La asistente que su esposa siempre temió
Tengo cuarenta años y llevo quince siendo fiel al gimnasio. No lo digo como quien presume, lo digo porque es relevante para entender lo que pasó con Rodrigo y su irritante esposa. El cuerpo que tengo no es un accidente: son años de disciplina, de madrugar cuando el resto del mundo duerme, de elegir las escaleras cuando hay ascensor. Y sí, parte de ese esfuerzo se nota especialmente en las piernas y en el trasero, cosa que en la oficina generaba reacciones que yo había aprendido a ignorar con una eficiencia casi deportiva.
Me incorporé a la empresa hace dos años como asistente personal de Rodrigo Aldana, supervisor del área comercial. Casado, dos hijos, corbatas caras y una sonrisa que usaba más de lo necesario para el contexto profesional. Desde el primer día dejó claro que le costaba mantener los ojos en un lugar neutral cuando yo pasaba por su lado, pero siempre mantuvo una distancia que, técnicamente, podría llamarse profesional. Comentarios que bordeaban lo inapropiado, alguna mirada sostenida más de lo que requería la situación, nada que no pueda ignorarse con práctica suficiente.
Había aprendido a manejarlo sin confrontación y sin alentarlo. Era un equilibrio incómodo pero estable. Lo que complicaba ese equilibrio, sin embargo, no era él.
Era su esposa, Fernanda.
Fernanda apareció en la oficina por primera vez un martes de febrero, con una sonrisa demasiado tensa para ser genuina y unos ojos que lo escaneaban todo a ciento veinte kilómetros por hora. No me dijo nada directo. No hacía falta. El tipo de vigilancia que ejercía era el lenguaje universal de la mujer que sabe exactamente qué clase de problema representa alguien como yo, aunque prefiera no nombrarlo. Yo lo entendí. Yo también soy mujer, y reconozco esa mirada porque en otro momento de mi vida la he tenido yo misma.
A partir de entonces vino dos veces por semana. Siempre sin avisar. Siempre con la misma sonrisa de acero. Paseaba por la oficina como si fuera una inspección, intercambiaba saludos breves con los compañeros, miraba la pantalla de Rodrigo por encima del hombro y luego me dedicaba una mirada larga antes de marcharse. No era hostil, exactamente. Era calculada. La mirada de alguien que mide continuamente la distancia entre lo que teme y lo que puede demostrar.
Yo nunca hice nada para alimentar esa desconfianza. No porque me importara su opinión sobre mí, sino porque simplemente no me interesaba enredarme con alguien que tenía esposa, hijos y una hipoteca en el extrarradio. Rodrigo era un buen jefe en lo profesional: puntual, organizado, pagaba las horas extra sin poner cara. Con eso me bastaba y sobraba.
Hasta un miércoles de octubre.
***
Rodrigo había salido a una reunión larga y me había dejado acceso a su teléfono para que respondiera los correos pendientes mientras él estaba fuera. Algo rutinario, de esas cosas que empiezan a parecer normales cuando llevas tiempo trabajando con alguien. Fui ordenando los mensajes por importancia, respondiendo los urgentes, marcando los que podían esperar hasta el día siguiente. La tarde era tranquila. El área estaba casi vacía. Nadie me prestaba atención.
Y entonces, sin buscarlo, sin ninguna intención de curiosear, apareció el hilo de conversación con Fernanda en la pantalla mientras yo buscaba un correo de un cliente.
No lo leí entero. Solo vi suficiente.
Mi nombre aparecía tres veces en los últimos cuatro mensajes. No como «la asistente de Rodrigo» ni como «tu compañera del trabajo». Aparecía como «esa perra», «esa zorra de tu oficina» y, en el más reciente, enviado esa misma mañana: «si no la cambias de departamento yo misma voy a ir a decirle lo que pienso de ella».
Dejé el teléfono sobre el escritorio con mucho cuidado. Como quien deposita una copa de cristal fino en una superficie inestable.
Entonces así me llama.
Pasé los siguientes cuarenta minutos haciendo mi trabajo con una calma que me sorprendió a mí misma. Respondí correos, organicé la agenda de la semana siguiente, hice dos llamadas de seguimiento. Todo exactamente igual que cualquier otro día, salvo que en algún punto de esos cuarenta minutos tomé una decisión muy clara.
