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Relatos Ardientes

Marcos era casado y aun así me llamó su novia

Siempre he cuidado la discreción, tanto la mía como la de quienes me han hecho olvidar el mundo por un rato. No pongo nombres reales. Cambio ciudades, altero detalles, desplazo coordenadas. Los que me conocen sabrán identificar lo que importa. Los demás solo verán lo que quiero que vean.

Esta es la historia de Marcos. Mi primer amante.

Fue durante la pandemia cuando decidí mudarme. Llevaba meses encerrada y necesitaba respirar distinto. Guadalajara fue la ciudad ganadora, y la quise desde el primer día. Allí fue también donde por primera vez salí a la calle siendo completamente yo. Sin disimulo, sin capas encima. Solo yo.

Empecé a conocer chicas del ambiente. Mujeres trans hermosas que tomaban la Avenida Federalismo como si les perteneciera desde siempre. Una noche me invitaron a pararme junto a ellas. Solo cobré el precio de un café por una compañía que no repetiría, pero quedé fascinada. Eran libres de una forma en que yo todavía estaba aprendiendo a serlo.

Mi mejor amiga de aquella época se llamaba Sofía. Veintitrés años, cuerpo de escándalo y una manera de caminar que detenía el tráfico. Salíamos juntas los fines de semana, ya fuera al «Esencia» en el centro o a otro bar de ambiente sobre la avenida principal. Con ella aprendí que la noche en Guadalajara tiene sus propias reglas, y que lo mejor es conocerlas antes de que te las enseñen por las malas.

Era sábado y pasé a recogerla a las once. Salió con un minivestido blanco casi traslúcido, liguero negro, tanga y sostén a juego visibles bajo la tela. Sofía sencillamente no necesitaba esforzarse: ella era el espectáculo.

Yo había elegido con más estrategia. Una minifalda tableada en corte A, negra, que disimulaba mi falta de caderas naturales. Un sostén de encaje rojo que guardaba mis implantes en cada copa. Una blusa entallada con los tres primeros botones abiertos, dejando ver el inicio del escote. Ligueros de seda negros y, debajo, una tanga roja. La ropa interior es una declaración de intenciones aunque nadie la vea. Esa noche yo tenía intenciones, aunque aún no sabía exactamente cuáles.

Estacioné a dos cuadras y llegamos caminando. El «Esencia» nos recibió con música buena, luz baja y el calor de un viernes que se había extendido sin permiso hasta el sábado.

***

Lo primero fue ir a la barra por una cerveza y saludar a las conocidas de siempre. El lugar era de esos donde todos se reconocen y los desconocidos se notan en seguida. La pista estaba llena. Bailamos. Tomamos. El tiempo corrió diferente, como siempre que la noche promete algo.

Alrededor de la medianoche, mientras nos movíamos entre la gente, el celular de Sofía vibró. Se alejó hacia el pasillo donde el ruido bajaba a un nivel tolerable y volvió cinco minutos después con una sonrisa que no auguraba nada tranquilo.

—Mana, viene mi chico para acá —anunció.

—Qué bien —respondí, calculando mentalmente si tenía energía para terminar la noche sola o si mejor me iba pronto.

—Viene con un amigo. Y le mandé una foto tuya, porque quería ver cómo eras.

Me enseñó cuál foto había mandado. No era de mis más recatadas, precisamente.

—Sofía.

—¡Le gustaste! Perdona, pero era para ver si cuadraba el grupo de cuatro. Y sí cuadra.

Bueno. A ver qué onda.

Llegaron a las doce y media. El amigo de su chico se llamaba Marcos: metro ochenta más o menos, complexión atlética sin exagerarlo, unos cincuenta años muy bien llevados. Afeitado, con lentes de montura discreta y el cabello ligeramente entrecano en las sienes. Ingeniero, me enteré después. Casado, también lo supe después.

Lo que no esperaba era que fuera interesante.

La noche avanzó entre cervezas y conversación. Marcos no intentó llevar la charla hacia el terreno obvio. No fue uno de esos que van derecho al grano como si la noche fuera un trámite. Hablamos de ciudades, de arquitectura, de por qué Guadalajara tiene algo que las grandes capitales no terminan de entender. Hay hombres que saben excitar la mente antes que el cuerpo. Eso, en lo personal, me deja la tanga mojada mucho antes que cualquier otra táctica.

En algún momento pegué mi cuerpo al suyo mientras bailábamos una salsa. Sus manos en mi cintura eran seguras. No ansiosas. Me gustó eso.

Vi que Sofía y su chico desaparecían un momento hacia el fondo del local. No tardaron ni cinco minutos en volver a la mesa.

