Lo que pasó en la inmobiliaria no era del catálogo
Con cincuenta y dos años y una vida ordenada de puertas hacia afuera, Cristina Valera era exactamente el tipo de mujer que hace que un chaval de veintidós se quede callado en mitad de una frase. La conocía desde pequeño: amiga de mi madre, la agente inmobiliaria más activa de la zona norte, siempre impecable y siempre con algo en los ojos que no encajaba del todo con su papel de señora respetable.
Llevaba meses instalado en ese limbo que es el tercer año de carrera: clases por la mañana, apuntes sin terminar, demasiadas horas muertas. Vivía en casa de mis padres para ahorrar, lo que significaba cruzarme con las visitas de mi madre cada vez que bajaba por café. Cristina aparecía a menudo. Siempre con algún pretexto: el piso de unos clientes que estaban pensando en vender, unos trámites pendientes, un café que se alargaba dos horas. Mi madre la adoraba. Yo empecé a adorarla de otra manera.
Nunca le presté demasiada atención hasta aquel sábado de octubre.
Ese día llegó con unos pantalones oscuros de tela muy ceñida, botas de tacón bajo y un jersey de cuello vuelto que le marcaba la cintura y le apretaba las tetas de una manera que no dejaba lugar a dudas sobre lo que había debajo. Mi madre abrió la puerta y yo estaba en el pasillo, a punto de salir al gimnasio. Nos cruzamos en el recibidor, a medio metro el uno del otro.
—Mira qué mayor estás ya —me dijo, dándome los dos besos de rigor. Sus labios se quedaron un segundo de más cerca de mi mejilla—. Eres clavado a tu padre de joven, pero más alto.
—Hola, Cristina —respondí, intentando no mirarla demasiado. Fallé.
Se rio. Una risa breve, un poco ronca, con la seguridad de alguien que sabe exactamente el efecto que produce y no se molesta en disimularlo.
Durante la siguiente hora, mientras mi madre y ella repasaban documentos en la mesa del comedor, yo me quedé en el salón con el portátil abierto sin leer nada. Desde mi sitio podía ver el perfil de Cristina: la curva de su cuello, la forma en que se recostaba en la silla cuando escuchaba, la manera en que se mordía el bolígrafo cuando pensaba. Era el tipo de mujer que lo llena todo sin proponérselo, que convierte cualquier habitación en el sitio donde estás mirando. Se me puso dura debajo del pantalón de chándal solo de verle el muslo cruzado sobre el otro, y tuve que colocarme el portátil encima para disimular. En un momento dado, mi madre fue a la cocina a buscar algo y Cristina giró la cabeza hacia mí sin previo aviso.
—¿Estudiando? —preguntó, bajando un poco la voz.
—Intentándolo.
—Tienes mala cara de concentración —dijo, con media sonrisa—. Parece que estás pensando en otra cosa.
No contesté. Ella volvió a sus papeles sin perder la sonrisa. Pero antes de girarse del todo, me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Solo un segundo. Fue suficiente para que pasara el resto de la tarde sin poder concentrarme en absolutamente nada, y para que esa noche me hiciera dos pajas seguidas pensando en su boca.
***
Dos semanas después, mi madre me pidió que le llevara una carpeta con documentos a la oficina de Cristina. «Ve tú, que yo tengo cita», me dijo. La oficina quedaba en el centro, primer piso de un edificio de los años noventa, con escaparate a la calle y un despacho privado al fondo separado por una mampara de cristal. Aparqué en doble fila y subí con la carpeta bajo el brazo.
La recepcionista levantó la vista y me dijo que Cristina me esperaba dentro. Llamé con los nudillos a la puerta entreabierta y empujé. Al entrar escuché el clic de la puerta al cerrarse a mis espaldas. No la cerré yo. La cerró ella, con calma, sin que yo lo hubiera visto hacer. También giró el pestillo. Ese pequeño ruido metálico me lo dijo todo antes de que abriera la boca.
—Gracias por venir —me dijo. Se acercó para los besos de siempre, pero esta vez el segundo rozó la comisura de mis labios, apenas un milímetro más adentro de lo que hubiera sido inocente.
Llevaba unos pantalones de cuero negro, ajustados desde la cadera hasta el tobillo, y una blusa de seda color crema levemente abierta en el escote. Pendientes de aro. El mismo perfume de la otra vez, solo que ahora lo tenía mucho más cerca y no había manera de fingir que no lo notaba.
—Aquí están los documentos —dije, tendiéndole la carpeta.