Si Fernanda ya tenía su veredicto sobre mí sin que yo hubiera hecho absolutamente nada para ganármelo, lo mínimo que podía hacer era merecer la condena. Era cuestión de eficiencia, en cierto modo.
***
Rodrigo volvió de la reunión a las cinco y cuarto. A las seis menos diez el último empleado del área cerró la puerta del ascensor. Yo había tardado exactamente dieciséis minutos en comprobar que no quedaba nadie más en la planta, usando el pretexto de pasar por cada despacho para recoger los informes del día.
Me acerqué a su escritorio desde atrás. Él estaba mirando la pantalla con la corbata ya aflojada y la chaqueta colgada en el respaldo de la silla. Tenía esa postura de final de jornada, el cuerpo ligeramente encorvado sobre el teclado, los hombros caídos. Me incliné hacia su oído sin tocarlo todavía.
—Tu esposa me llama perra en tus mensajes —dije en voz baja—. Esta tarde voy a darle la razón.
Rodrigo se quedó inmóvil durante tres segundos completos. Como alguien que no está seguro de haber escuchado lo que cree haber escuchado.
Antes de que pudiera reaccionar, deslicé la mano por delante de él y la posé sobre su muslo. Lo sentí tensarse de inmediato. Pasé los dedos despacio por encima del pantalón, midiendo la reacción. Rodrigo soltó el aire que había estado conteniendo desde que abrí la boca.
—¿Se fueron ya todos? —preguntó. Su voz había bajado media octava.
—Me aseguré de eso antes de venir.
Empecé a desabrocharle el cinturón sin prisa. Rodrigo apoyó las manos sobre los apoyabrazos de la silla con los nudillos blancos, como alguien que no quiere ayudar pero tampoco tiene ninguna intención de detener lo que está pasando.
—No entiendo qué está pasando —dijo.
—Lo que está pasando —respondí— es que llevo dos años escuchando tus comentarios y aguantando las visitas de tu esposa, y resulta que de todas formas ya tiene una opinión formada sobre mí. Así que esta tarde le voy a dar motivos reales para tenerla.
Se quedó callado. Era la primera vez desde que lo conocía que Rodrigo Aldana no tenía ningún comentario que hacer.
Me arrodillé frente a la silla. Lo tenía ya completamente excitado. Lo saqué despacio y lo mantuve en la mano un momento antes de comenzar. Quería que él me mirara hacer eso. Que lo recordara exactamente así, en ese despacho, a esa hora, con la luz encendida y la puerta con seguro.
—Madre de Dios —murmuró, con la voz de alguien que acaba de entender que algo ha cambiado de manera irreversible.
—Todavía no —dije, y me lo metí en la boca.
Me lo tomé con calma y con toda la atención que merecía la situación. Sin prisa, sin el tipo de teatralidad que solo existe en las películas. Lo que me importaba era la reacción real: los dedos de Rodrigo aferrándose al borde de la silla, la respiración que perdía el ritmo cada vez que yo cambiaba el ángulo, los sonidos que escapaban de él a pesar de que claramente intentaba controlarlos. Esa honestidad involuntaria me interesaba mucho más que cualquier actuación.
Lo llevé hasta el límite dos veces. Las dos veces me aparté antes de dejarlo llegar.
—Todavía no —repetí, poniéndome de pie—. Quiero que me lo metas por detrás.
Rodrigo tardó un momento en procesar eso. Me miró desde arriba con una expresión completamente nueva en él. Algo entre la incredulidad y la gratitud anticipada de alguien que no esperaba que la tarde terminara de esta manera.
—Fernanda nunca me ha dejado hacer eso —dijo, a mitad de la frase.
—Ya lo imaginaba —respondí—. Por eso estoy yo aquí.
Me puse de pie y me quité la ropa con la misma calma con la que había tomado la decisión cuarenta minutos antes. Sin dramatismo innecesario. Me desnudé mientras él me miraba sin moverse, como si temiera que cualquier cosa que hiciera pudiera interrumpir lo que estaba pasando.
***
Me apoyé sobre el escritorio de espaldas a él, con las palmas abiertas sobre la superficie fría. Rodrigo se puso detrás de mí en segundos.
