Cómo mi amante descubrió que le gustaban las mujeres
Después de que lo nuestro se normalizó, Clara entendió que podía contar conmigo siempre que le apeteciera. El acuerdo que tenía con Sandra, mi mujer, estaba claro para las dos: ella sabía de la existencia de Clara, y Clara sabía que mi mujer lo sabía. No era un triángulo con vértices cortantes, sino algo más parecido a un sistema que funcionaba porque nadie mentía. Así que cuando Clara me llamó unos días antes de irse de vacaciones, diciéndome que quería vernos antes de marcharse, supe exactamente de qué iba la cosa. Una llamada con el pretexto de unos documentos de mi antigua empresa, un par de palabras clave y la cita quedaba cerrada.
Era un martes por la tarde. Sandra trabajaba hasta las ocho, así que con el pretexto de revisar unos contratos que supuestamente necesitaban mi firma, quedamos a las cinco. Tendríamos tiempo de sobra. O eso creíamos.
Clara llegó puntual, como siempre. Para quienes no la conozcan: treinta y ocho años, morena de pelo largo y liso, ojos verdes, un metro setenta, y ese tipo de físico que se trabaja sin que se note el esfuerzo. La mujer de mi exjefe Fernando, con quien había compartido tres años de reuniones de trabajo y miradas demasiado largas que ninguno de los dos quiso reconocer hasta que un día sí lo hicimos. Llegó con una blusa color crema, pantalón gris oscuro y sus inevitables tacones negros. La piel algo bronceada por el sol de las vacaciones que estaban a punto de empezar. Llevaba una carpeta bajo el brazo que ambos sabíamos que nadie iba a abrir esa tarde.
Cerré la puerta y los papeles cayeron al suelo solos.
Nos besamos contra la pared del recibidor. Las manos de Clara ya estaban en mi cuello, luego en mi espalda, luego deshaciéndome la camisa con esa urgencia que yo había aprendido a distinguir de la urgencia fingida. Esta era real. Venía con ganas acumuladas, y se le notaba en la manera en que apoyó la cabeza atrás y cerró los ojos antes de que yo terminara de besarle el cuello. Llevaba días pensando en esto, me dijo después. Lo creí.
—Tenemos toda la tarde —le dije.
—Ya lo sé —contestó—. Por eso no quiero desperdiciarla.
Me llevó a la habitación sin esperar. Se desnudó con la misma naturalidad que siempre me sorprendía después de varios meses: primero la chaqueta, luego la blusa, el pantalón, los tacones. Lo hacía de espaldas y luego se giraba, como si quisiera que yo lo viera todo de golpe. Quedó de pie junto a la cama con la ropa interior negra y me miró con esa expresión suya que no pedía permiso para nada.
Lo que vino después no fue delicado. Le recorrí el cuerpo con la boca desde el cuello hacia abajo, me detuve en sus pezones el tiempo suficiente para hacerla arquear la espalda, y continué bajando hasta que sus dedos se enredaron en mi pelo y dejó de controlar la respiración. Se corrió con la boca apretada, mordiéndose el labio inferior para no gritar. Luego se recuperó, me miró desde arriba y dijo que quería más.
Follamos durante más de una hora. Ella encima primero, luego yo, luego de lado en el filo de la cama. Clara no tenía favorita: le daba igual la postura con tal de que el ritmo no parara. Cada vez que yo intentaba bajar la marcha, me clavaba los dedos en los hombros y volvía a tirar. Me corrí una vez, descansamos apenas diez minutos, y empezamos otra vez más despacio, más cuidadosos, hasta que ella se corrió por segunda vez con la cara enterrada en la almohada y los puños apretando las sábanas.
Nos quedamos tumbados un momento. El cuarto olía a los dos. Clara tenía los brazos cruzados sobre el pecho y miraba el techo con una sonrisa tranquila.
***
Escuché la llave en la cerradura cuando Clara y yo todavía seguíamos en la cama, con la respiración apenas normalizada.
—Sandra —dije en voz baja.
Clara levantó la cabeza del colchón.
