La noche de infidelidad que Rodrigo no recuerda
Era viernes por la tarde cuando Rodrigo y yo llegamos al bar de siempre, uno de esos lugares con mesas de madera oscura, luz baja y música que no obliga a gritar. Llevábamos casi seis meses desde aquella primera vez que yo le había sido infiel, y en ese tiempo me había convencido de que fue un error puntual: una borrachera, un momento de debilidad que quedaba sellado para siempre. Lo había repetido tantas veces que casi me lo creía.
Eran las siete de la noche cuando me llegó el mensaje de Sofía.
Sofía y yo nos conocimos años atrás en el trabajo. Hacía unos meses se había mudado a Veracruz, adonde vivía su familia, pero no habíamos perdido el contacto del todo: mensajes de vez en cuando, llamadas cortas, fotos compartidas en el grupo que nunca nadie usaba. Le respondí que estábamos en el bar de la avenida y que viniera cuando quisiera. Le comenté a Rodrigo, que asintió sin pensarlo.
Llegó cerca de las ocho menos cuarto. No llegó sola.
Junto a ella venían su novio Diego y un amigo de él, Andrés. Los dos rondaban los veintisiete o veintiocho años, más o menos la edad de Sofía. Andrés era moreno, con los hombros anchos y esa manera tranquila de moverse que tienen los hombres cómodos en su cuerpo. No era llamativo en el sentido obvio, pero había algo en él que notabas sin querer. Nos presentaron, se sentaron, pidieron cervezas y la conversación arrancó sola.
Sofía y yo nos pusimos al día de inmediato, como si los meses no hubieran pasado: el trabajo, las familias, los planes que nunca se concretan. Los tres hombres platicaban en su extremo de la mesa. Bailamos un poco cuando sonó una canción que nos gustaba a las dos, pedimos otra ronda, y el tiempo se fue sin que nadie lo notara. Había algo agradable en esa mezcla de personas que casi no se conocen y que sin embargo terminan riéndose juntas.
Como a las once, cuando la noche ya estaba bien avanzada, Rodrigo propuso seguir en casa. Los otros querían ir a un antro, pero no era nuestro plan. Además, Sofía y Diego no tenían dónde quedarse y se había vuelto tarde para buscar hotel. Rodrigo les ofreció el cuarto vacío y el de nuestra hija, que estaba con mis suegros ese fin de semana. Ellos agradecieron. Para compensar, compraron dos botellas de tequila y salimos juntos hacia la casa.
***
En casa la noche siguió su ritmo propio: música, vasos servidos, conversación que saltaba de tema en tema. Bailamos más: yo con Rodrigo, a veces con Andrés mientras los otros descansaban; Sofía con Diego, con Andrés, con mi marido. Todo en ese tono despreocupado que tiene el alcohol cuando todavía no hace daño.
Como a la una de la mañana se había terminado la primera botella. Yo andaba mareada pero contenta. Rodrigo igual. Sofía y Diego, en cambio, ya no estaban en condiciones de seguir: se despidieron con el vaso todavía en la mano y los acompañé hasta su habitación. Cuando volví a la sala, Rodrigo y Andrés seguían ahí, platicando con el tono de quienes discuten algo que les importa.
—¿De qué hablan? —pregunté, sentándome.
Rodrigo respondió antes de que Andrés pudiera:
—De los celos. Andrés tronó con su novia por eso. Le estoy diciendo que estorban, que las personas son libres de hacer lo que quieran.
Andrés me miró un momento y luego volvió a Rodrigo.
—Le pregunté si él tampoco es celoso —dijo—. Que si Claudia hace lo que quiere.
—Sí —respondió Rodrigo, sin dudar—. Ella es completamente libre. Nuestro amor aguanta todo eso.
Yo no supe qué decir. ¿Era el tequila hablando, o lo decía en serio? Rodrigo bebía como si lo que acababa de afirmar fuera lo más natural del mundo.
Andrés lo estudió un momento con una sonrisa que no llegaba a ser sonrisa del todo. Luego me tendió la mano sin decir nada.
Volteé hacia Rodrigo. Me hizo un gesto leve con la cabeza.
Me levanté.
Andrés me tomó de la cintura cuando empezó una canción lenta. Nos movimos despacio, muy juntos desde el primer momento. Sentí cómo su cuerpo buscaba el mío con deliberación, sin disimulo: las manos firmes en mi cintura, el calor de su pecho contra el mío, su cabeza inclinada cerca de la mía.
—¿De verdad no le importa? —me preguntó en voz baja, con la boca cerca de mi oído.
Miré a Rodrigo por encima del hombro de Andrés. Estaba recostado en el sofá, con el vaso apoyado en el muslo, observándonos.
—Al parecer no —respondí.
Andrés sonrió. Se pegó más. Yo sentí el calor de sus manos apretando mi cintura para acercarme, la presión de sus caderas contra las mías, y algo que se encendió debajo del estómago sin pedirme permiso. No lo conocía desde hacía ni cuatro horas.
Terminó la canción y nos sentamos a seguir bebiendo. Andrés platicaba con Rodrigo pero de vez en cuando dejaba caer su mano sobre mi rodilla, despacio, como si verificara que podía. Yo no la retiré ninguna de las veces.
Empezó otra canción lenta y esta vez fui yo quien se levantó y lo saqué a bailar. Le puse los brazos alrededor del cuello. Él me sostuvo la cintura con las dos manos y me jaló hacia él sin preámbulos.
—Te quiero coger —me dijo al oído.
El corazón me dio un golpe seco. No respondí con palabras. Solo me pegué más a su cuerpo, dejando que él interpretara lo que quisiera.
