno!

NachoBaires

no me esperaba ese giro jajajaja genial

CristinaV

increible la tension que se genera desde el principio, se siente tan real. Enhorabuena!

SofiaM01

corto pero buenisimo!! quiero mas de esto

RomiLibre22

de los mejores relatos que lei en esta categoria. Seguí así!

tati_cordoba

La forma en que esta narrado desde el inicio te atrapa enseguida. Espero que haya mas por venir, me quedo esperando!

Bertito_ok

muy buen relato, lo que mas me gusto fue como esta escrito. Dos pulgares arriba

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