Los cogió sin mirarlos. Los dejó en la mesa sin mirarlos. Me miró a mí.
—¿Tienes prisa?
—No especialmente.
—Siéntate un momento, entonces.
Me senté en la silla frente a su escritorio. Ella se apoyó en el borde de la mesa, cruzó los brazos y me estudió con esa calma que producía un poco de vértigo, como si tuviera todo el tiempo del mundo y todo el control de la situación, que probablemente era así.
—Llevas un rato mirándome —dijo. No era una pregunta.
—No sé de qué me hablas.
—Claro que sí —respondió, casi con ternura—. El otro día en casa de tu madre. Ahora mismo, cuando entraste. No pasa nada. Yo también te miro a ti.
Tragué saliva. Ella se incorporó, rodeó el escritorio despacio y se sentó en el borde más próximo a mí. Sus rodillas quedaron a treinta centímetros de las mías.
—Tengo el doble de tu edad —dijo—. Y estoy casada. Eso lo sabes.
—Lo sé.
—Y sin embargo aquí estamos los dos, solos, y tú me estás mirando los pantalones en lugar de a la cara. Y se te nota la polla dura desde que entraste, así que ahórrame la parte de fingir que no.
—¿Quieres que me vaya?
Tardó dos segundos en contestar. Dos segundos muy largos, en los que el único sonido era el tráfico amortiguado al otro lado de la ventana.
—No. Quiero que te levantes y me la enseñes.
***
Lo que pasó después fue sin artificios y sin pausa. Me levanté con las piernas un poco flojas. Ella se inclinó hacia mí y me besó directamente, con la mano apoyada en mi nuca. Tenía una boca cálida y una manera de besar sin prisa, sin ansiedad, metiéndome la lengua hasta el fondo con la seguridad de alguien que sabe exactamente adónde va aquello y no necesita correr para llegar. Me chupó el labio inferior, me lo mordió, y su otra mano bajó directa a mi bragueta y me apretó la polla por encima de la tela.
—Joder —murmuró contra mi boca—. La tienes durísima.
Quedamos pegados. Noté el calor de su cuerpo a través de la blusa, la presión de sus caderas contra las mías, el perfume mezclado ahora con algo más concreto. Sus manos bajaron despacio por mis costados y buscaron mi cinturón sin ninguna prisa y sin ninguna duda. Me lo desabrochó, me bajó la cremallera, y metió la mano por dentro del calzoncillo. Cuando sus dedos se cerraron alrededor de mi polla se me escapó un jadeo que no supe controlar.
—Llevas tiempo pensando en esto —me dijo al oído, mientras me la empezaba a menear despacio, muy despacio, con la palma abierta y el pulgar rozándome la punta.
—Desde el sábado, al menos.
—Yo desde antes —respondió, y me lo creí sin esfuerzo—. Desde el verano, cuando saliste a la piscina en bañador y me quedé mirándote la espalda. Llevo cuatro meses pensando en cómo mamártela.
Le desabroché los primeros botones de la blusa con dedos que no me obedecían del todo. Le saqué las tetas por encima del sujetador de encaje negro, dos pechos pesados y todavía firmes, con los pezones ya duros. Le pasé la lengua por uno y luego por el otro, se los chupé con hambre, se los mordisqueé. Ella echó la cabeza atrás y soltó el aire por la nariz, apretando más su mano sobre mi polla.
La giré con suavidad y la recosté contra el escritorio. Se dejó ir hacia atrás, apoyando las palmas en la superficie, sin apartar los ojos de los míos. Pasé las manos por su cintura, por la curva generosa de sus caderas enfundadas en ese cuero negro que se tensaba con cada movimiento.
Le bajé los pantalones despacio, primero hasta los muslos, luego más. Se los quité del todo y los dejé doblados sobre la silla, sin prisa. Llevaba debajo unas braguitas de encaje oscuro que estaban empapadas por delante, con una mancha oscura de humedad justo en el centro. Le acaricié por encima de la tela y sentí cómo la seda se le pegaba al coño hinchado. Ella suspiró y separó un poco más las piernas.
—Quítamelas —me dijo—. Con los dientes, si sabes.
Me arrodillé delante de ella. Enganché el elástico con los dientes y le fui bajando el encaje por los muslos, milímetro a milímetro, hasta que las braguitas cayeron a la altura de sus tobillos y se las quité por encima de los tacones. Se quedó apoyada en el escritorio, con la blusa entreabierta, las tetas fuera, y los tacones todavía puestos, mirándome con esa mezcla exacta de calma y urgencia que me había estado descolocando desde el primer día. Tenía el coño depilado por completo, los labios brillantes de lo mojada que estaba, y una gotita gruesa colgando ya casi hasta la parte interior del muslo.