***
Un rato después Rodrigo ya no seguía la conversación. Tenía los ojos entrecerrados y la cabeza vencida hacia el respaldo del sofá. Me acerqué, le toqué el hombro.
—Ya es tarde. Vamos a dormir.
Asintió con dificultad. Entre Andrés y yo lo levantamos del sofá y lo llevamos al cuarto. Lo acostamos en la cama con cuidado. En menos de un minuto estaba roncando.
Me agaché para quitarle los zapatos. Entonces sentí la mano de Andrés sobre mí: primero en la cadera, luego deslizándose despacio hacia abajo. Me quedé quieta. El corazón me latía en el pecho y también en otro sitio.
Andrés me ayudó a sacarle los pantalones a Rodrigo, que no opuso resistencia ni dio señales de entender dónde estaba. Quedó ahí tendido, completamente dormido, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor.
Cuando terminamos, me incorporé. Andrés se puso detrás de mí.
Pasó las manos por encima de mi blusa, despacio, sin prisa, como si tuviera toda la noche y lo sabía. Besó mi cuello. Yo cerré los ojos y apoyé la cabeza hacia atrás en su hombro, rindiéndome a ese calor antes de haber tomado ninguna decisión consciente.
Su mano bajó entre mis piernas. Me tocó por encima de la tela primero, y yo ya estaba tan húmeda que se notaba sin esfuerzo. Metió los dedos por debajo del elástico y los encontró donde quería. Gemí sin querer, tapándome la boca con el dorso de la mano para no hacer ruido.
Me acarició el clítoris con calma, sin apresurarse, mientras con la otra mano seguía apretando mis pechos por encima de la blusa. Yo me aferraba a su muñeca con una mano y con la otra alcanzaba hacia atrás para sentir su cuerpo pegado al mío, la dureza contra mi cadera que confirmaba lo que ya sabía.
—Cógeme —le dije.
Se desabrochó el pantalón. Me dobló hacia adelante hasta que quedé a la altura de la cama, con las palmas apoyadas en el colchón, la cara de Rodrigo a menos de un metro de la mía, durmiendo sin sospechar nada. Andrés me bajó el pantalón hasta los tobillos, luego la ropa interior, despacio, sin prisa, provocándome sin tocarme todavía.
Sentí la cabeza de su verga buscando la entrada. Estaba caliente. Empujó despacio, centímetro a centímetro, dándome tiempo para sentir cada parte. Cuando estuvo adentro del todo, me quedé sin respiración por un segundo completo. Era bastante más que lo que estaba acostumbrada.
Empezó con movimientos lentos y profundos. La cama se movía apenas. Yo miraba la cara dormida de Rodrigo y algo en esa imagen, en la mezcla de culpa y excitación y lo absolutamente prohibido de la situación, me hacía estremecer con cada embestida. No podía hacer ruido y eso hacía todo más intenso: cada gemido que me tragaba se convertía en presión que se acumulaba.
Fue cambiando el ritmo: a veces despacio hasta casi detenerse, a veces más rápido, obligándome a aferrarme a la sábana para no perder el equilibrio. Me agarraba las caderas con fuerza para acercarme más, buscando el fondo, y yo cerraba los ojos y contaba los segundos entre una embestida y la siguiente.
Se detuvo de pronto. Se agachó hasta mi oído.
—Chúpasela —dijo.
Me quedé inmóvil un instante. No debía. Luego estiré la mano hacia Rodrigo y saqué su verga del calzón. Dormida, como él. Andrés me fue moviendo con suavidad hasta que tuve la cara más cerca de mi marido. Me la metí en la boca poco a poco, mientras Andrés comenzaba a moverse de nuevo, lentamente, al ritmo que yo marcaba con la cabeza.
La verga de Rodrigo no reaccionó. Él no se movió. Pero había algo extrañamente intenso en tener a los dos hombres así, en ese cuarto, en esa cama, aunque solo uno estuviera consciente de lo que pasaba. Aunque solo uno fuera real en ese momento.
Andrés perdió la paciencia después de un rato y aceleró, ya sin cuidar tanto el ruido de la cama. Yo solté a Rodrigo y me aferré a la almohada para no caerme. El orgasmo llegó sin aviso: una sacudida larga y profunda que me dejó sin fuerzas y sin aire durante varios segundos. Andrés terminó poco después, con un empuje sostenido y largo, vaciándose adentro hasta el fondo.
Se quedó quieto un momento. Luego lo sentí retirarse despacio.
Me enderecé. Estaba temblando un poco. Andrés me giró hacia él y me dio un beso largo, más dulce de lo que esperaba de alguien que acababa de hacer lo que acababa de hacer. Después se agachó y señaló hacia abajo con la barbilla.
Me arrodillé y lo limpié con la boca. Ya flácido, pude ver lo que la oscuridad me había ocultado: era considerablemente más grande que Rodrigo. Lo chupé despacio, con cuidado, hasta que estuvo limpio. El sabor era diferente al de mi marido, más intenso, con ese regusto a algo que no tenía nombre exacto pero que no podía ignorar.
Se vistió en silencio. Me dio un beso en la frente, casi con ternura, y se fue a su cuarto sin decir nada más.
Yo me tendí al lado de Rodrigo. Él seguía roncando. La habitación olía a tequila y a lo que había pasado. Cerré los ojos y esperé que el sueño llegara.
Me desperté al amanecer con la sensación de una boca entre mis piernas. Rodrigo, sin saber nada de lo que había ocurrido en su propia cama mientras dormía, me daba los buenos días a su manera.
Continuará.