Empezó bien, lo cual me sorprendió gratamente. Se tomó el tiempo necesario en lugar de ir directamente a lo que quería. Lo noté con calma, sin apresurarlo, dándole el espacio para que las cosas funcionaran como debían. Le di una indicación breve cuando fue necesario. Solo una. A partir de ahí no hizo falta nada más.
Cuando finalmente entró, los dos nos quedamos quietos un momento completo. Solo el sonido de los dos respirando en el despacho vacío, con las luces encendidas y la pantalla del ordenador iluminando la sala con ese azul frío que tienen los monitores de oficina al final del día.
—No te muevas todavía —dije.
Obedeció.
Cuando empezamos a movernos lo hicimos despacio. El escritorio crujió una vez contra la pared y ninguno de los dos hizo ningún comentario al respecto. Rodrigo tenía las manos sobre mis caderas con una firmeza que agradecí. Yo apoyé la mejilla sobre el escritorio mirando hacia la ventana, donde las luces de los edificios de enfrente seguían su rutina completamente ajenas a lo que estaba pasando a este lado del cristal.
Tres veces. Me había llamado perra tres veces en cuatro mensajes.
La rabia de esa tarde se había convertido en otra cosa completamente distinta. No tenía nombre exacto, pero se sentía bien. Mejor de lo que esperaba.
Rodrigo empezó a perder el ritmo. Las manos apretaban más fuerte. Yo me aferré al borde del escritorio y dejé que pasara lo que tenía que pasar.
—No pares —dije.
No paró.
Cuando llegó al límite lo hizo con las manos clavadas en mis caderas y un sonido que no intentó controlar. Yo ya había llegado antes. Eso tampoco lo fingí.
***
Nos quedamos un momento apoyados sobre el escritorio sin decir nada. Rodrigo recuperó la respiración antes que yo, lo cual fue un detalle menor que anoté mentalmente con cierta satisfacción.
Se vistió primero. Se arregló la corbata frente al reflejo de la pantalla del ordenador, que seguía encendida con la bandeja de entrada abierta. Yo me tomé mi tiempo, sin prisa.
—Tengo que llegar a cenar —dijo. No como una disculpa. Solo como un hecho.
—Lo sé —respondí, abotonándome la blusa.
Rodrigo me miraba desde el otro lado del escritorio con una expresión que no supe leer del todo. Algo entre el asombro y el desconcierto de alguien que no sabe exactamente cómo clasificar lo que acaba de ocurrir en su vida.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora tú te vas a cenar con tu esposa —dije—, y yo me voy al gimnasio. Mañana a las nueve estoy en mi escritorio como cualquier otro día.
Él asintió despacio. Como si eso fuera lo más razonable que había escuchado en toda la tarde, que probablemente era verdad.
—Oye —dijo cuando ya tenía la chaqueta puesta—. Sobre los mensajes de Fernanda, yo quería explicarte…
—No me debes ninguna explicación —lo corté—. Ni sobre eso ni sobre nada.
Rodrigo asintió de nuevo y cogió su maletín. Se detuvo un momento en la puerta con la mano en el marco, como si estuviera buscando algo concreto que decir.
—Fue increíble —dijo, en voz baja.
—Ya lo sé —respondí sin mirarlo.
Salí de la oficina tres minutos después que él. La planta estaba desierta y las luces automáticas del pasillo se encendieron a mi paso con ese sonido sordo que tienen siempre, ese zumbido eléctrico que se activa cuando detecta movimiento y que de noche suena más alto de lo que debería.
En el ascensor revisé el teléfono. Ningún mensaje. Ninguna llamada perdida. El día había sido exactamente igual que cualquier otro día, salvo por las últimas dos horas.
Me puse los auriculares y seleccioné la lista de reproducción del entrenamiento nocturno mientras el ascensor bajaba.
Fernanda tenía razón en desconfiar desde el principio. Solo se equivocó en el orden de los hechos.
Salí a la calle. Hacía frío y olía a lluvia reciente. Caminé hacia el aparcamiento pensando en que al día siguiente era jueves, que los jueves Fernanda solía aparecer por la oficina a media mañana, y que por primera vez en dos años no iba a tener ningún problema en sostenerle la mirada cuando lo hiciera.