—¿Ya?
Me encogí de hombros. Mi mujer entraba a veces antes de lo esperado: una reunión cancelada, el metro que llegó a tiempo, cualquier cosa imprevisible. Sabía lo que había entre Clara y yo desde hacía meses. Lo habíamos hablado todo con calma, con la frialdad necesaria para que las cosas no se rompieran. No era que a Sandra le encantara la situación, pero tampoco la rechazaba. Era un acuerdo, y Sandra era una mujer que cumplía los acuerdos.
Lo que me sorprendió fue ver a Clara levantarse sin prisa, buscar una toalla en el baño y salir al pasillo sin que yo le dijera nada. Como si lo hubiera hecho otras veces, como si la casa fuera también un poco suya.
En el salón encontré a Sandra sentada en el sofá con el bolso todavía en el hombro, mirando a Clara con una expresión que no era exactamente de sorpresa. Clara se había sentado en el suelo a su lado, con las piernas cruzadas y la toalla anudada al pecho. Las dos estaban en silencio, pero era el silencio de dos personas que se están midiendo, no el de dos personas incómodas.
—Llegas pronto —le dije a Sandra.
—Cancelaron la última reunión.
Les ofrecí café. Las dos aceptaron.
Cuando volví con las tazas ya estaban hablando. De viajes, creo. De algún sitio donde Clara había estado el año pasado. Sandra escuchaba con los pies doblados bajo las piernas en el sofá, la chaqueta ya colgada en el respaldo. Clara seguía en el suelo con la toalla algo más suelta, con los brazos apoyados en las rodillas. Ninguna de las dos me prestaba demasiada atención.
—¿No tienes calor? —le preguntó Clara a Sandra al cabo de un rato, mirándole la ropa.
—Un poco —reconoció ella.
—Estás en tu casa —dijo Clara con una media sonrisa.
Sandra me miró un segundo. Yo no dije nada. Ella se levantó, fue al dormitorio y volvió con el camisón de tirantes fino que usa en verano. Se volvió a sentar, más cómoda, con las piernas estiradas sobre el sofá. Clara la observaba, pero sin prisa, sin nada que pudiera llamarse intención todavía.
La conversación continuó. El café se fue enfriando. Yo estaba en el sillón de enfrente, sin terminar de saber qué papel me tocaba en esa escena.
***
No recuerdo exactamente cómo empezó. Sandra, en un momento de la charla, apoyó los pies en el cojín del sofá y abrió las piernas ligeramente hacia Clara. No fue premeditado: lo hizo mientras hablaba, como si el cuerpo tomara decisiones sin consultarle a la cabeza. Pero Clara sí se dio cuenta.
—¿Me llamas? —le dijo Clara en voz baja.
Sandra vaciló. Luego asintió con la cabeza.
Clara se levantó del suelo y se sentó en el sofá a su lado, con una pierna doblada entre las dos y la otra colgando hacia el suelo. Le cogió la mano despacio, sin precipitarse. Se miraron un momento. Las dos sonrieron casi al mismo tiempo, sin ningún motivo concreto.
Yo me arrodillé frente a Sandra.
Comencé despacio, como a ella le gusta cuando quiere durar. Mi lengua recorrió sus muslos internos antes de llegar donde quería, y Sandra cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá. Clara seguía cogiéndole la mano, sin decir nada.
—Despacio —murmuró Sandra—. No tengas prisa.
Así lo hice. Lento, rozando más que presionando, dejándola subir sin soltarla del todo. Desde abajo podía ver la expresión de Clara: atenta, los labios ligeramente separados, los ojos siguiendo a Sandra sin perder detalle. Le interesaba lo que veía. No de un modo abstracto, sino concreto.
Sandra no paraba de mirarla. Sus ojos iban de mi cabeza al cuerpo de Clara, a su cara, a sus pechos que se insinuaban bajo la toalla que se había aflojado aún más.
Clara lo notó.
Sin soltar la mano de Sandra, apoyó la palma de la otra sobre el pecho de mi mujer. Suave, sin preguntarle nada, explorando. Sandra no se movió para apartarla.