—Qué agradable sorpresa —murmuró, enredando los dedos en mi pelo cuando me acerqué la cara a su entrepierna.
Le pasé la lengua muy despacio de abajo hacia arriba, un lametón largo y plano que le arrancó un gemido bajo, y probé el sabor salado y espeso de una mujer que llevaba semanas cachonda. Le abrí los labios con los pulgares y me la comí sin apuro. Le chupé el clítoris hinchado, se lo enrollé con la punta de la lengua, se lo lamí en círculos, y luego me lo metí entero en la boca y se lo succioné con suavidad hasta que las caderas se le fueron hacia adelante buscando más. Le metí dos dedos en el coño mientras seguía chupándole el clítoris, primero despacio, y noté cómo se le apretaba por dentro alrededor de mis nudillos. —Joder, sí —jadeó—. Justo así. No pares.
Me tomé el tiempo que quise. Aprendí sus reacciones una por una: qué la hacía contener la respiración, qué la hacía agarrarse al borde de la mesa, qué la hacía inclinar la cabeza hacia atrás y soltar el aire muy despacio entre los dientes. Cuando movía los dedos hacia arriba, buscándole el punto rugoso de dentro, se le contraía todo el vientre. Cuando le lamía el clítoris de arriba abajo con la lengua plana, me apretaba el pelo entre los dedos. Respondía sin exagerar, sin montar ningún espectáculo, solo reaccionaba. Y eso lo hacía todo mucho más intenso que cualquier otra cosa.
—Métemela otra vez —susurró—. Con tres. Y no dejes de chupar.
Le hice caso. Le metí tres dedos y le empecé a follar el coño con la mano al mismo ritmo que le mamaba el clítoris. Se le empezaron a tensar los muslos a los lados de mi cara, la mano en mi pelo se le cerró como un puño, y cuando se corrió lo hizo con las manos enredadas en mi pelo y los muslos apretados a los lados de mi cara, en un silencio casi absoluto salvo por un sonido gutural muy contenido que se me quedó grabado a fuego. Se le escapó un chorrito de flujo espeso que me resbaló por la barbilla mientras yo seguía chupándole hasta que se apartó, sensible, murmurando un «para, para».
***
Me levanté con la boca brillante. Ella seguía apoyada en el escritorio, sin haberse movido del sitio, con el pelo ligeramente deshecho, las tetas todavía fuera y esa expresión serena de quien acaba de confirmar algo que ya sabía desde el principio. Miró el bulto que se me marcaba, la polla asomando ya casi entera fuera del calzoncillo, y se lamió el labio inferior sin ninguna vergüenza.
—Ven aquí —dijo—. Ahora me toca a mí.
Me acercó. Me terminó de bajar el pantalón y el calzoncillo hasta los muslos con la misma parsimonia con que había respondido a todas mis preguntas. Sin prisa. Me cogió la polla con una mano, la sopesó, y me miró de abajo hacia arriba con una sonrisa que era mitad calma mitad hambre.
—Bonita polla —dijo—. Un poco desperdiciada en chicas de tu edad, seguramente.
Y sin dejar de mirarme, se agachó y se la metió entera en la boca de una sola vez. Sentí el fondo de su garganta, el calor, la lengua apretándome contra el paladar, la saliva empezando a resbalarme por los cojones. La sacó despacio, con un hilo de saliva colgándole del labio, y volvió a metérsela. Me la mamó sin ninguna prisa, tomándose el tiempo de lamerme desde la base hasta la punta, de chuparme un huevo primero y luego el otro, de meterse la polla hasta que se le llenaban los ojos de agua y de sacársela con un ruido húmedo antes de volver a tragársela.
—Joder, Cristina —murmuré, apoyando una mano en su nuca—. Vas a hacer que me corra.
Se la sacó de la boca con un chasquido y me miró desde abajo con la barbilla brillante.
—Ni se te ocurra todavía. Antes me la vas a meter contra el escritorio, y me la vas a meter fuerte.
Se dio la vuelta, se dobló sobre la mesa, apartó de un manotazo unos papeles que tenía delante y me ofreció el culo abierto, todavía con los tacones puestos y la blusa arrugada colgándole de los hombros. Me acerqué por detrás. Le pasé la punta de la polla arriba y abajo por la raja del coño, empapándola en su propio flujo, y ella soltó un gemido largo y contenido cuando la punta se enganchó por primera vez en la entrada.