—Queremos irnos ya —dijo Sofía—, pero Marcos no tiene coche y se está quedando en un hotel por las afueras. ¿Puedes llevarlo?

Vaya que podía.

***

Dejamos a Sofía y a su chico en el apartamento de él, en una colonia tranquila del poniente. Después Marcos se ofreció a manejar mi coche, y yo no protesté. Tenía esa calma con que los hombres de cierta edad conducen de noche: sin prisa, con las ventanas apenas abiertas, sin necesidad de llenar el silencio.

A mitad de camino se orilló en un tramo oscuro, poco iluminado. Dijo que necesitaba estirar las piernas. Nos bajamos los dos. El campo alrededor era silencioso y la carretera, vacía.

Aproveché para acomodarme la ropa interior. Fui hacia el lado del copiloto, abrí la puerta trasera para taparme un poco. Cuando volví a sentarme, él preguntó:

—¿Qué te estabas arreglando?

—La ropa interior. Siempre hay que verse bien por dentro aunque nadie lo vea.

—¿Puedo verlo?

Me tomó del muslo. Levantó la falda apenas un poco. Sus dedos subieron con lentitud calculada, rozando primero la seda del liguero, luego el borde de la tanga.

—Tienes la piel muy suave —dijo. No era un cumplido de compromiso. Lo decía como alguien que genuinamente lo nota, que le importa.

Puse mi mano en su pierna. Sentí cómo la tela de su pantalón cambiaba debajo de mis dedos. No tardó mucho.

Arrancó de nuevo, pero no tomó la carretera principal. Encontró un desvío lateral sin iluminación. Aparcó entre vegetación alta que ocultaba el coche de cualquier mirada casual. Apagó el motor.

El silencio era absoluto salvo por el campo alrededor.

Nos miramos un momento. Después nos besamos.

Era un beso largo y sin prisa. Él no tenía urgencia y eso lo hacía todo más intenso. Me manoseaba con cuidado, como quien aprende la topografía de algo que le importa. Yo le desabroché el pantalón.

—¿Tienes condón? —pregunté.

—Sí. Pero pensé que querías ir al hotel.

—Son las cuatro de la mañana y tu esposa llega en dos horas. Hay mejores planes.

Me lo agradeció con las manos.

***

—Mueve los asientos hacia adelante y reclinamos los de atrás —propuse.

Salió del coche y reclinó el asiento del conductor hasta el límite. Yo hice lo mismo con el mío. Cuando dio la vuelta para llegar a la parte trasera, yo ya estaba acomodándome en el espacio que habíamos creado.

Solo entraba la luz de la luna. Me senté en el borde del respaldo reclinado con la falda levantada, el liguero completamente a la vista. Él se había desabrochado del todo. Estaba bien dotado: dieciocho centímetros calculé, bien proporcionada, con circuncisión limpia que le daba una cabeza firme y oscura. La clase de verga que hay que tomarse el tiempo de conocer bien.

Me abrazó por las nalgas. La pasó por encima de mi tanga, rozándome desde afuera. El calor era considerable a pesar del frío del campo.

—¿Cómo te gusta que sea tu mujer en la cama? —le pregunté—. ¿Una dama o una puta?

—Cincuenta y cincuenta. Según el momento, y tú, ¿cómo eres?

—Igual. Pero si quieres a la puta, primero tienes que seducir a la dama.

—¿Y la seduje?

—Culto, caballeroso, inteligente. No me hagas preguntas tontas, mi amor.

Me senté en el borde con las piernas abiertas. La falda cubría lo justo para dejar algo al trabajo de la imaginación.

Le pasé las manos por el torso antes de bajar. Me tomé mi tiempo. Cuando lo tomé con la boca lo hice despacio, empezando por la punta, sintiendo el sabor salado de su piel. Luego fui metiendo más, buscando el punto exacto en que su respiración cambiaba de ritmo. Lo encontré.

Puso una mano suave en mi cabeza. Sin forzar. Solo acompañando el movimiento que yo ya controlaba.

Se la mamé largo rato. Subiendo y bajando, mordiéndola apenas con los labios, usando las dos manos en su base mientras mis uñas rojas le acariciaban los muslos. Sus piernas se tensaban. Su respiración se volvía más corta y más ruidosa. Cuando sentí que estaba cerca, me detuve.

—Vamos atrás —dije.

***

Me ayudó a subirme. Me acomodé boca abajo en el respaldo reclinado, con mi chaqueta doblada bajo el vientre para levantar las caderas lo más posible. Antes de que hiciera cualquier otra cosa, me levantó la falda, corrió la tanga a un lado y empezó a lamerme. Lento. Con paciencia. Escupía, dilataba con un dedo, esperaba a que me relajara. Luego añadía otro y volvía a esperar.