—¿Te gusta? —preguntó Sandra sin abrir los ojos, con la voz ya algo rota.
—No me desagrada —respondió Clara.
Era la primera vez que la escuchaba decir algo así con ese tono. Clara no mentía por cortesía. Que no pidiera marcharse era ya una respuesta en sí misma, y las dos lo sabían.
Sandra empezó a recorrerle el cuerpo con la mano libre. Primero los hombros, luego los brazos, luego el contorno del pecho de Clara. Esta se dejaba tocar con los ojos fijos en el techo y la respiración cada vez más irregular. Yo seguía con mi lengua en Sandra, más lento todavía, porque cada vez que intentaba apretar el ritmo ella me frenaba con un murmullo.
—Que no, así, despacio.
Clara le había deslizado una mano por el pelo a Sandra. Y Sandra, sin dejar de temblar ligeramente, llevó los dedos hasta los muslos de Clara y se detuvo ahí, sin avanzar más todavía.
—¿Puedo? —preguntó.
Clara tardó en contestar. Tres, quizás cuatro segundos.
—Sí.
***
Lo que siguió fue deliberadamente lento. Mi mujer sabe lo que hace con las manos, y con Clara fue especialmente cuidadosa: primero solo la superficie, explorando qué respondía y qué no, aprendiendo un cuerpo diferente al suyo con una atención que nunca había visto en Sandra fuera de otro contexto. Luego más adentro, buscando sin prisa un ritmo que hiciera que Clara dejara de mirar al techo y empezara a cerrar los ojos.
Fue entonces cuando Clara apoyó la mano en el pecho de Sandra. No para devolverle el gesto, sino porque necesitaba sujetarse a algo.
Los tres encontramos un equilibrio que nadie había planeado pero que funcionaba perfectamente. Yo lamía a Sandra, que se contenía para no correrse demasiado pronto. Sandra tocaba a Clara, que se movía contra su mano sin darse cuenta de que lo estaba haciendo. Y Clara le acariciaba el pelo, el cuello, los hombros de Sandra como si llevara toda la vida haciéndolo.
Los gemidos de Sandra fueron creciendo. Clara también hacía pequeños sonidos que intentaba suprimir y no siempre lograba. En un momento dado, Sandra metió los dedos del todo y buscó el punto que sabe encontrar cuando quiere, y Clara arqueó la espalda y apretó el brazo de mi mujer con los dedos tensos.
—No pares —dijo Clara de pronto.
Sandra no paró.
Se corrieron casi al mismo tiempo. Clara primero, con un sonido sordo y los párpados apretados. Luego Sandra, de golpe, después de haberlo retrasado casi diez minutos. Mi boca se llenó de ella. La mano de Sandra brillaba con lo de Clara.
Me levanté. Las dos estaban desplomadas en el sofá, hombro con hombro, con los ojos entrecerrados y una sonrisa idéntica que no habían coordinado.
Sandra se llevó la mano a los labios y la lamió despacio, casi sin darse cuenta.
Clara la observó en silencio.
—Ha sido mi primera vez —dijo al cabo de un momento, en voz baja, como si se lo estuviera contando a sí misma más que a nosotros.
—¿Y? —preguntó Sandra.
Clara tardó unos segundos en responder.
—Creo que no va a ser la última.
***
Se duchó en el baño de invitados, se vistió sin prisa y recogió los papeles de la carpeta que seguían desparramados en el recibidor. Antes de salir nos dio dos besos a cada uno, primero a Sandra, luego a mí.
—Esto hay que repetirlo —dijo desde la puerta.
Lo decía en serio. Con Clara, cuando algo era en serio, se notaba en la manera que tenía de decirlo: sin adornos, sin énfasis, como quien constata un hecho y pasa a otra cosa.
Cerré la puerta y volví al salón. Sandra estaba recogiendo las tazas de café que ninguno había terminado.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Me miró un momento antes de responder.
—Estoy bien —dijo—. Fue raro. Pero bien.
Eso era suficiente para mí.