—Métemela ya —dijo—. No me hagas suplicarte, cariño.
Se la metí de un solo empujón hasta el fondo. Cristina soltó un jadeo profundo y arqueó la espalda, con las dos manos apoyadas en la superficie del escritorio.
—Ay Dios, así, así, joder, así exactamente —susurró, con la voz apretada.
Empecé a follármela despacio, saliendo casi entera y volviendo a entrar hasta el fondo, escuchando el ruido de mis huevos golpeándole contra el coño en cada embestida. Le agarré las caderas con las dos manos y aumenté el ritmo. La mesa empezó a crujir. Ella empujaba hacia atrás en cada embestida, saliendo a mi encuentro, guiándome con la cadera con la precisión de alguien que lleva tiempo sin permitirse esto y no piensa desperdiciarlo. La blusa se le abrió del todo, las tetas se le sacudían debajo con cada golpe, y podía verle la cara reflejada de perfil en el cristal de la mampara, con la boca entreabierta y los ojos medio cerrados.
—Más fuerte —me pidió en voz muy baja—. Fóllame más fuerte, hazme daño un poco.
Le agarré el pelo desde la nuca, se lo enrollé en el puño y tiré hacia atrás, obligándola a arquearse. Le empecé a meter la polla con toda la fuerza que tenía, dando golpes secos que le hacían soltar un «ah» ahogado a cada uno. Le solté una nalgada, primero un tanteo, y al oírla gemir le solté otra más fuerte que le dejó la marca roja de la palma sobre el cachete blanco.
—Así —me dijo—. Así exactamente. No pares. No pares hasta que me corra otra vez.
La saqué, la giré, la senté encima del escritorio y le puse las piernas por encima de mis hombros. Volví a metérsela desde delante, mirándola a la cara. Ella se agarró a mis brazos con las dos manos, con los tacones todavía apuntando al techo por encima de mis hombros, y me clavó los ojos mientras yo la embestía cada vez más rápido. Tenía esa capacidad que tienen las mujeres que han decidido disfrutar sin disculparse: presencia, atención, claridad total. Nada de lo que hacía era accidental ni performativo. Cada reacción tenía el peso de algo verdadero, y eso resultaba más perturbador que cualquier otra cosa que hubiera experimentado hasta entonces.
—Me corro otra vez —murmuró, con los dientes apretados—. Córrete dentro. Estoy limpia y no me quedo, córrete dentro, quiero notarlo.
Me bastó oírla decir eso. Le di cuatro embestidas más, brutales, y se la metí hasta el fondo cuando empecé a correrme. Sentí cómo el coño se le contraía alrededor de la polla en su segundo orgasmo justo cuando yo empezaba a vaciarme dentro, con la cara enterrada en su cuello y las manos aferradas a sus caderas, temblando bastante más de lo que me hubiera gustado admitir. Ella me apretó con los muslos contra su cuerpo para que no me saliera, para que se lo dejara todo dentro, y siguió meciéndose despacio, arrancándome las últimas gotas.
Cuando por fin se la saqué, un hilo espeso de semen le resbaló entre los labios del coño y le cayó sobre el escritorio. Ella miró hacia abajo, miró la mancha, y luego me miró a mí con una sonrisa muy pequeña.
—Bien —dijo. Solo eso.
***
Nos arreglamos en silencio. Ella se limpió con un pañuelo, con esa eficiencia suya que no parecía incomodidad sino simple organización. Se recogió el pelo frente al pequeño espejo que había junto a la estantería. Yo me abroché el cinturón y busqué alguna manera de no parecer completamente aturdido.
—¿Y ahora? —pregunté.
Cristina se giró y me miró con una expresión que no era exactamente una sonrisa, pero se le parecía bastante.
—Ahora te vas tranquilo a casa, estudias algo y le dices a tu madre que me entregaste los documentos.
—¿Y después?
—Después depende de ti.
Cogió su teléfono de la mesa y me lo tendió sin más explicaciones.
—Pon tu número. Si me apetece llamarte, lo haré. Si no, no. Sin dramas.
Lo puse. Me devolvió el móvil.
—¿Tan fácil? —le pregunté.
—Todo es fácil cuando los dos saben lo que quieren —respondió—. El problema es que casi nadie lo sabe.