—¿Dónde está el condón? —preguntó al cabo de un rato.

Me encantó esa pregunta. Me encantó el tono tranquilo en que la hizo, como si fuera lo más natural del mundo.

—En mi bolso. También hay lubricante. Y toallitas húmedas, por si acaso.

Lo sacó todo sin prisa. Abrió el lubricante. Lo sentí aplicárselo con cuidado antes de aplicarme a mí.

—¿Sabes qué me encanta? —dije mientras me preparaba para recibirlo—. Que todavía no has metido nada y ya llevo una hora completamente tuya.

—Eso es porque eres de las que se lo merecen —respondió.

Lo sentí entrar poco a poco. No hubo dolor, solo presión y luego plenitud. Se acostó sobre mi espalda con su peso bien distribuido, y comenzó con movimientos lentos y regulares que iban marcando un ritmo propio.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo en voz baja.

—¿Ahora? —respondí entre respiraciones.

—Especialmente ahora.

Sus caderas se detuvieron un momento.

—Llevo toda la noche pensando en esto. Quiero que seas mi novia.

Me quedé quieta también. Su peso sobre mí. Su calor. El silencio del campo afuera.

—¿Es en serio? —pregunté.

—Eres discreta. Eres inteligente. Y me gustas más de lo que esperaba esta noche.

Me explicó sus condiciones: siempre con condón, siempre dentro de la discreción que los dos necesitábamos. No era la primera vez que tenía una amante trans, me dijo con una naturalidad que me alivió. Después añadió algo que no esperaba.

—Amo a mi esposa. Eso no va a cambiar. Te lo digo desde el principio porque prefiero que lo sepas a que lo descubras después. Siempre voy a cuidarla.

Un hombre que me estaba penetrando, hablando así de su esposa. Y sin embargo, no podía no respetarlo.

No me dio pena. Me dio ternura. Algo cercano al respeto.

—Es una mujer muy afortunada al tenerte —dije—. Y yo acepto. Ahora cállate, bésame y hazle el amor a tu nueva amante.

***

Volvió el movimiento. Empezó más lento todavía, más íntimo que antes. Yo moví las caderas para encontrarlo en cada embestida. Sus manos en mis nalgas eran firmes sin ser violentas. Su respiración en mi nuca, caliente y cada vez más acelerada.

—¿Te imaginas que te dejara algo dentro? —murmuró.

El tipo sabía exactamente qué tecla tocar.

—No digas eso si no lo vas a cumplir —respondí.

—No lo voy a cumplir. Pero dímelo tú.

Me solté. Le dije todo lo que quería escuchar y algo más que salió solo. Mis caderas se movían solas marcando el ritmo. El coche crujía levemente. Afuera solo había campo y un silencio que lo volvía todo íntimo y secreto, como si ese momento existiera en un mundo paralelo donde las reglas normales no aplicaban.

Cuando se corrió, se quedó dentro un momento, apretando. Sentí cada contracción. Me vine casi al mismo tiempo, dejando todo sobre la chaqueta que había servido de almohada improvisada.

Nos quedamos quietos un buen rato. La respiración bajando poco a poco. El frío del campo colándose apenas por las ventanas entrecerradas.

***

Después nos recompusimos en silencio. Él se limpió, me pasó las toallitas sin que yo se las pidiera. Estas cosas se aprenden con el tiempo, y él ya las sabía.

De camino al hotel no hablamos demasiado. Me bajé en la entrada y me dio un beso en la mejilla.

—Te llamo la semana que viene —dijo.

Y llamó.

Tuve varios encuentros con Marcos a lo largo de casi un año. Pero hay uno que guardo con especial cuidado: el día que me llevó a cenar, me regaló un vestido y me explicó, con la paciencia de alguien que ha pensado mucho en estas cosas, todo lo que una buena amante necesita saber.

Pensé en él más de lo que hubiera sido conveniente. Pero sabía cuál era mi lugar, y lo sabía desde aquella primera noche, desde que me lo dijo sin rodeos con su cuerpo todavía dentro del mío. Lo acepté. No porque no pudiera querer más, sino porque lo que él me ofrecía, dentro de esos límites que los dos entendíamos, era genuino.

Y a veces genuino es suficiente.

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Comentarios (5)

chakal

buenisimo!!!

Martu_baires

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue todo esto

ViajeraSecreta

Me encanto como crea tension desde el principio. Ese momento de entrar al bar sin saber lo que te espera esta muy bien narrado

LectoFan77

El titulo ya me engancho antes de leer la primera linea jaja, no defrauda para nada

SandraV

Me recordo a una situacion que yo tambien vivi, esa mezcla de nervios y emocion que describe se siente muy real

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