***
Me llamó tres días después. Un martes por la tarde, cuando yo estaba en la biblioteca fingiendo estudiar estadística. El mensaje decía solo: «Tengo un piso vacío que enseñar a las seis. Por si quieres ver cómo funciona esto.»
Fui.
El piso estaba en el cuarto de un edificio nuevo, ventanas grandes, olor a pintura fresca todavía flotando en el ambiente. Cristina llegó con la llave en la mano y una chaqueta de traje que no tardó mucho en colgar del picaporte de la puerta del dormitorio. Me miró desde el otro extremo del salón vacío con esa expresión suya de siempre, mitad calma mitad hambre.
No necesitamos muchas palabras. Ya habíamos tenido la conversación importante la vez anterior.
Se quitó la falda del traje de camino al dormitorio, sin darse la vuelta, dejándola caer en el pasillo. Yo la seguí desabrochándome la camisa. Cuando entré, ella ya estaba de rodillas sobre el parqué vacío del dormitorio, sin muebles, sin nada, con la blusa desabrochada y las tetas al aire, esperando. Me la sacó del pantalón con las dos manos y se la metió en la boca sin ceremonia, mirándome hacia arriba. Me la mamó despacio primero, luego más rápido, escupiéndomela y volviendo a tragársela hasta la garganta, hasta que le corrió un hilo de saliva por la barbilla que le llegó al pecho.
Luego se tumbó de espaldas sobre las tablas frías del parqué, sin colchón, sin nada debajo, y separó las piernas.
—Ven —me dijo—. Fóllame aquí. Sin adornos.
Me tumbé encima. Se la metí y esta vez la follé más despacio, más largo, con las manos entrelazadas con las suyas por encima de su cabeza, mirándola a los ojos todo el rato. Ella movía las caderas hacia arriba a mi ritmo, respirando pegada a mi boca, mordiéndome el labio de vez en cuando. Me sacaba, me daba la vuelta, se ponía encima y me montaba con las manos apoyadas en mi pecho, y las tetas subiendo y bajando delante de mi cara mientras se meneaba sobre mi polla. Le agarré las caderas para marcarle el ritmo desde abajo, empujándome hacia arriba en cada bajada suya, y ella se dejó caer más y más rápido hasta que arqueó la espalda, cerró los ojos y se corrió a horcajadas encima de mí, apretándome la polla por dentro con unas contracciones que casi me tiran a mí también.
Estuvimos allí más de una hora. El suelo de parqué crujía con cada movimiento, lo que en cualquier otro contexto hubiera sido un problema. Terminamos con ella otra vez a cuatro patas, apoyada en el marco de la ventana, con la mejilla contra el cristal frío y la ciudad allí abajo mirando sin ver, mientras yo la embestía por detrás con las manos agarradas a sus tetas y me corría por segunda vez sobre la parte baja de su espalda cuando ya no aguantaba más dentro. Con la luz de la tarde entrando por los ventanales y Cristina mirándome con esa atención total que tenía, resultaba casi gracioso, una pequeña incomodidad doméstica en medio de algo que no tenía nada de doméstico.
—Vas mejorando —me dijo después, apoyada en el alféizar con la chaqueta de nuevo sobre los hombros, todavía sin ropa interior debajo.
—¿Lo dices en serio?
—Lo digo como un cumplido. Tómatelo como tal.
Nos reímos. Fue la primera vez que lo hacíamos juntos, y me pareció más íntimo que todo lo demás.
Nos vimos seis o siete veces más a lo largo de ese semestre. Siempre en pisos vacíos del catálogo, siempre por las tardes, siempre con esa lógica nuestra de muy pocas palabras y bastante claridad sobre lo que queríamos el uno del otro. Cristina nunca me pidió nada que no pudiera darle. Yo nunca le pedí nada que ella no estuviera dispuesta a ofrecer. El acuerdo tácito funcionaba mejor que la mayoría de los acuerdos explícitos que había tenido en mis veintidós años.
Mi madre seguía invitándola a tomar café. Yo seguía bajando por el pasillo cuando sonaba el timbre. Y cada vez que Cristina y yo nos cruzábamos en el recibidor de mis padres, con mi madre al fondo preparando algo en la cocina, intercambiábamos exactamente la misma mirada de siempre: breve, tranquila, completamente ordinaria para cualquiera que la viera desde fuera.
Una mirada que lo decía todo sin necesitar decir nada en absoluto.
¿Te quedaste con ganas de más? Mirá acompañantes en Rosario, con fotos reales.